--Pues ya verá V., caballero lo que sucedió--dijo el hombre, siguiendo

su historia mientras caminábamos hacia el cadalso.--Me mandó a llamar

muy tempranito, y yo me planté en la cárcel por el aire. Antes de

entrar a verle, me obligaron a quitarme la ropa. Los grandísimos puercos

tenían miedo que le trajese algún veneno. Querían a toda costa verle en

el palo. Para registrarme me pusieron en cueros vivos y me trataron como

a un perro... ¡Mala centella los mate a todos!... Pero, después de

muchos _arrodeos_, no tuvieron más remedio que dejarme entrar... «¡Hola!

¿Estás ahí, Miguelillo?--me dijo en cuanto me vio.--Acércate y agarra

una silla. Tenía ganas de verte antes de tomar el _tole pa_ el otro

barrio». Estaba fumando un cigarro de los de la Habana y tenía algunas

copas delante. Había tres o cuatro personas con él, entre ellas el cura.

«Acércate, hombre, y bebe una copa a tu salud, porque a la mía es como

si no la bebieses. Aquí todos han _trincado_ esta mañana, menos el

_pater_, que se empeña en no probar la gracia de Dios». Bebí la copa que

me echó, y hablamos un ratito de nuestras cosas. Yo no me cansaba de

mirarle. Estaba tan sereno como V. y yo, caballero. _Paecía_ que era a

otro a quien iban a dar _mulé_. «¿Verdad que no estoy _apurao_,

Miguelillo?... Eso hubieran querido los _mamones_ de la cárcel, pero no

les he _dao_ por el gusto... ¡Anda, que se lo dé la perra de su

madre!... Aquí el _pater_ también me predica, pero es muy hombre de

bien, y por ser muy hombre de bien le he servido en todo lo que hasta

ahora ha _mandao_». Y era verdad, porque había _confesao_ y _comulgao_

sólo por el aprecio que le tenía. Cuando estábamos hablando entró un

hombre pequeño, _trabao_ y con las patas torcidas, y acercándose a la

mesa le preguntó: «Oye, Francisco, ¿me conoces?» Él entonces levantó la

vista, y contestó, bajándola otra vez: «Sí, eres el _buchí_». Es verdad,

has _acertao_. ¿Tienes ánimo?--¿No lo estás viendo?--Ya veo, ya, que no

se te encoge el ombligo... Vengo a pedirte perdón.--Anda con Dios, que

tú no tienes la culpa de nada. Tú eres un pobre, que ganas el pan con tu

trabajo.--Hasta luego.--Hasta luego». Después que salió el verdugo me

vinieron a avisar _pa_ que me fuese. Entonces él se levantó y me abrazó

como pudo (porque llevaba esposas) diciéndome: «Vamos, muchacho, no te

fatigues tanto... Este es un mal trago... Vaya por los muchos buenos

que tengo entre pecho y espalda». Después me echaron de la capilla y

hasta de la cárcel!... ¡Pero, caballero, apriete V. un poco más el paso,

que nos quedamos atrás!...

Obedecí a mi compañero, como si lo tuviese por obligación, y nos

colocamos otra vez en las primeras filas. El carruaje de la Justicia

caminaba a unos veinte pasos de nosotros. La muchedumbre hormigueaba en

torno del piquete y de los guardias, esforzándose para ver al reo.

Algunos civiles de caballería, con el sable desenvainado, caracoleaban

para dejar libre el tránsito, atropellando a veces a la gente, que

dejaba escapar sordas imprecaciones contra la fuerza pública. Los

habitantes de las pobres viviendas que guarnecen por aquellos sitios la

carretera, se asomaban a las puertas y ventanas, reflejando en sus

rostros más curiosidad que tristeza, y las comadres del barrio se decían

de ventana a ventana algunas frases de compasión para el reo, y no pocos

insultos para los que íbamos a verle morir. De vez en cuando, el rostro

lívido de aquél aparecía en la ventanilla, y sus ojos negros y hundidos

paseaban una mirada angustiosa y feroz por la multitud; pero

inmediatamente se dejaba caer hacia atrás, escuchando el incesante

discurso del sacerdote. El cochero, enmascarado como un lúgubre

fantasma, animaba al caballo con su látigo, conduciéndolo hacia el

suplicio.

La relación de aquel hombre había excitado mi curiosidad. Así que,

después de caminar un rato en silencio, le pregunté:

--¿Y V., cuando le echaron de la cárcel, se habrá ido a su casa?

--No, señor; me quedé cerca de la puerta para verle salir. Al cabo de

media hora de espera, _apaeció_ entre un montón de gente, lo mismo que

este que va en el coche... ¡Ay, caballero, si viese V. que otro hombre

era! Ese maldito sayo negro que les ponen, y el gorro de la cabeza, le

habían _mudao_ enteramente. _Paecía_ un alma del otro mundo. Montó, sin

ayuda de nadie, en el burro que estaba a la puerta... Entonces no iban

en coche, como ahora, sino _montaos_ en un burro... Estaba mejor así,

¿no le _paece_ a V.?... De este modo todo el mundo se enteraba y lo veía

bien... Cuando rompieron a andar, me puse lo más cerca que pude, y él,

que iba moviendo la cabeza a un lado y a otro, me _guipó_ en seguida y

me llamó con la mano. Me dejaron acercar, y me dijo: «Adiós, Miguelillo;

estos cochinos me llevan a degollar como un carnero; vete _pa_ casa,

querido, que estás muy _fatigao_». Me dio un apretón de manos y se puso

a hablar con el cura, que le reñía por lo que había dicho. Yo me separé,

pero no quise marcharme. Seguí la comitiva hasta el mismo campo... hasta

aquí, porque ya estamos en él. Le vi subir al _tablao_, le vi sentarse

en el banco, le vi besar el cristo que le ponían delante, y cuando le

echaron el pañuelo sobre la cara, entonces me puse a correr y no paré

hasta casa...

Habíamos llegado, en efecto, al Campo de Guardias y veíamos a lo lejos

alzarse el lúgubre armatoste sobre el mar de cabezas humanas que lo

circundaba. El clamor era cada vez más alto; la agitación se convertía

en tumulto. Los gritos penetrantes de los pregoneros apenas se oían

entre aquel rumor tempestuoso.

Mi compañero había guardado silencio. Yo, absorto completamente por la

escena terrible que se preparaba, tampoco despegué los labios. Me había

impresionado, no obstante, su cuento, y al fin, por hablar algo, y en

tono distraído, le pregunté:

--Mucho lo habrá V. sentido, ¿no es verdad?

--¡Pues no lo había de sentir!... ¿Para qué he de engañarle a V.

caballero?--me contestó mirándome fijamente.--¡No lo había de sentir, si

era mi padre!...

Quedé estupefacto. Sentí algo semejante al miedo y al asco, y no supe

más que murmurar:

--¡Qué horror!

El hombre de la capa, al ver mi sorpresa, sonrió con humildad, como si

me pidiese perdón, y continuó:

--Me acuerdo que, cuando llegué a casa, mi madre me dio una paliza que

me hubo de matar... no sé por qué... Decía que para que me acordase bien

de aquel día... ¡Cómo sino me acordase bien sin necesidad de los

palos!... Yo creo que estaba un poco _guillá_... La pobrecita no tardó

dos meses tan siquiera en _espichar_... Desde entonces no he _faltao_

nunca a estos _espetáculos_. Todos los que han ajusticiado en Madrid de

cuarenta años _pa_ acá los he visto yo... menos tres o cuatro que no

pude ver porque estaba enfermo... Pero lo que le digo a V., caballero,

es que ninguno..., y no es porque fuese mi padre..., ninguno ha tenido

tantos _hígados pa_ morir como él...

La agitación de la muchedumbre continuaba en aumento. El caracoleo de

los civiles y los esfuerzos de los agentes apenas bastaban a contenerla

y a impedir, sobre todo, que turbase la marcha del carruaje.

El piquete de soldados que lo escoltaba tenía que estrecharse más de lo

que exige la táctica, para poder caminar. Mi compañero me dijo con tono

triunfal:

--Oiga V., caballero; estos hombres se están matando para verlo y no

conseguirán nada; pero nosotros lo hemos de _guipar_ todito y con mucha

comodidad... No se separe V. de mí... Iremos pegados a los faldones de

los soldados, y llegaremos _a debajo_ del mismo _tablao_, sin mayor

inconveniente... Hay que saber arreglárselas... De algo le han de servir

a uno los años que tiene sobre el cogote... Vamos, no afloje V. el

paso... Apriétese V. contra mí y déjese llevar... ¡Que se está V.

separando, caballero!... Agárrese V. a mi capa... ¿Qué es eso? ¿Se queda

V.?... Hombre, lo siento, porque no va V. a ver nada... Vaya, adiós,

caballero... adiós...

LA CONFESIÓN DE UN CRIMEN

En el vasto salón del Prado aún no había gente. Era temprano; las cinco

y media nada más. A falta de personas formales los niños tomaban

posesión del paseo, utilizándolo para los juegos del aro, de la cuerda,

de la pelota, pío campo, escondite, y otros no menos respetables, tan

respetables, por lo menos, y por de contado más saludables, que los de

el ajedrez, tresillo, ruleta y siete y media con que los hombres se

divierten. Y si no temiera ofender las instituciones, me atrevería a

ponerlos en parangón con los del salón de conferencias del Congreso y de

la Bolsa, seguro de que tampoco habían de desmerecer.

El sol aún seguía bañando una parte no insignificante del paseo. Los

chiquillos resaltaban sobre la arena como un enjambre de mosquitos en

una mesa de mármol. Las niñeras, guardianas fieles de aquel rebaño, con

sus cofias blancas y rizadas, las trenzas del cabello sueltas, las manos

coloradas y las mejillas rebosando una salud, que yo para mí deseo, se

agrupaban a la sombra sentadas en algún banco, desahogando con placer

sus respectivos pechos henchidos de secretos domésticos, sin que por eso

perdiesen de vista un momento (dicho sea en honor suyo) los inquietos y

menudos objetos de su vigilancia. Tal vez que otra se levantaban

corriendo para ir a socorrer a algún mosquito infeliz que se había caído

boca abajo y que se revolcaba en la arena con horrísonos chillidos;

otras veces llamaban imperiosamente al que se desmandaba y le

residenciaban ante el consejo de doncellas y amas de cría, amonestándole

suavemente o recriminándole con dureza y administrándole algún leve

correctivo en la parte posterior, según el sistema y el temperamento de

cada juez.

Esperando la llegada de la gente, me senté en una silla metálica de las

que dividen el paseo, y me puse a contemplar con ojos distraídos el

juego de los chicos. Detrás de mí estaban sentadas dos niñas de once a

doce años de edad, cuyos perfiles--lo único que veía de ellas--eran de

una corrección y pureza encantadoras. Ambas rubias y ambas vestidas con

singular gracia y elegancia: en Madrid esto último no tiene nada de

extraordinario porque las mamás, que han renunciado a ser coquetas para

sí, lo continúan siendo en sus hijas y han convenido en hacerse una

competencia poco favorable a los bolsillos de los papás. Me llamó la

atención desde luego la gravedad que las dos mostraban y el poco o

ningún efecto que les causaba la alegría de los demás muchachos. Al

principio creí que aquella circunspección procedía de considerarse ya

demasiado formales para corretear, y me pareció cómica; pero observando

mejor, me convencí de que algo serio pasaba entre ellas, y como no

tenía otra cosa que hacer, cambié de silla disimuladamente y me acerqué

cuanto pude a fin de averiguarlo.

La una estaba pálida y tenía la vista fija constantemente en el suelo:

la otra la miraba de vez en cuando con inquietud y tristeza. Cuando me

acerqué guardaban silencio, pero no tardó en romperlo la primera

exclamando en voz baja y con acento melancólico:

--¡Si lo hubiera sabido, no saldría hoy a paseo!

--¿Por qué?--repuso la segunda.--De todos modos algún día os habíais de

encontrar.

La primera no replicó nada a esta observación y callaron un buen rato.

Al cabo la segunda dijo poniéndole una mano sobre el hombro:

--¿Sabes lo que estoy pensando, Asunción?

--¿Qué?

--Que debías decírselo todo. Lola es buena niña, aunque tenga el genio

vivo. ¿No te acuerdas cuando nos pegamos y nos arañamos porque le quité

de ser la mamá?... Ya ves que le pasó en seguida...

--Sí, pero esto es muy distinto.

--Ya lo sé que es distinto... pero debes decírselo.

--¡Ay! No me mandes eso, por Dios, Luisa.... de seguro no me vuelve a

decir adiós, y se lo cuenta en seguida a sus papás.

--¿Y no será peor que se lo cuente otra persona?... ¡Hay niñas más mal

intencionadas!... Elvira lo sabe ya... no sé quién se lo ha dicho...

Profunda debió ser la impresión que esta noticia causó en el ánimo de

Asunción, porque no volvió a despegar los labios y siguió escuchando

consternada las razones de su amiga, que las amontonaba de un modo

incoherente, pero con resolución.

El paseo se iba poblando poco a poco. El sol no se enseñoreaba ya sino

de uno de los ángulos del salón: al retirarse dejaba claro y nítido el

ambiente, en el cual resaltaban con admirable pureza el obelisco del Dos

de Mayo y las agujas del museo de Artillería y de San Jerónimo. Los

pequeños retrocedían ante la invasión de los grandes a los parajes más

apartados, donde establecían nuevamente sus juegos. Un chico rubio,

vestido de marinero, con cara de desvergonzado, se quedó fijo delante de

nuestras niñas contemplándolas con insistencia, y no hallando al parecer

conveniente la gravedad que mostraban, se puso a hacerlas muecas en son

de menosprecio, Luisa, al verse interrumpida en su discurso, se levantó

furiosa y le tiró por los cabellos. El chico se alejó llorando.

Al cabo de un rato, cuando ya me disponía a dejar la silla para dar

algunas vueltas, oí exclamar a Luisa:

--¡Calla... calla... me parece que ahí viene Lola!

Asunción se estremeció y levantó la cabeza vivamente.

--Sí, sí, es ella,--continuó Luisa.--Viene con Pepita y con Concha y

Eugenia... Es el primer domingo que viene después de la muerte de su

hermano... ¡No te pongas así, niña!... No te asustes... verás, yo lo voy

a arreglar todo.

Asunción, en efecto, había empalidecido y estaba clavada e inmóvil en la

silla como una estatua. Pronto divisé un grupo de niñas de su misma

edad que se aproximaba; en el centro venía una completamente enlutada,

morenita, con grandes ojos negros y profundos que debía de ser la

causante de los temores de Asunción. Luisa se levantó a recibirlas y

echó una carrerita para cambiar con ellas buena partida de besos cuyo

rumor llegó hasta mis oídos. Asunción no se movió. Al llegar, todas la

saludaron con efusión, no siendo por cierto la menos expansiva la

enlutada Lolita. Después de cambiadas las primeras impresiones, observé

que Luisa hacía señas a Asunción en ademán de pedirle algo, y que

Asunción lo negaba, también por señas, pero con energía. Luisa, sin

embargo, se resolvió a hacer lo que pretendía a despecho de su amiga, y

llegándose a Lola, le dijo:

--Mira, Asunción tiene que decirte una cosa; ve a sentarte junto a ella.

Lolita se vino hacia la melancólica niña y le preguntó cariñosamente

tocándole la cara:

--¿Qué tienes que decirme, Chonchita?

La pobre Asunción, completamente abatida, no contestó nada; visto lo

cual por su amiga, tomó asiento al lado, y la instó con mucha viveza

para que le contase lo que la ponía tan triste.

--Mira, Lola,--comenzó con voz temblorosa y casi imperceptible,--después

que te lo diga ya no me querrás.

Lola protestó con una mueca.

--No, no me querrás... Dame un beso ahora... Después que te lo diga, no

me darás ningún otro...

Lolita se manifestó sorprendida, pero le dio algunos besos sonoros.

--Mañana hace un mes que murió tu hermano Pepito... Yo sé que has tenido

una convulsión por haber visto la caja... A mí no me han dejado ir a tu

casa porque decían que me iba a impresionar, pero toda la tarde la pasé

llorando... Luisa te lo puede decir... Lloraba porque Pepito y yo éramos

novios... ¿no lo sabías?

--¡No!

--Pues lo éramos desde hacía dos meses. Me escribió una carta y me la

dio un día al entrar en tu casa: salió de un cuarto de repente, me la

dio y echó a correr. Me decía que desde la primera vez que me había

visto le había gustado, que podríamos ser novios si yo le quería, y que

en concluyendo la carrera de abogado, que era la que pensaba seguir, nos

casaríamos. A mí me daba mucha vergüenza contestarle, pero como a Luisa

le había escrito también Paco Núñez declarándose, yo por encargo de ella

le dije un día en el paseo: «Paco, de parte de Luisa, que sí», y a la

otra vuelta Luisa le dijo a Pepito: «Pepito, de parte de Asunción, que

sí». Y quedamos novios. Los domingos cuando bailábamos en tu casa o en

la mía, me sacaba más veces que a las demás, pero no se atrevía a

decirme nada... A pesar de eso, una vez bailando, como estaba triste y

hablaba poco, le pregunté si estaba enfadado, y él me contestó: «Yo no

me enfado con nadie, y mucho menos contigo». Yo me puse colorada... y él

también... Todos los días por la tarde iba a esperarme a la salida del

colegio; se estaba paseando por delante hasta que yo salía y después me

seguía hasta casa...

Aquí Asunción cesó de hablar, y Lola, que la escuchaba con tristeza y

curiosidad, aguardó un rato a que continuase, y viendo que no lo hacía,

le preguntó:

--Pero, ¿por qué me decías que después de contármelo no iba a darte más

besos y todas aquellas cosas?... Al contrario, ahora te quiero más...

mira como te quiero.

Y Lolita al decir esto le daba apasionados besos.

--Espera, espera... no me beses... ¿De qué murió tu hermano? ¿No dijeron

los médicos que había muerto de una mojadura que había cogido?

--Sí.

--Pues esa mojadura, Lola... la cogió por causa mía... Sí, la cogió por

causa mía... Una tarde en que estaba lloviendo a cántaros, fue a

esperarme al colegio... Le vi por los cristales metido en un portal...

en el portal de enfrente... no traía paraguas. Cuando salimos yo me tapé

perfectamente porque la criada había traído uno para mí y otro para

ella... Pepito nos siguió al descubierto... llovía atrozmente... y yo en

vez de ofrecerle el paraguas y taparme con el de la criada, le dejé ir

mojándose hasta casa... Pero no fue por gusto mío, Lola... por Dios, no

lo creas... fue que me daba vergüenza...

Al decir estas palabras, le embargó la emoción, se le anudó la voz en la

garganta y rompió a sollozar fuertemente. Lolita se la quedó mirando un

buen rato, con ojos coléricos, el semblante pálido y las cejas

fruncidas; por último se levantó repentinamente y fue a reunirse con sus

amigas que estaban algo apartadas formando un grupo. La vi agitar los

brazos en medio de ellas narrando, al parecer, el suceso con vehemencia,

y observé que algunas lágrimas se desprendían de sus ojos, sin que por

eso perdiesen la expresión dura y sombría. Asunción permaneció sentada,

con la cabeza baja y ocultando el rostro entre las manos.

En el grupo de Lolita hubo acalorada deliberación. Las amigas se

esforzaban en convencerla para que otorgase su perdón a la culpable.

Lolita se negaba a ello con una mímica (lo único que yo percibía) altiva

y violenta. Luisa no cesaba de ir y venir consolando a su triste amiga

y procurando calmar a la otra.

El sol se había retirado ya del paseo, aunque anduviese todavía por las

ramas de los árboles y las fachadas de las casas. La estatua de Apolo

que corona la fuente del centro, recibía su postrera caricia; los

lejanos palacios del paseo de Recoletos resplandecían en aquel instante

como si fuesen de plata. El salón estaba ya lleno de gente.

Después de discutir con violencia y de rechazar enérgicamente las

proposiciones conciliadoras, Lolita se encerró en un silencio sombrío.

Al ver esta muestra de debilidad, las amigas apretaron el asedio,

enviando cada cual un argumento más o menos poderoso; sobre todo Luisa,

era incansable en formar silogismos, que alternaba sin cesar con

súplicas ardientes.

Al fin Lolita volvió lentamente la cabeza hacia Asunción. La pobre niña

seguía en la misma postura, abatida, ocultando siempre el rostro con las

manos. Al verla, debió pasar un soplo de enternecimiento por el corazón

de la irritada hermana; destacose del grupo, y viniendo hacia ella, la

echó los brazos al cuello diciendo:

--No llores, Chonchita, no llores.

Pero al pronunciar estas palabras lloraba también. La cabecita rubia y

la morena estuvieron un instante confundidas. Rodeáronlas las amigas, y

ni una sola dejó de verter lágrimas.

--¡Vamos, niñas, que nos están mirando!--dijo Luisa.--Enjugad las

lágrimas y vamos a pasear.

Y en efecto, llevándose el pañuelo a los ojos, ella la primera, con

rostro sereno y risueño se mezclaron agrupadas entre la muchedumbre; y

las perdí muy pronto de vista.

LA BIBLIOTECA NACIONAL

Madrid posee una biblioteca nacional. Esta biblioteca se halla situada

en la calle del mismo nombre que desemboca por un lado en la plaza de la

Encarnación y por el otro en la de Isabel II. Es fácil reconocer el

edificio. Además, posee en el barrio de Salamanca los cimientos de una

nueva biblioteca construidos con todo lujo, perfectamente resguardados

de la intemperie y rodeados de una bonita verja. Con tales elementos es

fuerza convenir en que la capital de España no carece de medios de

instrucción y que todo el que desee estudiar puede hacerlo. No obstante,

una cosa me ha sorprendido siempre, y es que la biblioteca nacional no

está tan concurrida como debiera suponerse, dado el número de habitantes

y su reconocida afición a meterse en todos los sitios donde no cueste

dinero. Quizá dependa de hallarse cerrada la mayor parte de las horas

del día y de la noche. En cuanto a los cimientos, a pesar de ser tan

bellos y sólidos, están siempre desiertos, lo cual les da un cierto

aspecto de necrópolis pagana, no ciertamente en consonancia con los

fines de su instituto, como dijo Pavía el del 3 de Enero hablando de la

Guardia civil.

Pero dejando a un lado los cimientos, cuya importancia me complazco en

reconocer y acerca de los que no será esta la última palabra que diga, y

volviendo a la antigua biblioteca donde el gobierno de Su Majestad

distribuye la ciencia por el sistema dosimétrico, esto es, en pequeñas

dosis y repetidas, diré primeramente que tiene un portal muy análogo a

una bodega, donde los sabios de mañana aguardan, tiritando y dando

estériles patadas contra las losas para calentarse los pies, a que les

abran la puerta. El frío es por naturaleza anti-científico, y desde los

tiempos más remotos se ha ensañado siempre con los sabios. De aquí los

sabañones que tanto caracterizan a los hombres de ciencia.

Arranca del portal una escalera medianamente espaciosa, cuidadosamente

tapizada de polvo como conviene a esta clase de establecimientos, la

cual termina en una portería o conserjería donde hay generalmente

sentados seis u ocho señores ocupados en la tarea de mirar lo que entra

y lo que sale y en charlar y discutir en voz alta a fin de que los que

estudian dentro se acostumbren a concentrar su atención, como hacía

Arquímedes en los tiempos antiguos.

--¿Me hacen ustedes el favor de una papeleta?--pregunta en actitud

humilde el sabio, que ha llegado hasta allí tragando polvo.

El portero encargado de facilitarlas vuelve la cabeza y le dirige una

mirada fría y hostil: después sigue tranquilamente la conversación

empeñada.

--¿Cuánto te ha costado a tí la contrabarrera?

--Lo que cuesta en el despacho: el amo ha pedido tres a un concejal y me

ha cedido una.

--¡Todos los pillos tienen suerte!

Mucha risa; mucha algazara. La conversación rueda después acerca de las

probabilidades que Frascuelo tiene de echar la pata a Lagartijo: los

toros eran de Veraguas, se podían lidiar con franqueza; sin riesgo; y el

matador «se las tiraría de plancheta» como acostumbraba, sin...

--¿Me hace V. el favor de una papeleta? repite el sabio un poco más

alto.

El portero le mira de nuevo con más frialdad si cabe, se levanta

lentamente, moja el dedo para sacar una papeleta del montón y dice:

--Pues yo te aseguro que no pago primadas; a última hora ha de andar más

bajo el papel...

--¿Quiere V. darme una papeleta?--dice el sabio con impaciencia.

--¿Tiene V. prisa, verdad, caballero?--responde el dependiente con

cierta sonrisilla irrespetuosa.

El sabio escribe en silencio sobre la papeleta el nombre de una obra

famosa, aunque reciente, y entra en el salón principal de la biblioteca.

En cada extremo de él hay un grupo de señores convenientemente separados

de los que leen arrimados a las mesas. El sabio de mañana vacila entre

dirigirse al grupo de la derecha o al grupo de la izquierda; decídese al

fin a emprender su marcha hacia el primero, procediendo lógicamente. Uno

de los señores de los extremos le toma la papeleta, mas antes de leerla

le examina escrupulosamente de pies a cabeza cual si tratase de

sonsacarle, mediante su aspecto, qué intención perversa le había movido

al venir hasta allí en demanda de un libro. Después que se entera del

que pide, crecen evidentemente sus sospechas porque le acribilla a

miradas escrutadoras, de tal suerte, que el presunto sabio baja la vista

avergonzado, juzgándose un matutero de la ciencia. El empleado, sin

dejar de mirarle, pasa la papeleta a otro empleado que a su vez le mira

también con cuidado y la pasa a otro, y así sucesivamente pasa por todas

las manos del grupo hasta que llega nuevamente a las del primero, el

cual se la devuelve diciendo:

--Vaya V. allí enfrente.

Y nuestro sabio atraviesa el salón y se dirige al grupo contrario, donde

sufre el mismo examen por parte de la inspección facultativa del

gobierno, y se repite con ninguna variante la escena anterior. Al

devolverle la papeleta le dicen también:

--Vaya V. allí enfrente.

--Ya he estado.

--Entonces vaya V. al Índice... la primera puerta a la derecha.

Aguas fuertes · 第 4 / 12 段