A la misma hora, la muchedumbre, paseando en los amenísimos jardines,
comentaba los sucesos de aquellos días. Don Benigno y Salvador
paseaban juntos como viejos amigos, y ya se habían contado parte de
sus secretos. Cordero estaba triste, Monsalud se iba exaltando más
cada día con la idea política. De pronto vieron que la multitud se
agolpaba en un sitio, por donde discurría en abigarrada procesión gente
de Palacio, con dorados uniformes y huecos casacones. Abría calle el
público para dar paso a estos señores. Cordero y Monsalud se acercaron
para ver mejor. Sostenida por una nodriza, rodeada de damas, seguida de
personajes, una niña de dos años andaba con dificultad, batiendo palmas
y riendo de alegría. Aquellos eran los primeros pasos de una reina.
Del gentío salió una voz que gritó con furor: «¡_Viva Isabel II_!».
Y una exclamación inmensa recorrió los jardines, perdiéndose y
desparramándose como los primeros ecos de una tempestad naciente.
La tempestad estaba cerca: oíanse los primeros truenos; pero el que
quiera conocer los notables sucesos, ya privados, ya públicos, que
restan por referir, tenga paciencia y espere a leer lo que con toda
verdad se dirá en el libro siguiente.