Hay ejemplos irrecusables que comprueban la verdad de lo que acabo de

manifestar. El hombre más inspirado del siglo XIX, Víctor Hugo, el

inmortal autor de las _Hojas de Otoño_, trabaja diariamente un número

crecido de horas. Balzac, el coloso que rivaliza con él, trabajó más que

nadie en el mundo. Ni uno ni otro han necesitado esperar la inspiración

jugando a las siete y media. No obstante, es fuerza declarar que para

hacer lo que estos hombres, además de su ingenio soberano, se necesita

un gran vigor corporal que pocos poseen: mas a nadie se le pide sino lo

que puede ejecutar buenamente. En España tenemos dos ejemplos

notabilísimos: uno es el del primero de los oradores contemporáneos, D.

Emilio Castelar, el cual se puede decir que trabaja de la salida a la

puesta del sol como el último obrero, haciendo sudar a todas las prensas

del orbe y atendiendo al propio tiempo a sus tareas políticas: es de la

raza de los atletas como Víctor Hugo y Balzac. Otro es el ilustre

novelista D. Benito Pérez Galdós, embebido noche y día en un intenso

trabajo literario, aprovechando todos los momentos de la existencia para

preparar y escribir sus obras inmortales.

Abandonemos, pues, para siempre el romanticismo bohemio, plaga de

nuestra literatura, que degrada al escritor y lo pone a merced de los

intrigantes políticos y de los especuladores avaros. El literato

necesita independencia, un relativo bienestar y sosiego para entregarse

a su trabajo, el cual de esta suerte se hace leve y ameno. Nada me

aflige tanto como ver a un hombre ilustre y respetado en la república de

las letras, arrastrarse a los pies de cualquier político estólido en

demanda de un destino o una pensión: me parece que aún subsiste aquel

doloroso estado del tiempo de Cervantes, en que los literatos eran los

domésticos de los magnates; aún peor hoy, pues que tienen que adular a

los que han sido sus compañeros, a quienes han aventajado siempre en el

talento, y que por dedicarse a la política, maltrechos quizá en la

literatura, ocupan altas posiciones y otorgan mercedes.

Pero si todavía es poco lisonjera la situación del escritor en España,

en el horizonte se divisan ya señales de un nuevo y mejor estado. De

algunos años a esta parte ha mejorado notablemente el aspecto económico

de las letras: ya los autores o poetas que abastecen el teatro, pueden

vivir de sus obras, y dentro de algunos años tal vez los que escriben

libros y artículos puedan hacer lo mismo. Se fundan casas editoriales

serias y acaudaladas en sustitución de los editores sórdidos e ineptos

que antes se lucraban con la miseria del escritor; muchos literatos

administran sus obras con acierto, otros se hacen pagar dignamente, y

casi han desaparecido los necios que por verse en letras de molde

escriben de balde. En este respecto, preciso es confesar que la

población de España que más está haciendo para procurar independencia al

literato, beneficiando sus obras con habilidad en la península,

explotando los mercados de América para nosotros cerrados hasta ahora y

arriesgando fuertes capitales en este negocio, es Barcelona. Siguiendo

de tal suerte, y si Madrid no trabaja algo más en pro de las artes y las

letras patrias, barrunto que pronto será Barcelona el centro intelectual

de España.

LOS AMORES DE CLOTILDE

(NOVELA)

En el cuarto de Clotilde, primera actriz de uno de los teatros más

importantes de la capital, se reúnen todas las noches hasta media docena

de amigos. La tertulia dura casi siempre tanto como la representación;

pero tiene algunos paréntesis. Cuando la actriz necesita cambiar de

traje se dirige a sus tertulios con sonrisa graciosa y ojos suplicantes:

--Señores, ¿me dejan ustedes un momentito?... un momentito nada más.

Todos se van al saloncillo y aguardan con paciencia: me he equivocado,

no todos, porque el más joven de ellos, que estudia hace tres años el

doctorado de medicina, aprovecha la ocasión y va a dar una vuelta por

los bastidores a estirar un poco las piernas y a pescar algún beso

descarriado. Pero en fin, la mayoría espera paseando o sentada a que

Clotilde entreabra la puerta y asomando su cabeza de reina o de villana,

según el papel que va a representar, les grite:

--Adelante, caballeros... ¿He tardado mucho?

Para D. Jerónimo siempre. Es el último que sale refunfuñando y el

primero que entra en el cuarto. No acaba de transigir con esta púdica

costumbre: y aunque no se atreva a expresarlo, allá en el fondo de su

pensamiento encuentra poco cortés que se le eche de su asiento para que

aquella mocosita se vista: ¡a él que hace treinta años pasa la vida

entre bastidores y ha sido el íntimo de todas las actrices y actores

antiguos y modernos!

Tiene cincuenta y cuatro años, y es empleado en el Ministerio de

Ultramar desde los veinticinco. Todos los Gobiernos le han respetado

como una rueda indispensable de la maquinaria administrativa de las

colonias: soltero y mártir de las patronas. Allá en su juventud se

cuenta que escribió un drama que le valió una silba y la entrada por

toda la vida en el escenario de los teatros. Resignado o no resignado

con el fallo del público, dejó de escribir dramas y adoptó el noble

papel de protector de autores y artistas desconocidos y de empresas

arruinadas. El joven provinciano que llegase a Madrid con un drama en el

bolsillo, no podía emprender camino mejor para verlo representado que el

de la casa de D. Jerónimo. Todo lo acogía con los brazos abiertos, malo

y bueno. Sin embargo, como era asaz rudo en sus modales, no escatimaba a

los autores noveles que se confiaban en él y le leían sus producciones,

las censuras fuertes y hasta los insultos:--«Toda esa relación es puro

fárrago; eche V. tinta sobre ella.--Pero venga V. acá, alma de Dios,

¿cómo quiere usted que un hombre que está a punto de matar a otro,

suelte diez y siete décimas sin respirar!--¡Jesús qué disparate! ¡Amor

platónico a una prostituta! ¡Usted se ha caído de un nido, joven!» El

que entendía un poco la aguja de marear no se incomodaba, seguía

adelante y al terminar depositaba el manuscrito en manos de D. Jerónimo.

Y era bien seguro que el drama se ponía en escena. El veterano de los

bastidores ejercía mucho ascendiente con ribetes de miedo sobre empresas

y cómicos: cuando se incomodaba ¡tenía una lengua! Si el drama era

silbado, protestaba lleno de ira contra el juicio del público y seguía

protegiendo con más fuerza al autor. Si lograba buen éxito, callaba y

sonreía voluptuosamente, pero no volvía a acercarse al poeta aplaudido.

Cuando éste se quejaba de su desvío, respondía: «Usted ya ha demostrado

que tiene alas; vuele V., amigo mío, vuele V., que yo tengo que soltar a

otros pobrecitos».

Su vida privada ofrecía muy poco de particular. Todas las noches, al

salir del teatro, se iba al café Habanero, donde cenaba constantemente

un _beefsteak_ con una chica de cerveza. Y, según cierto amigo que le

había observado repetidas veces, combinaba siempre su refacción con tal

arte, que había de concluir al mismo tiempo con el último bocado de

carne, el último de pan y el último sorbo de cerveza.

Esta noche la tertulia se presenta muy animada. Los amigos de la actriz

charlan y ríen más que de costumbre. Don Jerónimo, embozado en su capa

(es privilegio), arrellanado en el sillón de la esquina y con un

empedernido cigarro en la boca (es privilegio también), deja escapar

famosos chistes, que a veces obligan a los tertulios a dirigir la vista

hacia Clotilde y a colorearse levemente las mejillas de ésta. Don

Jerónimo no lo echa de ver; la ha conocido tan niña, que se cree con

derecho a prescindir de ciertos miramientos debidos a las damas;

suponiendo que se los haya tributado en su vida a alguna, que no lo

creemos. La ha conocido muy niña y la ha encaminado al teatro: cuando

tropezó con ella vivía muy estrechamente aprendiendo el oficio de

florista: hoy, merced a su talento, gana lo bastante para mantener con

decoro a su madre y sus hermanas.

Es agraciada y simpática más que hermosa; la tez morena, los ojos

rasgados y negros, lo más bonito de su rostro; la boca un poco grande,

pero fresca con dentadura admirable. Está vestida de dama del tiempo de

Luis XV, con una peluca blanca que le sienta a maravilla. No toma parte

apenas en la conversación. Parece muy satisfecha con escuchar solamente,

girando sin cesar sus ojos serenos de uno a otro interlocutor y

sonriendo a menudo cuando se dirigen a ella.

Al llegar a cierto punto, se oye la voz del traspunte.

--Señorita Clotilde, cuando V. guste...

--Vamos allá--dice levantándose.

Se dirige al espejo, se da los últimos toques a las cejas y pestañas con

el pincel, arregla con mano un poco nerviosa los tirabuzones de la

peluca, la cruz de brillantes que lleva al cuello y los pliegues del

vestido. Sus amigos guardan un instante silencio y contemplan estas

maniobras distraídamente.

--Señores, hasta luego.

Y sale del cuarto seguida de su doncella, que le lleva recogida la cola,

una espléndida cola de raso color crema.

--¡Cada día va estando más linda esta Clotilde!--dice el estudiante del

doctorado, dejando escapar un imperceptible suspiro.

D. Jerónimo da una enorme chupada al cigarro y queda envuelto

instantáneamente en una nube de humo. Por eso nadie advierte la sonrisa

de triunfo con que acoge la observación.

--A mí también me parece más bonita cada día--dice otro tertulio;--pero

creo que se ha modificado mucho su genio de algún tiempo a esta parte...

Usted, pollo, no la ha conocido como nosotros... Era una loquita

encantadora, ¡tan alegre! ¡tan traviesa!... Nadie podía estar a su lado

de mal humor... Ahora la encuentro grave, triste casi siempre...

--Es verdad que me ha chocado la melancolía que hay en sus ojos...

D. Jerónimo dio otra enorme chupada al cigarro. Nadie vio el relámpago

de ira que pasó por su rostro.

--Estos cambios, pollo, solamente los opera el amor.

--¿Algún novio?

--Eso... D. Jerónimo conoce bien la historia...

--Voy a contarla--dijo sordamente aquél desde el fondo de su embozo,--y

crean ustedes que no es plato de gusto contar estas niñerías... Pero se

trata de una chica a quien todos queremos y cuanto a ella se refiere

debe interesarnos.

Hará cosa de tres años se presentó al director de este teatro un joven

elegantemente vestido, con el manuscrito de un drama bajo el brazo. No

hay nada en el mundo más imponente y aterrador que un joven bien vestido

que lleva debajo del brazo el manuscrito de un drama. El director

procuró escurrir el bulto, le dio algunos quiebros con maestría y varios

pases, pero al fin fue cogido en la misma cuna; quiero decir, que el

joven le convidó un día a almorzar, le llevó engolosinado ofreciéndole

la perspectiva de unas cuantas docenas de ostras empapadas en Sauterne,

y como postre le descerrajó el drama a quema ropa.

El drama era efectivamente _un tiro_. Pepe hizo lo que ustedes saben que

se hace en estos casos; se admiró profundamente de la versificación,

dijo ¡bravo! al llegar a ciertos pensamientos enrevesados, y por último

propuso algunas reformitas en el acto segundo, con las cuales quedaría

la obra que ni pintada.

El poeta incauto se fue a su casa muy complacido y se puso a trabajar

con ardor en las reformas. Al cabo de quince días volvió a presentarse a

Pepe; pero éste halló entonces el acto primero un poco lánguido y le

aconsejó que a todo trance le diera más movimiento y lo acortase un

poquito. En mover el acto primero tardó el poeta un mes: cuando se

presentó de nuevo, el director, mostrándose muy admirado siempre de la

versificación y de algunos pensamientos, manifestó algunas dudas

respecto a que la obra fuese _teatral_. Que fuese _literaria_ no tenía

ninguna, al contrario, le parecía que en ese concepto podía competir con

las mejores de Ayala... pero teatral... realmente teatral... eso ya era

otra cosa.

--¿Qué diferencia es esa, D. Jerónimo?... No entiendo...

--Pues se la explicaré a V., pollo. Llamamos entre bastidores, teatrales

a las obras buenas y literarias a las malas.

--¡Ah!

Después de manifestar estas dudas, concluyó por proponer otras cuantas

reformitas en el acto tercero.

Al fin el poeta comprendió, cosa verdaderamente maravillosa, porque los

poetas, que todo lo comprenden, que saben por qué vuela tan alto el

cóndor, ascienden a los cielos y bajan a los abismos y penetran el

sentido íntimo de todas las cosas creadas, no son capaces de entender

que sus obras a veces no gustan a los que las escuchan. Nuestro joven, a

quien llamaremos Inocencio, recogió no poco mohíno su manuscrito y

estuvo algún tiempo sin dar cuenta de sí; mas al fin, sin duda después

de haber meditado profundamente, se presentó cierta mañana en casa de

Clotilde. Excuso decirles a ustedes que llevaba el manuscrito debajo del

brazo.

Esperó con paciencia en la sala a que nuestra amiga _hiciese su

toilette_, y cuando ésta se presentó al cabo, vio delante de sí a un

joven ruboroso, confundido, pero simpático y elegante, que la rogó con

labio balbuciente le otorgase el favor de escuchar la lectura de un

drama. Deben ustedes saber que a las mujeres les gusta mucho ejercer

protectorados, muy singularmente sobre los jóvenes simpáticos y

elegantes; así que no les sorprenderá que Clotilde escuchase con

paciencia el drama y hasta lo hallase muy aceptable. El joven se confió

a ella enteramente, depositando en sus hermosas manos el manuscrito,

cual si fuese un niño recién nacido, y ella lo recogió como madre

cariñosa y lo tomó bajo su amparo, prometiendo velar por su preciosa

existencia y presentarlo en el mundo. El joven manifestó que esa

resolución era digna de un noble corazón cuya fama había llegado ya a

sus oídos. Clotilde contestó que no era bondad de su parte el trabajar

porque el drama se representase, sino un acto de justicia. El joven dijo

que le halagaba muchísimo esa idea, porque el inmenso talento de

Clotilde y el acierto de sus juicios estaban bien reconocidos por todos,

pero que no osaba forjarse tal ilusión. Clotilde declaró que había

muchas reputaciones usurpadas en el mundo y que una de ellas era la

suya, pero que en esta ocasión creía estar en lo firme. El joven replicó

que cuando el río suena, agua lleva, y que cuando todo el mundo se

empeña en admirar no sólo la singular belleza y la inspiración artística

de una persona, sino también su claro ingenio y su brillante

ilustración, era necesario bajar la cabeza. Clotilde dijo que no la

bajaría en esta ocasión porque estaba bien persuadida de que el mundo se

engañaba mucho acerca de lo que llamaba su talento y que no era otra

cosa que un puro instinto. El joven puso el grito en el cielo contra

esta mistificación, que no tenía absolutamente ninguna razón de ser;

pero dulcificándose de pronto, mostrose profundamente conmovido ante la

modestia de su protectora, y juró por todos los santos del cielo que

jamás había conocido otra semejante. En fin, que el manuscrito fue

ganando por momentos terreno en el corazón de nuestra simpática amiga, y

que el joven se despidió de ella, embargado por la emoción, hasta el

día siguiente.

Al día siguiente Clotilde se presentó al empresario y le arrancó,

mediante la amenaza de rescindir el contrato, la promesa de llevar a la

escena lo más pronto posible el drama de Inocencio. Este dio las gracias

aquella misma tarde a su protectora y la hizo además su confidente.

Pertenecía a una familia distinguida de provincia, aunque sin grandes

recursos de fortuna; a probarla había venido él a Madrid, confiado

únicamente en su ingenio. En el pueblo decían que tenía talento, y que

si publicase en Madrid los versos que había insertado en _El Eco del

Tajo_, hablarían de él como de Núñez de Arce y Grilo: no sabía si esto

era cierto, pero sentía su corazón lleno de nobles propósitos, y amaba

al teatro más que a las niñas de sus ojos. ¿Llegaría a ser un Ayala o un

Tamayo? ¿Sería rechazado por el público? Era un misterio inextricable

para él.

En esta sesión Clotilde averiguó dos cosas importantísimas; a saber: que

Inocencio tenía un talento que no le cabía en la cabeza y que no había

en Madrid quien se pusiera con más gracia la _chalina_. Excuso decirles

que menudearon las sesiones confidenciales, y como resultado de ellas,

que Clotilde sufrió todos los días la influencia fascinadora de esta

chalina sobrenatural; a la postre se declaró vencida, entregándose a

ella atada de pies y manos. La chalina se dignó alzarla del suelo y

otorgarle la merced de su cariño.

--¿Cómo la chalina?--preguntó uno que dormitaba.

Don Jerónimo dio una inmensa, infernal chupada al cigarro en testimonio

de desagrado, y prosiguió sin hacer caso:

--Por entonces empezaron los ensayos del drama de Inocencio, que se

titulaba, si mal no recuerdo _Subir bajando_;... callen ustedes, me

parece que era al revés; _Bajar subiendo_... En fin, de todos modos, era

un gerundio y un infinitivo. Yo vi en seguida que se habían entablado

relaciones amorosas entre nuestra amiga y el autor, y como realmente,

por más que Inocencio fuese un mal poeta, según los informes de Pepe,

parecía un buen muchacho, me alegré de ellas y las alenté en lo que

pude. Clotilde se confesó conmigo, declarándome que estaba perdidamente

enamorada; que sus aspiraciones ya no tenían nada que ver con el arte

escénico, el cual le parecía una esclavitud insoportable; que su ideal

era vivir tranquilamente, aunque fuese en una guardilla, unida al hombre

que adoraba; que la mujer había nacido para ser el ángel custodio del

hogar y no para divertir al público, y que estimaba ella más el reinar

en una humilde vivienda iluminada por el amor que todos los aplausos de

la tierra. En fin, caballeros, nuestra amiga se encontraba en pleno

idilio.

Inocencio no estaba menos enamorado, al parecer. A menudo los encontraba

paseando por los parajes solitarios del Retiro, a distancia respetable

de la mamá, que se detenía oportunamente a contemplar los primeros

botones de las flores o algún insecto curioso: las mamás, en esta época

de crisis marital, tienen la obligación de ser admiradoras de las obras

de la naturaleza. La parejita de tórtolas se detenía al verme y me

saludaba ruborizada. No les puedo ocultar a ustedes, que aunque lo

sentía por el arte, me alegraba de que Clotilde se casara: la mujer

siempre necesita el amparo del hombre. Y lo cierto es, que eran dignos

el uno del otro por la figura: Inocencio tenía una presencia muy

simpática.

En el teatro no se hablaba de otra cosa más que de este matrimonio en

ciernes. Todo el mundo se alegraba, porque Clotilde es la única artista

desde el principio del mundo, que ha llevado a cabo la empresa, hasta

ahora juzgada insuperable, de hacerse querer de sus compañeras.

Observé, no obstante... ya saben ustedes que soy observador; es la única

cualidad que tengo; la observación, a la cual no dan importancia los

autores ahora; hoy todo es hojarasca en los dramas, muchos rayos de

luna, que se quiebran al pasar por el follaje de los árboles, mucha

descripción de alboradas y crepúsculos, muchos símiles retorcidos...

¡Todo eso es!... Cuando algún autorcillo me viene con tales monadas yo

le digo: ¡al grano, al grano!... El grano es el drama, que no existe en

la mayor parte de los _idem_...

--¿Se enfada V., D. Jerónimo?

--Pues, como decía a ustedes, observé, que según los ensayos iban

adelantando, crecía el ascendiente de Inocencio sobre nuestra amiga. El

tono en que se dirigía a ella ya no era el humilde y cortesano del

principio: corregíala a menudo en la manera de decir, señalábala las

actitudes y el gesto que debía adoptar, y a veces, cuando la actriz no

comprendía bien sus deseos, llegaba a dirigirla públicamente palabras

severas y miradas más severas aún. Nuestro poeta tronaba y relampagueaba

ya como amo y señor. Clotilde lo aceptaba de buen grado: ella tan

desdeñosa con los autores más eminentes, se estiraba y se encogía ahora

como blanda cera en las manos de este muñeco insulso. Era de ver la

humildad con que aceptaba sus correcciones, y la inquietud que la

causaban las censuras: mientras duraba el ensayo tenía los ojos puestos

constantemente en él, espiando como esclava sumisa los deseos de su

dueño. El poeta, arrellanado en una butaca, con el brasero delante,

dirigía la escena en la forma dictatorial que pudiera hacerlo García

Gutiérrez o Ayala: una mirada suya bastaba para ruborizar o poner

pálida a Clotilde: los demás no protestaban por respeto a ella. Cuando

salía de la escena, venía presurosa a sentarse al lado de su novio, que

se dignaba acogerla a veces con una sonrisa soberana, otras con

indiferencia olímpica. Yo estaba escandalizado.

Una vez me acerqué por detrás y escuché lo que hablaban. Clotilde

llevaba la palabra sosteniendo con calor que el _Subir bajando_ o el

_Bajar subiendo_ de Inocencio era mejor que _Un drama nuevo_. El joven

se defendía débilmente. Otra vez hablaba acerca de su futuro enlace.

Clotilde pintaba con frase apasionada el retiro donde irían a esconder

su felicidad: un cuarto alto del barrio de Salamanca, lleno de luz, un

nido risueño donde Inocencio trabajaría en su despacho, escribiendo

comedias, mientras ella bordaría a su lado en el mayor silencio: cuando

se fatigase, charlarían un instante para descansar y después le daría un

beso y emprendería de nuevo su tarea: por la noche saldrían cogidos del

brazo a dar una vuelta y a casa otra vez: nada de teatro; lo aborrecía

con toda el alma: en la primavera irían a pasear por las mañanas al

Retiro y tomarían chocolate entre los árboles; en el verano a pasar un

mes o dos a la provincia de Inocencio a proveerse en el campo de buen

color y de salud para el invierno.

La descripción de este tierno idilio, que a mí, con ser machucho, me

hacía bailar el corazón dentro del pecho, no producía en el autor novel

más que una impertinente soñolencia que sólo desaparecía repentinamente

cuando dirigía con voz imperiosa alguna advertencia a los cómicos.

Llegó, por fin, el día del estreno. Todos estábamos ansiosos por ver el

resultado: la opinión corriente era que el drama ofrecía poco de

particular; pero como Clotilde había puesto en el desempeño toda su

alma, teníase como seguro un gran éxito. En el ensayo general nuestra

amiga había hecho verdaderos prodigios: hubo un instante en que los

pocos curiosos que asistíamos a él nos levantamos electrizados,

convulsos, gritando desaforadamente. No pueden ustedes figurarse qué a

maravilla decía su parte. Entonces me vino de golpe una idea a la

cabeza: relacionando todas mis observaciones sobre los amores de

Clotilde me convencí hasta la evidencia de que Inocencio al enamorarla

no se había propuesto otra cosa que adquirir una interpretación

excepcional para el papel de la protagonista de su drama y asegurar el

éxito lisonjero de esta suerte. No quise comunicar mis sospechas a

nadie; callé y esperé; pero declaro que el chico me fue desde entonces

muy antipático.

El ruido que los amigos de Inocencio habían hecho con motivo del drama,

el haberlo elegido Clotilde para su beneficio y la voz esparcida de que

la célebre actriz iba a obtener en él un triunfo señaladísimo hizo que

los revendedores expendiesen todas las localidades a precios fabulosos:

conozco un marqués que dio once duros por dos butacas. Este cuarto donde

nos hallamos se llenó, como todos los años, de flores y baratijas; no se

podía andar en medio de tanta chuchería de porcelana, libros

preciosamente encuadernados, estuches de ébano, marcos de retrato y un

sin fin de objetos de bazar.

La sala estaba brillante: las damas más encopetadas, los hombres

ilustres de la política, la literatura y la banca; en fin, la _high

life_, como ahora se dice. Pero más brillante y más radiante estaba aún

Inocencio; radiante de gloria y felicidad, recibiendo con agrado a

cuantas personas venían a ver los regalos, dictando órdenes a los

traspuntes y tramoyistas para el conveniente decorado de la escena y

multiplicando las sonrisas y los apretones de mano hasta lo infinito.

Clotilde, igualmente, aparecía más bella que nunca, revelando en su

rostro expresivo la dulce emoción que la embargaba y el ansia de ganar

laureles para su dueño.

Abriose el telón, y todos se fueron a ocupar sus asientos. En las cajas

sólo nos quedamos el autor y cuatro o seis amigos. Las primeras escenas

fueron como siempre recibidas con indiferencia; las segundas con algún

agrado; la versificación era fluida y elegante, y el público, como

ustedes saben, se paga de las frasecillas de bombonera. Llegó el

momento de entrar Clotilde en las tablas y hubo en el público un

murmullo de curiosidad y expectación. Dijo su parte discretamente, pero

sin gran calor, se adivinaba que estaba poseída de miedo. Bajó el telón

en silencio.

Aguas fuertes · 第 8 / 12 段