Magdalena tornó al lugar pálida y llena de asombro. A Marta la
esperaron en vano toda la noche.
Cuando llegó la tarde del otro día, las muchachas encontraron un
cántaro roto al borde de la fuente de la alameda. Era el cántaro
de Marta, de la cual nunca volvió á saberse. Desde entonces las
muchachas del lugar van por agua tan temprano, que madrugan con el
sol. Algunas me han asegurado que de noche se ha oído en más de una
ocasión el llanto de Marta, cuyo espíritu vive aprisionado en la
fuente. Yo no sé qué crédito dar á esta última parte de la historia,
porque la verdad es que desde entonces ninguno se ha atrevido á
penetrar para oirlo en la alameda después del toque del Ave-María.
[Ilustración]
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