Ciñéndonos al plan que hemos seguido en las TRADICIONES, viene aquí a
cuento una rápida reseña histórica de la época de mando del
excelentísimo señor don José de Mendoza Caamaño y Sotomayor, marqués de
Villagarcía, de Monroy y de Cusano, conde de Barrantes y Señor de Vista
Alegre, Rubianes y Villanueva vigésimonono virrey del Perú por su
majestad don Felipe V, y que, a la edad de sesenta años, se hizo cargo
del gobierno de estos reinos en 4 de enero de 1736.
El marqués de Villagarcía se resistió mucho a aceptar el virreinato del
Perú, y persuadiéndolo uno de los ministros del rey para que no
rechazase lo que tantos codiciaban, dijo:
--Señor, vueseñoría me ponga a los pies de Su Majestad, a quien venero
como es justo y de ley, y represéntele que haciendo cuentas conmigo
mismo, he hallado que me conviene más vivir pobre hidalgo que morir rico
virrey.
El soberano encontró sin fundamento la excusa, y el nombrado tuvo que
embarcarse para América.
Sucediendo al enérgico marqués de Castelfuerte, la ley de las
compensaciones exigía del nuevo virrey una política menos severa. Así, a
fuerza de sagacidad y moderación, pudo el de Villagarcía impedir que
tomasen incremento las turbulencias de Oruro y mantener a raya al
cuzqueño Juan Santos, que se había proclamado Inca.
No fué tan feliz con los almirantes ingleses Vernon y Jorge Andson, que
con sus piraterías alarmaban la costa. Haciendo grandes esfuerzos e
imponiendo una contribución al comercio, logró el virrey alistar una
escuadra, cuyo jefe evitó siempre poner sus naves al alcance de los
cañones ingleses, dando lugar a que Andson apresara el galeón de Manila,
que llevaba un cargamento valuado en más de tres millones de pesos.
Bajo su gobierno fué cuando el mineral del Cerro de Pasco principió a
adquirir la importancia de que hoy goza, y entre otros sucesos curiosos
de su época merecen consignarse la aurora boreal que se vió una noche en
el Cuzco, y la muerte que dieron los fanáticos habitantes de Cuenca al
cirujano de la expedición científica que a las órdenes del sabio La
Condamine visitó la América. Los sencillos naturales pensaron, al ver
unos extranjeros examinando el cielo con grandes telescopios, que esos
hombres se ocupaban de hechicerías y malas artes.
A propósito de la venida de la comisión científica, leemos en un
precioso manuscrito que existe en la Biblioteca de Lima, titulado _Viaje
al globo de la luna_, que el pueblo limeño bautizó a los ilustres
marinos españoles don Jorge Juan y don Antonio de Ulloa y a los sabios
franceses Gaudin y La Condamine con el sobrenombre de los _caballeros
del punto fijo_, aludiendo a que se proponían determinar con _fijeza_ la
magnitud y figura de la tierra. Un pedante, creyendo que los cuatro
comisionados tenían la facultad de alejar de Lima cuanto quisiesen la
línea equinoccial, se echó a murmurar entre el pueblo ignorante contra
el virrey marqués de Villagarcía, acusándolo de tacaño y menguado; pues
por ahorrar un gasto de quince o veinte mil pesos que pudiera costar la
obra, consentía en que la línea equinoccial se quedase como se estaba y
los vecinos expuestos a sufrir los recios calores del verano. Trabajillo
parece que costó convencer al populacho de que aquel charlatán ensartaba
disparates. Así lo refiere el autor anónimo del ya citado manuscrito.
Después de nueve años y medio de gobierno, y cuando menos lo esperaba,
fué el virrey desairosamente relevado con el futuro conde de Superunda
en julio de 1745. Este agravio afectó tanto al anciano marqués de
Villagarcía, que regresando para España, a bordo del navío Héctor, murió
en el mar, en la costa patagónica, en diciembre del mismo año.