Cuatro meses después de su prisión, la Real Audiencia condenaba a muerte
a don Fernando de Vergara. Este desde el primer momento había declarado
que mató al marqués con alevosía, en un arranque de desesperación de
jugador arruinado. Ante tan franca confesión no quedaba al tribunal más
que aplicar la pena.
Evangelina puso en juego todo resorte para libertar a su marido de una
muerte infamante; y en tal desconsuelo, llegó el día designado para el
suplicio del criminal. Entonces la abnegada y valerosa Evangelina
resolvió hacer, por amor al nombre de sus hijos, un sacrificio sin
ejemplo.
Vestida de duelo se presentó en el salón de palacio en momentos de
hallarse el virrey conde de la Monclova en acuerdo con los oidores, y
expuso: que don Fernando había asesinado al marqués, amparado por la
ley; que ella era adúltera, y que, sorprendida por el esposo, huyó de
sus iras, recibiendo su cómplice justa muerte del ultrajado marido.
La frecuencia de las visitas del marqués a la casa de Evangelina, el
anillo de ésta como gaje de amor en la mano del cadáver, las heridas por
la espalda, la circunstancia de habérsele hallado al muerto al pie del
lecho de la señora, y otros pequeños detalles eran motivos bastantes
para que el virrey, dando crédito a la revelación, mandase suspender la
sentencia.
El juez de la causa se constituyó en la cárcel para que don Fernando
ratificara la declaración de su esposa. Mas apenas terminó el escribano
la lectura, cuando Vergara, presa de mil encontrados sentimientos, lanzó
una espantosa carcajada.
¡El infeliz se había vuelto loco!
Pocos años después, la muerte cernía sus alas sobre el casto lecho de la
noble esposa, y un austero sacerdote prodigaba a la moribunda los
consuelos de la religión.
Los cuatro hijos de Evangelina esperaban arrodillados la postrera
bendición maternal. Entonces la abnegada víctima, forzada por su
confesor, les reveló el tremendo secreto:--El mundo olvidará--les
dijo--el nombre de la mujer que os dió la vida; pero habría sido
implacable para con vosotros si vuestro padre hubiese subido los
escalones del cadalso. Dios, que lee en el cristal de mi conciencia,
sabe que ante la sociedad perdí mi honra porque no os llamasen un día
los hijos del ajusticiado.