Al cabo de algunos meses volví á encontrar ocasión de marcharme de la
corte por tres ó cuatro días. Limpié el polvo á mi cartera de dibujo,
me la puse bajo el brazo, y provisto de una mano de papel, media
docena de lápices y unos cuantos napoleones, deplorando que aún no
estuviese concluída la línea férrea, me encajoné en un vehículo para
recorrer en sentido inverso los puntos en que tiene lugar la célebre
comedia de Tirso _Desde Toledo á Madrid_.
Ya instalado en la histórica ciudad, me dediqué á visitar de nuevo
los sitios que más me llamaron la atención en mi primer viaje, y
algunos otros que aún no conocía sino de nombre.
Así dejé transcurrir en largos y solitarios paseos entre sus barrios
más antiguos la mayor parte del tiempo de que podía disponer para
mi pequeña expedición artística, encontrando un verdadero placer en
perderme en aquel confuso laberinto de callejones sin salida, calles
estrechas, pasadizos oscuros y cuestas empinadas é impracticables.
Una tarde, la última que por entonces debía permanecer en Toledo,
después de una de estas largas excursiones á través de lo
desconocido, no sabré decir siquiera por qué calles llegué hasta
una plaza grande, desierta, olvidada al parecer aun de los mismos
moradores de la población, y como escondida en uno de sus más
apartados rincones.
La basura y los escombros arrojados de tiempo inmemorial en ella,
se habían identificado, por decirlo así, con el terreno de tal
modo, que éste ofrecía el aspecto quebrado y montuoso de una
Suiza en miniatura. En las lomas y los barrancos formados por
sus ondulaciones, crecían á su sabor malvas de unas proporciones
colosales, cerros de gigantescas ortigas, matas rastreras de
campanillas blancas, prados de esa hierba sin nombre, menuda, fina y
de un verde oscuro, y meciéndose suavemente al leve soplo del aire,
descollando como reyes entre todas las otras plantas parásitas, los
poéticos al par que vulgares jaramagos, la verdadera flor de los
yermos y las ruinas.
Diseminados por el suelo, medio enterrados unos, casi ocultos por las
altas hierbas los otros, veíanse allí una infinidad de fragmentos de
mil y mil cosas distintas, rotas y arrojadas en diferentes épocas á
aquel lugar, donde iban formando capas en las cuales hubiera sido
fácil seguir un curso de geología histórica.
Azulejos moriscos esmaltados de colores, trozos de columnas de mármol
y de jaspe, pedazos de ladrillos de cien clases diversas, grandes
sillares cubiertos de verdín y de musgo, astillas de madera ya casi
hechas polvo, restos de antiguos artesonados, girones de tela, tiras
de cuero, y otros cien y cien objetos sin forma ni nombre, eran los
que aparecían á primera vista á la superficie, llamando asimismo
la atención y deslumbrando los ojos una miriada de chispas de luz
derramadas sobre la verdura como un puñado de diamantes arrojados
á granel, y que examinados de cerca, no eran otra cosa que pequeños
fragmentos de vidrio, de pucheros, platos y vasijas, que reflejando
los rayos del sol, fingían todo un cielo de estrellas microscópicas y
deslumbrantes.
Tal era el pavimento de aquella plaza, empedrada á trechos con
pequeñas piedrecitas de varios matices formando labores, á trechos
cubierta de grandes losas de pizarra, y en su mayor parte, según
dejamos dicho, semejante á un jardín de plantas parásitas, ó á un
prado yermo é inculto.
Los edificios que dibujaban su forma irregular, no eran tampoco menos
extraños y dignos de estudio.
Por un lado la cerraba una hilera de casucas oscuras y pequeñas,
con sus tejados dentellados de chimeneas, veletas y cobertizos,
sus guardacantones de mármol sujetos á las esquinas con una anilla
de hierro, sus balcones achatados ó estrechos, sus ventanillos con
tiestos de flores, y su farol rodeado de una red de alambre que
defiende los ahumados vidrios de las pedradas de los muchachos.
Otro frente lo constituía un paredón negruzco, lleno de grietas y
hendiduras, en donde algunos reptiles asomaban su cabeza de ojos
pequeños y brillantes por entre las hojas de musgo; un paredón
altísimo, formado de gruesos sillares, sembrado de huecos de puertas
y balcones, tapiados con piedra y argamasa, y á uno de cuyos extremos
se unía, formando ángulo con él, una tapia de ladrillos, desconchada
y llena de mechinales, manchada á trechos de tintas rojas, verdes ó
amarillentas, y coronada de un bardal de heno seco, entre el cual
corrían algunos tallos de enredaderas.
Esto no era más, por decirlo así, que los bastidores de la extraña
decoración que al penetrar en la plaza se presentó de improviso á
mis ojos, cautivando mi ánimo y suspendiéndolo durante algún tiempo,
pues el verdadero punto culminante del panorama, el edificio que le
daba el tono general, se veía alzarse en el fondo de la plaza, más
caprichoso, más original, infinitamente más bello en su artístico
desorden, que todos los que se levantaban á su alrededor.
--¡He aquí lo que yo deseaba encontrar!--exclamé al verle; y
sentándome en un pedrusco, colocando la cartera sobre mis rodillas
y afilando un lápiz de madera, me apercibí á trazar, aunque
ligeramente, sus formas irregulares y estrambóticas para conservar
por siempre su recuerdo.
Si yo pudiera pegar aquí con obleas el ligerísimo y mal trazado
apunte que conservo de aquel sitio, imperfecto y todo como es, me
ahorraría un cúmulo de palabras, dando á mis lectores una idea más
aproximada de él que todas las descripciones imaginables.
Ya que no puede ser así, trataré de pintarlo del mejor modo posible,
á fin de que, leyendo estos renglones, puedan formarse una idea
remota, si no de sus infinitos detalles, al menos de la totalidad de
su conjunto.
Figuraos un palacio árabe, con sus puertas en forma de herradura;
sus muros engalanados con largas hileras de arcos que se cruzan
cien y cien veces entre sí, y corren sobre una franja de azulejos
brillantes: aquí se ve el hueco de un ajimez partido en dos por
un grupo de esbeltas columnas y encuadrado en un marco de labores
menudas y caprichosas; allá se eleva una atalaya con su mirador
ligero y airoso, su cubierta de tejas vidriadas, verdes y amarillas,
y su aguda flecha de oro que se pierde en el vacío; más lejos se
divisa la cúpula que cubre un gabinete pintado de oro y azul, ó las
altas galerías cerradas con persianas verdes, que al descorrerse
dejan ver los jardines con calles de arrayán, bosques de laureles
y surtidores altísimos. Todo es original, todo armónico, aunque
desordenado; todo deja entrever el lujo y las maravillas de su
interior; todo deja adivinar el carácter y las costumbres de sus
habitadores.
El opulento árabe que poseía este edificio lo abandona al fin; la
acción de los años comienza á desmoronar sus paredes, á deslustrar
los colores y á corroer hasta los mármoles. Un monarca castellano
escoge entonces para su residencia aquel alcázar que se derrumba, y
en este punto rompe un lienzo y abre un arco ojival y lo adorna con
una cenefa de escudos, por entre los cuales se enrosca una guirnalda
de hojas de cardo y de trébol; en aquél levanta un macizo torreón de
sillería con sus saeteras estrechas y sus almenas puntiagudas; en el
de más allá construye un ala de habitaciones altas y sombrías, en
las cuales se ven por una parte trozos de alicatado reluciente, por
otra artesones oscurecidos, ó un ajimez solo, ó un arco de herradura
ligero y puro, que da entrada á un salón gótico, severo é imponente.
Pero llega el día en que el monarca abandona también aquel recinto,
cediéndole á una comunidad de religiosas, y éstas á su vez fabrican
de nuevo, añadiéndole otros rasgos á la ya extraña fisonomía del
alcázar morisco. Cierran las ventanas con celosías; entre dos arcos
árabes colocan el escudo de su religión esculpido en berroqueña;
donde antes crecían tamarindos y laureles, plantan cipreses
melancólicos y oscuros; y aprovechando unos restos y levantando sobre
otros, forman las combinaciones más pintorescas y extravagantes que
pueden concebirse.
Sobre la portada de la iglesia, en donde se ven como envueltos
en el crepúsculo misterioso en que los bañan las sombras de sus
doseles, una andanada de santos, ángeles y vírgenes, á cuyos pies se
retuercen, entre las hojas de acanto, sierpes, vestiglos y endriagos
de piedra, se mira elevarse un minarete esbelto y afiligranado con
labores moriscas; junto á las saeteras del murallón, cuyas almenas
están ya rotas, ponen un retablo, y tapian los grandes huecos con
tabiques cuajados de pequeños agujeritos, y semejantes á una tabla
de ajedrez; colocan cruces sobre todos los picos, y fabrican, por
último, un campanario de espadaña con sus campanas, que tañen
melancólicamente noche y día llamando á la oración, campanas que
voltean al impulso de una mano invisible, campanas cuyos sonidos
lejanos arrancan á veces lágrimas de involuntaria tristeza.
Después pasan los años, y bañan con una veladura de un medio color
oscuro todo el edificio, armonizan sus tintas y hacen brotar la
hiedra en sus hendiduras.
Las cigüeñas cuelgan su nido en la veleta de la torre; los vencejos
en el ala de los tejados; las golondrinas en los doseles de granito,
y el buho y la lechuza escogen para su guarida los altos mechinales,
desde donde en las noches tenebrosas asustan á las viejas crédulas
y á los atemorizados chiquillos, con el resplandor fosfórico de sus
ojos redondos y sus silbos extraños y agudos.
Todas estas revoluciones, todas estas circunstancias especiales,
hubieran podido únicamente dar por resultado un edificio tan
original, tan lleno de contrastes, de poesía y de recuerdos, como el
que aquella tarde se ofreció á mi vista y hoy he ensayado, aunque en
vano, describir con palabras.
Ya lo había trazado en parte en una de las hojas de mi cartera. El
sol doraba apenas las más altas agujas de la ciudad, la brisa del
crepúsculo comenzaba á acariciar mi frente, cuando absorto en las
ideas que de improviso me habían asaltado al contemplar aquellos
silenciosos restos de otras edades, más poéticas que la material en
que vivimos y nos ahogamos en pura prosa, dejé caer de mis manos el
lápiz y abandoné el dibujo, recostándome en la pared que tenía á mis
espaldas y entregándome por completo á los sueños de la imaginación.
¿Qué pensaba? No sé si sabré decirlo. Veía claramente sucederse las
épocas, derrumbarse unos muros y levantarse otros. Veía á unos
hombres, ó mejor dicho, veía á unas mujeres dejar lugar á otras
mujeres, y las primeras y las que venían después, convertirse en
polvo y volar deshechas, llevando un soplo del viento la hermosura,
hermosura que arrancaba suspiros secretos, que engendró pasiones y
fué manantial de placeres; luego... qué se yo... todo confuso, veía
muchas cosas revueltas, y tocadores de encaje y de estuco con nubes
de aroma y lechos de flores; celdas estrechas y sombrías con un
reclinatorio y un crucifijo; al pie del crucifijo un libro abierto, y
sobre el libro una calavera; salones severos y grandiosos, cubiertos
de tapices y adornados con trofeos de guerra, y muchas mujeres que
cruzaban y volvían á cruzar ante mis ojos; monjas altas, pálidas y
delgadas; odaliscas morenas con labios muy encarnados y ojos muy
negros; damas de perfil puro, de continente altivo y andar majestuoso.
Todas estas cosas veía yo, y muchas más de esas que después de
pensadas no pueden recordarse; de esas tan inmateriales que es
imposible encerrar en el círculo estrecho de la palabra, cuando de
pronto di un salto sobre mi asiento, y pasándome la mano por los
ojos para convencerme de que no seguía soñando, incorporándome como
movido de un resorte nervioso, fijé la mirada en uno de los altos
miradores del convento. Había visto, no me puede caber duda, la había
visto perfectamente, una mano blanquísima, que saliendo por uno de
los huecos de aquellos miradores de argamasa, semejantes á tableros
de ajedrez, se había agitado varias veces como saludándome con un
signo mudo y cariñoso. Y me saludaba á mí; no era posible que me
equivocase... estaba solo, completamente solo en la plaza.
En balde esperé la noche, clavado en aquel sitio, y sin apartar un
punto los ojos del mirador; inútilmente volví muchas veces á ocupar
la oscura piedra que me sirvió de asiento la tarde en que vi aparecer
aquella mano misteriosa, objeto ya de mis ensueños de la noche y de
mis delirios del día. No la volví á ver más...
Y llegó al fin la hora en que debía marcharme de Toledo dejando allí,
como una carga inútil y ridícula, todas las ilusiones que en su seno
se habían levantado en mi mente. Torné á guardar los papeles en mi
cartera con un suspiro; pero antes de guardarlos escribí otra fecha,
la segunda, la que yo conozco por la fecha de la mano. Al escribirla,
miré un momento la anterior, la de la ventana, y no pude menos de
sonreirme de mi locura.