Desde que tuvo lugar la extraña aventura que he referido, hasta que
volví á Toledo, transcurrió cerca de un año, durante el cual no dejó
de presentárseme á la imaginación su recuerdo, al principio á todas
horas y con todos sus detalles; después con menos frecuencia, y por
último, con tanta vaguedad, que yo mismo llegué á creer algunas veces
que había sido juguete de una ilusión ó de un sueño.
No obstante, apenas llegué á la ciudad, que con tanta razón llaman
algunos la Roma española, me asaltó nuevamente, y llena de él la
memoria salí preocupado á recorrer las calles, sin camino cierto, sin
intención preconcebida de dirigirme á ningún punto fijo.
El día estaba triste, con esa tristeza que alcanza á todo lo que
se oye, se ve y se siente. El cielo era de color de plomo, y á su
reflejo melancólico los edificios parecían más antiguos, más extraños
y más oscuros. El aire gemía á lo largo de las revueltas y angostas
calles, trayendo en sus ráfagas, como notas perdidas de una sinfonía
misteriosa, ya palabras ininteligibles, clamor de campanas ó ecos de
golpes profundos y lejanos. La atmósfera húmeda y fría helaba el alma
con su soplo glacial.
Anduve durante algunas horas por los barrios más apartados y
desiertos, absorto en mil confusas imaginaciones, y contra mi
costumbre, con la mirada vaga y perdida en el espacio, sin que
lograse llamar mi atención ni un detalle caprichoso de arquitectura,
ni un monumento de orden desconocido, ni una obra de arte maravillosa
y oculta, ninguna cosa, en fin, de aquellas en cuyo examen minucioso
me detenía á cada paso, cuando sólo ocupaban mi mente ideas de arte y
recuerdos históricos.
El cielo cerraba de cada vez más oscuro; el aire soplaba con más
fuerza y más ruido, y había comenzado á caer en gotas menudas una
lluvia de nieve deshecha, finísima y penetrante, cuando sin saber
por dónde, pues ignoraba aún el camino, y como llevado allí por
un impulso al que no podía resistirme, impulso que me arrastraba
misteriosamente al punto á que iban mis pensamientos, me encontré en
la solitaria plaza que ya conocen mis lectores.
Al encontrarme en aquel lugar salí de la especie de letargo en que me
hallaba sumido, como si me hubiesen despertado de un sueño profundo
con una violenta sacudida.
Tendí una mirada á mi alrededor. Todo estaba como yo lo dejé.
Digo mal, estaba más triste. Ignoro si la oscuridad del cielo, la
falta de verdura ó el estado de mi espíritu era la causa de esta
tristeza; pero la verdad es que desde el sentimiento que experimenté
al contemplar aquellos lugares por la vez primera, hasta el que me
impresionó entonces, había toda la distancia que existe desde la
melancolía á la amargura.
Contemplé por algunos instantes el sombrío convento, en aquella
ocasión más sombrío que nunca á mis ojos; y ya me disponía á
alejarme, cuando hirió mis oídos el son de una campana, una campana
de voz cascada y sorda, que tocaba pausadamente, mientras le
acompañaba, formando contraste con ella, una especie de esquiloncillo
que comenzó á voltear de pronto con una rapidez y un tañido tan
agudo y continuado, que parecía como acometido de un vértigo.
Nada más extraño que aquel edificio, cuya negra silueta se dibujaba
sobre el cielo como la de una roca erizada de mil y mil picos
caprichosos, hablando con sus lenguas de bronce por medio de las
campanas, que parecían agitarse al impulso de seres invisibles,
una como llorando con sollozos ahogados, la otra como riendo con
carcajadas estridentes, semejantes á la risa de una mujer loca.
A intervalos y confundidas con el atolondrador ruido de las campanas,
creía percibir también notas confusas de un órgano y palabras de un
cántico religioso y solemne.
Varié de idea; y en vez de alejarme de aquel lugar, llegué á la
puerta del templo, y pregunté á uno de los haraposos mendigos que
había sentados en sus escalones de piedra:
--¿Qué hay aquí?
--Una toma de hábito--me contestó el pobre, interrumpiendo la oración
que murmuraba entre dientes, para continuarla después, aunque no
sin haber besado antes la moneda de cobre que puse en su mano al
dirigirle mi pregunta.
Jamás había presenciado esta ceremonia; nunca había visto tampoco
el interior de la iglesia del convento. Ambas consideraciones me
impulsaron á penetrar en su recinto.
La iglesia era alta y oscura: formaban sus naves dos filas de
pilares compuestos de columnas delgadas reunidas en un haz, que
descansaban en una base ancha y octógona, y de cuya rica coronación
de capiteles partían los arranques de las robustas ojivas. El altar
mayor estaba colocado en el fondo, bajo una cúpula de estilo del
Renacimiento cuajada de angelones con escudos, grifos, cuyos remates
fingían profusas hojarascas, cornisas con molduras y florones
dorados, y dibujos caprichosos y elegantes. En torno á las naves
se veía una multitud de capillas oscuras, en el fondo de las
cuales ardían algunas lámparas, semejantes á estrellas perdidas en
el cielo de una noche oscura. Capillas de una arquitectura árabe,
gótica ó churrigueresca: unas, cerradas con magníficas verjas de
hierro, otras, con humildes barandales de madera; éstas, sumidas
en las tinieblas con una antigua tumba de mármol delante del
altar; aquéllas, profusamente alumbradas con una imagen vestida de
relumbrones y rodeada de votos de plata y cera con lacitos de cinta
de colorines.
Contribuía á dar un carácter más misterioso á toda la iglesia,
completamente armónica en su confusión y su desorden artístico con
el resto del convento, la fantástica claridad que la iluminaba. De
las lámparas de plata y cobre, pendientes de las bóvedas; de las
velas de los altares y de las estrechas ojivas y los ajimeces del
muro, partían rayos de luz de mil colores diversos: blancos, los
que penetraban de la calle por algunas pequeñas claraboyas de la
cúpula; rojos, los que se desprendían de los cirios de los retablos;
verdes, azules y de otros cien matices diferentes, los que se abrían
paso á través de los pintados vidrios de las rosetas. Todos estos
reflejos, insuficientes á inundar con la bastante claridad aquel
sagrado recinto, parecían como que luchaban confundiéndose entre sí
en algunos puntos, mientras que otros los hacían destacar con una
mancha luminosa y brillante sobre los fondos velados y oscuros de
las capillas. A pesar de la fiesta religiosa que allí tenía lugar,
los fieles reunidos eran pocos. La ceremonia había comenzado hacía
bastante tiempo y estaba á punto de concluir. Los sacerdotes que
oficiaban en el altar mayor, bajaban en aquel momento las gradas
cubiertas de alfombra, envueltos en una nube de incienso azulado que
se mecía lentamente en el aire, para dirigirse al coro en donde se
oía á las religiosas entonar un salmo.
Yo también me encaminé hacia aquel sitio con el objeto de asomarme á
las dobles rejas que lo separaban del templo. No sé, me pareció que
había de conocer en la cara á la mujer de quien sólo había visto un
instante la mano; y abriendo desmesuradamente los ojos y dilatando
la pupila, como queriendo prestarla mayor fuerza y lucidez, la clavé
en el fondo del coro. Afán inútil: á través de los cruzados hierros,
muy poco ó nada podía verse. Como unos fantasmas blancos y negros
que se movían entre las tinieblas, contra las que luchaba en vano el
escaso resplandor de algunos cirios encendidos; una prolongada fila
de sitiales altos y puntiagudos, coronados de doseles, bajo los que
se adivinaban, veladas por la oscuridad, las confusas formas de las
religiosas, vestidas de luengas ropas talares; un crucifijo alumbrado
por cuatro velas, que se destacaba sobre el sombrío fondo del cuadro,
como esos puntos de luz que en los lienzos de Rembrandt hacen más
palpables las sombras; he aquí cuanto pude distinguir desde el lugar
que ocupaba.
Los sacerdotes, cubiertos de sus capas pluviales bordadas de oro,
precedidos de unos acólitos que conducían una cruz de plata y dos
ciriales, y seguidos de otros que agitaban los incensarios perfumando
el ambiente, atravesando por en medio de los fieles, que besaban sus
manos y las orlas de sus vestiduras, llegaron al fin á la reja del
coro.
Hasta aquel momento no pude distinguir, entre las otras sombras
confusas, cuál era la de la virgen que iba á consagrarse al Señor.
¿No habéis visto nunca en esos últimos instantes del crepúsculo de la
noche levantarse de las aguas de un río, del haz de un pantano, de
las olas del mar ó de la profunda sima de una montaña, un girón de
niebla que flota lentamente en el vacío, y alternativamente ya parece
una mujer que se mueve y anda y deja volar su traje al andar, ya un
velo blanco prendido á la cabellera de alguna silfa invisible, ya un
fantasma que se eleva en el aire cubriendo sus huesos amarillos con
un sudario, sobre el que se cree ver dibujadas sus formas angulosas?
Pues una alucinación de ese género experimenté yo al mirar
adelantarse hacia la reja, como desasiéndose del fondo tenebroso del
coro, aquella figura blanca, alta y ligerísima.
El rostro no se lo podía ver. Vino á colocarse perfectamente delante
de las velas que alumbraban el crucifijo; y su resplandor, formando
como un nimbo de luz alrededor de su cabeza, la hacía resaltar por
oscuro bañándola en una dudosa sombra.
Reinó un profundo silencio; todos los ojos se fijaron en ella, y
comenzó la última parte de la ceremonia.
La abadesa, murmurando algunas palabras ininteligibles, palabras que
á su vez repetían los sacerdotes con voz sorda y profunda, le arrancó
de las sienes la corona de flores que las ceñía y la arrojó lejos de
sí... ¡Pobres flores! Eran las últimas que había de ponerse aquella
mujer, hermana de las flores como todas las mujeres.
Después la despojó del velo, y su rubia cabellera se derramó como
una cascada de oro sobre sus espaldas y sus hombros, que sólo pudo
cubrir un instante, porque en seguida comenzó á percibirse en mitad
del profundo silencio que reinaba entre los fieles, un chirrido
metálico y agudo que crispaba los nervios, y la magnífica cabellera
se desprendió de la frente que sombreaba, y rodaron por su seno y
cayeron al suelo después aquellos rizos que el aire perfumado habría
besado tantas veces...
La abadesa tornó á murmurar las ininteligibles palabras; los
sacerdotes las repitieron, y todo quedó de nuevo en silencio en
la iglesia. Sólo de cuando en cuando se oían á lo lejos como unos
quejidos largos y temerosos. Era el viento que zumbaba estrellándose
en los ángulos de las almenas y los torreones, y estremecía al pasar
los vidrios de color de las ojivas.
Ella estaba inmóvil, inmóvil y pálida como una virgen de piedra
arrancada del nicho de un claustro gótico.
Y la despojaron de las joyas que le cubrían los brazos y la
garganta, y la desnudaron, por último, de su traje nupcial, aquel
traje que parecía hecho para que un amante rompiera sus broches con
mano trémula de emoción y cariño...
El esposo místico aguardaba á la esposa. ¿Dónde? Más allá de la
muerte; abriendo sin duda la losa del sepulcro y llamándola á
traspasarlo, como traspasa la esposa tímida el umbral del santuario
de los amores nupciales, porque ella cayó al suelo desplomada como
un cadáver. Las religiosas arrojaron como si fuese tierra sobre su
cuerpo puñados de flores, entonando una salmodia tristísima; se alzó
un murmullo de entre la multitud, y los sacerdotes con sus voces
profundas y huecas comenzaron el oficio de difuntos, acompañados de
esos instrumentos que parece que lloran, aumentando el hondo temor
que inspiran de por sí las terribles palabras que pronuncian.
_¡De profundis clamavi ad te!_ decían las religiosas desde el fondo
del coro con voces plañideras y dolientes.
_¡Dies iræ, dies illa!_ le contestaban los sacerdotes con eco
atronador y profundo, y en tanto las campanas tañían lentamente
tocando á muerto, y de campanada á campanada se oía vibrar el bronce
con un zumbido extraño y lúgubre.
Yo estaba conmovido; no, conmovido no, aterrado. Creía presenciar
una cosa sobrenatural, sentir como que me arrancaban algo preciso
para mi vida, y que á mi alrededor se formaba el vacío; pensaba que
acababa de perder algo, como un padre, una madre ó una mujer querida,
y sentía ese inmenso desconsuelo que deja la muerte por donde pasa,
desconsuelo sin nombre, que no se puede pintar, y que sólo pueden
concebir los que lo han sentido...
Aún estaba clavado en aquel lugar con los ojos extraviados,
tembloroso y fuera de mí, cuando la nueva religiosa se incorporó del
suelo. La abadesa la vistió el hábito, las monjas tomaron en sus
manos velas encendidas, y formando dos largas hileras, la condujeron
como en procesión hacia el fondo del coro.
Allí, entre las sombras, vi brillar un rayo de luz; era la puerta
claustral que se había abierto. Al poner el pie en su dintel, la
religiosa se volvió por la vez última hacia el altar. El resplandor
de todas las luces la iluminó de pronto, y pude verla el rostro. Al
mirarlo, tuve que ahogar un grito. Yo conocía á aquella mujer; no la
había visto nunca, pero la conocía de haberla contemplado en sueños;
era uno de esos seres que adivina el alma ó los recuerda acaso de
otro mundo mejor, del que al descender á éste, algunos no pierden del
todo la memoria.
Di dos pasos adelante; quise llamarla, quise gritar, no sé, me
acometió como un vértigo, pero en aquel instante la puerta claustral
se cerró... para siempre. Se agitaron las campanillas, los sacerdotes
alzaron un _¡Hosanna!_ subieron por el aire nubes de incienso, el
órgano arrojó un torrente de atronadora armonía por cien bocas de
metal, y las campanas de la torre comenzaron á repicar, volteando con
una furia espantosa.
Aquella alegría loca y ruidosa me erizaba los cabellos. Volví los
ojos á mi alrededor buscando á los padres, á la familia, huérfanos de
aquella mujer. No encontré á nadie.
--Tal vez era sola en el mundo--dije; y no pude contener una lágrima.
--¡Dios te dé en el claustro la felicidad que no te ha dado en el
mundo!--exclamó al mismo tiempo una vieja que estaba á mi lado, y
sollozaba y gemía agarrada á la reja.
--¿La conoce usted?--le pregunté.
--¡Pobrecita! Sí, la conocía. Y la he visto nacer y se ha criado en
mis brazos.
--¿Y por qué profesa?
--Porque se vió sola en el mundo. Su padre y su madre murieron en
el mismo día del cólera, hace poco más de un año. Al verla huérfana
y desvalida, el señor deán la dió el dote para que profesase; y ya
veis... ¿qué había de hacer?
--¿Y quién era ella?
--Hija del administrador del conde de C... al cual serví yo hasta su
muerte.
--¿Dónde vivía?
Cuando oí el nombre de la calle, no pude contener una exclamación de
sorpresa.
Un hilo de luz, ese hilo de luz que se extiende rápido como la idea y
brilla en la oscuridad y la confusión de la mente, y reune los puntos
más distantes; los relaciona entre sí de un modo maravilloso, ató mis
vagos recuerdos, y todo lo comprendí ó creí comprenderlo.
* * * * *
Esta fecha que no tiene nombre, no la escribí en ninguna parte...
Digo mal; la llevo escrita en un sitio en que nadie más que yo la
puede leer, y de donde no se borrará nunca.
Algunas veces recordando estos sucesos, hoy mismo al consignarlos
aquí, me he preguntado:
--Algún día en esa hora misteriosa del crepúsculo, cuando el suspiro
de la brisa de primavera, tibio y cargado de aromas, penetra hasta en
el fondo de los más apartados retiros, llevando allí como una ráfaga
de recuerdos del mundo, sola, perdida en la penumbra de un claustro
gótico, la mano en la mejilla, el codo apoyado en el alféizar de
una ojiva, ¿habrá exhalado un suspiro alguna mujer al cruzar su
imaginación la memoria de estas fechas?
¡Quién sabe!
¡Oh! Y si ha suspirado, ¿dónde estará ese suspiro?
[Ilustración]
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