II

Después de una ó dos horas de camino, el misterioso personaje que

calificaron de loco en la abadía, remontando la corriente del

riachuelo que le indicó el rabadán de la historia, llegó al punto en

que se levantaban negras é imponentes las ruinas del monasterio.

La lluvia había cesado; las nubes flotaban en oscuras bandas,

por entre cuyos girones se deslizaba á veces un furtivo rayo de

luz pálida y dudosa; y el aire, al azotar los fuertes machones y

extenderse por los desiertos claustros, diríase que exhalaba gemidos.

Sin embargo, nada sobrenatural, nada extraño venía á herir la

imaginación. Al que había dormido más de una noche sin otro amparo

que las ruinas de una torre abandonada ó un castillo solitario; al

que había arrostrado en su larga peregrinación cien y cien tormentas,

todos aquellos ruidos le eran familiares.

Las gotas de agua que se filtraban por entre las grietas de los rotos

arcos y caían sobre las losas con un rumor acompasado, como el de

la péndola de un reloj; los gritos del buho, que graznaba refugiado

bajo el nimbo de piedra de una imagen, de pie aún en el hueco de un

muro; el ruido de los reptiles, que despiertos de su letargo por

la tempestad sacaban sus disformes cabezas de los agujeros donde

duermen, ó se arrastraban por entre los jaramagos y los zarzales

que crecían al pie del altar, entre las junturas de las lápidas

sepulcrales que formaban el pavimento de la iglesia, todos esos

extraños y misteriosos murmullos del campo, de la soledad y de la

noche, llegaban perceptibles al oído del romero que, sentado sobre

la mutilada estatua de una tumba, aguardaba ansioso la hora en que

debiera realizarse el prodigio.

Transcurrió tiempo y tiempo, y nada se percibió; aquellos mil

confusos rumores seguían sonando y combinándose de mil maneras

distintas, pero siempre los mismos.

--¡Si me habrá engañado!--pensó el músico; pero en aquel instante se

oyó un ruido nuevo, un ruido inexplicable en aquel lugar, como el

que produce un reloj algunos segundos antes de sonar la hora; ruido

de ruedas que giran, de cuerdas que se dilatan, de maquinaria que

se agita sordamente y se dispone á usar de su misteriosa vitalidad

mecánica, y sonó una campanada... dos... tres... hasta once.

En el derruído templo no había campana, ni reloj, ni torre ya

siquiera.

Aún no había expirado, debilitándose de eco en eco, la última

campanada; todavía se escuchaba su vibración temblando en el

aire, cuando los doseles de granito que cobijaban las esculturas,

las gradas de mármol de los altares, los sillares de las ojivas,

los calados antepechos del coro, los festones de tréboles de las

cornisas, los negros machones de los muros, el pavimento, las

bóvedas, la iglesia entera, comenzó á iluminarse espontáneamente,

sin que se viese una antorcha, un cirio ó una lámpara que derramase

aquella insólita claridad.

Parecía como un esqueleto, de cuyos huesos amarillos se desprende

ese gas fosfórico que brilla y humea en la oscuridad como una luz

azulada, inquieta y medrosa.

Todo pareció animarse, pero con ese movimiento galvánico que

imprime á la muerte contracciones que parodian la vida, movimiento

instantáneo, más horrible aún que la inercia del cadáver que agita

con su desconocida fuerza. Las piedras se reunieron á las piedras;

el ara, cuyos rotos fragmentos se veían antes esparcidos sin orden,

se levantó intacta como si acabase de dar en ella su último golpe de

cincel el artífice, y al par del ara se levantaron las derribadas

capillas, los rotos capiteles y las destrozadas é inmensas series

de arcos que, cruzándose y enlazándose caprichosamente entre sí,

formaron con sus columnas un laberinto de pórfido.

Una vez reedificado el templo, comenzó á oirse un acorde lejano que

pudiera confundirse con el zumbido del aire, pero que era un conjunto

de voces lejanas y graves, que parecía salir del seno de la tierra é

irse elevando poco á poco, haciéndose cada vez más perceptible.

El osado peregrino comenzaba á tener miedo; pero con su miedo luchaba

aún su fanatismo por todo lo desusado y maravilloso, y alentado por

él dejó la tumba sobre que reposaba, se inclinó al borde del abismo

por entre cuyas rocas saltaba el torrente, despeñándose con un trueno

incesante y espantoso, y sus cabellos se erizaron de horror.

Mal envueltos en los girones de sus hábitos, caladas las capuchas,

bajo los pliegues de las cuales contrastaban con sus descarnadas

mandíbulas y los blancos dientes las oscuras cavidades de los ojos de

sus calaveras, vió los esqueletos de los monjes que fueron arrojados

desde el pretil de la iglesia á aquel precipicio, salir del fondo

de las aguas, y agarrándose con los largos dedos de sus manos de

hueso á las grietas de las peñas, trepar por ellas hasta tocar el

borde, diciendo con voz baja y sepulcral, pero con una desgarradora

expresión de dolor, el primer versículo del salmo de David:

_¡Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam!_

Cuando los monjes llegaron al peristilo del templo, se ordenaron

en dos hileras, y penetrando en él fueron á arrodillarse en el

coro, donde con voz más levantada y solemne prosiguieron entonando

los versículos del salmo. La música sonaba al compás de sus voces:

aquella música era el rumor distante del trueno, que, desvanecida la

tempestad, se alejaba murmurando; era el zumbido del aire que gemía

en la concavidad del monte; era el monótono ruido de la cascada

que caía sobre las rocas, y la gota de agua que se filtraba, y el

grito del buho escondido, y el roce de los reptiles inquietos.

Todo esto era la música, y algo más que no puede explicarse ni

apenas concebirse, algo más que parecía como el eco de un órgano

que acompañaba los versículos del gigante himno de contrición del

Rey Salmista, con notas y acordes tan gigantes como sus palabras

terribles.

Siguió la ceremonia; el músico que la presenciaba, absorto y

aterrado, creía estar fuera del mundo real, vivir en esa región

fantástica del sueño en que todas las cosas se revisten de formas

extrañas y fenomenales.

Un sacudimiento terrible vino á sacarle de aquel estupor que

embargaba todas las facultades de su espíritu. Sus nervios saltaron

al impulso de una emoción fuertísima, sus dientes chocaron,

agitándose con un temblor imposible de reprimir, y el frío penetró

hasta la médula de sus huesos.

Los monjes pronunciaban en aquel instante estas espantosas palabras

del _Miserere_:

_In iniquitatibus conceptus sum: et in peccatis concepit me mater

mea._

Al resonar este versículo y dilatarse sus ecos retumbando de bóveda

en bóveda, se levantó un alarido tremendo, que parecía un grito

de dolor arrancado á la humanidad entera por la conciencia de sus

maldades; un grito horroroso, formado de todos los lamentos del

infortunio, de todos los aullidos de la desesperación, de todas las

blasfemias de la impiedad, concierto monstruoso, digno intérprete de

los que viven en el pecado y fueron concebidos en la iniquidad.

Prosiguió el canto, ora tristísimo y profundo, ora semejante á un

rayo de sol que rompe la nube oscura de una tempestad, haciendo

suceder á un relámpago de terror otro relámpago de júbilo, hasta que

merced á una transformación súbita, la iglesia resplandeció bañada en

luz celeste; las osamentas de los monjes se vistieron de sus carnes;

una aureola luminosa brilló en derredor de sus frentes; se rompió la

cúpula, y á través de ella se vió el cielo como un océano de lumbre

abierto á la mirada de los justos.

Los serafines, los arcángeles, los ángeles y las jerarquías

acompañaban con un himno de gloria este versículo, que subía entonces

al trono del Señor como una tromba armónica, como una gigantesca

espiral de sonoro incienso:

_Auditui meo dabis gaudium et lætitiam: et exultabunt ossa humiliata._

En este punto la claridad deslumbradora cegó los ojos del romero,

sus sienes latieron con violencia, zumbaron sus oídos, y cayó sin

conocimiento por tierra, y nada más oyó.

Obras escogidas · 第 61 / 158 题