III

Desde que tuvo lugar la extraña aventura que he referido, hasta que

volví á Toledo, transcurrió cerca de un año, durante el cual no dejó

de presentárseme á la imaginación su recuerdo, al principio á todas

horas y con todos sus detalles; después con menos frecuencia, y por

último, con tanta vaguedad, que yo mismo llegué á creer algunas veces

que había sido juguete de una ilusión ó de un sueño.

No obstante, apenas llegué á la ciudad, que con tanta razón llaman

algunos la Roma española, me asaltó nuevamente, y llena de él la

memoria salí preocupado á recorrer las calles, sin camino cierto, sin

intención preconcebida de dirigirme á ningún punto fijo.

El día estaba triste, con esa tristeza que alcanza á todo lo que

se oye, se ve y se siente. El cielo era de color de plomo, y á su

reflejo melancólico los edificios parecían más antiguos, más extraños

y más oscuros. El aire gemía á lo largo de las revueltas y angostas

calles, trayendo en sus ráfagas, como notas perdidas de una sinfonía

misteriosa, ya palabras ininteligibles, clamor de campanas ó ecos de

golpes profundos y lejanos. La atmósfera húmeda y fría helaba el alma

con su soplo glacial.

Anduve durante algunas horas por los barrios más apartados y

desiertos, absorto en mil confusas imaginaciones, y contra mi

costumbre, con la mirada vaga y perdida en el espacio, sin que

lograse llamar mi atención ni un detalle caprichoso de arquitectura,

ni un monumento de orden desconocido, ni una obra de arte maravillosa

y oculta, ninguna cosa, en fin, de aquellas en cuyo examen minucioso

me detenía á cada paso, cuando sólo ocupaban mi mente ideas de arte y

recuerdos históricos.

El cielo cerraba de cada vez más oscuro; el aire soplaba con más

fuerza y más ruido, y había comenzado á caer en gotas menudas una

lluvia de nieve deshecha, finísima y penetrante, cuando sin saber

por dónde, pues ignoraba aún el camino, y como llevado allí por

un impulso al que no podía resistirme, impulso que me arrastraba

misteriosamente al punto á que iban mis pensamientos, me encontré en

la solitaria plaza que ya conocen mis lectores.

Al encontrarme en aquel lugar salí de la especie de letargo en que me

hallaba sumido, como si me hubiesen despertado de un sueño profundo

con una violenta sacudida.

Tendí una mirada á mi alrededor. Todo estaba como yo lo dejé.

Digo mal, estaba más triste. Ignoro si la oscuridad del cielo, la

falta de verdura ó el estado de mi espíritu era la causa de esta

tristeza; pero la verdad es que desde el sentimiento que experimenté

al contemplar aquellos lugares por la vez primera, hasta el que me

impresionó entonces, había toda la distancia que existe desde la

melancolía á la amargura.

Contemplé por algunos instantes el sombrío convento, en aquella

ocasión más sombrío que nunca á mis ojos; y ya me disponía á

alejarme, cuando hirió mis oídos el son de una campana, una campana

de voz cascada y sorda, que tocaba pausadamente, mientras le

acompañaba, formando contraste con ella, una especie de esquiloncillo

que comenzó á voltear de pronto con una rapidez y un tañido tan

agudo y continuado, que parecía como acometido de un vértigo.

Nada más extraño que aquel edificio, cuya negra silueta se dibujaba

sobre el cielo como la de una roca erizada de mil y mil picos

caprichosos, hablando con sus lenguas de bronce por medio de las

campanas, que parecían agitarse al impulso de seres invisibles,

una como llorando con sollozos ahogados, la otra como riendo con

carcajadas estridentes, semejantes á la risa de una mujer loca.

A intervalos y confundidas con el atolondrador ruido de las campanas,

creía percibir también notas confusas de un órgano y palabras de un

cántico religioso y solemne.

Varié de idea; y en vez de alejarme de aquel lugar, llegué á la

puerta del templo, y pregunté á uno de los haraposos mendigos que

había sentados en sus escalones de piedra:

--¿Qué hay aquí?

--Una toma de hábito--me contestó el pobre, interrumpiendo la oración

que murmuraba entre dientes, para continuarla después, aunque no

sin haber besado antes la moneda de cobre que puse en su mano al

dirigirle mi pregunta.

Jamás había presenciado esta ceremonia; nunca había visto tampoco

el interior de la iglesia del convento. Ambas consideraciones me

impulsaron á penetrar en su recinto.

La iglesia era alta y oscura: formaban sus naves dos filas de

pilares compuestos de columnas delgadas reunidas en un haz, que

descansaban en una base ancha y octógona, y de cuya rica coronación

de capiteles partían los arranques de las robustas ojivas. El altar

mayor estaba colocado en el fondo, bajo una cúpula de estilo del

Renacimiento cuajada de angelones con escudos, grifos, cuyos remates

fingían profusas hojarascas, cornisas con molduras y florones

dorados, y dibujos caprichosos y elegantes. En torno á las naves

se veía una multitud de capillas oscuras, en el fondo de las

cuales ardían algunas lámparas, semejantes á estrellas perdidas en

el cielo de una noche oscura. Capillas de una arquitectura árabe,

gótica ó churrigueresca: unas, cerradas con magníficas verjas de

hierro, otras, con humildes barandales de madera; éstas, sumidas

en las tinieblas con una antigua tumba de mármol delante del

altar; aquéllas, profusamente alumbradas con una imagen vestida de

relumbrones y rodeada de votos de plata y cera con lacitos de cinta

de colorines.

Contribuía á dar un carácter más misterioso á toda la iglesia,

completamente armónica en su confusión y su desorden artístico con

el resto del convento, la fantástica claridad que la iluminaba. De

las lámparas de plata y cobre, pendientes de las bóvedas; de las

velas de los altares y de las estrechas ojivas y los ajimeces del

muro, partían rayos de luz de mil colores diversos: blancos, los

que penetraban de la calle por algunas pequeñas claraboyas de la

cúpula; rojos, los que se desprendían de los cirios de los retablos;

verdes, azules y de otros cien matices diferentes, los que se abrían

paso á través de los pintados vidrios de las rosetas. Todos estos

reflejos, insuficientes á inundar con la bastante claridad aquel

sagrado recinto, parecían como que luchaban confundiéndose entre sí

en algunos puntos, mientras que otros los hacían destacar con una

mancha luminosa y brillante sobre los fondos velados y oscuros de

las capillas. A pesar de la fiesta religiosa que allí tenía lugar,

los fieles reunidos eran pocos. La ceremonia había comenzado hacía

bastante tiempo y estaba á punto de concluir. Los sacerdotes que

oficiaban en el altar mayor, bajaban en aquel momento las gradas

cubiertas de alfombra, envueltos en una nube de incienso azulado que

se mecía lentamente en el aire, para dirigirse al coro en donde se

oía á las religiosas entonar un salmo.

Yo también me encaminé hacia aquel sitio con el objeto de asomarme á

las dobles rejas que lo separaban del templo. No sé, me pareció que

había de conocer en la cara á la mujer de quien sólo había visto un

instante la mano; y abriendo desmesuradamente los ojos y dilatando

la pupila, como queriendo prestarla mayor fuerza y lucidez, la clavé

en el fondo del coro. Afán inútil: á través de los cruzados hierros,

muy poco ó nada podía verse. Como unos fantasmas blancos y negros

que se movían entre las tinieblas, contra las que luchaba en vano el

escaso resplandor de algunos cirios encendidos; una prolongada fila

de sitiales altos y puntiagudos, coronados de doseles, bajo los que

se adivinaban, veladas por la oscuridad, las confusas formas de las

religiosas, vestidas de luengas ropas talares; un crucifijo alumbrado

por cuatro velas, que se destacaba sobre el sombrío fondo del cuadro,

como esos puntos de luz que en los lienzos de Rembrandt hacen más

palpables las sombras; he aquí cuanto pude distinguir desde el lugar

que ocupaba.

Los sacerdotes, cubiertos de sus capas pluviales bordadas de oro,

precedidos de unos acólitos que conducían una cruz de plata y dos

ciriales, y seguidos de otros que agitaban los incensarios perfumando

el ambiente, atravesando por en medio de los fieles, que besaban sus

manos y las orlas de sus vestiduras, llegaron al fin á la reja del

coro.

Hasta aquel momento no pude distinguir, entre las otras sombras

confusas, cuál era la de la virgen que iba á consagrarse al Señor.

¿No habéis visto nunca en esos últimos instantes del crepúsculo de la

noche levantarse de las aguas de un río, del haz de un pantano, de

las olas del mar ó de la profunda sima de una montaña, un girón de

niebla que flota lentamente en el vacío, y alternativamente ya parece

una mujer que se mueve y anda y deja volar su traje al andar, ya un

velo blanco prendido á la cabellera de alguna silfa invisible, ya un

fantasma que se eleva en el aire cubriendo sus huesos amarillos con

un sudario, sobre el que se cree ver dibujadas sus formas angulosas?

Pues una alucinación de ese género experimenté yo al mirar

adelantarse hacia la reja, como desasiéndose del fondo tenebroso del

coro, aquella figura blanca, alta y ligerísima.

El rostro no se lo podía ver. Vino á colocarse perfectamente delante

de las velas que alumbraban el crucifijo; y su resplandor, formando

como un nimbo de luz alrededor de su cabeza, la hacía resaltar por

oscuro bañándola en una dudosa sombra.

Reinó un profundo silencio; todos los ojos se fijaron en ella, y

comenzó la última parte de la ceremonia.

La abadesa, murmurando algunas palabras ininteligibles, palabras que

á su vez repetían los sacerdotes con voz sorda y profunda, le arrancó

de las sienes la corona de flores que las ceñía y la arrojó lejos de

sí... ¡Pobres flores! Eran las últimas que había de ponerse aquella

mujer, hermana de las flores como todas las mujeres.

Después la despojó del velo, y su rubia cabellera se derramó como

una cascada de oro sobre sus espaldas y sus hombros, que sólo pudo

cubrir un instante, porque en seguida comenzó á percibirse en mitad

del profundo silencio que reinaba entre los fieles, un chirrido

metálico y agudo que crispaba los nervios, y la magnífica cabellera

se desprendió de la frente que sombreaba, y rodaron por su seno y

cayeron al suelo después aquellos rizos que el aire perfumado habría

besado tantas veces...

La abadesa tornó á murmurar las ininteligibles palabras; los

sacerdotes las repitieron, y todo quedó de nuevo en silencio en

la iglesia. Sólo de cuando en cuando se oían á lo lejos como unos

quejidos largos y temerosos. Era el viento que zumbaba estrellándose

en los ángulos de las almenas y los torreones, y estremecía al pasar

los vidrios de color de las ojivas.

Ella estaba inmóvil, inmóvil y pálida como una virgen de piedra

arrancada del nicho de un claustro gótico.

Y la despojaron de las joyas que le cubrían los brazos y la

garganta, y la desnudaron, por último, de su traje nupcial, aquel

traje que parecía hecho para que un amante rompiera sus broches con

mano trémula de emoción y cariño...

El esposo místico aguardaba á la esposa. ¿Dónde? Más allá de la

muerte; abriendo sin duda la losa del sepulcro y llamándola á

traspasarlo, como traspasa la esposa tímida el umbral del santuario

de los amores nupciales, porque ella cayó al suelo desplomada como

un cadáver. Las religiosas arrojaron como si fuese tierra sobre su

cuerpo puñados de flores, entonando una salmodia tristísima; se alzó

un murmullo de entre la multitud, y los sacerdotes con sus voces

profundas y huecas comenzaron el oficio de difuntos, acompañados de

esos instrumentos que parece que lloran, aumentando el hondo temor

que inspiran de por sí las terribles palabras que pronuncian.

_¡De profundis clamavi ad te!_ decían las religiosas desde el fondo

del coro con voces plañideras y dolientes.

_¡Dies iræ, dies illa!_ le contestaban los sacerdotes con eco

atronador y profundo, y en tanto las campanas tañían lentamente

tocando á muerto, y de campanada á campanada se oía vibrar el bronce

con un zumbido extraño y lúgubre.

Yo estaba conmovido; no, conmovido no, aterrado. Creía presenciar

una cosa sobrenatural, sentir como que me arrancaban algo preciso

para mi vida, y que á mi alrededor se formaba el vacío; pensaba que

acababa de perder algo, como un padre, una madre ó una mujer querida,

y sentía ese inmenso desconsuelo que deja la muerte por donde pasa,

desconsuelo sin nombre, que no se puede pintar, y que sólo pueden

concebir los que lo han sentido...

Aún estaba clavado en aquel lugar con los ojos extraviados,

tembloroso y fuera de mí, cuando la nueva religiosa se incorporó del

suelo. La abadesa la vistió el hábito, las monjas tomaron en sus

manos velas encendidas, y formando dos largas hileras, la condujeron

como en procesión hacia el fondo del coro.

Allí, entre las sombras, vi brillar un rayo de luz; era la puerta

claustral que se había abierto. Al poner el pie en su dintel, la

religiosa se volvió por la vez última hacia el altar. El resplandor

de todas las luces la iluminó de pronto, y pude verla el rostro. Al

mirarlo, tuve que ahogar un grito. Yo conocía á aquella mujer; no la

había visto nunca, pero la conocía de haberla contemplado en sueños;

era uno de esos seres que adivina el alma ó los recuerda acaso de

otro mundo mejor, del que al descender á éste, algunos no pierden del

todo la memoria.

Di dos pasos adelante; quise llamarla, quise gritar, no sé, me

acometió como un vértigo, pero en aquel instante la puerta claustral

se cerró... para siempre. Se agitaron las campanillas, los sacerdotes

alzaron un _¡Hosanna!_ subieron por el aire nubes de incienso, el

órgano arrojó un torrente de atronadora armonía por cien bocas de

metal, y las campanas de la torre comenzaron á repicar, volteando con

una furia espantosa.

Aquella alegría loca y ruidosa me erizaba los cabellos. Volví los

ojos á mi alrededor buscando á los padres, á la familia, huérfanos de

aquella mujer. No encontré á nadie.

--Tal vez era sola en el mundo--dije; y no pude contener una lágrima.

--¡Dios te dé en el claustro la felicidad que no te ha dado en el

mundo!--exclamó al mismo tiempo una vieja que estaba á mi lado, y

sollozaba y gemía agarrada á la reja.

--¿La conoce usted?--le pregunté.

--¡Pobrecita! Sí, la conocía. Y la he visto nacer y se ha criado en

mis brazos.

--¿Y por qué profesa?

--Porque se vió sola en el mundo. Su padre y su madre murieron en

el mismo día del cólera, hace poco más de un año. Al verla huérfana

y desvalida, el señor deán la dió el dote para que profesase; y ya

veis... ¿qué había de hacer?

--¿Y quién era ella?

--Hija del administrador del conde de C... al cual serví yo hasta su

muerte.

--¿Dónde vivía?

Cuando oí el nombre de la calle, no pude contener una exclamación de

sorpresa.

Un hilo de luz, ese hilo de luz que se extiende rápido como la idea y

brilla en la oscuridad y la confusión de la mente, y reune los puntos

más distantes; los relaciona entre sí de un modo maravilloso, ató mis

vagos recuerdos, y todo lo comprendí ó creí comprenderlo.

* * * * *

Esta fecha que no tiene nombre, no la escribí en ninguna parte...

Digo mal; la llevo escrita en un sitio en que nadie más que yo la

puede leer, y de donde no se borrará nunca.

Algunas veces recordando estos sucesos, hoy mismo al consignarlos

aquí, me he preguntado:

--Algún día en esa hora misteriosa del crepúsculo, cuando el suspiro

de la brisa de primavera, tibio y cargado de aromas, penetra hasta en

el fondo de los más apartados retiros, llevando allí como una ráfaga

de recuerdos del mundo, sola, perdida en la penumbra de un claustro

gótico, la mano en la mejilla, el codo apoyado en el alféizar de

una ojiva, ¿habrá exhalado un suspiro alguna mujer al cruzar su

imaginación la memoria de estas fechas?

¡Quién sabe!

¡Oh! Y si ha suspirado, ¿dónde estará ese suspiro?

[Ilustración]

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Obras escogidas · 第 24 / 158 题