La iglesia estaba iluminada con una profusión asombrosa. El torrente
de luz que se desprendía de los altares para llenar sus ámbitos,
chispeaba en los ricos joyeles de las damas que, arrodillándose sobre
los cojines de terciopelo que tendían los pajes y tomando el libro
de oraciones de manos de las dueñas, vinieron á formar un brillante
círculo alrededor de la verja del presbiterio. Junto á aquella verja,
de pie, envueltos en sus capas de color galoneadas de oro, dejando
entrever con estudiado descuido las encomiendas rojas y verdes, en
la una mano el fieltro, cuyas plumas besaban los tapices, la otra
sobre los bruñidos gavilanes del estoque ó acariciando el pomo del
cincelado puñal, los caballeros veinticuatros, con gran parte de lo
mejor de la nobleza sevillana, parecían formar un muro, destinado á
defender á sus hijas y sus esposas del contacto de la plebe. Esta,
que se agitaba en el fondo de las naves, con un rumor parecido al
del mar cuando se alborota, prorrumpió en una aclamación de júbilo,
acompañada del discordante sonido de las sonajas y los panderos, al
mirar aparecer al arzobispo, el cual, después de sentarse junto al
altar mayor bajo un solio da grana que rodearon sus familiares, echó
por tres veces la bendición al pueblo.
Era la hora de que comenzase la Misa.
Transcurrieron, sin embargo, algunos minutos sin que el celebrante
apareciese. La multitud comenzaba á rebullirse, demostrando su
impaciencia; los caballeros cambiaban entre sí algunas palabras á
media voz, y el arzobispo mandó á la sacristía uno de sus familiares
á inquirir el por qué no comenzaba la ceremonia.
--Maese Pérez se ha puesto malo, muy malo, y será imposible que
asista esta noche á la Misa de media noche.
Esta fué la respuesta del familiar.
La noticia cundió instantáneamente entre la muchedumbre. Pintar el
efecto desagradable que causó en todo el mundo, sería cosa imposible;
baste decir que comenzó á notarse tal bullicio en el templo, que
el asistente se puso de pie y los alguaciles entraron á imponer
silencio, confundiéndose entre las apiñadas olas de la multitud.
En aquel momento, un hombre mal trazado, seco, huesudo y bisojo por
añadidura, se adelantó hasta el sitio que ocupaba el prelado.
--Maese Pérez está enfermo--dijo;--la ceremonia no puede empezar. Si
queréis, yo tocaré el órgano en su ausencia; que ni maese Pérez es
el primer organista del mundo, ni á su muerte dejará de usarse este
instrumento por falta de inteligente...
El arzobispo hizo una señal de asentimiento con la cabeza, y ya
algunos de los fieles que conocían á aquel personaje extraño por
un organista envidioso, enemigo del de Santa Inés, comenzaban á
prorrumpir en exclamaciones de disgusto, cuando de improviso se oyó
en el atrio un ruido espantoso.
--¡Maese Pérez está aquí!... ¡Maese Pérez está aquí!...
A estas voces de los que estaban apiñados en la puerta, todo el mundo
volvió la cara.
Maese Pérez, pálido y desencajado, entraba en efecto en la iglesia,
conducido en un sillón, que todos se disputaban el honor de llevar en
sus hombros.
Los preceptos de los doctores, las lágrimas de su hija, nada había
sido bastante á detenerle en el lecho.
--No--había dicho;--esta es la última, lo conozco, lo conozco, y
no quiero morir sin visitar mi órgano, y esta noche sobre todo, la
Noche-Buena. Vamos, lo quiero, lo mando; vamos á la iglesia.
Sus deseos se habían cumplido; los concurrentes le subieron en brazos
á la tribuna, y comenzó la Misa.
En aquel punto sonaban las doce en el reloj de la catedral.
Pasó el introito y el Evangelio y el ofertorio, y llegó el instante
solemne en que el sacerdote, después de haberla consagrado, toma con
la extremidad de sus dedos la Sagrada Forma y comienza á elevarla.
Una nube de incienso que se desenvolvía en ondas azuladas llenó
el ámbito de la iglesia; las campanillas repicaron con un sonido
vibrante, y maese Pérez puso sus crispadas manos sobre las teclas del
órgano.
Las cien voces de sus tubos de metal resonaron en un acorde
majestuoso y prolongado, que se perdió poco á poco, como si una
ráfaga de aire hubiese arrebatado sus últimos ecos.
A este primer acorde, que parecía una voz que se elevaba desde la
tierra al cielo, respondió otro lejano y suave que fué creciendo,
creciendo, hasta convertirse en un torrente de atronadora armonía.
Era la voz de los ángeles, que atravesando los espacios, llegaba al
mundo.
Después comenzaron á oirse como unos himnos distantes que entonaban
las jerarquías de serafines; mil himnos á la vez, que al confundirse
formaban uno solo, que, no obstante, era no más el acompañamiento
de una extraña melodía, que parecía flotar sobre aquel océano de
misteriosos ecos, como un girón de niebla sobre las olas del mar.
Luego fueron perdiéndose unos cantos, después otros; la combinación
se simplificaba. Ya no eran más que dos voces, cuyos ecos se
confundían entre sí; luego quedó una aislada, sosteniendo una nota
brillante como un hilo de luz... El sacerdote inclinó la frente, y
por encima de su cabeza cana y como á través de una gasa azul que
fingía el humo del incienso, apareció la Hostia á los ojos de los
fieles. En aquel instante la nota que maese Pérez sostenía trinando,
se abrió, se abrió, y una explosión de armonía gigante estremeció la
iglesia, en cuyos ángulos zumbaba el aire comprimido, y cuyos vidrios
de colores se estremecían en sus angostos ajimeces.
De cada una de las notas que formaban aquel magnífico acorde, se
desarrolló un tema; y unos cerca, otros lejos, éstos brillantes,
aquéllos sordos, diríase que las aguas y los pájaros, las brisas
y las frondas, los hombres y los ángeles, la tierra y los cielos,
cantaban cada cual en su idioma un himno al nacimiento del Salvador.
La multitud escuchaba atónita y suspendida. En todos los ojos había
una lágrima, en todos los espíritus un profundo recogimiento.
El sacerdote que oficiaba sentía temblar sus manos, porque Aquél que
levantaba en ellas, Aquél á quien saludaban hombres y arcángeles era
su Dios, era su Dios, y le parecía haber visto abrirse los cielos y
trasfigurarse la Hostia.
El órgano proseguía sonando; pero sus voces se apagaban gradualmente,
como una voz que se pierde de eco en eco, y se aleja y se debilita
al alejarse, cuando de pronto sonó un grito en la tribuna, un grito
desgarrador, agudo, un grito de mujer.
El órgano exhaló un sonido discorde y extraño, semejante á un
sollozo, y quedó mudo.
La multitud se agolpó á la escalera de la tribuna, hacia la que,
arrancados de su éxtasis religioso, volvieron la mirada con ansiedad
todos los fieles.
--¿Qué ha sucedido? ¿qué pasa?--se decían unos á otros, y nadie
sabía responder, y todos se empeñaban en adivinarlo, y crecía la
confusión, y el alboroto comenzaba á subir de punto, amenazando
turbar el orden y el recogimiento propios de la iglesia.
--¿Qué ha sido eso?--preguntaban las damas al asistente, que,
precedido de los ministriles, fué uno de los primeros á subir á la
tribuna, y que, pálido y con muestras de profundo pesar, se dirigía
al puesto en donde le esperaba el arzobispo, ansioso, como todos, por
saber la causa de aquel desorden.
--¿Qué hay?
--Que maese Pérez acaba de morir.
En efecto, cuando los primeros fieles, después de atropellarse por
la escalera, llegaron á la tribuna, vieron al pobre organista caído
de boca sobre las teclas de su viejo instrumento, que aún vibraba
sordamente, mientras su hija, arrodillada á sus pies, le llamaba en
vano entre suspiros y sollozos.