II

La iglesia estaba iluminada con una profusión asombrosa. El torrente

de luz que se desprendía de los altares para llenar sus ámbitos,

chispeaba en los ricos joyeles de las damas que, arrodillándose sobre

los cojines de terciopelo que tendían los pajes y tomando el libro

de oraciones de manos de las dueñas, vinieron á formar un brillante

círculo alrededor de la verja del presbiterio. Junto á aquella verja,

de pie, envueltos en sus capas de color galoneadas de oro, dejando

entrever con estudiado descuido las encomiendas rojas y verdes, en

la una mano el fieltro, cuyas plumas besaban los tapices, la otra

sobre los bruñidos gavilanes del estoque ó acariciando el pomo del

cincelado puñal, los caballeros veinticuatros, con gran parte de lo

mejor de la nobleza sevillana, parecían formar un muro, destinado á

defender á sus hijas y sus esposas del contacto de la plebe. Esta,

que se agitaba en el fondo de las naves, con un rumor parecido al

del mar cuando se alborota, prorrumpió en una aclamación de júbilo,

acompañada del discordante sonido de las sonajas y los panderos, al

mirar aparecer al arzobispo, el cual, después de sentarse junto al

altar mayor bajo un solio da grana que rodearon sus familiares, echó

por tres veces la bendición al pueblo.

Era la hora de que comenzase la Misa.

Transcurrieron, sin embargo, algunos minutos sin que el celebrante

apareciese. La multitud comenzaba á rebullirse, demostrando su

impaciencia; los caballeros cambiaban entre sí algunas palabras á

media voz, y el arzobispo mandó á la sacristía uno de sus familiares

á inquirir el por qué no comenzaba la ceremonia.

--Maese Pérez se ha puesto malo, muy malo, y será imposible que

asista esta noche á la Misa de media noche.

Esta fué la respuesta del familiar.

La noticia cundió instantáneamente entre la muchedumbre. Pintar el

efecto desagradable que causó en todo el mundo, sería cosa imposible;

baste decir que comenzó á notarse tal bullicio en el templo, que

el asistente se puso de pie y los alguaciles entraron á imponer

silencio, confundiéndose entre las apiñadas olas de la multitud.

En aquel momento, un hombre mal trazado, seco, huesudo y bisojo por

añadidura, se adelantó hasta el sitio que ocupaba el prelado.

--Maese Pérez está enfermo--dijo;--la ceremonia no puede empezar. Si

queréis, yo tocaré el órgano en su ausencia; que ni maese Pérez es

el primer organista del mundo, ni á su muerte dejará de usarse este

instrumento por falta de inteligente...

El arzobispo hizo una señal de asentimiento con la cabeza, y ya

algunos de los fieles que conocían á aquel personaje extraño por

un organista envidioso, enemigo del de Santa Inés, comenzaban á

prorrumpir en exclamaciones de disgusto, cuando de improviso se oyó

en el atrio un ruido espantoso.

--¡Maese Pérez está aquí!... ¡Maese Pérez está aquí!...

A estas voces de los que estaban apiñados en la puerta, todo el mundo

volvió la cara.

Maese Pérez, pálido y desencajado, entraba en efecto en la iglesia,

conducido en un sillón, que todos se disputaban el honor de llevar en

sus hombros.

Los preceptos de los doctores, las lágrimas de su hija, nada había

sido bastante á detenerle en el lecho.

--No--había dicho;--esta es la última, lo conozco, lo conozco, y

no quiero morir sin visitar mi órgano, y esta noche sobre todo, la

Noche-Buena. Vamos, lo quiero, lo mando; vamos á la iglesia.

Sus deseos se habían cumplido; los concurrentes le subieron en brazos

á la tribuna, y comenzó la Misa.

En aquel punto sonaban las doce en el reloj de la catedral.

Pasó el introito y el Evangelio y el ofertorio, y llegó el instante

solemne en que el sacerdote, después de haberla consagrado, toma con

la extremidad de sus dedos la Sagrada Forma y comienza á elevarla.

Una nube de incienso que se desenvolvía en ondas azuladas llenó

el ámbito de la iglesia; las campanillas repicaron con un sonido

vibrante, y maese Pérez puso sus crispadas manos sobre las teclas del

órgano.

Las cien voces de sus tubos de metal resonaron en un acorde

majestuoso y prolongado, que se perdió poco á poco, como si una

ráfaga de aire hubiese arrebatado sus últimos ecos.

A este primer acorde, que parecía una voz que se elevaba desde la

tierra al cielo, respondió otro lejano y suave que fué creciendo,

creciendo, hasta convertirse en un torrente de atronadora armonía.

Era la voz de los ángeles, que atravesando los espacios, llegaba al

mundo.

Después comenzaron á oirse como unos himnos distantes que entonaban

las jerarquías de serafines; mil himnos á la vez, que al confundirse

formaban uno solo, que, no obstante, era no más el acompañamiento

de una extraña melodía, que parecía flotar sobre aquel océano de

misteriosos ecos, como un girón de niebla sobre las olas del mar.

Luego fueron perdiéndose unos cantos, después otros; la combinación

se simplificaba. Ya no eran más que dos voces, cuyos ecos se

confundían entre sí; luego quedó una aislada, sosteniendo una nota

brillante como un hilo de luz... El sacerdote inclinó la frente, y

por encima de su cabeza cana y como á través de una gasa azul que

fingía el humo del incienso, apareció la Hostia á los ojos de los

fieles. En aquel instante la nota que maese Pérez sostenía trinando,

se abrió, se abrió, y una explosión de armonía gigante estremeció la

iglesia, en cuyos ángulos zumbaba el aire comprimido, y cuyos vidrios

de colores se estremecían en sus angostos ajimeces.

De cada una de las notas que formaban aquel magnífico acorde, se

desarrolló un tema; y unos cerca, otros lejos, éstos brillantes,

aquéllos sordos, diríase que las aguas y los pájaros, las brisas

y las frondas, los hombres y los ángeles, la tierra y los cielos,

cantaban cada cual en su idioma un himno al nacimiento del Salvador.

La multitud escuchaba atónita y suspendida. En todos los ojos había

una lágrima, en todos los espíritus un profundo recogimiento.

El sacerdote que oficiaba sentía temblar sus manos, porque Aquél que

levantaba en ellas, Aquél á quien saludaban hombres y arcángeles era

su Dios, era su Dios, y le parecía haber visto abrirse los cielos y

trasfigurarse la Hostia.

El órgano proseguía sonando; pero sus voces se apagaban gradualmente,

como una voz que se pierde de eco en eco, y se aleja y se debilita

al alejarse, cuando de pronto sonó un grito en la tribuna, un grito

desgarrador, agudo, un grito de mujer.

El órgano exhaló un sonido discorde y extraño, semejante á un

sollozo, y quedó mudo.

La multitud se agolpó á la escalera de la tribuna, hacia la que,

arrancados de su éxtasis religioso, volvieron la mirada con ansiedad

todos los fieles.

--¿Qué ha sucedido? ¿qué pasa?--se decían unos á otros, y nadie

sabía responder, y todos se empeñaban en adivinarlo, y crecía la

confusión, y el alboroto comenzaba á subir de punto, amenazando

turbar el orden y el recogimiento propios de la iglesia.

--¿Qué ha sido eso?--preguntaban las damas al asistente, que,

precedido de los ministriles, fué uno de los primeros á subir á la

tribuna, y que, pálido y con muestras de profundo pesar, se dirigía

al puesto en donde le esperaba el arzobispo, ansioso, como todos, por

saber la causa de aquel desorden.

--¿Qué hay?

--Que maese Pérez acaba de morir.

En efecto, cuando los primeros fieles, después de atropellarse por

la escalera, llegaron á la tribuna, vieron al pobre organista caído

de boca sobre las teclas de su viejo instrumento, que aún vibraba

sordamente, mientras su hija, arrodillada á sus pies, le llamaba en

vano entre suspiros y sollozos.

Obras escogidas · 第 11 / 158 题