II

Al cabo de algunos meses volví á encontrar ocasión de marcharme de la

corte por tres ó cuatro días. Limpié el polvo á mi cartera de dibujo,

me la puse bajo el brazo, y provisto de una mano de papel, media

docena de lápices y unos cuantos napoleones, deplorando que aún no

estuviese concluída la línea férrea, me encajoné en un vehículo para

recorrer en sentido inverso los puntos en que tiene lugar la célebre

comedia de Tirso _Desde Toledo á Madrid_.

Ya instalado en la histórica ciudad, me dediqué á visitar de nuevo

los sitios que más me llamaron la atención en mi primer viaje, y

algunos otros que aún no conocía sino de nombre.

Así dejé transcurrir en largos y solitarios paseos entre sus barrios

más antiguos la mayor parte del tiempo de que podía disponer para

mi pequeña expedición artística, encontrando un verdadero placer en

perderme en aquel confuso laberinto de callejones sin salida, calles

estrechas, pasadizos oscuros y cuestas empinadas é impracticables.

Una tarde, la última que por entonces debía permanecer en Toledo,

después de una de estas largas excursiones á través de lo

desconocido, no sabré decir siquiera por qué calles llegué hasta

una plaza grande, desierta, olvidada al parecer aun de los mismos

moradores de la población, y como escondida en uno de sus más

apartados rincones.

La basura y los escombros arrojados de tiempo inmemorial en ella,

se habían identificado, por decirlo así, con el terreno de tal

modo, que éste ofrecía el aspecto quebrado y montuoso de una

Suiza en miniatura. En las lomas y los barrancos formados por

sus ondulaciones, crecían á su sabor malvas de unas proporciones

colosales, cerros de gigantescas ortigas, matas rastreras de

campanillas blancas, prados de esa hierba sin nombre, menuda, fina y

de un verde oscuro, y meciéndose suavemente al leve soplo del aire,

descollando como reyes entre todas las otras plantas parásitas, los

poéticos al par que vulgares jaramagos, la verdadera flor de los

yermos y las ruinas.

Diseminados por el suelo, medio enterrados unos, casi ocultos por las

altas hierbas los otros, veíanse allí una infinidad de fragmentos de

mil y mil cosas distintas, rotas y arrojadas en diferentes épocas á

aquel lugar, donde iban formando capas en las cuales hubiera sido

fácil seguir un curso de geología histórica.

Azulejos moriscos esmaltados de colores, trozos de columnas de mármol

y de jaspe, pedazos de ladrillos de cien clases diversas, grandes

sillares cubiertos de verdín y de musgo, astillas de madera ya casi

hechas polvo, restos de antiguos artesonados, girones de tela, tiras

de cuero, y otros cien y cien objetos sin forma ni nombre, eran los

que aparecían á primera vista á la superficie, llamando asimismo

la atención y deslumbrando los ojos una miriada de chispas de luz

derramadas sobre la verdura como un puñado de diamantes arrojados

á granel, y que examinados de cerca, no eran otra cosa que pequeños

fragmentos de vidrio, de pucheros, platos y vasijas, que reflejando

los rayos del sol, fingían todo un cielo de estrellas microscópicas y

deslumbrantes.

Tal era el pavimento de aquella plaza, empedrada á trechos con

pequeñas piedrecitas de varios matices formando labores, á trechos

cubierta de grandes losas de pizarra, y en su mayor parte, según

dejamos dicho, semejante á un jardín de plantas parásitas, ó á un

prado yermo é inculto.

Los edificios que dibujaban su forma irregular, no eran tampoco menos

extraños y dignos de estudio.

Por un lado la cerraba una hilera de casucas oscuras y pequeñas,

con sus tejados dentellados de chimeneas, veletas y cobertizos,

sus guardacantones de mármol sujetos á las esquinas con una anilla

de hierro, sus balcones achatados ó estrechos, sus ventanillos con

tiestos de flores, y su farol rodeado de una red de alambre que

defiende los ahumados vidrios de las pedradas de los muchachos.

Otro frente lo constituía un paredón negruzco, lleno de grietas y

hendiduras, en donde algunos reptiles asomaban su cabeza de ojos

pequeños y brillantes por entre las hojas de musgo; un paredón

altísimo, formado de gruesos sillares, sembrado de huecos de puertas

y balcones, tapiados con piedra y argamasa, y á uno de cuyos extremos

se unía, formando ángulo con él, una tapia de ladrillos, desconchada

y llena de mechinales, manchada á trechos de tintas rojas, verdes ó

amarillentas, y coronada de un bardal de heno seco, entre el cual

corrían algunos tallos de enredaderas.

Esto no era más, por decirlo así, que los bastidores de la extraña

decoración que al penetrar en la plaza se presentó de improviso á

mis ojos, cautivando mi ánimo y suspendiéndolo durante algún tiempo,

pues el verdadero punto culminante del panorama, el edificio que le

daba el tono general, se veía alzarse en el fondo de la plaza, más

caprichoso, más original, infinitamente más bello en su artístico

desorden, que todos los que se levantaban á su alrededor.

--¡He aquí lo que yo deseaba encontrar!--exclamé al verle; y

sentándome en un pedrusco, colocando la cartera sobre mis rodillas

y afilando un lápiz de madera, me apercibí á trazar, aunque

ligeramente, sus formas irregulares y estrambóticas para conservar

por siempre su recuerdo.

Si yo pudiera pegar aquí con obleas el ligerísimo y mal trazado

apunte que conservo de aquel sitio, imperfecto y todo como es, me

ahorraría un cúmulo de palabras, dando á mis lectores una idea más

aproximada de él que todas las descripciones imaginables.

Ya que no puede ser así, trataré de pintarlo del mejor modo posible,

á fin de que, leyendo estos renglones, puedan formarse una idea

remota, si no de sus infinitos detalles, al menos de la totalidad de

su conjunto.

Figuraos un palacio árabe, con sus puertas en forma de herradura;

sus muros engalanados con largas hileras de arcos que se cruzan

cien y cien veces entre sí, y corren sobre una franja de azulejos

brillantes: aquí se ve el hueco de un ajimez partido en dos por

un grupo de esbeltas columnas y encuadrado en un marco de labores

menudas y caprichosas; allá se eleva una atalaya con su mirador

ligero y airoso, su cubierta de tejas vidriadas, verdes y amarillas,

y su aguda flecha de oro que se pierde en el vacío; más lejos se

divisa la cúpula que cubre un gabinete pintado de oro y azul, ó las

altas galerías cerradas con persianas verdes, que al descorrerse

dejan ver los jardines con calles de arrayán, bosques de laureles

y surtidores altísimos. Todo es original, todo armónico, aunque

desordenado; todo deja entrever el lujo y las maravillas de su

interior; todo deja adivinar el carácter y las costumbres de sus

habitadores.

El opulento árabe que poseía este edificio lo abandona al fin; la

acción de los años comienza á desmoronar sus paredes, á deslustrar

los colores y á corroer hasta los mármoles. Un monarca castellano

escoge entonces para su residencia aquel alcázar que se derrumba, y

en este punto rompe un lienzo y abre un arco ojival y lo adorna con

una cenefa de escudos, por entre los cuales se enrosca una guirnalda

de hojas de cardo y de trébol; en aquél levanta un macizo torreón de

sillería con sus saeteras estrechas y sus almenas puntiagudas; en el

de más allá construye un ala de habitaciones altas y sombrías, en

las cuales se ven por una parte trozos de alicatado reluciente, por

otra artesones oscurecidos, ó un ajimez solo, ó un arco de herradura

ligero y puro, que da entrada á un salón gótico, severo é imponente.

Pero llega el día en que el monarca abandona también aquel recinto,

cediéndole á una comunidad de religiosas, y éstas á su vez fabrican

de nuevo, añadiéndole otros rasgos á la ya extraña fisonomía del

alcázar morisco. Cierran las ventanas con celosías; entre dos arcos

árabes colocan el escudo de su religión esculpido en berroqueña;

donde antes crecían tamarindos y laureles, plantan cipreses

melancólicos y oscuros; y aprovechando unos restos y levantando sobre

otros, forman las combinaciones más pintorescas y extravagantes que

pueden concebirse.

Sobre la portada de la iglesia, en donde se ven como envueltos

en el crepúsculo misterioso en que los bañan las sombras de sus

doseles, una andanada de santos, ángeles y vírgenes, á cuyos pies se

retuercen, entre las hojas de acanto, sierpes, vestiglos y endriagos

de piedra, se mira elevarse un minarete esbelto y afiligranado con

labores moriscas; junto á las saeteras del murallón, cuyas almenas

están ya rotas, ponen un retablo, y tapian los grandes huecos con

tabiques cuajados de pequeños agujeritos, y semejantes á una tabla

de ajedrez; colocan cruces sobre todos los picos, y fabrican, por

último, un campanario de espadaña con sus campanas, que tañen

melancólicamente noche y día llamando á la oración, campanas que

voltean al impulso de una mano invisible, campanas cuyos sonidos

lejanos arrancan á veces lágrimas de involuntaria tristeza.

Después pasan los años, y bañan con una veladura de un medio color

oscuro todo el edificio, armonizan sus tintas y hacen brotar la

hiedra en sus hendiduras.

Las cigüeñas cuelgan su nido en la veleta de la torre; los vencejos

en el ala de los tejados; las golondrinas en los doseles de granito,

y el buho y la lechuza escogen para su guarida los altos mechinales,

desde donde en las noches tenebrosas asustan á las viejas crédulas

y á los atemorizados chiquillos, con el resplandor fosfórico de sus

ojos redondos y sus silbos extraños y agudos.

Todas estas revoluciones, todas estas circunstancias especiales,

hubieran podido únicamente dar por resultado un edificio tan

original, tan lleno de contrastes, de poesía y de recuerdos, como el

que aquella tarde se ofreció á mi vista y hoy he ensayado, aunque en

vano, describir con palabras.

Ya lo había trazado en parte en una de las hojas de mi cartera. El

sol doraba apenas las más altas agujas de la ciudad, la brisa del

crepúsculo comenzaba á acariciar mi frente, cuando absorto en las

ideas que de improviso me habían asaltado al contemplar aquellos

silenciosos restos de otras edades, más poéticas que la material en

que vivimos y nos ahogamos en pura prosa, dejé caer de mis manos el

lápiz y abandoné el dibujo, recostándome en la pared que tenía á mis

espaldas y entregándome por completo á los sueños de la imaginación.

¿Qué pensaba? No sé si sabré decirlo. Veía claramente sucederse las

épocas, derrumbarse unos muros y levantarse otros. Veía á unos

hombres, ó mejor dicho, veía á unas mujeres dejar lugar á otras

mujeres, y las primeras y las que venían después, convertirse en

polvo y volar deshechas, llevando un soplo del viento la hermosura,

hermosura que arrancaba suspiros secretos, que engendró pasiones y

fué manantial de placeres; luego... qué se yo... todo confuso, veía

muchas cosas revueltas, y tocadores de encaje y de estuco con nubes

de aroma y lechos de flores; celdas estrechas y sombrías con un

reclinatorio y un crucifijo; al pie del crucifijo un libro abierto, y

sobre el libro una calavera; salones severos y grandiosos, cubiertos

de tapices y adornados con trofeos de guerra, y muchas mujeres que

cruzaban y volvían á cruzar ante mis ojos; monjas altas, pálidas y

delgadas; odaliscas morenas con labios muy encarnados y ojos muy

negros; damas de perfil puro, de continente altivo y andar majestuoso.

Todas estas cosas veía yo, y muchas más de esas que después de

pensadas no pueden recordarse; de esas tan inmateriales que es

imposible encerrar en el círculo estrecho de la palabra, cuando de

pronto di un salto sobre mi asiento, y pasándome la mano por los

ojos para convencerme de que no seguía soñando, incorporándome como

movido de un resorte nervioso, fijé la mirada en uno de los altos

miradores del convento. Había visto, no me puede caber duda, la había

visto perfectamente, una mano blanquísima, que saliendo por uno de

los huecos de aquellos miradores de argamasa, semejantes á tableros

de ajedrez, se había agitado varias veces como saludándome con un

signo mudo y cariñoso. Y me saludaba á mí; no era posible que me

equivocase... estaba solo, completamente solo en la plaza.

En balde esperé la noche, clavado en aquel sitio, y sin apartar un

punto los ojos del mirador; inútilmente volví muchas veces á ocupar

la oscura piedra que me sirvió de asiento la tarde en que vi aparecer

aquella mano misteriosa, objeto ya de mis ensueños de la noche y de

mis delirios del día. No la volví á ver más...

Y llegó al fin la hora en que debía marcharme de Toledo dejando allí,

como una carga inútil y ridícula, todas las ilusiones que en su seno

se habían levantado en mi mente. Torné á guardar los papeles en mi

cartera con un suspiro; pero antes de guardarlos escribí otra fecha,

la segunda, la que yo conozco por la fecha de la mano. Al escribirla,

miré un momento la anterior, la de la ventana, y no pude menos de

sonreirme de mi locura.

Obras escogidas · 第 23 / 158 题