Al día siguiente, los pacíficos monjes de la abadía de Fitero, á
quienes el hermano lego había dado cuenta de la extraña visita de la
noche anterior, vieron entrar por sus puertas, pálido y como fuera
de sí, al desconocido romero.
--¿Oísteis al cabo el _Miserere_?--le preguntó con cierta mezcla de
ironía el lego, lanzando á hurtadillas una mirada de inteligencia á
sus superiores.
--Sí--respondió el músico.
--¿Y qué tal os ha parecido?
--Lo voy á escribir. Dadme un asilo en vuestra casa--prosiguió
dirigiéndose al abad;--un asilo y pan por algunos meses, y voy á
dejaros una obra inmortal del arte, un _Miserere_ que borre mis
culpas á los ojos de Dios, eternice mi memoria, y eternice con ella
la de esta abadía.
Los monjes, por curiosidad, aconsejaron al abad que accediese á su
demanda; el abad, por compasión, aun creyéndole un loco, accedió al
fin á ella, y el músico, instalado ya en el monasterio, comenzó su
obra.
Noche y día trabajaba con un afán incesante. En mitad de su tarea se
paraba, y parecía como escuchar algo que sonaba en su imaginación, y
se dilataban sus pupilas, saltaba en el asiento, y exclamaba:--¡Eso
es; así, así, no hay duda... así! Y proseguía escribiendo notas con
una rapidez febril, que dió en más de una ocasión que admirar á los
que le observaban sin ser vistos.
Escribió los primeros versículos, y los siguientes, y hasta la mitad
del Salmo; pero al llegar al último que había oído en la montaña, le
fué imposible proseguir.
Escribió uno, dos, cien, doscientos borradores: todo inútil. Su
música no se parecía á aquella música ya anotada, y el sueño huyó
de sus párpados, y perdió el apetito, y la fiebre se apoderó de su
cabeza, y se volvió loco, y se murió, en fin, sin poder terminar el
_Miserere_, que, como una cosa extraña, guardaron los frailes á su
muerte y aún se conserva hoy en el archivo de la abadía.
* * * * *
Cuando el viejecito concluyó de contarme esta historia, no pude menos
de volver otra vez los ojos al empolvado y antiguo manuscrito del
_Miserere_, que aún estaba abierto sobre una de las mesas.
_In peccatis concepit me mater mea._
Estas eran las palabras de la página que tenía ante mi vista, y que
parecía mofarse de mí con sus notas, sus llaves y sus garabatos
ininteligibles para los legos en la música.
Por haberlas podido leer hubiera dado un mundo.
¿Quién sabe si no serán una locura?
[Ilustración]
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