No obstante, por más que la opinión favorable de sus paisanos sea un

bálsamo precioso para cicatrizar las heridas del corazón, todavía no

está satisfecho y medita seriamente un día y otro en venir a zumbar a

Madrid, a fin de que se le oiga en todos los ámbitos de la península. El

papá, que ya se va convenciendo de que su hijo, aunque haya salido

suspenso en la mayor parte de las asignaturas, llegará a ser hombre

célebre, consiente en hacer un sacrificio. Ya le tenemos en la Corte. A

los cuatro meses justos publica una composición en cierta revista

literaria; a los quince días otra, a los quince días otra, y así

sucesivamente sigue zumbando periódicamente durante dos años. Al fin se

decide a coleccionar sus poesías en un tomo. El papá vende una finca y

le remite dinero. Pide un prólogo a Cañete, y este señor, que jamás se

niega a tales cosas, dice al frente del libro en lenguaje castizo que

hay en él composiciones muy lindas, y las cita; que el autor muestra por

lo general mucha «elegancia, donaire y estro», y que el joven mosquito,

si no se desgracia, llegará a ser un moscón insigne. Desgraciadamente,

esta profecía permanece guardada como santa reliquia en el almacén de

algún librero que ha aceptado el tomo _en comisión_. Transcurren meses

sin que ningún humano venga en demanda del tomo de _Preludios_ (estos

mosquitos casi siempre ponen a sus zumbidos algún nombre musical:

preludios, arpegios, acordes, calderones, etc.), hasta que el librero se

cansa de tener tanto papel inútil en el almacén y decide volvérselo a su

dueño o comprarlo al peso. Esta es una de las soluciones. Otra consiste

en que D. Modesto Fernández y González interponga su influencia para que

el Ministerio de Fomento le tome quinientos ejemplares con destino a las

bibliotecas públicas. Los súbditos españoles que las frecuentan no

podrán menos de agradecer al Ministro el interés con que mira el cultivo

de sus facultades imaginativas: todos los años les remite algunos miles

de quintales de ternezas rimadas.

De todos modos, la falta de dinero es una de las causas primeras de

mortandad en la familia de los mosquitos sentimentales. Los que

consiguen sobrevivir a tal causa y llegan a dar una velada en el Ateneo

de Madrid, están salvados. El Ateneo es para los mosquitos el oxígeno.

Cuando alguno anda alicaído, asfixiado por la indiferencia del público y

a medio morir, no tiene más que venir a leer ante esta docta

corporación, y se le verá inmediatamente revolotear lleno de vida y

alegría. El Ateneo, en achaque de versos, es de una potencia digestiva

superior a la de los tiburones y avestruces. Los botones de metal y los

pedazos de vidrio que dicen que estos animales digieren, no son nada

comparados con los versos que yo he visto tragar en el Ateneo; un padre

cariñoso no haría más por su hijo que lo que suele hacer este cuerpo

docente por los mosquitos de que acabo de hablar.

III

Otra de las grandes familias en que se divide la especie de los

mosquitos líricos, es la de los _filósofos_ o _trascendentales_. No

tiene la misma fuerza reproductiva, y por consecuencia no es tan

numerosa, pero en cambio es infinitamente más devastadora. El mosquito

filosófico suele leer mucho, y está, por lo general, bastante enterado

de las literaturas extranjeras; apunta cuidadosamente en un libro de

memorias las frases brillantes y los pensamientos profundos y esmalta

con ellos sus híbridos engendros; no es partidario del arte por el arte,

ni gusta de la literatura frívola que sólo aspira a conmover y recrear;

de las tres dimensiones de los cuerpos, longitud, latitud y

profundidad, no admite más que la última. Es mucho más objetivo que sus

colegas los sentimentales, y aun cuando manifiesta tendencias muy

marcadas hacia el pesimismo, no llega a él por el camino puramente

subjetivo y personal de aquéllos sino mediante el estudio reflexivo de

los fenómenos y las leyes, por lo cual su pesimismo es siempre más

lúgubre, más desgarrador, como que es el resultado lógico de un sistema,

de un vasto y profundo concepto de la existencia. Desde niño se observa

en él gran amor a lo general y mucho desdén por lo particular. Estas

nobles aficiones le han perdido a menudo en los exámenes durante la

segunda enseñanza: se empeñaba en contestarlo todo _a ratione_ y en

resolver las más arduas cuestiones de plano y según le dictaba su alto

entendimiento. En historia natural salió suspenso, porque habiéndole

preguntado las clasificaciones, contestó que él no admitía

clasificaciones en la naturaleza, que el mundo debía considerarse

siempre en su unidad indivisible y permanente, y que todas las

clasificaciones estaban sujetas a cambios incesantes, según los

progresos que se hicieran en el estudio de la materia. Los profesores

de instituto (salvo honrosas excepciones), son más dados a lo temporal

que a lo permanente, y el mosquito filósofo padece por esta causa muchos

vejámenes en los albores de la vida.

Después de formada su opinión en lo que atañe a la existencia, al amor,

a la religión, a la muerte, etc., etc., nuestro mosquito adopta la

manera que le parece más interesante para zumbarla al oído del público.

Unas veces se presenta con un escepticismo risueño y paradójico que

parece decir a los lectores: «Yo no creo en nada, ni en Dios, ni en los

hombres, ni en la madre que me parió, pero me gusta aprovecharme de las

cosas buenas que en el mundo nos encontramos, como el amor, los buenos

vinos, los paisajes bonitos, etcétera, etc., y vamos viviendo.» Su

maestro es Campoamor, a quien imita no tan sólo en el pensamiento sino

en la frase, expresando las ideas elevadas y abstrusas en forma llana y

corriente, y así como el ilustre poeta, también él desciende a los

pormenores vulgares de la existencia y se complace en describir lo

pequeño e insignificante.

«Yo no voy a la escuela

aunque me pegue mi señora abuela.»

¡Qué sobriedad tan encantadora! ¡Qué amable sencillez se advierte en

esta y en otras frases que se encuentran esparcidas por una muchedumbre

de poemas no bastante apreciados del público!

Otras veces prefiere envolver sus vastas concepciones poéticas y

metafísicas, en un misterioso simbolismo atestado de laberintos. Su

modelo entonces es el _Fausto_ de Goethe, o el _Manfredo_ de Byron. Pasa

unos cuantos años escribiendo un grandioso poema, del cual lee solamente

de vez en cuando, en Academias y Ateneos algunos fragmentos que dejan en

suspensión y espanto el ánimo de algunos amigos. En este poema todos los

seres animados o inanimados del universo expresan su opinión acerca del

misterio de la existencia; y de la suma de estas ideas se propone el

autor que resulte la clave de todo. Las diversas opiniones se expresan

en el poema del mosquito filósofo por medio de voces que van

sucesivamente gritando por las páginas del libro. Cuanto existe y cuanto

ha existido tiene voz y voto en el poema: la _voz de la esclavitud, la

voz de la libertad, la voz de las ciudades, la voz de los campos, la voz

de la iglesia, la voz de la administración, la voz de los colegios

electorales, la voz de los tribunales colegiados, la voz de los

edificios del Estado_, etc., etc. Pero las cosas mejores las dice

siempre _una voz_ anónima, que debe de ser la del autor. De todo ello

resulta que la vida es un lazo insidioso que nos ha tendido una voluntad

perversa, y que para vencer a esta voluntad no hay otro medio que el

suicidio, el suicidio de la humanidad entera.

A pesar de estas lúgubres y espantosas conclusiones, y del pesimismo que

mina su preciosa existencia, el mosquito filósofo gusta extremadamente

de que _El Imparcial_ y _El Globo_ digan en su hoja literaria que zumba

con corrección y elegancia.

Viene después la familia de los _legendarios_, que estaba a punto de

desaparecer de la fauna, y que merced a ciertos trabajos misteriosos de

la naturaleza poderosamente secundada por la sección de literatura del

Ateneo de Madrid, ha vuelto a cobrar vida en estos últimos años.

Los legendarios aborrecen la edad moderna y desprecian la antigua. La

única época histórica que les seduce es la comprendida entre la

irrupción de los bárbaros y el Renacimiento. Dentro de esta época la

institución que despierta en su juvenil fantasía mayor copia de romances

octosílabos y endecasílabos, es el feudalismo. El mosquito _legendario_

no comprende cómo se puede vivir sin almenas, sin alfanjes, puentes

levadizos, cascos y cimitarras. El amor no tiene atractivo para él, sino

cuando la dama aguarda toda la noche a su galán en una ventana del

castillo, sin miedo a catarros ni a reumatismos, y el galán despacha al

otro barrio media docena de deudos para llegar hasta ella. Los combates,

las emboscadas, los asaltos, los pisos que se hunden para sumirle a uno

en profunda mazmorra, los fosos, los despeñaderos, etc., etc., son las

únicas cosas que entusiasman a nuestro mosquito. En su concepto, no se

puede vivir a gusto, sino con el alma en un hilo. Sus poemas, por

consiguiente, están saturados de aquellos elementos que admiten muchas y

variadas combinaciones, según puede verse en las infinitas leyendas que

los lectores habrán, sin duda, oído recitar en su vida.

El argumento es lo único permanente o inalterable en estas leyendas; un

amor desgraciado por la enemistad tradicional de los papás de los

novios; dos señores feudales de cortos alcances y que padecen de

atrabilis; los chicos que no se resignan a ser desgraciados y continúan

sus relaciones hasta que una noche los sorprenden juntos y les arman un

belén; el padre de la niña que encierra a su presunto yerno en una

mazmorra, y le tiene a pan y agua sujeto con cadenas; el novio que se

escapa ayudado por la niña, y viene después con su mesnada a dar un

asalto a su suegro; rapto de la novia; el papá suegro que no se resigna,

arma su mesnada y va a dar otro asalto a su yerno y le lleva la novia;

el yerno, que tiene muy malas pulgas y arma de nuevo su mesnada y vuelve

a robar la chica, etc., etc. Los asaltos se prolongan hasta que la

novia, fatigada de tanto trasiego de un castillo a otro, se decide a

espirar.

Con este sencillo argumento, que muchos años de uso han consagrado,

lograron triunfos imperecederos una muchedumbre de mosquitos, cuyos

nombres guardará tan cuidadosamente la historia, que nadie los

averiguará jamás. Dentro de él caben infinitas combinaciones, bellas e

interesantes, según el número y distribución de los asaltos y lo

sangriento de la lucha; según la calidad del novio, que puede ser

caballero y trovador o caballero solamente; el carácter del paisaje, que

puede estar cerca del oceano o en lo interior de la sierra; el corcel

del amante, que puede ser blanco, negro o alazán, etc., etc. De todos

modos, yo aconsejo a los jóvenes líricos que no se aventuren por ninguna

consideración a cambiarlo, pues al romper con los usos establecidos se

corre grave peligro, y no en vano está sancionado desde tiempo

inmemorial por cien generaciones de mosquitos.

Por último, hablaré del mosquito _clásico_. Lleva la ventaja a sus

compañeros de que ha estudiado regularmente la segunda enseñanza y

conoce la retórica de Hermosilla. Ha obtenido siete escribanías de plata

en otros tantos certámenes poéticos abiertos en varias provincias de

España, y en todas partes se han hecho lenguas de su _forma_, que los

periódicos califican constantemente de gallarda. Como es natural,

desprecia profundamente el fondo, en el cual no ha brillado ni brillará,

y admira en primer término, tratándose de poesía, la paciencia, que es

la facultad que todo clásico debe cultivar con predilección. Así que,

cuando habla de alguna composición poética, nunca se mete a averiguar si

es elevada o rastrera, original o vulgar, si tiene o no tiene

inspiración: lo único que aprecia en ella es si está o no está _bien

trabajada_. No puede ver a un buen ebanista dando los últimos toques a

una cómoda sin exclamar para sus adentros: ¡Qué lástima de poeta!

Por lo general viene a Madrid recomendado a D. Aureliano Fernández

Guerra o a Barrantes, a quienes admira de buena o de mala fe, que eso

no importa, y les lee unos cuantos sáficos adónicos y algunas

espinelitas: los académicos se dignan decirle que es muy «donoso y

maleante», y que sus composiciones están llenas de «sentencias briosas y

sales irónicas». Abroquelado con este juicio nuestro mosquito, da

algunas lecturas en la Juventud Católica y publica varios fragmentos en

_La defensa de la Sociedad_, hasta que, por consejo de sus amigos

académicos, deja repentinamente de zumbar. Escribiendo y publicando no

se va a ninguna parte. Para que un literato alcance respetabilidad y

obtenga la admiración de la gente, es condición ineludible que no

escriba poco ni mucho.

Entonces el mosquito clásico se dedica a despellejar a Echegaray, a

Castelar, a Pérez Galdós, y en general a los escritores que son leídos y

aplaudidos. Al mismo tiempo se deshace en elogios de todo lo ñoño, pobre

y ridículo que se publica o se representa, con lo cual satisface sus

instintos y a la vez regocija a los astros literarios que le iluminan en

su carrera.

Es el peor intencionado de los mosquitos que hemos estudiado, y por eso

es el único que tiene buen paradero. Sus compañeros arrastran una vida

miserable y triste; o vuelven a vegetar a su pueblo, o se distribuyen

por los ministerios de auxiliares y escribientes, o entran de factores

en alguna compañía de ferrocarriles, o mueren en el hospital. Pero el

mosquito clásico ¡ni por pienso! Ahí están sus protectores, que le hacen

archivero-bibliotecario, o le dan una comisión lucrativa en país

extranjero, o le ayudan a salir diputado y a ser director general y

ministro. Después de algunos años de mantenerse firme en no escribir, de

frecuentar los salones aristocráticos y de despellejar sin piedad a

cualquier escritor que muestre talento y fantasía poco comunes, el

mosquito clásico como recompensa de su brillante campaña, es conducido

en triunfo a la Academia de la Lengua. Que a todos mis lectores deseo.

Amén.

EL ÚLTIMO BOHEMIO

No hace todavía dos años que pasando por la Carrera de San Jerónimo di

con un amigo periodista, que me dijo al tiempo de saludarme:--Vaya usted

por la calle de Sevilla y verá V. a Pelayo del Castillo acostado en la

acera.

Había oído hablar muchísimo de este personaje y tenía la cabeza llena de

sus extravagancias y proezas tabernarias: había visto en los teatros una

pieza suya titulada _El que nace para ochavo_, no desprovista

enteramente de gracia: no quise, pues, perder la ocasión de conocerle. A

los pocos pasos encontré a Urbano González Serrano, conocido seguramente

de todos mis lectores, y le invité a venir conmigo, lo que aceptó con

gusto. Ambos nos dirigimos al lugar que me habían designado, o sea, la

acera de la calle de Sevilla colocada en el sitio de los recientes

derribos, donde tumbado boca arriba, con la cabeza apoyada en una piedra

y expuesto a los rigores del sol, vimos a un mendigo sucio y

desarrapado. ¡Cómo se nos había de ocurrir que aquel hombre fuese Pelayo

del Castillo! Tenía la cabeza enteramente descubierta y llena de greñas,

el rostro encendido, el cuerpo envuelto en un andrajo que parecía el

residuo de una capa, los pies metidos en dos cosas asquerosas que en

otro tiempo habían sido alpargatas.

Todo nos volvíamos mirar a un lado y a otro explorando la calle en busca

de nuestro literato, sin lograr hallarle. Al fin nuestros ojos se

encontraron y le pregunté recelosamente designando al mendigo:

--¿Será ese?

--¡Imposible!--replicó Serrano.

No obstante, en la frente de aquel hombre había algo que no suele verse

en las de los braceros; era una frente degradada, pero era una frente

donde se había pensado. Insistí en que lo averiguásemos, y acercándonos

a él, Serrano le sacudió levemente:

--Oiga V..... ¿es V. D. Pelayo del Castillo?

El mendigo se incorporó lentamente y restregándose los ojos y

abriéndolos con dificultad a causa de la gran irritación de los

párpados, contestó mal humorado:

--No señor, yo no soy ese Pelayo del Castillo.

Serrano se quedó un instante suspenso. Los dos comprendimos, sin

embargo, que era él.

--¿De veras no es V. Pelayo del Castillo?

--No señor.

Después de comunicarnos en voz baja nuestra opinión contraria, sacamos

cada cual una moneda del bolsillo.

--Tome V.

--No señor--repuso rechazándolas con la mano y el gesto--yo no puedo

aceptar eso..... yo no les conozco a ustedes.

--Somos dos aficionados a las letras; tome V.

Con algún trabajo hicimos que al fin las aceptase. Levantando entonces

la cabeza que tenía doblada sobre el pecho, nos preguntó.

--¿A quién debo dar las gracias?...

--Nuestros nombres no importan nada: somos dos amigos de la literatura:

quede V. con Dios.

Y nos alejamos apresuradamente mientras él repetía esforzando la voz.

--Gracias, caballeros... yo quisiera saber...

A los pocos pasos volví la cara. Estaba mirando las monedas. Al verle de

aquella suerte, sentado en el suelo, cubierto de andrajos y la cabeza

desnuda al sol, me sentí conmovido. ¡Será posible que ese desdichado sea

un literato; que haya escuchado los aplausos del público y alternado con

los hombres más distinguidos de España! Y en aquel instante se me

ocurrió escribir algo acerca del estado en que se hallan los literatos y

artistas en nuestra nación. Celebro no haberlo hecho, porque desde

entonces hasta ahora se han modificado bastante mis opiniones en este

asunto.

Impresionado por el espectáculo que acababa de presenciar, no pude menos

de dirigir _in mente_ amargas recriminaciones a la patria que deja

perecer de hambre a todo el que se dedica al cultivo de las letras y las

artes y ensalza y pone sobre su cabeza a cualquier necio que se engolfa

en la política sin más equipaje que su desvergüenza. Algo, y aun mucho

de esto, es verdad; pero no es toda la verdad. Para resolver un problema

es necesario examinarlo en todos sus aspectos.

Primeramente, la nuestra, es una nación de diez y seis millones de

habitantes: por lo mismo, es absurdo pretender que el literato que vive

del público, sea aquí remunerado como en Francia o Inglaterra, donde la

población es más del doble. A más de ser el número de lectores menor en

absoluto, lo es también relativamente: si en Francia leen diez por cada

ciento, en España no lee siquiera uno, entre otras razones, porque no

saben, y es fuerza, por lo tanto, que este uno o este medio por ciento

eche sobre sus hombros la carga de alimentar a todos los que con razón o

sin ella nos dedicamos a escribir para el público. Harto hace, a mi

entender, con ayudarnos a vivir modestamente: no le pidamos hoteles,

coches y alfombras como en Francia o Inglaterra porque no puede

dárnoslos.

Claro es que el número insignificante de lectores depende del atraso del

país, del detestable gobierno que nos ha regido, nos rige y nos regirá,

de la influencia venenosa de la política y de otras mil causas

enumeradas a la continua en libros y en periódicos. Aquí está la parte

de culpa de la nación, que realmente no es menuda.

Mas también los artistas y literatos ayudan con su conducta al estado

miserable en que se hallan. En España se ha entendido hasta ahora que el

poeta o el artista es un ser mitad humano mitad angélico a quien no

sientan bien los deberes y hábitos exigidos a los demás hombres. Todo

hombre debe trabajar para ganarse el sustento; pues el literato no. Todo

hombre debe ser previsor y separar de lo que gana una parte para mañana;

pues el literato está exento de tal carga. Pasar la vida holgando y

tomar la pluma en los momentos de inspiración (que no suelen venir

precisamente cuando se está ayuno); vender los productos del ingenio al

primer editor usurero con quien se tropieza; gastarse el dinero

alegremente en un día y pasar el resto del mes viviendo del crédito, si

es que lo hay; tal ha sido hasta la fecha el proceder de la mayor parte

de nuestros literatos. En algo se han de distinguir los seres inspirados

de los que no lo son.

Y si esta era la conducta de los grandes ingenios, de los hombres más

eminentes, calcúlese cuál sería la de los adocenados, los que no

pudiendo elevarse hasta ellos por la belleza de las obras imitan su vida

exterior y hasta pretenden oscurecerla (y a veces lo consiguen) por

medio de enormes extravagancias y atrocidades. Hubo una época en que la

bohemia invadió toda la literatura. Para ser literato era preciso no

sólo ser un perdulario sino afectarlo; vivir a la ventura, no pagar a la

patrona (este era el artículo primero del código bohemio), dormir

algunas veces al aire libre, rodar noche y día por los cafés, pedir

dinero a todo el mundo con resolución de no devolverlo, ponerse las

camisas y las botas de los amigos, _dar mico_ al sastre, jugar,

emborracharse, etc., etc. Los que tenían gracia solían emplearla en

estas cosas y se hacían célebres. Todavía se cuentan con entusiasmo las

pasadas que a sus patronas, sastres y zapateros han jugado algunos

escritores de menor cuantía, y hay quien les admira por ellas más que

por sus obras: quizá tengan razón, porque estos literatos tan chistosos

para no pagar, no solían serlo tanto para escribir.

De la falange de los bohemios, que repito comprende la mayor parte de

los escritores que han parecido de treinta o cuarenta años a esta parte,

algunos, muy pocos por supuesto, han conseguido inmortalizarse con sus

escritos; otros abandonando la literatura se han hecho personas formales

y han entrado en la política o los negocios: éstos son los que mejor han

librado; pero uno que otro, o más viciosos o más soberbios o menos aptos

han persistido con extraña tenacidad en su vida aventurera y en sus

costumbres abyectas que los han conducido rápidamente a un abismo de

degradación. El representante genuino de estos últimos, el más

empedernido, el que gozaba de más notoriedad era Pelayo del Castillo,

fallecido recientemente en el hospital. Este desgraciado fue víctima de

su indolencia y de sus vicios, pero en parte también de las ideas

dominantes en su tiempo acerca del papel que en el mundo debe el

literato representar. Si en vez de celebrarse como chistes los vicios,

el desaseo, la desvergüenza y el desarreglo de las costumbres, se

consideraran como graves y repugnantes defectos, ni éste ni otros

desdichados hubiesen llegado a tal extremo de miseria. Nada hay tan

funesto como presentar al hombre un ideal que no esté de acuerdo con los

preceptos de la virtud y halague al propio tiempo sus malas

propensiones.

Por fortuna el ideal ha desaparecido y sus representantes no tardarán en

desaparecer. El literato ya no pide a la sociedad privilegios inmorales:

es un hombre que debe trabajar como los demás y sacar el mejor partido

posible de sus productos. Si no puede vivir de la pluma, porque en

España no existan todavía medios de remunerarle cumplidamente, debe

alternar sus ocupaciones literarias con otras de diversa índole. Si

puede vivir, aunque sea modestamente, debe trabajar diariamente como

cualquier otro obrero. Claro es que no se le han de exigir las mismas

horas de trabajo que a un covachuelista, porque el del escritor es más

intenso; pero se marcará las que sin detrimento de la salud pueda

llenar. La teoría de la inspiración es falsa y ridícula: la inspiración

acude delante de las cuartillas y de los libros, no en las mesas de los

cafés ni en las salas de juego: cuando no gusta lo que se ha escrito, se

rompe y se escribe de nuevo preparándose convenientemente con el estudio

y la meditación; pero no se van a buscar ideas a la ruleta.

Aguas fuertes · 第 7 / 12 段