Al llegar aquí, el narrador no puede contener su asombro ante el
peregrino suceso que va a referir, y deteniendo su relato, exclama: ¡Oh
admirables designios de la Providencia! ¡Oh vanidad de los cálculos
humanos! ¡Oh peligro de jugar con las cosas del cielo, eslabonándolas
con los apetitos o intereses de un bando político! De este modo el
ánimo del lector queda perfectamente dispuesto para saber que Dios
Todopoderoso, estimando sin duda más a don Carlos que a su partido,
atendió al ruego que con amor fraternal y piedad cristiana le dirigió
aquel; y así dispuso que Fernando, ya casi muerto, tornase a la
vida, dando al traste con las esperanzas de lo que el obispo de León
llamaba _el partido del Altísimo_. De este modo el Padre de todas
las cosas abandonaba a su grey en lo mejor de la pelea, seguido de
la Generalísima, a quien también pidió muy ardientemente don Carlos
la vida de su hermano. Hasta con su cristiandad se perjudicaba a sí
mismo don Carlos como jefe visible del partido absolutista-religioso,
y si le dejaran rezar mucho, es fácil que los furibundos apostólicos
perdieran todas las batallas cortesanas y marciales que en lo futuro
habían de dar.
Fernando se aletargó por la noche. Todos le creyeron muerto; la
tremenda noticia circuló por el Real Sitio, llegó hasta Madrid, y aun
fue transmitida a las cortes europeas. Pero a la mañana siguiente,
de aquel cadáver volvieron a salir quejas y suspiros, se reanimó con
oportunas sustancias y medicinas, y en Palacio y en los jardines no
se decía sino _el rey vive, el rey vive_, frase de consternación
para algunos, de esperanzas para los menos. Muchas caras variaron
bruscamente, y Cristina vio sonreír a los que el día anterior estaban
cejijuntos y tenían en su rostro protervo el indefinible airecillo
de la defección. ¡Y el señor obispo, que la tarde del 18 salió a los
jardines diciendo en voz alta en un corro de amigos: «Ya no volverán a
levantar la cabeza los liberales...»! ¡Y el gracioso padre Carranza,
que aquella noche había prometido solemnemente a sus allegados más de
cuarenta canonjías y beneficios simples!
En todo el día 19 fueron llegando al Real Sitio muchos jóvenes de la
aristocracia y militares de todas graduaciones, que iban a ponerse
a las órdenes de la reina Cristina. Con estas adquisiciones hechas
por un partido que se creía muerto, iban rápidamente abatiéndose los
ánimos de los apostólicos, y no se sabe qué cantidad fabulosa de tazas
de tila tuvieron que tomar doña Francisca y su hermana para poner a
raya sus desconcertados nervios. ¡Dios y la Generalísima ayudaban a la
napolitana!
Con la irrupción de personajes civiles y militares en el Real Sitio,
las habitaciones escasearon en tales términos, que Pipaón tuvo que
rogar a don Benigno le dejase libre el cuarto que ocupaba en la casa de
Pajes, lo que no sintió mucho el héroe, porque estaba hasta la corona
de cortesanos, obispos y palaciegos.
—Lo siento mucho —dijo don Juan al despedirle—. Pero ya ve usted, media
España ha venido aquí a ponerse a las órdenes de la reina... ¡Es un
ángel esa señora! Aunque no lo parezca, sepa usted que yo la admiro.
Dicen que será nombrada regente... y no me pesa, no me pesa...
Cuando iba Cordero por el jardín acompañado de un chico que le llevaba
la maleta, encontró a Salvador, el cual se empeñó en compartir con
él su alojamiento, aunque estrecho, suficiente para los dos. Dio mil
excusas don Benigno, que en aquel momento sintió más vivo que nunca el
misterioso recelo que su amigo le inspiraba; pero al fin no tuvo más
remedio que aceptar, so pena de tener que dormir en la calle o en un
banco de los jardines.
—No hay que pensar ahora —le dijo Monsalud con cariño— en que esos
señores firmen. Ninguno de ellos, en estos días, sabe dónde tiene la
mano derecha. Esperando a ver en qué para esto, viviremos juntos, nos
contaremos nuestras desdichas y nos consolaremos mutuamente.
Al día siguiente cobró Fernando algunas fuerzas, y serenándose su mente
empezó a comprender la infame sorpresa de que había sido víctima. No
obstante, todavía los reyes legítimos estaban en Palacio como cohibidos
por la gente apostólica, cuyo poder era grande aún, a pesar de la
situación desfavorable en que se encontraban. Esperábales todavía el
golpe de gracia, que había de darles muerte en la esfera cortesana,
cerrándoles todo camino que no fuera el de la guerra. En la madrugada
del 22 llegó a San Ildefonso la infanta Carlota, esposa del infante don
Francisco y hermana de Cristina, mujer resuelta, varonil, desparpajada,
libre y francota de palabras, alta, airosa y algo manolesca de figura,
valerosa hasta lo sumo, y tan ardiente de genio que, según pública
opinión, trataba despóticamente, cuando el caso lo requería, a las
personas ligadas a ella por el parentesco más íntimo. Odiaba con toda
su alma a las dos princesas brasileñas, doña Francisca y la de Beira, y
este aborrecimiento podrá explicar mejor que ninguna razón política la
guerra que había declarado a los apostólicos. ¡Formidable influencia de
la mujer en el destino de los pueblos! Los hombres, pensando, plantean
las teorías y los sistemas, crean los partidos; las mujeres, amando
o aborreciendo, determinan la acción. Comparando la historia con un
drama, el hombre es el histrión y la mujer el autor. No ha existido
ningún gran suceso político que no haya venido a la historia impulsado
por manos femeninas, y esa académica nave del Estado de que tanto
hablan los tratados políticos, no navegaría las más de las veces si no
tiraran de ella las voladoras palomitas de Venus.
Doña Carlota entró en Palacio hablando a gritos, tratando con modales
bruscos a todo el mundo, gentilhombres y damas; presentose a su
hermana, y después de abrazarla la llamó tonta unas veinte veces.
El testigo presencial de estas escenas, que ya no eran de tragedia
ni de drama, sino de opereta, cuenta que como Cristina y Carlota
hablaban acaloradamente en italiano, no era posible a los presentes
entender bien lo que decían; solo comprendían algunas palabras, como
_sciocca, pazza, regina de gallería... sceleratezza..._ Después la
infanta descansó un momento, y a hora avanzada de la mañana anunció
que recibiría a los ministros y demás personajes que quisieran
cumplimentarla. Cuando Calomarde y el conde de la Alcudia entraron,
doña Carlota afectó serenidad y preguntó al ministro de Gracia y
Justicia la razón de haber revelado el secreto del codicilo, contra lo
dispuesto por Su Majestad. Tembloroso y cortado, don Tadeo se excusó
con el letargo del rey, que parecía muerto.
—Su Majestad —dijo doña Carlota disimulando su ira— quiere recoger el
original del codicilo, y me encarga decir a usted que lo presente ahora
mismo.
El ministro se inclinó, saliendo en busca de lo que se le pedía. Entre
tanto, los que no se habían manifestado muy claramente partidarios del
infante, se reunían en la cámara. En pie y moviéndose sin cesar de
un lado para otro, altiva, nerviosa, respirando fuerte, doña Carlota
parecía que imaginaba crueldades y violencias impropias de mujer y de
princesa. Los circunstantes no le dijeron nada, y Cristina misma, con
ojos encendidos de tanto llorar, el seno palpitante, enmudecía ante la
arrogantísima actitud de aquella nueva Semíramis.
Cuando Calomarde entregó a la infanta el manuscrito que tantos desvelos
y fingimiento había costado a los apostólicos, Carlota no se tomó el
trabajo de leerlo y lo rasgó con furia en multitud de pedazos. Con el
mismo desprecio y enojo con que arrojó al suelo los trozos de papel,
echó sobre la persona del ministro estas duras palabras, que no suelen
oírse en boca de príncipes:
—Vea usted en lo que paran sus infamias. Usted ha engañado, usted ha
sorprendido a Su Majestad abusando de su estado moribundo; usted, al
emplear tales medios para esta traición, ha obrado en conformidad con
su carácter de siempre, que es la bajeza, la doblez, la hipocresía.
Rojo como una amapola, si es permitido comparar el rubor de un ministro
a la hermosura de una flor campesina, Calomarde bajó los ojos. Aquella
furibunda y no vista humillación del tiranuelo era el contrapeso de sus
nueve años de insolente poder. En su cobardía quiso humillarse más, y
balbució algunas palabras.
—Señora..., yo...
—Todavía —exclamó la Semíramis borbónica en la exaltación de su ira—,
todavía se atreve usted a defenderse, y a insultarnos con su presencia
y con sus palabras. Salga usted inmediatamente.
Ciega de furor, dejándose arrebatar de sus ímpetus de coraje, la
infanta dio algunos pasos hacia Su Excelencia, alzó el membrudo brazo,
disparó la mano carnosa... ¡Plaf! Sobre los mofletes del ministro
resonó la más soberana bofetada que se ha dado jamás.
Todos nos quedamos pálidos y suspensos, y digo _nos_ porque el narrador
tuvo la suerte de presenciar este gran suceso. Calomarde se llevó la
mano a la parte dolorida, y lívido, sudoroso, muerto, solo dijo con
ahogado acento:
—Señora, manos blancas...
No dijo más. La infanta le volvió la espalda.
Calomarde acabó para siempre como hombre político. Los apostólicos,
cuando se llamaron carlistas, le despreciaron, y el execrable ministril
se murió de tristeza en país extranjero.