Marta y Magdalena eran hermanas. Huérfanas desde los primeros años
de la niñez, vivían miserablemente á la sombra de una parienta de su
madre que las había recogido por caridad, y que á cada paso les hacía
sentir con sus dicterios y sus humillantes palabras el peso de su
beneficio. Todo parecía contribuir á que se estrechasen los lazos del
cariño entre aquellas dos almas hermanas, no sólo por el vínculo de
la sangre sino por los de la miseria y el sufrimiento; y sin embargo,
entre Marta y Magdalena existía una sorda emulación, una secreta
antipatía que sólo pudiera explicar el estudio de sus caracteres, tan
en absoluta contraposición como sus tipos.
Marta era altiva, vehemente en sus inclinaciones y de una rudeza
salvaje en la expresión de sus afectos: no sabía ni reir ni llorar, y
por eso no había llorado ni reído nunca. Magdalena, por el contrario,
era humilde, amante, bondadosa, y en más de una ocasión se la vió
llorar y reir á la vez como los niños.
Marta tenía los ojos más negros que la noche, y de entre sus oscuras
pestañas diríase que á intervalos saltaban chispas de fuego como de
un carbón ardiente.
La pupila azul de Magdalena parecía nadar en un fluido de luz
dentro del cerco de oro de sus pestañas rubias. Y todo era en ellas
armónico con la diversa expresión de sus ojos. Marta, enjuta de
carnes, quebrada de color, de estatura esbelta, movimientos rígidos y
cabellos crespos y oscuros, que sombreaban su frente y caían por sus
hombros como un manto de terciopelo, formaba un singular contraste
con Magdalena, blanca, rosada, pequeña, infantil en su fisonomía
y sus formas, y con unas trenzas rubias que rodeaban sus sienes,
semejantes al nimbo dorado de la cabeza de un ángel.
Á pesar de la inexplicable repulsión que sentían la una por la
otra, las dos hermanas habían vivido hasta entonces en una especie
de indiferencia, que hubiera podido confundirse con la paz y el
afecto: no habían tenido caricias que disputarse, ni preferencias
que envidiar; iguales en la desgracia y el dolor, Marta se había
encerrado para sufrir en un egoísta y altivo silencio; y Magdalena,
encontrando seco el corazón de su hermana, lloraba á solas cuando las
lágrimas se agolpaban involuntariamente á sus ojos.
Ningún sentimiento era común entre ellas; nunca se confiaron sus
alegrías y pesares, y sin embargo, el único secreto que procuraban
esconder en lo más profundo del corazón, se lo habían adivinado
mutuamente con ese instinto maravilloso de la mujer enamorada y
celosa. Marta y Magdalena tenían efectivamente puestos sus ojos en un
mismo hombre.
La pasión de la una era el deseo tenaz, hijo de un carácter
indomable y voluntarioso; en la otra, el cariño se parecía á esa
vaga y espontánea ternura de la adolescencia, que necesitando un
objeto en qué emplearse, ama el primero que se ofrece á su vista.
Ambas guardaban el secreto de su amor, porque el hombre que lo
había inspirado, tal vez hubiera hecho mofa de un cariño que se
podía interpretar como ambición absurda en unas muchachas plebeyas
y miserables. Ambas, á pesar de la distancia que las separaba del
objeto de su pasión, alimentaban una esperanza remota de poseerle.
Cerca del lugar, y sobre un alto que dominaba los contornos, había
un antiguo castillo abandonado por sus dueños. Las viejas, en las
noches de velada, referían una historia llena de maravillas acerca
de sus fundadores. Contaban que hallándose el rey de Aragón en
guerra con sus enemigos, agotados ya sus recursos, abandonado de sus
parciales y próximo á perder el trono, se le presentó un día una
pastorcita de aquella comarca, y después de revelarle la existencia
de unos subterráneos por donde podía atravesar el Moncayo sin que
lo advirtiesen sus enemigos, le dió un tesoro en perlas finas,
riquísimas piedras preciosas y barras de oro y plata, con las cuales
el rey pagó sus mesnadas, levantó un poderoso ejército, y marchando
por debajo de la tierra durante toda una noche, cayó al otro día
sobre sus contrarios y los desbarató, asegurando la corona en su
cabeza.
Después que hubo alcanzado tan señalada victoria, cuentan que dijo el
rey á la pastorcita:--Pídeme lo que quieras, que aun cuando fuese la
mitad de mi reino, juro que te lo he de dar al instante.
--Yo no quiero más que volverme á cuidar de mi rebaño--respondió la
pastorcita.--No cuidarás sino de mis fronteras--replicó el rey, y le
dió el señorío de toda la raya, y le mandó edificar una fortaleza en
el pueblo más fronterizo á Castilla, adonde se trasladó la pastora,
casada ya con uno de los favoritos del rey, noble, galán, valiente y
señor asimismo de muchas fortalezas y muchos feudos.
La estupenda relación del tío Gregorio acerca de los gnomos del
Moncayo, cuyo secreto estaba en la fuente del lugar, exaltó
nuevamente las locas fantasías de las dos enamoradas hermanas,
completando, por decirlo así, la ignorada historia del tesoro hallado
por la pastorcita de la conseja; tesoro cuyo recuerdo había turbado
más de una vez sus noches de insomnio y de amargura, presentándose á
su imaginación como un débil rayo de esperanza.
La noche siguiente á la tarde del encuentro con el tío Gregorio,
todas las muchachas del lugar hicieron conversación en sus casas
de la estupenda historia que les había referido. Marta y Magdalena
guardaron un profundo silencio, y ni en aquella noche, ni en todo
el día que amaneció después, volvieron á cambiar una sola palabra
relativa al asunto, tema de todas las conversaciones y objeto de los
comentarios de sus vecinas.
Cuando llegó la hora de costumbre, Magdalena tomó su cántaro y
le dijo á su hermana:--¿Vamos á la fuente?--Marta no contestó, y
Magdalena volvió á decirle:--¿Vamos á la fuente? Mira que si no nos
apresuramos, se pondrá el sol antes de la vuelta.--Marta exclamó
al fin con un acento breve y áspero:--Yo no quiero ir hoy.--Ni yo
tampoco--añadió Magdalena después de un instante de silencio, durante
el cual mantuvo los ojos clavados en los de su hermana, como si
quisiera adivinar en ellos la causa de su resolución.