La opulencia de la mina y la generosidad de Salcedo y de su hermano don
Gaspar atrajeron, en breve, gran número de aventureros a Laycacota.
Oigamos a un historiador: «Había allí plata pura y metales, cuyo
beneficio dejaba tantos marcos como pesaba el cajón. En ciertos días se
sacaron centenares de miles de pesos».
Estas aseveraciones parecerían fabulosas si todos los historiadores no
estuvieran uniformes en ellas.
Cuando algún español, principalmente andaluz o castellano, solicitaba un
socorro de Salcedo, éste le regalaba lo que pudiese sacar de la mina en
determinado número de horas. El obsequio importaba casi siempre por lo
menos el valor de una barra, que representaba dos mil pesos.
Pronto los catalanes, gallegos y vizcaínos que residían en el mineral
entraron en disensiones con los andaluces, castellanos y criollos
favorecidos por los Salcedo. Se dieron batallas sangrientas con variado
éxito, hasta que el virrey don Diego de Benavides, conde de Santisteban,
encomendó al obispo de Arequipa, fray Juan de Almoguera, la pacificación
del mineral. Los partidarios de los Salcedo derrotaron a las tropas del
obispo, librando mal herido el corregidor Peredo.
En estos combates, hallándose los de Salcedo escasos de plomo, fundieron
balas de plata. No se dirá que no mataban lujosamente.
Así las cosas, aconteció en Lima la muerte de Santisteban, y la Real
Audiencia asumió el poder. El gobernador que ésta nombró para Laycacota,
viéndose sin fuerzas para hacer respetar su autoridad, entregó el mando
a don José Salcedo, que lo aceptó bajo el título de _justicia mayor_. La
Audiencia se declaró impotente y contemporizó con Salcedo, el cual,
recelando nuevos ataques de los vascongados, levantó y artilló una
fortaleza en el cerro.
En verdad que la Audiencia tenía por entonces mucho grave de que
ocuparse con los disturbios que promovía en Chile el gobernador Meneses
y con la tremenda y vasta conspiración del Inca Bohorques, descubierta
en Lima casi al estallar, y que condujo al caudillo y sus tenientes al
cadalso.
El orden se había por completo restablecido en Laycacota, y todos los
vecinos estaban contentos del buen gobierno y la caballerosidad del
justicia mayor.
Pero en 1667, la Audiencia tuvo que reconocer al nuevo virrey llegado de
España.
Era éste el conde Lemos, mozo de treinta y tres años, a quien, según los
historiadores, _sólo faltaba sotana para ser completo jesuíta_. En cerca
de cinco años de mando, brilló poco como administrador. Sus empresas se
limitaron a enviar, aunque sin éxito, una fuerte escuadra en persecución
del bucanero Morgán, que había incendiado Panamá, y a apresar en las
costas de Chile a Enrique Clerk. Un año después de su destrucción por
los bucaneros (1670), la antigua Panamá, fundada en 1518, se trasladó al
lugar donde hoy se encuentra. Dos voraces incendios, uno en febrero de
1737 y otro en marzo de 1756, convirtieron en cenizas dos terceras
partes de los edificios, entre los que algunos debieron ser
monumentales, a juzgar por las ruinas que aun llaman la atención del
viajero.
El virrey conde de Lemos se distinguió únicamente por su devoción. Con
frecuencia se le veía barriendo el piso de la iglesia de los
Desamparados, tocando en ella el órgano, y haciendo el oficio de cantar
en la solemne misa dominical, dándosele tres pepinillos de las
murmuraciones de la nobleza, que juzgaba tales actos indignos de un
grande de España.
Dispuso este virrey, bajo pena de cárcel y multa, que nadie pintase cruz
en sitio donde pudiera ser pisada; que todos se arrodillasen al toque de
oraciones; y escogió para padrino de uno de sus hijos al cocinero del
convento de San Francisco, que era un negro con un jeme de jeta y fama
de santidad.
Por cada individuo de los que ajusticiaba, mandaba celebrar treinta
misas; y consagró, por lo menos, tres horas diarias al rezo del oficio
parvo y del rosario, confesando y comulgando todas las mañanas, y
concurriendo al jubileo y a cuanta fiesta o distribución religiosa se
le anunciara.
Jamás se han vista en Lima procesiones tan espléndidas como las de
entonces; y Lorente, en su _Historia_, trae la descripción de una que se
trasladó desde palacio a los Desamparados, dando largo rodeo, una imagen
de María que el virrey había hecho traer expresamente desde Zaragoza.
Arco hubo en esa fiesta cuyo valor se estimó en más de doscientos mil
pesos, tal era la profusión de alhajas y piezas de oro y plata que lo
adornaban. La calle de Mercaderes lució por pavimento barras de plata,
que representaban más de dos millones de ducados. ¡Viva el lujo y quien
lo _trujo_!
El fanático don Pedro Antonio de Castro y Andrade, conde de Lemos,
marqués de Sarria y de Gátiva y duque de Taratifanco, que cifraba su
orgullo en descender de San Francisco de Borja, y que, a estar en sus
manos, como él decía, habría fundado en cada calle de Lima un colegio de
Jesuítas, apenas fué proclamado en Lima como representante de Carlos II
el _Hechizado_, se dirigió a Puno con gran aparato de fuerza y
aprehendió a Salcedo.
El justicia contaba con poderosos elementos para resistir; pero no quiso
hacerse reo de rebeldía a su rey y señor natural.
El virrey, según muchos historiadores, lo condujo preso, tratándolo
durante la marcha con extremado rigor. En breve tiempo quedó concluída
la causa, sentenciado Salcedo a muerte, y confiscados sus bienes en
provecho del real tesoro.
Como hemos dicho, los jesuítas dominaban al virrey. Jesuíta era su
confesor el padre Castillo, y jesuítas sus secretarios. Las crónicas de
aquellos tiempos acusan a los hijos de Loyola de haber contribuido
eficazmente al trágico fin del rico minero, que había prestado no pocos
servicios a la causa de la corona y enviado a España algunos millones
por el quinto de los provechos de la mina.
Cuando leyeron a Salcedo la sentencia, propuso al virrey que le
permitiese apelar a España, y que por el tiempo que transcurriese desde
la salida del navío hasta su regreso con la resolución de la corte de
Madrid, lo obsequiaría diariamente con una barra de plata.
Y téngase en cuenta no sólo que cada barra de plata se valorizaba en dos
mil duros, sino que el viaje del Callao a Cádiz no era realizable en
menos de seis meses.
La tentación era poderosa, y el conde de Lemos vaciló.
Pero los jesuítas le hicieron presente que mejor partido sacaría
ejecutando a Salcedo y confiscándole sus bienes.
El que más influyó en el ánimo de su excelencia fué el padre Francisco
del Castillo, jesuíta peruano que está en olor de santidad, el cual era
padrino de bautismo de don Salvador Fernández de Castro, marqués de
Almuña e hijo del virrey.
Salcedo fué ejecutado en el sitio llamado _Orcca-Pata_, a poca distancia
de Puno.