Después de una ó dos horas de camino, el misterioso personaje que
calificaron de loco en la abadía, remontando la corriente del
riachuelo que le indicó el rabadán de la historia, llegó al punto en
que se levantaban negras é imponentes las ruinas del monasterio.
La lluvia había cesado; las nubes flotaban en oscuras bandas,
por entre cuyos girones se deslizaba á veces un furtivo rayo de
luz pálida y dudosa; y el aire, al azotar los fuertes machones y
extenderse por los desiertos claustros, diríase que exhalaba gemidos.
Sin embargo, nada sobrenatural, nada extraño venía á herir la
imaginación. Al que había dormido más de una noche sin otro amparo
que las ruinas de una torre abandonada ó un castillo solitario; al
que había arrostrado en su larga peregrinación cien y cien tormentas,
todos aquellos ruidos le eran familiares.
Las gotas de agua que se filtraban por entre las grietas de los rotos
arcos y caían sobre las losas con un rumor acompasado, como el de
la péndola de un reloj; los gritos del buho, que graznaba refugiado
bajo el nimbo de piedra de una imagen, de pie aún en el hueco de un
muro; el ruido de los reptiles, que despiertos de su letargo por
la tempestad sacaban sus disformes cabezas de los agujeros donde
duermen, ó se arrastraban por entre los jaramagos y los zarzales
que crecían al pie del altar, entre las junturas de las lápidas
sepulcrales que formaban el pavimento de la iglesia, todos esos
extraños y misteriosos murmullos del campo, de la soledad y de la
noche, llegaban perceptibles al oído del romero que, sentado sobre
la mutilada estatua de una tumba, aguardaba ansioso la hora en que
debiera realizarse el prodigio.
Transcurrió tiempo y tiempo, y nada se percibió; aquellos mil
confusos rumores seguían sonando y combinándose de mil maneras
distintas, pero siempre los mismos.
--¡Si me habrá engañado!--pensó el músico; pero en aquel instante se
oyó un ruido nuevo, un ruido inexplicable en aquel lugar, como el
que produce un reloj algunos segundos antes de sonar la hora; ruido
de ruedas que giran, de cuerdas que se dilatan, de maquinaria que
se agita sordamente y se dispone á usar de su misteriosa vitalidad
mecánica, y sonó una campanada... dos... tres... hasta once.
En el derruído templo no había campana, ni reloj, ni torre ya
siquiera.
Aún no había expirado, debilitándose de eco en eco, la última
campanada; todavía se escuchaba su vibración temblando en el
aire, cuando los doseles de granito que cobijaban las esculturas,
las gradas de mármol de los altares, los sillares de las ojivas,
los calados antepechos del coro, los festones de tréboles de las
cornisas, los negros machones de los muros, el pavimento, las
bóvedas, la iglesia entera, comenzó á iluminarse espontáneamente,
sin que se viese una antorcha, un cirio ó una lámpara que derramase
aquella insólita claridad.
Parecía como un esqueleto, de cuyos huesos amarillos se desprende
ese gas fosfórico que brilla y humea en la oscuridad como una luz
azulada, inquieta y medrosa.
Todo pareció animarse, pero con ese movimiento galvánico que
imprime á la muerte contracciones que parodian la vida, movimiento
instantáneo, más horrible aún que la inercia del cadáver que agita
con su desconocida fuerza. Las piedras se reunieron á las piedras;
el ara, cuyos rotos fragmentos se veían antes esparcidos sin orden,
se levantó intacta como si acabase de dar en ella su último golpe de
cincel el artífice, y al par del ara se levantaron las derribadas
capillas, los rotos capiteles y las destrozadas é inmensas series
de arcos que, cruzándose y enlazándose caprichosamente entre sí,
formaron con sus columnas un laberinto de pórfido.
Una vez reedificado el templo, comenzó á oirse un acorde lejano que
pudiera confundirse con el zumbido del aire, pero que era un conjunto
de voces lejanas y graves, que parecía salir del seno de la tierra é
irse elevando poco á poco, haciéndose cada vez más perceptible.
El osado peregrino comenzaba á tener miedo; pero con su miedo luchaba
aún su fanatismo por todo lo desusado y maravilloso, y alentado por
él dejó la tumba sobre que reposaba, se inclinó al borde del abismo
por entre cuyas rocas saltaba el torrente, despeñándose con un trueno
incesante y espantoso, y sus cabellos se erizaron de horror.
Mal envueltos en los girones de sus hábitos, caladas las capuchas,
bajo los pliegues de las cuales contrastaban con sus descarnadas
mandíbulas y los blancos dientes las oscuras cavidades de los ojos de
sus calaveras, vió los esqueletos de los monjes que fueron arrojados
desde el pretil de la iglesia á aquel precipicio, salir del fondo
de las aguas, y agarrándose con los largos dedos de sus manos de
hueso á las grietas de las peñas, trepar por ellas hasta tocar el
borde, diciendo con voz baja y sepulcral, pero con una desgarradora
expresión de dolor, el primer versículo del salmo de David:
_¡Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam!_
Cuando los monjes llegaron al peristilo del templo, se ordenaron
en dos hileras, y penetrando en él fueron á arrodillarse en el
coro, donde con voz más levantada y solemne prosiguieron entonando
los versículos del salmo. La música sonaba al compás de sus voces:
aquella música era el rumor distante del trueno, que, desvanecida la
tempestad, se alejaba murmurando; era el zumbido del aire que gemía
en la concavidad del monte; era el monótono ruido de la cascada
que caía sobre las rocas, y la gota de agua que se filtraba, y el
grito del buho escondido, y el roce de los reptiles inquietos.
Todo esto era la música, y algo más que no puede explicarse ni
apenas concebirse, algo más que parecía como el eco de un órgano
que acompañaba los versículos del gigante himno de contrición del
Rey Salmista, con notas y acordes tan gigantes como sus palabras
terribles.
Siguió la ceremonia; el músico que la presenciaba, absorto y
aterrado, creía estar fuera del mundo real, vivir en esa región
fantástica del sueño en que todas las cosas se revisten de formas
extrañas y fenomenales.
Un sacudimiento terrible vino á sacarle de aquel estupor que
embargaba todas las facultades de su espíritu. Sus nervios saltaron
al impulso de una emoción fuertísima, sus dientes chocaron,
agitándose con un temblor imposible de reprimir, y el frío penetró
hasta la médula de sus huesos.
Los monjes pronunciaban en aquel instante estas espantosas palabras
del _Miserere_:
_In iniquitatibus conceptus sum: et in peccatis concepit me mater
mea._
Al resonar este versículo y dilatarse sus ecos retumbando de bóveda
en bóveda, se levantó un alarido tremendo, que parecía un grito
de dolor arrancado á la humanidad entera por la conciencia de sus
maldades; un grito horroroso, formado de todos los lamentos del
infortunio, de todos los aullidos de la desesperación, de todas las
blasfemias de la impiedad, concierto monstruoso, digno intérprete de
los que viven en el pecado y fueron concebidos en la iniquidad.
Prosiguió el canto, ora tristísimo y profundo, ora semejante á un
rayo de sol que rompe la nube oscura de una tempestad, haciendo
suceder á un relámpago de terror otro relámpago de júbilo, hasta que
merced á una transformación súbita, la iglesia resplandeció bañada en
luz celeste; las osamentas de los monjes se vistieron de sus carnes;
una aureola luminosa brilló en derredor de sus frentes; se rompió la
cúpula, y á través de ella se vió el cielo como un océano de lumbre
abierto á la mirada de los justos.
Los serafines, los arcángeles, los ángeles y las jerarquías
acompañaban con un himno de gloria este versículo, que subía entonces
al trono del Señor como una tromba armónica, como una gigantesca
espiral de sonoro incienso:
_Auditui meo dabis gaudium et lætitiam: et exultabunt ossa humiliata._
En este punto la claridad deslumbradora cegó los ojos del romero,
sus sienes latieron con violencia, zumbaron sus oídos, y cayó sin
conocimiento por tierra, y nada más oyó.