II

La opulencia de la mina y la generosidad de Salcedo y de su hermano don

Gaspar atrajeron, en breve, gran número de aventureros a Laycacota.

Oigamos a un historiador: «Había allí plata pura y metales, cuyo

beneficio dejaba tantos marcos como pesaba el cajón. En ciertos días se

sacaron centenares de miles de pesos».

Estas aseveraciones parecerían fabulosas si todos los historiadores no

estuvieran uniformes en ellas.

Cuando algún español, principalmente andaluz o castellano, solicitaba un

socorro de Salcedo, éste le regalaba lo que pudiese sacar de la mina en

determinado número de horas. El obsequio importaba casi siempre por lo

menos el valor de una barra, que representaba dos mil pesos.

Pronto los catalanes, gallegos y vizcaínos que residían en el mineral

entraron en disensiones con los andaluces, castellanos y criollos

favorecidos por los Salcedo. Se dieron batallas sangrientas con variado

éxito, hasta que el virrey don Diego de Benavides, conde de Santisteban,

encomendó al obispo de Arequipa, fray Juan de Almoguera, la pacificación

del mineral. Los partidarios de los Salcedo derrotaron a las tropas del

obispo, librando mal herido el corregidor Peredo.

En estos combates, hallándose los de Salcedo escasos de plomo, fundieron

balas de plata. No se dirá que no mataban lujosamente.

Así las cosas, aconteció en Lima la muerte de Santisteban, y la Real

Audiencia asumió el poder. El gobernador que ésta nombró para Laycacota,

viéndose sin fuerzas para hacer respetar su autoridad, entregó el mando

a don José Salcedo, que lo aceptó bajo el título de _justicia mayor_. La

Audiencia se declaró impotente y contemporizó con Salcedo, el cual,

recelando nuevos ataques de los vascongados, levantó y artilló una

fortaleza en el cerro.

En verdad que la Audiencia tenía por entonces mucho grave de que

ocuparse con los disturbios que promovía en Chile el gobernador Meneses

y con la tremenda y vasta conspiración del Inca Bohorques, descubierta

en Lima casi al estallar, y que condujo al caudillo y sus tenientes al

cadalso.

El orden se había por completo restablecido en Laycacota, y todos los

vecinos estaban contentos del buen gobierno y la caballerosidad del

justicia mayor.

Pero en 1667, la Audiencia tuvo que reconocer al nuevo virrey llegado de

España.

Era éste el conde Lemos, mozo de treinta y tres años, a quien, según los

historiadores, _sólo faltaba sotana para ser completo jesuíta_. En cerca

de cinco años de mando, brilló poco como administrador. Sus empresas se

limitaron a enviar, aunque sin éxito, una fuerte escuadra en persecución

del bucanero Morgán, que había incendiado Panamá, y a apresar en las

costas de Chile a Enrique Clerk. Un año después de su destrucción por

los bucaneros (1670), la antigua Panamá, fundada en 1518, se trasladó al

lugar donde hoy se encuentra. Dos voraces incendios, uno en febrero de

1737 y otro en marzo de 1756, convirtieron en cenizas dos terceras

partes de los edificios, entre los que algunos debieron ser

monumentales, a juzgar por las ruinas que aun llaman la atención del

viajero.

El virrey conde de Lemos se distinguió únicamente por su devoción. Con

frecuencia se le veía barriendo el piso de la iglesia de los

Desamparados, tocando en ella el órgano, y haciendo el oficio de cantar

en la solemne misa dominical, dándosele tres pepinillos de las

murmuraciones de la nobleza, que juzgaba tales actos indignos de un

grande de España.

Dispuso este virrey, bajo pena de cárcel y multa, que nadie pintase cruz

en sitio donde pudiera ser pisada; que todos se arrodillasen al toque de

oraciones; y escogió para padrino de uno de sus hijos al cocinero del

convento de San Francisco, que era un negro con un jeme de jeta y fama

de santidad.

Por cada individuo de los que ajusticiaba, mandaba celebrar treinta

misas; y consagró, por lo menos, tres horas diarias al rezo del oficio

parvo y del rosario, confesando y comulgando todas las mañanas, y

concurriendo al jubileo y a cuanta fiesta o distribución religiosa se

le anunciara.

Jamás se han vista en Lima procesiones tan espléndidas como las de

entonces; y Lorente, en su _Historia_, trae la descripción de una que se

trasladó desde palacio a los Desamparados, dando largo rodeo, una imagen

de María que el virrey había hecho traer expresamente desde Zaragoza.

Arco hubo en esa fiesta cuyo valor se estimó en más de doscientos mil

pesos, tal era la profusión de alhajas y piezas de oro y plata que lo

adornaban. La calle de Mercaderes lució por pavimento barras de plata,

que representaban más de dos millones de ducados. ¡Viva el lujo y quien

lo _trujo_!

El fanático don Pedro Antonio de Castro y Andrade, conde de Lemos,

marqués de Sarria y de Gátiva y duque de Taratifanco, que cifraba su

orgullo en descender de San Francisco de Borja, y que, a estar en sus

manos, como él decía, habría fundado en cada calle de Lima un colegio de

Jesuítas, apenas fué proclamado en Lima como representante de Carlos II

el _Hechizado_, se dirigió a Puno con gran aparato de fuerza y

aprehendió a Salcedo.

El justicia contaba con poderosos elementos para resistir; pero no quiso

hacerse reo de rebeldía a su rey y señor natural.

El virrey, según muchos historiadores, lo condujo preso, tratándolo

durante la marcha con extremado rigor. En breve tiempo quedó concluída

la causa, sentenciado Salcedo a muerte, y confiscados sus bienes en

provecho del real tesoro.

Como hemos dicho, los jesuítas dominaban al virrey. Jesuíta era su

confesor el padre Castillo, y jesuítas sus secretarios. Las crónicas de

aquellos tiempos acusan a los hijos de Loyola de haber contribuido

eficazmente al trágico fin del rico minero, que había prestado no pocos

servicios a la causa de la corona y enviado a España algunos millones

por el quinto de los provechos de la mina.

Cuando leyeron a Salcedo la sentencia, propuso al virrey que le

permitiese apelar a España, y que por el tiempo que transcurriese desde

la salida del navío hasta su regreso con la resolución de la corte de

Madrid, lo obsequiaría diariamente con una barra de plata.

Y téngase en cuenta no sólo que cada barra de plata se valorizaba en dos

mil duros, sino que el viaje del Callao a Cádiz no era realizable en

menos de seis meses.

La tentación era poderosa, y el conde de Lemos vaciló.

Pero los jesuítas le hicieron presente que mejor partido sacaría

ejecutando a Salcedo y confiscándole sus bienes.

El que más influyó en el ánimo de su excelencia fué el padre Francisco

del Castillo, jesuíta peruano que está en olor de santidad, el cual era

padrino de bautismo de don Salvador Fernández de Castro, marqués de

Almuña e hijo del virrey.

Salcedo fué ejecutado en el sitio llamado _Orcca-Pata_, a poca distancia

de Puno.

Tradiciones peruanas · 第 15 / 96 题