decirle palabra desaparece con ella por el foro. Nuestro sabio espera
una buena media hora tocando el tambor sobre las rejas de la valla con
las yemas de los dedos. De vez en cuando levanta la vista a los estantes
donde en correcta formación se halla una muchedumbre de libros feos,
rugosos, mal encarados, que le infunden respeto. Ninguno de aquellos
libros se acuerda ya de cuándo fue sacado para ser leído. De ahí su
respetabilidad. En este mundo las cosas de poco uso son siempre las más
respetables; los senadores, los capitanes generales, los académicos, los
canónigos. Casi todos tienen escrita sobre su severo lomo en letras muy
gordas la palabra _Ópera_. No se ve en torno más que óperas; óperas
arriba, óperas abajo, óperas delante, óperas detrás. En esto llega el
señor empleado del Índice, silencioso siempre como un pez, y en lugar
del libro le entrega de nuevo la papeleta. El sabio en estado de
crisálida no sabe lo que aquello significa y da vueltas entre sus dedos
al papel hasta que percibe dos palabritas de distinta letra debajo de su
petición: _no consta_. El sabio, que es bastante listo, comprende en
seguida que con aquellas palabras se quiere decir que no hay semejante
libro. Lo mismo les ha pasado a todos los sabios que en el mundo han
sido y han ido a leer a la biblioteca de la nación. Ningún libro
reciente consta. ¿Y por qué había de constar? ¿No perdería mucho de su
prestigio esta biblioteca, admitiendo sin dificultad cualquier libro de
ayer mañana? La biblioteca nacional no puede proceder como la de un
particular; para que un libro tenga la honra de entrar en sus salones
es necesario que el tiempo lo garantice, pues hasta ahora no se conoce
nada mejor para garantir la ciencia que una serie de años, cuantos más
mejor. Un libro nuevo, bien impreso, satinado y limpio, no encaja bien
entre aquellas dignas y graves óperas, preñadas hasta reventar de latín
y de ciencia.
Nuestro sabio torna a la portería meditando todo esto, y escribe sobre
otra papeleta el título de un libro sobre filosofía, del siglo trece. La
papeleta vuelve a pasar por las manos de los señores de los extremos;
pero esta vez, sin que el sabio adivine la razón, se miran consternados
los unos a los otros. Por último uno de ellos le dice en tono humilde:
--Caballero, el libro que V. pide está en uno de los últimos estantes y
es un poco expuesto subir a buscarle... ¡Si a V. le fuese indiferente
pedir otro!...
¡Pues no había de serle indiferente! Los sabios son muy finos y humanos.
Nada, nada, no se moleste V. Por nada en el mundo querría nuestro sabio
exponer la preciosa vida de ningún empleado del Gobierno. Así que, pian
pianito vuelve sobre sus pasos hasta la portería, atormentando la
imaginación para buscar una obra que fácilmente le pudiesen
proporcionar, fuese cual fuese. Al fin no encuentra nada mejor que pedir
el Quijote.
--¿Qué edición quiere V.?
--La que V. guste.
--¡Ah! no, caballero, perdone V., nosotros no podemos dar sino la
edición que nos piden.
--Bien, pues la de la Academia.
--Tenga V. entonces la bondad de consignarlo así en la papeleta.
Vuelta a la portería. Al fin, después de una brega tan larga y
deslucida, tiene la dicha de recibir el Quijote de manos del empleado.
El sabio deja escapar un suspiro de consuelo: estaba sudando. Trata de
sentarse a una de las mesas que hay esparcidas por la sala, sobre las
cuales, para que nada llame y distraiga la atención, no suele haber ni
pupitre, ni papel, ni plumas, ni tintero; nada más que la madera lisa y
reluciente, invitando al estudio y a la patinación. Al tomar una de las
sillas, observa con dolor que está cubierta de polvo y quizá de algo
más. ¿Qué tiene esto de particular? La ciencia y la porquería no son
enemigas declaradas: antes al contrario, parece que aquélla vive dichosa
en los brazos de ésta, como lo atestiguan multitud de ejemplos. La
sagrada Teología, muy especialmente, siempre ha tenido marcada
predilección por la suciedad. En otro tiempo se medía la profundidad de
un teólogo por la cantidad de grasa que llevaba adherida a la sotana.
También la literatura manifestó siempre tendencias bastante pronunciadas
en este sentido, y es cosa proverbial, sobre todo en las provincias, que
nuestros literatos no se lavan sino cuando llueve: hay hortera a quien
se le saltan las lágrimas de entusiasmo contando alguna gran
asquerosidad de Carlos Rubio, o la manera de vivir de Marcos
Zapata,--por más que respecto a este último, como amigo suyo que soy,
puedo declarar que hay exageración. Fundándose, a no dudarlo, en tales
razones, el gobierno de S. M. ha procurado mantener en la biblioteca
nacional una conveniente y adecuada porquería, de cuya conservación
están encargados algunos mozos no bastantemente retribuidos.
Nuestro sabio en agraz, que aún no ha llegado a las altas regiones de la
ciencia, y que por lo tanto no comprende la ayuda poderosa que le
prestarían en la investigación de la verdad aquellas manchas grises de
la silla que mira con sobresalto, saca el pañuelo del bolsillo y lo
coloca bonitamente sobre ella, sentándose después lleno de confianza.
¡Ea! ya está sentado el sabio; ya sopla el polvo de la mesa y coloca el
sombrero sobre ella; ya se saca a medias una bota que le oprime
mortalmente los sabañones; ya tose y se arranca la flema de la garganta;
ya trae el libro hacia sí, ya mira con curiosidad el sello de la
Academia estampado en la primera página; ya empieza a leer.
«_En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha
mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, rocín
flaco....._»
Tilín, tilín.
--¿Qué es eso?--pregunta con sorpresa al compañero que tiene al lado.
--Nada, que tocan a cerrar--contesta el otro levantándose.
El sabio entonces se levanta también; le sigue; devuelve el Quijote al
empleado de quien lo recibiera; y se va a su casa.
EL DRAMA DE LAS BAMBALINAS
Antoñico era una chispa, al decir de cuantos andaban entre bastidores;
no se había conocido traspunte como él desde hacía muchos años: era
necesario remontarse a los tiempos de Máiquez y Rita Luna, como hacía
frecuentemente un caballero gordo que iba todas las noches de tertulia
al saloncillo, para hallar precedente de tal inteligencia y actividad.
Solamente cuando falleció se estimaron sus servicios en lo que valían.
Porque no era el traspunte vulgar que con cinco minutos de antelación
recorre los cuartos de los actores gritando: «Don José; va V. a
salir--Señorita Clotilde; cuando V. guste». Ni por pienso: Antoñico
tenía en su cabeza todos los pormenores indispensables para el buen
orden de la representación; dirigía la tramoya con una precisión
admirable, daba oportunos consejos al mueblista, hacía bajar el telón
sin retrasarse ni adelantarse jamás; cuando había necesidad de sonar
cascabeles para imitar el ruido de un coche, él los sonaba; si de tocar
un pito, él lo tocaba, y hasta redoblaba el tambor con asombrosa
destreza apagando el ruido para hacer creer al espectador que la tropa
se iba alejando. En los dramas en que la muchedumbre llega rugiendo a
las puertas del palacio y amenaza saquearlo, nadie como él para hacer
mucho ruido con poca gente; una docena de comparsas le bastaban para
poner en sobresalto a la familia real; a uno le hacía gritar
continuamente _¡esto no se puede sufrir!_, a otro le mandaba exclamar
sin punto de reposo, _¡mueran los tiranos!_, a otro, _¡abajo las
cadenas!_, etc., etc., todo en un _crescendo_ perfectamente ejecutado,
que infundía pavor no sólo en el corazón del tirano sino en el de todos
los que se interesaban por su suerte. Además sabía arrojar piedras a la
escena de modo que produjesen mucho ruido y no hiciesen daño a nadie:
algunas veces hizo también escuchar su voz desde las cajas o desde el
sótano en calidad de fantasma. En fin, más que traspunte debía
considerarse a Antoñico como un actor eminente aunque invisible.
En el teatro era casi un dictador: los actores le halagaban porque les
podía hacer daño con un descuido intencionado, la empresa se mostraba
satisfecha de él, y los dependientes le respetaban y le consideraban
como jefe.
Era necesario verle con un reverbero en la mano derecha, el libro en la
izquierda, una barretina colorada en la cabeza a guisa de uniforme,
deslizarse velozmente por los bastidores acudiendo a opuestos parajes en
nada de tiempo, poniendo prisa a los empleados, contestando al sin
número de preguntas que le dirigían, y esparciendo órdenes en estilo
telegráfico como un general en el fragor de la batalla.
II
Con todo, Antoñico tenía un grave defecto: le gustaban demasiado las
mujeres. Quizá digan ustedes que este defecto no es grave: en cualquier
otro hombre, convengo en ello, pero en Antoñico, un funcionario
dramático de tal importancia, era un pecado mortal. No hay más que
pensar en que tenía bajo su inmediata inspección a varias actrices
secundarias, o sean racionistas, y que aun las principales veíanse
obligadas a estar con él en una relación constante. De donde resultaban
a menudo algunos disgustillos y desórdenes que se hubieran evitado si
nuestro traspunte tuviese un temperamento menos inflamable.
Verbigracia; se hubiera evitado que Narcisa, la jovencita que
desempeñaba papeles de chula, se fuese del teatro dando un fuerte
escándalo, diciendo a quien la quería oír que Antoñico pellizcaba las
piernas a las actrices en las ocasiones propicias; y también que la mamá
de Clotilde, la primera dama, se quejase al empresario de que Antoñico
fuese con demasiada prisa a levantar a su hija siempre que caía
desmayada al terminarse un acto. Hay que convenir en que todo esto era
muy feo y dañaba no poco a la respetabilidad del traspunte; que vuelvo a
decir, era sin disputa el alma del teatro.
Sucedió, pues, que al medio de la temporada el primer tramoyista
contrajo matrimonio: era un hombre de unos treinta años de edad, feo,
silencioso, sombrío, ojos negros hundidos, barba rala y erizada;
inteligente con todo y amigo de cumplir con su deber. La mujer que
eligió por esposa era una jovencita, casi una niña, linda, vivaracha,
nariz arremangada, más alegre que unas castañuelas, perezosa y juguetona
como una gatita. Se casó con el tramoyista... no sé por qué; quizá por
su desahogada posición (ganaba seis pesetas diarias).
Para no privarse de su compañía un momento, el enamorado marido la trajo
consigo al teatro; en los ratos que le dejaban libre sus ocupaciones, el
pobre hombre gozaba con acercarse a su mujercita y darle un pellizco o
un abrazo furtivo. La muchacha, que no había entrado hasta entonces en
la región de los bastidores, estaba maravillada y contenta al verse
entre aquel bullicio, y pronto fue una necesidad el pasarse tres o
cuatro horas todas las noches vagando por las cajas y por los cuartos de
las actrices con quienes simpatizó en seguida.
Antoñico, al verla por primera vez, se relamió como el tigre cuando
atisba la presa. La barretina colorada sufrió un fuerte temblor y se
dispuso a cobijar un enjambre de pensamientos tenebrosos y lúbricos. Mas
como hombre experto y precavido, guardó sus ideas, contrarias a la
unidad de la familia, debajo de la barretina, y aparentó no fijar la
atención en la presa y dejar que tranquilamente fuese y viniese a su
buen talante.
Sin embargo, una que otra vez al encontrarse en los pasillos le dirigía
miradas magnéticas que la fascinaban y profería unas _buenas noches_
preñadas de ideas disolventes. Como es natural, la bella tramoyista no
dejó de sospechar el género de pensamientos que dentro de la barretina
se escondían, y en su consecuencia decidió ruborizarse hasta las orejas
siempre que tropezaba con el tigre-traspunte. Este avanzó con cautela,
paso tras paso; nada de pellizcos, ni de palabrotas necias, ni de
estrujones contra los bastidores: una actitud sosegada, dulce, casi
melancólica, adecuada para no espantar la caza, algunas palabritas
melosas y furtivas, varios conceptillos aduladores envueltos en
suspiros, y cuando todo estaba convenientemente preparado ¡zas! el salto
que todos conocen:--«María, yo me muero por V... perdóneme V. el
atrevimiento... yo no puedo tener escondido por más tiempo lo que
siento, etc., etc.»
La vivaracha tramoyista quedó, como era de esperar, entre las uñas del
traspunte. Y comenzó para ambos el período de los placeres amargos, la
felicidad con sobresalto: aparentando no mirarse, no se quitaban ojo;
fingiendo que apenas se conocían, estaban siempre juntos: ¡el marido era
tan sombrío, tan suspicaz! Necesitaban llevar a cabo prodigios de
estrategia para no ser advertidos: a veces pasaban cuatro o cinco noches
sin poder decirse siquiera una palabra. Puesta en tortura la
imaginación, Antoñico ideaba las citas más estupendas y extravagantes;
unas veces en el sótano, otras en el cuarto de un actor que estaba en
escena; pero todas breves y agitadas, porque el tramoyista era pegajoso
como recién casado, y Antoñico no tomaba el aspecto de tigre sino con
las damas.
Una noche en que el traspunte se sentía, por el ayuno forzoso de muchos
días, más enamorado que otras veces, dijo algunas palabras rápidamente
al oído de María y se perdió entre los bastidores. Ésta le siguió.
Encontráronse en un rincón sombrío cerca del telón de boca; y el
traspunte, que conocía el terreno a palmos, cogió de la mano a su
querida, separó con la otra un bastidor y penetraron ambos en un recinto
estrechísimo formado por telones y bastidores: Antoñico trajo hacia si
el que había separado, y quedaron perfectamente cerrados. Los amantes
pudieron gozar breves instantes del seguro que la experiencia y
habilidad del traspunte habían buscado. En aquel extraño retiro nadie
podía dar con ellos. ¿Nadie? Antoñico vio de improviso, en medio de su
embriaguez, que por un agujerito abierto en el telón, un ojo les
observaba; y su corazón de tigre dio un salto prodigioso dentro del
pecho:--«María--dijo con voz temblorosa, imperceptible--estamos
perdidos... nos están viendo... ¡silencio!... ¿quieres salir tú
primero?» La animosa tramoyista corrió bruscamente el bastidor y se
arrojó fuera: no había nadie. Antoñico salió detrás con el semblante
pintado de interesante palidez. Su primer cuidado fue buscar por todas
partes al tramoyista: encontráronlo sumamente preocupado porque la
chimenea de mármol que debía aparecer en el acto tercero había sido
rota al trasladarla; tanto que no reparó en su mujer al acercarse.
--¿Lo ves, hombre--dijo María a Antoñico--como eres un gallina? A tí el
miedo te hace ver visiones.
III
Transcurrieron bastantes días. Las adúlteras relaciones de nuestros
héroes seguían la misma marcha dulce y borrascosa a la par: sobresaltos,
temores, ansias, vacilaciones sin cuento: regalos, vivos deleites,
instantes de dicha, con todo. Tal es el lote de la pasión criminal.
María había olvidado enteramente el episodio del agujero en el bastidor;
Antoñico soñaba todavía algunas veces con aquel ojo fantástico,
escrutador, y despertaba despavorido; poco a poco se fue convenciendo de
que había sido una ilusión del miedo y el miedo abrió paso a la
confianza.
Una noche el tramoyista le habló de esta manera:
--Oye, Antoñico; ¿sabes que el tercer telón, el de las columnas, debía
colocarse más atrás...?
--¿Pues?
--No hay perspectiva.
--Sí la hay..., y además tropezaría casi con el lago.
--El lago también puede correrse un poco.
--No hay sitio.
--Tenemos todavía metro y medio.
--¡Qué hemos de tener, hombre! ¿Lo has medido?
--Sí, lo he medido: ¿tienes tú ahí el metro...? Pues ven a verlo y te
convencerás.
El tramoyista emprendió la marcha y Antoñico le siguió. Subieron por la
estrecha y frágil escalerilla que conduce a las bambalinas. Cuando
estaban a la mitad de la altura, el tramoyista volvió la cabeza, y sus
ojos se encontraron con los del traspunte. ¿Qué había de particular en
aquella mirada? ¿Por qué empalidece el rostro de Antoñico? ¿Por qué se
le doblan las piernas?
Vacila un instante entre seguir o retroceder: la barretina colorada se
detiene y se agita presa de mortal incertidumbre. El tramoyista exclama:
--¡Diablo de escalera...! La subo setenta veces al día y no acabo de
acostumbrarme... Me moriré del pecho, Antoñico, me moriré del pecho.
El traspunte se siente fortalecido y sigue su camino.
IV
Aquella noche se representaba un drama histórico, acaecido en tiempo de
los godos. El primer galán era un mancebo muy simpático, rebosando de
entusiasmo y de décimas calderonianas. La primera dama gastaba una
túnica muy larga y comenzaba a llorar desde que subían el telón. El
barba hacía de rey y debía morir al fin del acto tercero a manos del
mancebo de las décimas: buena voz, potente y cavernosa, como convenía a
un rey visigodo.
El público aguardaba con impaciencia la catástrofe: cuando le parecía
bien, bostezaba; cuando lo creía necesario, sacaba _La Correspondencia
de España_ y leía. Había muchas personas que llegaban a desear que el
barba cayese pronto bañado en su sangre para escapar a casa y meterse
en la cama.
En el acto segundo había un monólogo del rey, de inusitadas dimensiones.
El público ya tenía entre pecho y espalda setenta y cinco endecasílabos
de este monólogo y se disponía a recibir con resignación otra partida no
menos crecida, cuando de pronto...
--¿Qué ha pasado... qué sucede? ¿Por qué se levanta el público? ¿Por qué
se puebla la escena de gente?
Un bulto, un hombre, acaba de caer de las bambalinas sobre el escenario
con espantoso estruendo. Un grupo de gente le rodea en seguida. El
público aterrado se agita y se alborota: quiere saber lo que ha pasado.
Al fin uno de los actores se destaca del grupo y dice en voz alta: «que
el traspunte Antonio García, caminando por los telares del teatro, había
tenido la desgracia de caerse.
--¿Pero, está muerto?... ¿está muerto?--preguntan varias voces.
El actor hace con la cabeza señal afirmativa.
LLOVIENDO
Cuando salí de casa recibí la desagradable sorpresa de ver que estaba
lloviendo. Había dejado al sol pavoneándose en el azul del cielo,
envolviendo a la ciudad en una esplendorosa caricia de padre... ¡Quién
había de sospechar!...
En un instante desgarraron mi alma muchedumbre de ideas extrañas; la
duda se alojó en mi espíritu atormentado. ¿Subiría por el paraguas? En
aquella sazón mi paraguas ocupaba una de las más altas posiciones de
Madrid: se encontraba en un piso tercero, con entresuelo y primero.
Arranquémosle la careta: era un piso quinto.
Las escaleras me fatigan casi tanto como los dramas históricos: a veces
prefiero escuchar una producción de Catalina o Sánchez de Castro, con
reyes visigodos y todo, a subir a un cuarto segundo. Me hallaba en una
de estas ocasiones. La verdad es que llovía sin gran aparato, pero de un
modo respetable. Los transeúntes pasaban ligeros por delante de mí, bien
guarecidos debajo de sus paraguas. Alguno que no le llevaba, vino a
buscar techo a mi lado. Todavía aguardé unos instantes presa de horrible
incertidumbre. Dí algunos paseos en el portal y eché todos los cálculos
que un hombre serio tiene el deber de echar en tales ocasiones. De un
lado, del lado de la calle, la consiguiente mojadura; del lado de la
escalera, la fatiga consiguiente. Por otra parte, los amigos estarían ya
reunidos en el café despellejando a alguno, ¡tal vez a mí! Además, el
café, según los datos que me ha suministrado una persona muy versada en
estas cosas, debe tomarse _inmediatamente_ (cuidado con ello)
inmediatamente después de las comidas. Al fin adopté una resolución
violentísima. Me remangué los pantalones y salí a la calle.
¡Pues qué! Yo que he aguantado sin pestañear noches enteras todas las
leyendas de la Edad-Media que el Sr. Velarde y otros ilustres mosquitos
líricos de su misma familia, han dejado caer desde la tribuna del
Ateneo, ¿flaquearía ahora ante unas miserables gotas de agua? No en mis
días: si la faz no ha empalidecido, si el corazón no ha temblado ante
ningún poeta legendario, por cruel que se haya mostrado, las
alteraciones atmosféricas no prevalecerán contra mi heroísmo.
En esta admirable disposición de espíritu atravesé casi toda la calle
del Arenal. Sin embargo, no quiero ser hipócrita: declaro que fui todo
el tiempo pegado a las casas, con lo cual evité que me cayese una
tercera parte de agua de la que por clasificación me correspondía. Antes
de llegar a la puerta del Sol eché una mirada al cielo, mirada
escrutadora que me hizo ver sombra arriba y sombra abajo. Esta mirada
dio por resultado además el que tropezase con un guardia municipal, que
me preguntó con severidad dónde tenía los ojos; yo, lleno de respeto y
sumisión hacia el poder ejecutivo, le contesté, procurando ablandar su
corazón con una sonrisa:--Donde usted guste.--La verdad es que estuve
demasiado humilde, casi rastrero, porque el guardia no llevaba la acera,
¡pero la idea de la Prevención ejerce tal ascendiente sobre mí!... Me
contenté con volverme y echarle una mirada terrible, que cayó sobre su
capote de hule y resbaló por encima como el agua resbalaba en aquel
instante.
Las nubes no cejaban. La lluvia, en vez de ir disminuyendo gradualmente,
para satisfacer el ideal de todo el que, como yo, no llevase paraguas,
gradualmente iba aumentando. Al entrar en la Puerta del Sol, cruzaba muy
poca gente; algunos carruajes, cuyos aurigas parecían envoltorios de
paño pardo; algunas mujeres remangando con la coquetería que permitían
las circunstancias, sus blancas enaguas, y dejando ver esbozos de pies
fantásticos y perfiles de pantorrillas reales. Pero en aquel momento yo
me preocupaba más de mis pantorrillas que de las ajenas, como era,
después de todo, mi deber. El agua y el barro me salpicaban hasta las
narices; los canalones vomitaban en las aceras torrentes, que procuraba
salvar apelando a mis recuerdos gimnásticos.
Poco a poco, de un modo insidioso y solapado, tendiéndome sus redes en
silencio y asegurando sus pasos con cautela, fue penetrando en mi
corazón el temor del reumatismo. En el espacio que media entre la calle
del Arenal y la del Carmen, casi se enseñoreó de él por completo.
Sombrías perspectivas de fiebres catarrales, dolores en las
articulaciones y fricciones de aguardiente alcanforado, se ofrecieron
ante mi vista, y con la visión intensa y terrible del alucinado, me vi
metido en unos calzoncillos de bayeta amarilla.
Y temblé. Y eché una cobarde mirada en torno buscando un _simón_ vacío.
Los pocos que pasaban iban alquilados. Pero aún quedaban los portales.
¡Ah, los portales! Los portales me parecían un recurso de mala ley,
indigno de ser tomado en consideración por el momento. Para estar metido
en un portal viendo caer la lluvia, más valía haberse quedado en casa.
Además, los portales estaban llenos de canalla, vagos de profesión,
aventureros de la calle, gente sin hogar y sin paraguas. ¡Quién va a
exponerse a que le roben el reloj o le secuestren!
Esto lo pensaba al cruzar por la calle del Carmen. Pues bien, al cruzar
por delante de la de la Montera, ya pensaba otra cosa. Y es que las
ideas del hombre se van modificando insensiblemente al través de la
existencia; las convicciones más profundas se desarraigan de nuestro
espíritu cuando menos lo esperamos, la antigua fe deja paso a la nueva,
y el entusiasmo se enfría y se calienta incesantemente durante nuestra
peregrinación por la tierra. Cogidos de la mano, con fuego en el
corazón, alta la frente y la pupila clavada en lo porvenir, hemos
partido muchos para recorrer los campos de la política; a los pocos
pasos, ya se ha desprendido uno, a quien el temor o la utilidad han
solicitado, más allá otro, más allá otro: al poco tiempo la caravana se
ha disuelto, y cada cual corre a refugiarse donde más le conviene. Esta
es la vida. Una verdad innegable he sacado, no obstante, de su
experiencia, y es, que cuando llueve, todo el mundo se cobija.
Yo también claudiqué en aquella ocasión refugiándome en un portal,
aunque con circunstancias atenuantes, pues era el de una fotografía. Las
paredes estaban cubiertas de retratos: señoras bonitas, haciendo
resaltar sus gracias con actitudes lánguidas, dirigiendo una sonrisa
insinuante a todos los _timadores_ y fosforeros que se paraban a
contemplarlas; varones con los ojos estáticos, en muda y eterna
admiración de algo que nadie sabe. Algunos caballeros estaban
disfrazados: había uno vestido de fraile haciendo oración entre las
malezas de una sierra, con su calavera y todo al lado. Me dijeron que
era un muchacho de la nobleza que había renunciado al mundo por
desengaños de amor. Bien se le conocía al pobre, a pesar de su
vestimenta eremítica, que había tirado muchos tiros al pichón. Había
otro con traje de doctor, con las cejas fruncidas y la frente arrugada
como si tuviese agobiados los sesos bajo la pesadumbre de tanta
jurisprudencia. Tenía un birrete en la mano y otro sobre la mesa,
quizás para el caso de que se inutilizase el primero.