Las muchachas del lugar hacía cerca de una hora que estaban de
vuelta en sus casas. La última luz del crepúsculo se había apagado
en el horizonte, y la noche comenzaba á cerrar de cada vez más
oscura, cuando Marta y Magdalena, esquivándose mutuamente y cada cual
por diverso camino, salieron del pueblo con dirección á la fuente
misteriosa. La fuente brotaba escondida entre unos riscos cubiertos
de musgo en el fondo de una larga alameda. Después que se fueron
apagando poco á poco los rumores del día, y ya no se escuchaba el
lejano eco de la voz de los labradores que vuelven caballeros en
sus yuntas cantando al compás del timón del arado que arrastran por
la tierra; después que se dejó de percibir el monótono ruido de las
esquilillas del ganado, y las voces de los pastores, y el ladrido
de los perros que reunen las reses, y sonó en la torre del lugar la
postrera campanada del toque de oraciones, reinó ese doble y augusto
silencio de la noche y la soledad; silencio lleno de murmullos
extraños y leves que lo hacen aún más perceptible.
Marta y Magdalena se deslizaron por entre el laberinto de los
árboles, y protegidas por la oscuridad, llegaron sin verse al fin
de la alameda. Marta no conocía el temor, y sus pasos eran firmes
y seguros. Magdalena temblaba con solo el ruido que producían sus
pies al hollar las hojas secas que tapizaban el suelo. Cuando las
dos hermanas estuvieron junto á la fuente, el viento de la noche
comenzó á agitar las copas de los álamos, y al murmullo de sus soplos
desiguales parecía responder el agua del manantial con un rumor
compasado y uniforme.
Marta y Magdalena prestaron atención á aquellos ruidos que pasaban
bajo sus pies como un susurro constante, y sobre sus cabezas como un
lamento que nacía y se apagaba para tornar á crecer y dilatarse por
la espesura. Á medida que transcurrían las horas, aquel sonar eterno
del aire y del agua empezó á producirles una extraña exaltación, una
especie de vértigo, que turbando la vista y zumbando en el oído,
parecía trastornarlas por completo. Entonces, á la manera que se oye
hablar entre sueños con un eco lejano y confuso, les pareció percibir
entre aquellos rumores sin nombre, sonidos inarticulados como los
de un niño que quiere y no puede llamar á su madre; luego palabras
que se repetían una vez y otra, siempre lo mismo; después frases
inconexas y dislocadas sin orden ni sentido, y por último... por
último, comenzaron á hablar el viento vagando entre los árboles y el
agua saltando de risco en risco.
Y hablaban así: