--Buenas noches, mi señora doña Baltasara; ¿también usarced viene
esta noche á la Misa del Gallo? Por mi parte tenía hecha intención
de irla á oir á la parroquia; pero lo que sucede... ¿Dónde va
Vicente? Donde va la gente. Y eso que, si he de decir la verdad,
desde que murió maese Pérez, parece que me echan una losa sobre el
corazón cuando entro en Santa Inés... ¡Pobrecito! ¡Era un santo!...
Yo de mí sé decir, que conservo un pedazo de su jubón como una
reliquia, y lo merece... pues en Dios y en mi ánima, que si el
señor arzobispo tomara mano en ello, es seguro que nuestros nietos
le verían en los altares... Mas ¡cómo ha de ser!... A muertos y á
idos, no hay amigos... Ahora lo que priva es la novedad... ya me
entiende usarced. ¡Qué! ¿No sabe nada de lo que pasa? Verdad que
nosotras nos parecemos en eso: de nuestra casita á la iglesia, y
de la iglesia á nuestra casita, sin cuidarnos de lo que se dice ó
déjase de decir... sólo que yo, así... al vuelo... una palabra de
acá, otra de acullá... sin ganas de enterarme siquiera, suelo estar
al corriente de algunas novedades... Pues, sí, señor; parece cosa
hecha que el organista de San Román, aquel bisojo, que siempre está
echando pestes de los otros organistas; aquel perdulariote, que más
parece jifero de la puerta de la Carne que maestro de solfa, va á
tocar esta Noche-Buena en lugar de maese Pérez. Ya sabrá usarced,
porque esto lo ha sabido todo el mundo y es cosa pública en Sevilla,
que nadie quería comprometerse á hacerlo. Ni aun su hija, que es
profesora, y después de la muerte de su padre entró en el convento
de novicia. Y era natural: acostumbrados á oir aquellas maravillas,
cualquiera otra cosa había de parecernos mala, por más que quisieran
evitarse las comparaciones. Pues cuando ya la comunidad había
decidido que, en honor del difunto y como muestra de respeto á su
memoria, permanecería callado el órgano en esta noche, hete aquí que
se presenta nuestro hombre, diciendo que él se atreve á tocarlo... No
hay nada más atrevido que la ignorancia... Cierto que la culpa no es
suya, sino de los que le consienten esta profanación... pero así va
el mundo... y digo, no es cosa la gente que acude... cualquiera diría
que nada ha cambiado desde un año á otro. Los mismos personajes, el
mismo lujo, los mismos empellones en la puerta, la misma animación
en el atrio, la misma multitud en el templo... ¡Ay, si levantara
la cabeza el muerto! se volvía á morir por no oir su órgano tocado
por manos semejantes. Lo que tiene que, si es verdad lo que me han
dicho las gentes del barrio, le preparan una buena al intruso. Cuando
llegue el momento de poner la mano sobre las teclas, va á comenzar
una algarabía de sonajas, panderos y zambombas, que no haya más que
oir... pero ¡calle! ya entra en la iglesia el héroe de la función.
¡Jesús, qué ropilla de colorines, qué gorguera de cañutos, qué aires
de personaje! Vamos, vamos, que ya hace rato que llegó el arzobispo,
y va á comenzar la misa... vamos, que me parece que esta noche va á
darnos que contar para muchos días.
Esto diciendo la buena mujer, que ya conocen nuestros lectores por
sus exabruptos de locuacidad, penetró en Santa Inés, abriéndose,
según costumbre, un camino entre la multitud á fuerza de empellones y
codazos.
Ya se había dado principio á la ceremonia.
El templo estaba tan brillante como el año anterior.
El nuevo organista, después de atravesar por en medio de los fieles
que ocupaban las naves para ir á besar el anillo del prelado, había
subido á la tribuna, donde tocaba unos tras otros los registros del
órgano, con una gravedad tan afectada como ridícula.
Entre la gente menuda que se apiñaba á los pies de la iglesia, se
oía un rumor sordo y confuso, cierto presagio de que la tempestad
comenzaba á fraguarse y no tardaría mucho en dejarse sentir.
--Es un truhán, que por no hacer nada bien, ni aun mira á
derechas--decían los unos.
--Es un ignorantón, que después de haber puesto el órgano de su
parroquia peor que una carraca, viene á profanar el de maese
Pérez--decían los otros.
Y mientras éste se desembarazaba del capote para prepararse á darle
de firme á su pandero, y aquél apercibía sus sonajas, y todos se
disponían á hacer bulla á más y mejor, sólo alguno que otro se
aventuraba á defender tibiamente al extraño personaje, cuyo porte
orgulloso y pedantesco hacía tan notable contraposición con la
modesta apariencia y la afable bondad del difundo maese Pérez.
Al fin llegó el esperado momento, el momento solemne en que el
sacerdote, después de inclinarse y murmurar algunas palabras santas,
tomó la Hostia en sus manos... Las campanillas repicaron, semejando
su repique una lluvia de notas de cristal; se elevaron las diáfanas
ondas de incienso, y sonó el órgano.
Una estruendosa algarabía llenó los ámbitos de la iglesia en aquel
instante y ahogó su primer acorde.
Zampoñas, gaitas, sonajas, panderos, todos los instrumentos del
populacho, alzaron sus discordantes voces á la vez; pero la confusión
y el estrépito sólo duró algunos segundos. Todos á la vez, como
habían comenzado, enmudecieron de pronto.
El segundo acorde, amplio, valiente, magnífico, se sostenía aún
brotando de los tubos de metal del órgano, como una cascada de
armonía inagotable y sonora.
Cantos celestes como los que acarician los oídos en los momentos de
éxtasis; cantos que percibe el espíritu y no los puede repetir el
labio; notas sueltas de una melodía lejana, que suenan á intervalos,
traídas en las ráfagas del viento; rumor de hojas que se besan en
los árboles con un murmullo semejante al de la lluvia; trinos de
alondras que se levantan gorjeando de entre las flores como una saeta
despedida á las nubes; estruendo sin nombre, imponente como los
rugidos de una tempestad; coro de serafines sin ritmos ni cadencia,
ignota música del cielo que sólo la imaginación comprende; himnos
alados, que parecían remontarse al trono del Señor como una tromba de
luz y de sonidos... todo lo expresaban las cien voces del órgano, con
más pujanza, con más misteriosa poesía, con más fantástico color que
lo habían expresado nunca.
* * * * *
Cuando el organista bajó de la tribuna, la muchedumbre que se agolpó
á la escalera fué tanta, y tanto su afán por verle y admirarle, que
el asistente temiendo, no sin razón, que le ahogaran entre todos,
mandó á algunos de sus ministriles para que, vara en mano, le fueran
abriendo camino hasta llegar al altar mayor, donde el prelado le
esperaba.
--Ya veis--le dijo este último cuando le trajeron á su
presencia;--vengo desde mi palacio aquí sólo por escucharos. ¿Seréis
tan cruel como maese Pérez, que nunca quiso excusarme el viaje,
tocando la Noche-Buena en la Misa de la catedral?
--El año que viene--respondió el organista,--prometo daros gusto,
pues por todo el oro de la tierra no volvería á tocar este órgano.
--¿Y por qué?--interrumpió el prelado.
--Porque...--añadió el organista, procurando dominar la emoción que
se revelaba en la palidez de su rostro;--porque es viejo y malo, y no
puede expresar todo lo que se quiere.
El arzobispo se retiró, seguido de sus familiares. Unas tras otras,
las literas de los señores fueron desfilando y perdiéndose en las
revueltas de las calles vecinas; los grupos del atrio se disolvieron,
dispersándose los fieles en distintas direcciones; y ya la
demandadera se disponía á cerrar las puertas de la entrada del atrio,
cuando se divisaban aún dos mujeres que, después de persignarse
y murmurar una oración ante el retablo del arco de San Felipe,
prosiguieron su camino, internándose en el callejón de las Dueñas.
--¿Que quiere usarced? mi señora doña Baltasara--decía la una,--yo
soy de este genial. Cada loco con su tema... Me lo habían de asegurar
capuchinos descalzos y no lo creería del todo... Ese hombre no puede
haber tocado lo que acabamos de escuchar... Si yo lo he oído mil
veces en San Bartolomé, que era su parroquia, y de donde tuvo que
echarle el señor cura por malo, y era cosa de taparse los oídos
con algodones... Y luego, si no hay más que mirarle al rostro, que
según dicen, es el espejo del alma... Yo me acuerdo, pobrecito,
como si le estuviera viendo, me acuerdo de la cara de maese Pérez,
cuando en semejante noche como esta bajaba de la tribuna, después de
haber suspendido al auditorio con sus primores... ¡Qué sonrisa tan
bondadosa, qué color tan animado!... Era viejo y parecía un ángel...
no que este ha bajado las escaleras á trompicones, como si le
ladrase un perro en la meseta, y con un color de difunto y unas...
Vamos, mi señora doña Baltasara, créame usarced, y créame con todas
veras... yo sospecho que aquí hay busilis...
Comentando las últimas palabras, las dos mujeres doblaban la esquina
del callejón y desaparecían.
Creemos inútil decir á nuestros lectores quién era una de ellas.