II

Existe en la ciudad del Cuzco una soberbia casa conocida por la del

_Almirante_; y parece que el tal almirante tuvo tanto de marino, como

alguno que yo me sé y que sólo ha visto el mar en pintura. La verdad es

que el título era hereditario y pasaba de padres a hijos.

La casa era obra notabilísima. El acueducto y el tallado de los techos,

en uno de los cuales se halla modelado el busto del almirante que la

fabricó, llaman preferentemente la atención.

Que vivieron en el Cuzco cuatro almirantes, lo comprueba el árbol

genealógico que en 1861 presentó ante el Soberano Congreso del Perú el

señor don Sixto Laza, para que se le declarase legítimo y único

representante del Inca Huáscar, con derecho a una parte de las huaneras,

al ducado de Medina de Ríoseco, al marquesado de Oropesa y varias otras

gollerías. ¡Carillo iba a costarnos el gusto de tener príncipe en casa!

Pero conste, para cuando nos cansemos de la república, teórica o

práctica, y proclamemos, por variar de plato, la monarquía, absoluta o

constitucional, que todo puede suceder, Dios mediante y el trotecito

trajinero que llevamos.

Refiriéndose a ese árbol genealógico, el primer almirante fué don Manuel

de Castilla, el segundo don Cristóbal de Castilla Espinosa y Lugo, al

cual sucedió su hijo don Gabriel de Castilla Vázquez de Vargas, siendo

el cuarto y último don Juan de Castilla y González, cuya descendencia se

pierde en la rama femenina.

Cuéntase de los Castilla, para comprobar lo ensoberbecidos que vivían de

su alcurnia, que cuando rezaban el Avemaría usaban esta frase: _Santa

María, madre de Dios, parienta y señora nuestra, ruega por nos._

Las armas de los Castilla eran: escudo tronchado; el primer cuartel en

gules y castillo de oro aclarado de azur; el segundo en plata, con león

rampante de gules y banda de sinople con dos dragantes también de

sinople.

Aventurado sería determinar cuál de los cuatro es el héroe de la

tradición, y en esta incertidumbre puede el lector aplicar el mochuelo

a cualquiera, que de fijo no vendrá del otro barrio a querellarse de

calumnia.

El tal almirante era hombre de más humos que una chimenea, muy pagado de

sus pergaminos y más tieso que su almidonada gorguera. En el patio de la

casa ostentábase una magnífica fuente de piedra, a la que el vecindario

acudía para proveerse de agua, tomando al pie de la letra el refrán de

que agua y candela a nadie se niegan.

Pero una mañana se levantó su señoría con un humor de todos los diablos,

y dió orden a sus fámulos para que moliesen a palos a cualquier bicho de

la canalla que fuese osado a atravesar los umbrales en busca del

elemento refrigerador.

Una de las primeras que sufrió el castigo fué una pobre vieja, lo que

produjo algún escándalo en el pueblo.

Al otro día el hijo de ésta, que era un joven clérigo que servía la

parroquia de San Jerónimo, a pocas leguas del Cuzco, llegó a la ciudad y

se impuso del ultraje inferido a su anciana madre. Dirigióse

inmediatamente a casa del almirante; y el hombre de los pergaminos lo

llamó hijo de cabra y vela verde, y echó verbos y gerundios, sapos y

culebras por esa aristocrática boca, terminando por darle una soberana

paliza al sacerdote.

La excitación que causó el atentado fué inmensa. Las autoridades no se

atrevían a declararse abiertamente contra el magnate, y dieron tiempo al

tiempo, que a la postre todo lo calma. Pero la gente de iglesia y el

pueblo declararon excomulgado al orgulloso almirante.

El insultado clérigo, pocas horas después de recibido el agravio, se

dirigió a la Catedral y se puso de rodillas a orar ante la imagen de

Cristo, obsequiada a la ciudad por Carlos V. Terminada su oración, dejó

a los pies del Juez Supremo un memorial exponiendo su queja y demandando

la justicia de Dios, persuadido que no había de lograrla de los hombres.

Diz que volvió al templo al siguiente día, y recogió la querella

proveída con un decreto marginal de _Como se pide: se hará justicia._ Y

así pasaron tres meses, hasta que un día amaneció frente a la casa una

horca y pendiente de ella el cadáver del excomulgado, sin que nadie

alcanzara a descubrir los autores del crimen, por mucho que las

sospechas recayeran sobre el clérigo, quien supo, con numerosos

testimonios, _probar la coartada_.

En el proceso que se siguió declararon dos mujeres de la vecindad que

habían visto un grupo de hombres _cabezones y chiquirriticos,_ vulgo

duendes, preparando la horca; y que cuando ésta quedó alzada, llamaron

por tres veces a la puerta de la casa, la que se abrió al tercer

aldabonazo. Poco después el almirante, vestido de gala, salió en medio

de los duendes, que sin más ceremonia lo suspendieron como un racimo.

Con tales declaraciones la justicia se quedó a obscuras y no pudiendo

proceder contra los duendes, pensó que era cuerdo el sobreseimiento.

Si el pueblo cree como artículo de fe que los duendes dieron fin del

excomulgado almirante, no es un cronista el que ha de meterse en

atolladeros para convencerlo de lo contrario, por mucho que la gente

descreída de aquel tiempo murmurara por lo bajo que todo lo acontecido

era obra de los jesuítas, para acrecer la importancia y respeto debidos

al estado sacerdotal.

Tradiciones peruanas · 第 7 / 96 题