II

¿Por qué vivía en casa de Cordero la hija de Gil de la Cuadra? ¿Desde

cuándo estaba allí? Es urgente aclarar esto.

Cuando pasó a mejor vida, del modo lamentable e inicuo que todos

sabemos, don Patricio Sarmiento, Soledad siguió viviendo sola en la

casa de la calle de Coloreros. Don Benigno y su familia continuaron

también en el piso principal de la misma casa. La continuada vecindad,

y más aún la comunidad de desgracias y de peligros en que se habían

visto, aumentaron a afición de Sola a los Corderos y el cariño de los

Corderos a Sola, hasta el punto de que todos se consideraban como de

una misma familia, y llegó el caso de que en la vecindad llamaran a la

huérfana _doña Sola Cordero_.

A poco de nacer Rafaelito, trasladose don Benigno a la subida de

Santa Cruz, y al principal de la casa donde estaba su tienda; y como

allí el local era espacioso, instaron a su amiga para que viviera con

ellos. Después de muchos ruegos y excusas quedó concertado el plan de

residencia. En aquellos días se casó Elena con el jovenzuelo Angelito

Seudoquis, el cual, destinado a Filipinas cuatro meses después de la

boda, emprendió con su muñeca el viaje por el Cabo, y a los catorce

meses los señores de Cordero recibieron en una misma carta dos

noticias interesantes: que sus hijos habían llegado a Manila, y que

antes de llegar les habían dado un nietecillo.

Lo mismo don Benigno que su esposa veían que la huérfana iba llenando

poco a poco el hueco que en la familia y en la casa había dejado

la hija ausente. Pruebas dio aquella bien pronto de ser merecedora

del afecto paternal que marido y mujer le mostraban. Asistió a doña

Robustiana en su larga y penosa enfermedad con tanta solicitud y

abnegación tan grande, que no lo haría mejor una santa. Nadie, ni

aun ella misma, hizo la observación de que había pasado su juventud

toda cuidando enfermos. Gil de la Cuadra, doña Fermina, Sarmiento y

doña Robustiana, marcaban las fechas culminantes y sucesivas de una

existencia consagrada al alivio de los males ajenos, siempre con

absoluto desconocimiento del bien propio.

Doña Robustiana sucumbió. Las buenas costumbres y el respeto a las

apariencias morales, que no sin razón auxilian a la moral verdadera,

no permitían que una joven soltera viviese en compañía de un señor

viudo. Fue necesario separarse. Don Benigno tenía una hermana vieja y

solterona, avecindada en Madrid, medianamente rica, y de cuya suavidad,

semejante a la de un puerco-espín, tiene el lector noticia. Poseía doña

Cruz Cordero un carácter espinoso, insufrible, inexpugnable como una

ruda fortaleza natural de displicencia, artillada con los cañones de

las palabras agrias y duras. No se llegaba al interior de tal plaza

ni por la violencia ni por el cariño. No se rendía a los ataques ni se

dejaba sorprender por la zapa. El pobre don Benigno apuró todos los

medios para conseguir que su hermana se fuera a vivir con él, a fin de

constituir la casa en pie mujeril, y poder retener a su lado a Sola

sin miedo a contravenir las prácticas sociales. Pero doña Cruz hacía

tan poco caso de la voz de la razón como de las voces del cariño, y se

fortalecía más cada vez en el baluarte de su egoísmo. Todo provenía

de su odio a los muchachos, ya fueran de pecho, ya pollancones o

barbiponientes. En esto no había diferencias: aborrecía la flor de la

humanidad, cualquiera que fuese su estado, y seguramente se dudara de

la aptitud de su corazón para toda clase de amor, si no existiesen

gatos y perros y aun mirlos para probar lo contrario.

Si no pudo conseguir don Benigno que doña Cruz fuese a vivir con él,

logró que admitiese en su compañía a Sola, no sin que pusiera mil

enojosas condiciones la vieja. A tal época pertenecen los apuros de

don Benigno, su soledad de padre viudo entre biberones y amas de

cría, y otros ruines trabajos que hemos descrito al principio de esta

narración. La de Gil de la Cuadra ayudábale un poco durante el día,

pero no en las noches, porque doña Cruz había hecho la gracia de irse

a vivir al extremo de la Villa, lindando con el Seminario de Nobles;

rarísima vez visitaba a su hermano, y esto en horas incómodas.

Llegó un día en que la paciencia de don Benigno, como todo aquello

que ha tenido largo y abundante uso, tocó a su límite. Ya no había

más paciencia en aquella alma, tan generosamente dotada de nobles

prendas por Dios. Pero aún había, en dosis no pequeña, la decisión para

acometer grandes cosas: la bravura de la acción unida a la audacia del

pensamiento, que en una fecha memorable le pusieron al nivel de los más

grandes héroes.

So pretexto de una enfermedad grave, Cordero hizo venir a doña Crucita

a su casa, y luego que la tuvo allí, le endilgó este discurso,

amenazándola con una gruesa llave que en la mano tenía:

—Sepa usted, señora doña Basilisco, que de aquí no se saldrá si no es

para el cementerio, siempre que no se conforme a vivir en compañía de

su hermano. Solo estoy y viudo, con hijos pequeños y uno todavía mamón.

Dígame si es propio que yo abandone los quehaceres de mi comercio para

arrullar muchachos, teniendo, como tengo, dos mujeres en mi familia que

lo harán mejor que yo... ¡Silencio, porque pego!... De aquí no se sale.

Doña Crucita alborotó la casa, y aun quiso llamar a la justicia;

pero don Benigno, Sola y el padre Alelí, que era muy amigo de ambos

hermanos, lograron calmarla, para lo cual fue preciso anteponer a las

razones la traslación de todos los bichos que en su morada tenía la

señora, añadiendo a la colección nuevos ejemplares que Cordero compró

para acabar de conquistar la voluntad de la _paloma ladrante_. Al digno

señor no le importaba ver su casa convertida en un arca de Noé, con

tal de tener en ella la compañía que deseaba.

Desde entonces varió la existencia de Cordero, así como la de Sola.

Aquel volvió a sus quehaceres naturales. Los chicos tuvieron quien les

cuidara bien, y todo marchó a pedir de boca. Crucita, sin dejar de

renegar de su hermano, de los endiablados borregos y del insoportable

ruido de la calle, se fue conformando poco a poco.

Pronto se conoció que el gobierno de la casa estaba en buenas manos.

Sola la encontró como una leonera y la puso en un pie de orden,

limpieza y arreglo, que inundaba de gozo el corazón de don Benigno.

Ni aun en tiempo de su Robustiana había él visto cosa semejante. Ya

no se volvió a ver ninguna pieza descosida sobre el cuerpo de los

Corderillos, ni se echó de menos botón, faja ni cinta. Ninguna prenda

ni objeto se vio fuera de su sitio, ni rodaba la loza por el suelo,

ni subía el polvo a los vasares, ni estaban las sillas patas arriba

y las lámparas boca abajo. Todo mueble ocupó su lugar conveniente, y

toda ocupación tuvo su hora fija e inalterable. No se buscaba cosa

alguna que al punto no se encontrara, ni se hacía esperar la comida ni

la cena. Los objetos preciosos no podían confundirse con los últimos

cachivaches, porque había sido inaugurado el reinado de las distancias.

El latón brillaba como la plata, y el cerezo tenía el lustre de la

caoba. Don Benigno estaba embelesado, y repetía aquel pasaje de su

autor favorito: «Sofía conoce maravillosamente todos los detalles

del gobierno de la casa, entiende de cocina, sabe el precio de los

comestibles, y lleva muy bien las cuentas. Tiene un talento agradable

sin ser brillante, y sólido sin ser profundo... La felicidad de una

joven de esta clase consiste en labrar la de un hombre honrado».

La casa era grande, tortuosa y oscura como un laberinto. Había que

conocerla bien para andar sin tropiezo por sus negros pasillos y

aposentos, construidos a estilo de rompecabezas. Solo dos piezas tenían

ambiente y luz, y en una de ellas, la mejor de la casa, fue preciso

instalar a Crucita con las doce jaulas de pájaros, que eran su delicia.

No faltaba en el estrado ningún objeto de los que entonces constituían

el lujo, pues a don Benigno se le había despertado el amor de las cosas

elegantes, cómodas y decentes; y como no carecía de dinero, cada día

daba permiso a su diligente _Hormiga_ para introducir alguna novedad.

Con las onzas de Cordero y el buen gusto de Sola, viose pronto la casa

en un pie de elegancia que era el asombro de la vecindad. Fue vestida

la sala de hermoso papel imitando mármol, y una tanda de sillas de

caoba sustituyó a las antiguas de nogal y cerezo. El brasero era como

un gran artesón de cobre, sustentado sobre cuatro garras leoninas,

y con la badila y reja no pesaba menos de medio quintal. El sofá y

los dos sillones, que hoy nos parecerían potros de suplicio, eran de

lo más selecto. Las cortinas de percal blanco con franjas de tafetán

encarnado, tenían aspecto risueño, y se conceptuaban entonces como

lo más lujoso y elegante. No faltaban las mesillas de juego con sus

indispensables candeleros de plata, ni las célebres y ya olvidadas

rinconeras llenas de baratijas y objetos de arte y ciencia, tales como

cajas, caracoles, figurillas de yeso, algún jarro, libros y un par de

pajaritos disecados. En el marco del espejo apaisado, veíanse algunas

plumas de pavo real puestas con arte y simetría, como las pintan en las

cabezas de los salvajes. En cuestión de láminas, habíanse conservado

las antiguas, que eran _El león de Florencia devorando a un niño, La

desgraciada muerte de Luis XVI_ y _La caída de Ícaro_.

Vistos de la calle los balcones, presentaban el aspecto más alegre que

puede imaginarse. Los tiestos, con ser tantos, no eran bastantes para

quitar sitio a las jaulas, colgadas unas sobre otras. Interiormente no

cesaba la algarabía formada por el piar de algunos pájaros, el canto

de otros, el ladrido de los falderillos, el mayido de los gatos y los

roncos discursos de la cotorra. El esmero con que Crucita atendía al

cuidado y a las necesidades todas de su colección zoológica, hacía que

la existencia de tanto bicho no fuera incompatible con el perfecto aseo

de la casa.

Contentísimo estaba don Benigno del buen arreglo que Sola había

hecho en el gabinete donde él vivía. Sus ropas abundantes, tan bien

dispuestas que jamás notó en ellas rotura de más ni botón de menos,

le recreaban la vista, así como la limpieza de su variada colección

de sombreros. No le cautivaba menos el ver libres de polvo sus

adminículos de caza (diversión a que era muy aficionado), ni la

buena colocación que se había dado a las estampas de Santa Leocadia

y la Virgen del Sagrario (ambas proclamando el toledano abolengo del

propietario), ni la acertada ordenación de los libros. Estos no eran

muchos, pero sí escogidos, y solo formaban dos obras: las de Rousseau,

edición de 1827, en veinticinco tomitos, y el _Año Cristiano_ en doce.

Aunque alineados en dos grupos distintos, no por eso dejaban de andar

a cabezadas, dentro de un mismo estante, el _Vicario Saboyano_ y San

Agustín.

Con el orden perfecto en la disposición de todo lo de la casa, corría

parejas la buena concordia entre sus habitantes, si se exceptúan las

genialidades de Crucita, que fueron menos molestas desde que Sola

adoptó el sistema de hacerle poco caso sin aparentar contrariarla.

Desapacible y brusca con los chicos, no consentía que se le acercaran a

dos varas a la redonda. No obstante, el frecuente trato con ellos y la

dulzura de su hermano y de la _Hormiga_ fueron poco a poco arrancando

las espinas de aquel carácter endiablado, y al fin, sin dejar de

hablarles en el lenguaje más duro y desabrido que se puede imaginar,

manifestaba algún interés por los cuatro _enemigos_, ayudaba a

cuidarles, y aun se permitía contarles algún trasnochado y soso cuento.

Los muchachos, a excepción del más pequeño, eran pacíficos. Primitivo

y Segundo adelantaban regularmente en sus estudios, y en cuanto a

vocaciones, el tono especial de la época y los personajes de aquel

tiempo despertaban en ellos ambiciones varias. El mayor quería ser

Padre Guardián, para tomar mucho chocolate, dar a besar su mano a los

transeúntes y salir a paseo entre un par de duques o marqueses. El

segundo, que era vanidosillo y fachendoso, quería ser tambor mayor de

la Guardia Real, porque eso de ir delante de un regimiento haciendo

gestos y espantando moscas con un bastón de porra, le parecía el

colmo de la dicha. Rafaelito era más modesto. No le hablaran a él de

figuraciones ni altas dignidades: él no quería ser sino confitero, para

poder atracarse de dulces desde la mañana a la noche y hacer bonitas

velas para los santos. En cuanto a Juanito Jacobo, aunque no hablara,

bien se le conocía que su vocación era la de gigante Goliat o Hércules,

según lo que destrozaba, berreaba y las diabluras que hacía andando a

gatas, sin dejarse amedrentar por cocos ni espantajos.

Tranquilo, feliz, gozoso del orden en que vivía, y que amaba por

naturaleza y costumbre, Cordero veía pasar suavemente los días. El

método en la existencia le encantaba, y la semejanza entre el hoy y el

ayer era su principal delicia.

Hombre laborioso, de sentimientos dulces y prácticas sencillas;

aborrecedor de las impresiones fuertes y de las mudanzas bruscas, don

Benigno amaba la vida monótona y regular, que es la verdaderamente

fecunda. Compartiendo su espíritu entre los gratos afanes de su

comercio y los puros goces de la familia; libre de ansiedad política;

amante de la paz en la casa, en la ciudad y en el estado; respetuoso

con la instituciones que protegían aquella paz; amigo de sus amigos;

amparador de los menesterosos; implacable con los pillos, fuesen

grandes o pequeños; sabiendo conciliar el decoro con la modestia,

y conociendo el justo medio entre lo distinguido y lo popular, era

acabado tipo del burgués español que se formaba del antiguo pechero

fundido con el hijodalgo, y que más tarde había de tomar gran vuelo

con las compras de bienes nacionales y la creación de las carreras

facultativas hasta llegar al punto culminante en que ahora se encuentra.

La formidable clase media, que hoy es el poder omnímodo que todo lo

hace y deshace, llamándose política, magistratura, administración,

ciencia, ejército, nació en Cádiz entre el estruendo de las

bombas francesas y las peroratas de un congreso híbrido, inocente

extranjerizado si se quiere, pero que brotado había como un

sentimiento, o como un instinto ciego, incontrastable, del espíritu

nacional. El tercer estado creció, abriéndose paso entre frailes y

nobles; y echando a un lado con desprecio estas dos fuerzas atrofiadas

y sin savia, llegó a imperar en absoluto, formando con sus grandezas y

sus defectos una España nueva.

Perdónesenos la digresión, y volvamos a Cordero, del cual nos falta

decir que en los últimos años había prosperado grandemente en su

comercio. Pocas noches antes de aquel día en que suponemos comenzada

esta narración, el héroe estaba en su gabinete contando el dinero de

la semana. Después que tomó nota de las cantidades y distribuyó estas

cariñosamente en las cestillas de paja que servían para el caso, llamó

a Sola, y haciéndola sentar frente a él, le dijo así:

—Si no comunico a alguien lo que en este instante pienso, apreciable

_Hormiguita_, reviento de seguro.

Sola sonreía, dando más luz al _quinqué_, que repartía en proporción

igual su resplandor a los dos personajes. Don Benigno se reía también,

y ya se acariciaba la barba redondita y arrebolada, como una manzana

recién cogida, ya se arreglaba las gafas de oro, cuya tendencia a

resbalar sobre la nariz picuda y fina iba en aumento cada día.

—Pues lo que pienso —añadió— es que sin saber cómo, me encuentro

rico... es decir, no muy rico, entendámonos, sino simplemente en ese

estado de buen acomodo que me permitiría, si quisiera, renunciar al

comercio y retirarme a vivir tranquilo en mis queridos Cigarrales,

donde no me ocuparía más que en labrar el campo y criar a mis hijos.

Sola le respondió a estas palabras con otras de felicitación, y el

héroe, que se sentía aquella noche con muchas ganas de charlar,

continuó de este modo:

—Con usted no hay secretos. Sepa usted que ayer he pagado el último

plazo de esta casa en que vivimos: de modo que es mía, tan mía como mis

anteojos y mi corbata de suela. En los Cigarrales he comprado ya más

de cien fanegadas para agregarlas a las que heredé de mis padres, y

pienso comprar las del tío _Rezaquedito_, que saldrán a la venta muy

pronto. De modo que ya estamos libres de perder el sueño por cavilar

en el día de mañana; y si por acaso me da un torozón (que no me dará),

no estaré afligido en mi última hora con la idea de que mis hijos

tengan que vivir a expensas de parientes y amigos, vea usted por dónde

la Divina Providencia ha premiado mi laboriosidad, y nada más que mi

laboriosidad, pues talentos no los tengo, y en cuanto a picardías, ya

se sabe que esa moneda no corre dentro de mi casa.

—Dios ha querido que un hombre tan bueno y tan cabal en todo —le dijo

Sola— tenga su merecido en el mundo, porque si al bueno no le da Dios

los medios de ser caritativo y generoso, ¿qué sería de los pobres, de

los abandonados, de los huérfanos?

—No, no... —replicó Cordero un sí es no es conmovido—, no hay aquí

generosidades que alabar ni virtudes que enaltecer. Algo he hecho

por los menesterosos; y si alguna persona ha recibido especialmente

de mí ciertos beneficios, estos han sido menores de los que ella se

merece. Dios no puede estar satisfecho de mí en esta parte... Que se

han sucedido buenos años para el género; que los cambios políticos,

improvisando posiciones, han desarrollado el lujo; que las modas han

favorecido grandemente el comercio de blondas y puntillas; que la

paz de estos años de despotismo ha traído muchos bailes y saraos,

equivalentes a gran despilfarro de Valenciennes, Flandes y Malinas;

que el restablecimiento del culto y clero después de los tres años

trajo la renovación de toda la ropa de altar y mucho consumo de

encajería religiosa; que mi puntualidad y honradez me dieron la

preferencia entre las damas; que la corte misma, a pesar de que son

bien notorias mis ideas contrarias a la tiranía, no quiere ver entrar

por las puertas de Palacio ni media vara de Almagro que no sea de casa

de Cordero, y, en fin, que Dios lo ha querido, y con esto se dice todo.

Bendigámosle y pidámosle luces para acertar a hacer el bien que aún no

hemos hecho, y que es a manera de una sagrada deuda pendiente con la

sociedad, con la conciencia...

El héroe se atascó en su propia retórica, como le pasaba siempre que

quería expresar una idea no bien determinada aún en su espíritu, y un

sentimiento oprimido en las fuertes redes de la timidez y la delicadeza.

—Acabe usted, que me da gusto oírle —le dijo Sola sonriendo—, pero

prontito, que hay mucho que hacer esta noche.

—Descanse usted un momento, por amor de Dios. ¿Siempre hemos de estar

sobre un pie?... ¡Oh!, por mi parte, _Hormiga_, estoy decidido a

descansar. Verdad es que no soy un niño. Tengo cincuenta y dos años.

Dicho esto, don Benigno miró como extasiado a su protegida, que a su

vez contemplaba fijamente la luz, a riesgo de quedarse deslumbrada.

—Cincuenta y dos años, que es mucho y es poco, según se considere

—añadió el héroe con cierta turbación—. Todo es relativo, hasta los

años, y yo, con mi constitución recia y firme, mis acerados músculos,

mi desconocimiento absoluto de lo que son médicos y boticas, no me

cambio por esos pisaverdes de color de cera de muerto, que se llaman

muchachos por una equivocación del tiempo.

—Es usted rico; goza de perfecta salud —murmuró Sola, cuyas miradas,

como mariposas, gustaban de recrearse en la llama—; es además bueno

como el buen pan; tiene buen nombre y fama limpia. ¿Qué más puede

desear?

Don Benigno dio un suspiro, y mirando al tapete, dijo así:

—Es verdad: nada puedo desear. Temeridad e impertinencia sería pedir

más.

Ambos callaron.

—¿Tiene usted algo más que decirme? —preguntó Sola levantándose.

—Nada, nada, apreciable _Hormiga_ —dijo don Benigno irradiando bondad y

sentimientos puros de su cara de rosa—. Nada más sino que... Dios sobre

todo.

Después que la joven se fue, Cordero tomó a Rousseau como se toma el

brazo de un amigo para apoyarse en él, y abriendo el libro por donde

estaba la marca, indicando sin duda capítulo, renglón o párrafo de

gran interés, se quedó un buen rato meditando en la extraordinaria

profundidad, intención y filosofía de la sentencia con que el ginebrino

encabeza el libro quinto del Emilio.

Dice así: _No es bueno que el hombre esté solo_.

Los apostólicos · 第 5 / 37 题