Dotado de maravillosa memoria, D. Roque recitaba trozos enteros de lo
que había leído en sus papelitos, sin mudar una sílaba. No he conocido
varón más cándido e inofensivo que aquel fogoso lector del _Semanario_,
comerciante que había venido muy a menos, y a la sazón, sin negocios,
sin familia, y con poquísimo dinero, vivía en aquella casa,
manteniéndose con su casi invisible renta. Así como el Gran Capitán oyó
lo de _la opresión_ y _la injusticia_, con los razonamientos puestos a
continuación, que no entendiera menos si estuvieran escritos en caldeo,
se encaró con su amigo, y burlonamente le dijo:
--¿Se ha acabado la jerga? ¡Lástima que no viniera por aquí el
padre Salmón, para que le contestase, y entre los dos se armara una
marimonera de _distingo acá... distingo allá... necuacua... útiquis...
reñega mayora..._ y otras palabrillas que se usan en las disputas de
los _tiólogos_!
--¡Teólogos a mí! ¡A mí teólogos y con cascabeles!... ¡Y de la madera
del padre Salmón! --exclamó D. Roque guardando el _Semanario_ en el
almacén de sus profundas faltriqueras.
--Y ha de venir esta tarde Su Paternidad --dijo agridulcemente la
menor de las hijas de Doña Melchora--, pues prometió darme una receta
para este mal de la barriga que ha diez días tengo.
--Sí que vendrá --añadió la mayor--, pues quedé en pegarle dos botones
en el cuello, y él dijo que traería la cinta azul.
--Pronto tendremos aquí a ese reverendo Salmón --añadió Doña
Gregoria--, y ya tengo echada la llave a la despensa, porque para
saqueos bastante tenemos con los de los franceses.
No había concluido estas palabras la discreta esposa de Fernández,
cuando se oyó en el patio de la casa gran ruido de voces, entre las
cuales descollaba una cencerril, abajetada y bronca, que no era otra
sino la de aquel lucero de la Merced, el padre Anastasio José de la
Madre de Dios, vulgarmente conocido por padre Salmón, que este era su
apellido, y no Salomón como algunos le llamaban, sin intención de burla.
--Ahí está, ahí está ese bendito --dijeron en coro las hembras de la
reunión--. Gabriel: corre y tráele acá, porque si le cogen por su
cuenta las del polvorista... ¡ay, qué pesadas son! Ya están llamándole
las escofieteras. Pues no, no ha de venir sino acá.
Salí para impedir que la persona del reverendo fuera secuestrada por
cualquiera de las familias que salían a su reclamo por las diversas
puertas que se abrían en aquellos largos corredores, y lo primero
que vi fue al fraile rodeado de enjambre de chiquillos, los cuales,
haciendo mil cabriolas y juegos en su derredor, le mostraban, según su
arte propio, la satisfacción de la casa toda por verle en ella.
--Tomad, piojosos, tomad esas almendras fallidas, que para vosotros
serán bocado de ángel --les decía Salmón--. ¿Y salió tu padre de la
cárcel, Jacintillo? Y por fin, ¿llevasteis a vuestra abuela a los
Desamparados? Dime, hijo de la Canela, ¿está el oficialillo en el
cuarto de tu madre?... ¿Conque se os murió la gallina?
Y al mismo tiempo, el antepecho del vasto corredor parecía la
barandilla de un teatro, pues no había un palmo vacío, sino que allí
estaba la vecindad toda, aguardando a que Su Paternidad subiese.
--Venga acá, Padre, que este trapalón de mi marido me quiere pegar por
celos. Pero di, cabeza jilvanada, ¿no soy la mujer más honrada del
mundo?
--Venga acá, Padre, y verá qué chocolate le tengo. ¿Pues no me está
diciendo la capitana que Su Paternidad le comió ayer todas las magras?
--Venga acá, Padre, y suba pronto, que ya le apunta el diente a la
niña. Mírale allí, cordera, resol, reina del mundo. Mírale, llámale con
tu manecita... así, así.
--Venga acá, Padre, que ya parió la Zoraida cinco criaturas como cinco
estrellas.
--Suba pronto, Padrito, que mi abuela pregunta si se le deben dar más
friegas.
Y así continuaban, llamándole de distintas partes, cada uno según
para aquello que le necesitaba, y todos con tan cariñosas palabras,
que Salmón no sabía a qué sitio volverse, ni a cuáles solicitaciones
contestar más pronto; y saludando a un lado y otro como un matador de
toros que en medio de la plaza hace cortesías a la redonda, mostró a
sus amigos que su corazón no era insensible a tantas bondades. En esto
llegué yo, y besándole la correa, le dije:
--Doña Melchora y sus niñas, que están en casa del Gran Capitán, me
mandan para suplicar a Su Reverencia que tenga la magnanimidad de
subir, que allí le aguardan también D. Roque, el Sr. de Cuervatón y
Doña María Antonia.
Pero antes que concluyera, el buen Salmón, con gran sorpresa mía, clavó
en mí sus ojos lleno de admiración, y echándome los brazos al cuello,
exclamó a gritos:
--Ven acá, portento de la sabiduría, milagro de precocidad, fruta
temprana de las humanas letras. ¿Conque ha más de un año que te
conozco y hasta hoy mismo he ignorado que eres un gran latino, autor
del más famoso poema que han escrito modernas plumas? ¿Conque así te
callabas tus méritos, picarón...? A ver, muéstrame pronto ese poema...
¡Quién me había de decir, cuando te conocí paje de la González, que
bajo la montera de tal gaterilla estaba el cacumen de un _Erasmus
Roterodamensis_, de un _Picus Mirandolanus_!
Turbado y confuso le contesté que sin duda Su Paternidad se equivocaba
confundiendo mi ignorancia con la sabiduría de algún desconocido de mi
mismo nombre, oyendo lo cual, dijo mientras subíamos la escalera:
--No; que lo acabo de saber por el Licenciado D. Severo Lobo, el cual
te conoció desde el proceso del Escorial, y luego estuvo a punto de
empapelarte, cuando el Príncipe de la Paz te quiso dar una placita en
la Interpretación de lenguas. ¿Y tú qué culpa tenías de que el otro te
quisiera colocar? Por lo que me han dicho, tu modestia iguala a tus
méritos, ¡oh joven! Yo he visto la minuta en que Godoy te recomendaba;
pero ¡qué guardado te lo tenías, raposilla!... ¿Y ahora en qué te
ocupas? ¿Por qué no pides un hábito, por qué no eres fraile? Yo me
encargo de catequizarte. ¿Sabes que he hablado de ti a los Padres de la
Merced y todos quieren conocerte? A ver si te pasas por allí, rapaz,
y ve después de la hora del refectorio. ¿Te gustan las pasas? Además
tengo que conferenciar contigo, Horacio Flaco en ciernes y Virgilio en
pañales; y como al salir de esta casa se me olvide hablarte (pues ya
sabes que soy muy débil de memoria), ¿me lo recuerdas, eh?
A tal punto llegaba, cuando entramos en la sala del Gran Capitán.
Levantáronse todos, y después de besarle uno tras otro la correa,
diéronle el asiento del centro junto al brasero.
--Aquí está la seda azul --dijo el mercenario, dando lo indicado a
Tulita.
--Mañana mismo tendrá Su Paternidad arreglado el cuello --contestó
la muchacha--. Veamos ahora lo que me manda para este malestar de la
barriga, que es tal que yo no lo puedo resistir, y todas las mañanas
me dan unas arcadas, unos mareos y bascas tan fuertes, que no me para
dentro nada.
--Bendito sea el nombre de Dios --exclamó el Padre tomando un polvo de
la caja del Gran Capitán--. A fe, Doña Melchora, que si esta matutina
estrella de su hija de usted fuera casada, ya sabríamos el pie de que
cojea su estómago; pero no siéndolo, y tratándose ahora de una familia
con quien la misma honradez no podría ponerse en parangón, ordeno y
mando que con siete palitos del árbol de Santo Domingo, cocidos en
baño-maría, por espacio de tres credos rezados con pausa y por supuesto
con devoción, esta niña se quedará como nueva. ¡Qué nueces frescas las
de ayer, señora Doña Melchora; qué nueces frescas! Pero dígame, ¿qué
santo del cielo le hizo tan rico presente? Yo no sabía que en montes
alcarreños, asturianos ni encartados existiesen unas tan hermosas obras
de Dios.
--Obsequio fue de un primo mío que es guarda de las dehesas del señor
Duque de Altamira, en tierra de Cameros, y como, si no de buen salario,
el pobrecito disfruta de ojos listos y manos libres, siempre nos manda
lo mejor de aquellos castañares y nocedales.
--Así le hicieran canónigo --añadió Salmón--. ¿Y qué noticias, Sr. D.
Santiago Fernández?
--No me digan nada, ni me calienten más la cabeza --replicó el Gran
Capitán encubriendo, bajo la ficción de un estudiado cansancio, el
placer que le causaba el ver sacado a plaza un tema tan de su gusto--.
Mire Su Paternidad que estoy ya que no doy por mi cuerpo un real. ¡Qué
ir y venir! ¡Qué jaleo! ¡Todo el día poniendo nombres en la lista, y
haciendo recuento de cartuchos, y examinando armas, y disponiendo, y
mandando! Aquellos señores son muy remolones, y todo lo tengo que hacer
yo.
--¿Y resistiremos, si, como dicen, se nos viene encima ese monstruo,
ese troglodita, ese antropófago, señores, que no se sacia nunca de
devorar carne humana?
--¡Pues no hemos de resistir! --exclamó el Gran Capitán--. ¿Hemos de
ser menos que los zaragozanos? Además de que yo creo que no viene.
--¡Y sabe Dios --dijo Doña María Antonia-- si será cierto lo que dicen
de que allá en Rusia o Prusia le echaron unos polvitos en el cocido
para que reventara!
--Como que hay quien asegura que está sacramentado y que hizo
testamento, devolviendo todas las naciones que ha robado y abjurando de
sus herejías.
--¡Oh gente ignorante y crédula! --exclamó de improviso D. Roque,
desenvainando su cartapacio de papeles públicos--. ¡Y cómo se conoce la
rusticidad de los que atienden más a los dichos y simplezas del vulgo
que a la palabra impresa de los hombres doctos! Vean, vean lo que dice
ese papel, y no hagan caso de tonterías: «Napoleón se presentó al
Senado el 25 del pasado, y dijo que _bien pronto pondría sus banderas
en las torres de Madrid y en las fortalezas de Lisboa_.» También cuenta
la Gaceta, que ciento sesenta mil hombres del ejército grande están
sobre la frontera de España, y que el Emperador dijo que _antes de fin
de año no quedará aquí una sola aldea en insurrección_.
--Conque ni una sola aldea... --indicó el fraile--. Pero sabe Dios la
intención que llevará el que ha escrito esos papeles. Lo que es por
mí, mandaría suprimir todos los que se imprimen en España, pues para
envolver especias, mejor es el papel no impreso y limpio, como sale de
las fábricas.
--¿Pues eso qué duda tiene? --dijeron a una las dos niñas de Doña
Melchora.
--Y yo --declaró como un basilisco D. Roque-- mandaría suprimir todos
los frailes o les quitaría el hábito, dando a cada uno un fusil para
que fueran a limpiar a España de franceses.
--Sin fusil lo hacemos, hermano --dijo Salmón riendo--. Lejos de
suprimir frailes, yo los aumentaría en grado máximo, y así la mayor
parte de los españoles vivirían gordos y contentos, y no veríamos tanto
vagabundo mendigo por esas calles.
--Chúpate esa y vuelve por otra --dijo a D. Roque la menor de las hijas
de la bordadora en fino, suponiendo al viejo completamente apabullado
bajo el peso de aquellas incontestables razones.
--¿Conque más todavía? Pues sepa mi señor Salmonete --dijo D. Roque,
llevando al último extremo su familiaridad con el fraile-- que ahora
se va a reunir la nación en Cortes. ¿No lo quieren creer? ¡Ah! Pues no
doy dos maravedises por lo que de Gobierno absoluto hubiere después de
la guerra. ¡Abajo los tiranos! --añadió poniéndose en pie y alzando los
brazos con endemoniada exaltación--. Y si hay un frailazo chocolatero
que me desmienta, alce la voz, y venga delante de mí, que yo le reto
a singular polémica, aunque traiga más textos que escribió Pedro
Lombardo, y más latines y aforismos y comprobatorias y distingos que
han eructado en diez siglos las cátedras salmantinas y complutenses.
--¿Y cómo había yo de ponerme a disputar con semejante pedazo de
acebuche con nudos, más duro que roca? ¿Y de qué valdrían mis
argumentos contra la asnal cerrazón de su mollera? --argumentó el Padre
Salmón levantándose también de su asiento; mas no enfadado ni nervioso,
sino riendo a todo reír, pues su humor de mantequillas era tal, que no
se le vio colérico más que una sola vez.
--Pues empecemos --dijo D. Roque poniéndose verde.
--Empecemos --replicó Salmón restregándose las manos y haciendo después
grotescos gestos, como de quien imita los movimientos de un grave
predicador.
--No quisiéramos más para reírnos de Don Roque --dijo la mayor o la
menor (que esto no lo tengo bien presente) de las hijas de Doña
Melchora.
--Pero para restaurar nuestras fuerzas, señores y señoras mías --dijo
Salmón--, venga ese chocolate, que aquí mi amigo D. Roque dice que no
se puede pasar sin él.
--Quien no se puede pasar sin él --contestó el aludido-- es su
magnificencia reverendísima, que en llegando a estas horas, como no
ponga un puntal al estómago se cae rendido.
--Pues usted lo dice, amigo papelista eminentísimo --contestó Salmón
dando otra vez rienda suelta a la risa--, así sea, y venga ese
chocolate; y pues es más agradable el goce de una amena tertulia que
el disputar, dejémonos de querellas, y pelillos a la mar, y cada uno
piense lo que quiera, y ruede la bola, y viva Fernando VII.
--Es lo más conveniente, toda vez que este D. Roque está chiflado
--dijo Fernández--, y un día hemos de verle por esas calles con una
_Gaceta_ en cada dedo.
--¡Pero qué graves y circunspectas están mis niñas! --añadió Salmón
dando unas palmaditas en el hombro, no recuerdo bien si de la mayor o
de la menor de las hijas de Doña Melchora--. Y esos piquitos de oro,
¿por qué no echan una canción por todo lo alto, para que se nos alegren
los espíritus?
--Bueno, bueno.
Y una de ellas rompió al instante a cantar de esta manera:
Con un albañilito
Madre, me caso,
Porque son de mi gusto
Los hombres blancos.
--Eso tiene poca gracia --dijo Salmón--. A ver otra.
--Pues allá va la que está de moda:
Bonaparte en los infiernos
Tiene su silla poltrona,
Y a su lado está Godoy
Poniéndole la corona.
Sus compañeros
Van de dos en dos:
Murat, Solano,
Junot y Dupont.
--¡Bravo, magnífico! Doña Melchora, tiene usted dos niñas que
envidiaría cualquier princesa. Y qué tal, ¿se gana mucho?
--En estos tiempos, Padrito --dijo la madre--, suele caer algún bordado
de uniforme; pero ¿dónde se ven aquellos ternos de plata y oro, aquella
ropa de altar que tanta ganancia nos daban antes de estas malditas
guerras? Ya sabe su grandeza que las mejores capas pluviales, las
mejores casullas que se han lucido en procesiones, así como las mejores
chaquetas toreras que han brillado en plazas y redondeles, pasaron
por estas manos. ¡Ay, quién me lo había de decir! La que bordó los
calzones que llevaba Pepe-Hillo cuando le cogió aquel enrabiscado toro;
la que bordó la capa que llevaba en sus santos hombros el Eminentísimo
Cardenal de Lorenzana el día que tomó posesión, está hoy consagrada a
miserables letras de cuello de uniforme, y a las dos o tres insignias
de consejero, o ropón de Niño Jesús, que caen de peras a higos. ¡Buenos
están los tiempos!
--Cuando esto se acabe... --dijo el fraile.
--¿Cómo cuando esto se acabe? --gritó de improviso D. Roque,
interrumpiendo con muy feo gesto a su amigo--. Antes, muy antes de que
esto se concluya se reunirá el país en Cortes. ¡Y estos alcornoques no
lo quieren creer!
--Que te despeñas, Roque amigo.
--¿También eso lo dicen los papeles? --preguntó con mucha sorna el Gran
Capitán.
--También lo dicen, sí señor. ¿Pues no lo han de decir? Y cómo se me
ha de olvidar, si lo sé de memoria, y anoche, luego que me acosté,
estuve recitando en voz alta aquello de... «Después de tantos años de
abatimiento y opresión en que los leales y generosos españoles han
sufrido mayores ultrajes y vilipendios que los salvajes africanos,
amanecerá el glorioso día en que se reúnan los pueblos por medio de
sus representantes para tratar del bien común. Este es el objeto con
que se instituyeron las sociedades civiles; no el engrandecimiento de
un solo hombre, con perjuicio de todos los demás. Reunidas aquellas es
como puede conocerse a fondo el estado de una nación, sus recursos,
sus necesidades y los medios que deben adoptarse para su bienestar y
prosperidad; y donde faltan estas solemnes Asambleas, los monarcas, mal
aconsejados, caminarán ciegamente al despotismo, tal vez contra sus
buenos deseos.»
--¡Lindísimo sermón! --exclamó el Gran Capitán--. Ayer le contaba a mi
compañero en la portería de Cuenta y Razón las extravagancias de mi
vecino D. Roque, y me dijo que esto se llamaba _el democratismo_. ¿Es
así, Padre?
--Llámese como se quiera --repuso el venerable Salmón--, lo que digo
es que este chocolate, que ahora nos trae la señora Doña Gregoria, y
cuyo olor se adelanta hasta nosotros anunciándonos la nobleza de lo
que viene en el canjilón, me parece tal, que solo podría servírsele
semejante al Sumo Pontífice.
--Y a la abadesa de las Huelgas de Burgos --dijo Doña Gregoria--; que
ella y el Papa son las dos más altas personas de la cristiandad, y por
eso se dice que si el Papa se casara, la única mujer digna de ser su
esposa es la tal abadesa de las Huelgas.
--Así es --añadió Salmón, olvidándose de todo lo que no fuera el
canjilón--; y por lo que hace a eso del _democratismo_, yo le aconsejo
a D. Roque que se deje de tonterías y no piense en novedades, pues por
ahora, y en muchísimos años para adelante, estamos y estaremos libres
de ellas.
--Los españoles guerrean porque no quieren que los manden los franceses
--dijo la mayor de las hijas de Doña Melchora--, y también para
defender los usos y _pláticas_ del reino contra las novelerías que
quiere poner aquí Napoleón. Así me lo dice todos los días Paco el
plumista, que es sargento de voluntarios.
--Pues a mí me dijo Simplicio Panduro, ese saladísimo paje de D.
Gaspar Melchor de Jovellanos --añadió la otra--, que los españoles
guerrean por echar a los franceses y por mejorar la mala condición de
los reinos, quitando las muchas cosas malas que hay, al modo de lo que
dice D. Roque por las noches, cuando predica a solas y a oscuras en su
cuarto.
Estas dos opiniones dieron pie a una acalorada disputa que no copio
porque nada sacarían de ella en limpio mis lectores, toda vez que es
público y notorio que en lo que va de siglo, la historia, la grave y
cachazuda historia, no ha podido dilucidar la cuestión planteada por
aquellas dos niñas, y aun hoy andan a la greña eminentes escritores
por averiguar si decía verdad la mayor o la menor de las hijas de Doña
Melchora.
Salmón, consumido su chocolate, dijo:
--Conque, amiguitos, ¿me dan ustedes su venia para retirarme?
--¿Tan pronto, Padre? ¡Que siempre nos ha de tener Vuestra Reverencia
con hambre de su compañía!
--Bastante os acompaño, hijitas mías.
--Pues siempre nos sabe a poco.
--Ya sabéis que tenemos en casa desde esta tarde _octava misión y
solemnes cultos para desagraviar a Jesús Nazareno y a María Santísima
de los sacrílegos insultos que han sufrido, en nuestros templos, de los
impíos ejércitos franceses, e implorar de la Divina Misericordia que
robustezca y ampare a nuestros soldados, y conserve y dirija en todos
los negocios a los que nos gobiernan. Después habrá procesión a la
Virgen de la Paloma, patrona de todo el majerío_. ¿Pero no lo sabíais,
pajaritas volanderas? Por supuesto, que no faltaréis el día que me
toque predicar.
--Antes faltará la tierra y prados en ella, como dijo el otro.
Y estaba en pie para retirarse el Padre mercenario, cuando el Sr. de
Cuervatón, que poco antes había sido llamado de su casa, donde le
esperaba una visita, volvió dando voces; y lleno de cólera, que en los
ojos con fulminantes rayos le centelleaba, habló así:
--¡No sé cómo no le ahogo!... ¡Vaya con el lindo currutaco, harto
de ajos!... ¡Cuando creí que vendría a pagarme, viene a pedirme más
dinero!... ¡Y ahora sale con que su señora mamá es muy rica! Miserable,
pringoso, vestido con harapos de príncipe, ¿por qué esa señora no
reventó antes que os pariera?
--¿Qué hay, Sr. de Cuervatón? ¿Qué le pasa?
--Que después que me estoy arruinando por favorecer con mi pequeña
hacienda a los necesitados, he aquí que un señor Condesito de Rumblar
o de Barrabás con pintas, me debe más de nueve mil reales, y después
de no pagarme ni un céntimo de interés (que no son más de peseta por
duro al mes), viene a pedirme más dinero. Canalla, catacaldos: ¿qué me
importa que sea noble y que le vayan a caer dos mayorazgos?
--¿D. Diego de Rumblar? --dijo Salmón; y luego, volviéndose a mí,
añadió--: no olvides, Gabriel, que tenemos que hablar.
--Pues o me paga --prosiguió Cuervatón--, o el mejor día le desnudo en
medio del Prado delante de las damas.
En esto salimos al corredor, y ¡oh, espectáculo lamentable! se ofreció
a nuestra vista el de D. Diego azuzado en medio del patio por todos los
chicos de la vecindad como novillo en plaza. Mujeres habladoras habían
salido por los cien agujeros de aquella colmena, y unas con cáscaras
de castañas, otras con palabras picantes, le mortificaban en lo moral
y en lo físico. Especialmente la mujer de Cuervatón, que era una hidra
con más rabos y espinas y escamas en su alma que las mitológicas en su
cuerpo, poniéndose de pechos en el barandal, después de escupirle, le
decía:
--Tío pingajo de oro, ¿tenemos nuestro dinero para mantener
haraganes?... ¿Ahorramos nosotros para daros esa agua de bergamota de
que apestáis? Coma usted clavos, y si es noble y espera mayorazgos,
póngase a roer sus _jicutorias_, o coja una espuerta y vaya a vender
arena, como hacen mis dos hijos, que aunque no les falta para comer y
vestir como niños de príncipe, andan al trabajo de la arena desde que
saben llevar la mano a la boca. ¡Cuidado con el señorito D. Pelagatos!
Y dice que es Conde... Conde es él como mi abuelo. Ea, muchachos,
rociadle un poco con la esencia de ese fango de azahar argentino que
hay en el patio... Coged también esas cáscaras de nuez, y la ceniza de
aquel braserillo.
Los muchachos que esto oyeron, y que se habían adelantado a poner
en ejecución _auctoritate propia_ lo del rociar, descargaron sobre
el infeliz D. Diego, a punto que este salía, tal lluvia de inmundas
substancias, le persiguieron tan encarnizadamente por el portal y luego
por toda la calle del Barquillo, que daba compasión ver al infeliz
magnate corrido, avergonzado y lloroso.
El Padre Salmón, que era hombre caritativo, reprendió a los muchachos
su grosería, y a la señora de Cuervatón su crueldad. Cuando se dispuso
a bajar, todos se lo disputaban no queriendo dejarle de la mano: este
le enseñaba los cinco perritos recién paridos por Zoraidilla; aquel
le hacía tocar con el dedo el diente de la niña; uno le pedía receta
para el dolor de muelas; otro le cantaba una seguidilla nueva, y todos
le daban tales muestras de cariño y admiración, que bien se le podía
considerar como el hombre más popular de su tiempo.
Cuando bajaba, allí eran de oír las exclamaciones, las palmadas, los
vítores, y de ver los besos de correa, y el pedir y dar bendiciones.
--¿Cuándo me receta para estos desmayillos?
--Ya sé de cabo a rabo la oración a San Antonio. ¿Cuándo se la echo a
Su Paternidad?
--Razón tenía el Padrito en decir que el aguardiente de Chinchón
da mejor gusto a los puches que el de Ocaña, y que no hay plato de
lentejas sin dos ajitos machacados. Así lo hemos hecho.
--Padre, ¿las ranas son carne o son pescado? Porque mi abuela las comió
el viernes y está llena de escrúpulos.
--¿Qué nombre le pondremos a lo que ha de venir si sale macho?
Pondrémosle Anastasio como Su Reverendísima, en señal de agradecimiento
por habernos ayudado a criar al mayorcito.
--Ya están compradas las dos velas para la Virgen de la Buena Dicha, y
aquí Ramona las está adornando con flores y lentejuelas.
--Viva cientos de miles de años su magnitud sapientísima y
empingorotadísima para alivio de estos pobres a quienes socorre.
Y así continuaban hasta que el Padre salía a la calle. No: no ha
existido hombre más popular que el Padre Salmón. Casi, casi estoy
por asegurar que su popularidad excedió dos dedos y aun tres a la de
Fernando VII. ¡Desventurado Salmón! ¡Oh, tú, varón felicísimo, harto
de lisonjas, de regalos y de bienestar!; ¡oh, tú, teólogo de tumba y
hachero, predicador burdo y de cuatro suelas, fraile mercenario que si
no redimiste ningún cautivo, tampoco hiciste daño a nadie!; ¡oh, tú,
hombre dichoso sobre todos los dichosos de la tierra, pues no cavilaste
jamás ni te apasionaste, ni aborreciste, ni padeciste mal alguno en
muchos años, ni viste turbada tu apacible existencia!: ¡quién te había
de decir entonces que aquel mismo pueblo tan solícito en vitorearte,
en regalarte, en aplaudirte, en venerarte y adorarte como a persona
divina, te había de coser a puñaladas veintiséis años después en la
enfermería de tu santa casa, y cuando ya viejo, enfermo, inválido y sin
alientos, no pensabas más que en Dios! ¡Quién te había de decir que
aquel mismo pueblo de quien fuiste ídolo, te había de echar al cuello
un cordel de cáñamo para arrastrarte por los profanados claustros,
sirviendo tu antes regalado cuerpo de horrible trofeo a indecentes
mujerzuelas! ¡Ay, lo que es el mundo y qué cosas tan atroces ofrece
la historia! Y así es bien que digas: si buen chocolate sorbí, buenos
palos me dieron; si buenos abrazos, y agasajos, y besos de correa
recibí, con buen pie de puñaladas se lo cobraron.
V
Pero como nada de esto viene ahora al caso, voy a dar cuenta del
asombro que me causó la conversación que inmediatamente después de
su salida tuve con aquel popularísimo fraile; y lo ocurrido fue que,
apoyándose en mi brazo para descargar sobre él parte del peso de su
bien aprovechada humanidad, me dijo:
--Gabriel, o mejor, Sr. D. Gabriel, pues a todo un Pico de la Mirandola
se le debe tratar con miramiento: has de saber que necesito que me
informes detenidamente de la vida de ese D. Diego de Rumblar, en cuya
compañía te he visto varias veces. Tú dirás que qué me importa a mí si
el tal niño canta o llora; pero a esto te respondo que no soy yo quien
tiene interés en saber sus malas mañas, sino una elevadísima familia,
cuya casa frecuenta mi inutilidad las más de las tardes. Como Don Diego
está para casar con la niña, las señoras, que ya barruntan la mala vida
que lleva el rapaz en Madrid, están muy disgustadas. Ayer, cuando
afirmé que le había visto en esta casa, me dijo la señora Condesa: «Por
Dios, Padre Salmón, haga usted el favor de averiguar con qué hombres
se junta, a qué sitios va, en qué gasta su dinero, porque si es cierto
lo que sospechamos, antes se hundirá el cielo que entre él en nuestra
familia.»
--Pues el señor Conde --le respondí-- es un poco calavera. Cosas de la
juventud... Yo creo que se enmendará.
--Se enmendará. Luego es malo. Bien, Gabriel. Has dicho lo que
necesitaba saber. ¿A dónde va por las noches? ¿Con quién se junta?
--Todo lo sé perfectamente --respondí--, y no da un paso sin que yo me
entere de ello.
--¿De modo que podré satisfacer a la señora Condesa? ¡Oh! Bendito seas,
que me proporcionas la ocasión de corresponder a las grandes finezas
de la dama más hermosa de España, al menos según mi indocto parecer en
asunto de mujeres. Mañana tengo que ir a su casa, porque has de saber
que la señora Condesa es la que ha formado la _Congregación de lavado y
cosido_.
--¿Y qué es eso?
--Una Junta de señoras de la nobleza para lavar y coser la ropa de los
soldados en estas críticas circunstancias. Y no creas que es cosa
de engañifa, sino que ellas mismas, con sus divinas manos, lavan y
cosen. También pertenece la señora Condesa a la Junta de las _Buenas
patricias_, en que hay damas de todas categorías, desde la duquesa
a la escofietera. Pero esto no hace al caso, sino que mañana tengo
que ir allá y les diré todo lo que tú me confíes. Aunque ahora se me
ocurre que más fácil y expedito será cogerte por la mano y plantarte
en presencia de tan alta señora para que por ti mismo y con tus buenas
explicaderas, le des cuenta y razón de lo que desea saber.
--Padre, no sé si estará bien que yo vaya a esa casa --dije tratando de
disimular la alegría que el anuncio de la visita me causara.
--Yendo conmigo, no tengas cuidado. Además, has de saber que la señora
Condesa es una persona ilustradísima, y que entiende de poesía y letras
humanas; de modo que al saber tus conocimientos en la lengua latina, es
seguro que te recibirá bien, y aun espero que te proporcione una buena
colocación.
--Eso será lo de menos, con tal que yo consiga prestar a tan buena
señora el servicio que desea. Y dígame, Padre, ¿conoce Su Reverencia,
por ventura, a la que va a ser mujer de D. Diego?
--¡Que si la conozco! Como que soy su amigo y su confidente, y desde
que entro en la casa viene a mí saltando y brincando, y todo el día
está «Padre Salmón por aquí, Padre Salmón por acullá.»
--¿Y es Vuestra Paternidad su confesor?
--Eso no, que lo es mi compañero y amigo el Padre Castillo, el cual va
también todas las tardes a la casa.
--Y ella estará tan enamorada de D. Diego que beberá los vientos por él.
--Me figuro que no le puede ver ni en pintura. Es opinión general en
la casa que la niña tiene puesto el pensamiento y el corazón en otra
persona; pero aunque se vuelven locos, no ha sido posible dar con ella.
El señor Marqués y su hermana no piensan más que en averiguar quién
podrá ser ese desconocido zascandil que ha trastornado el seso a la más
discreta y bella muchacha que ha peinado azabaches y llorado perlas
en el mundo; y todo se vuelve averiguaciones y acechos, y observa por
aquí y husmea por allí. La Condesa no se afana tanto y suele decir:
«Eso se la pasará»; pero yo conozco que no las tiene todas consigo.
He aquí la causa de que hayan querido apresurar el casamiento; pero
aquí viene lo de que Rumblarito es un perdido y un mala cabeza, y todo
proyecto se desbarata, y allá va el estira y afloja de las consultas:
«¿Padre, qué haremos? ¿Padre, qué no haremos?» A cuyo apremiante
cuestionar les contesto: «Calma, señoras mías, calma, que a mucha prisa
gran vagar. Que mi estrella querida Doña Inés es el _super omnia_
de la virtud, de la buena crianza, del recato, de la modestia, no
queda duda alguna, y capaz soy de decirlo en el púlpito si me pinchan
tanto así. Al mismo tiempo, tampoco puede dudarse que algo le hace
cosquillas en su pensamiento, que algo como triste recuerdo o vago
deseo la trae a mal traer, porque ¿cómo se explica aquel no hablar
en dos días, aquel suspirar tan tierno, con la añadidura de mirar al
suelo en ademán cogitabundo, sin que razones ni halagos, ni aun mis
chistes escogidos, ni mis cuentos entresacados del _Tesoro de los
dichos agudos_ la hagan pestañear?» Y oyendo estas prudentes razones,
la Marquesa se entristece, y me vuelve a consultar, y aquí viene lo
de: «Averígüelo el reverendo Salmón, que como tiene tanto arte para
el confesonario y es el mayor sacador de pecados que hemos conocido,
sabrá explorarla.» Entonces el Marqués añade: «Si por artes del demonio
esa muchacha durante el tiempo en que vivió lejos de nosotros tuvo el
mal gusto de enamoriscarse de algún cabrahigo de esas calles, ¿cómo es
posible que en su nueva posición no le haya olvidado?» Y yo, lleno de
celo por el reposo de tan ilustre familia, llamo a la niña, me la llevo
a un rinconcito de la casa o a uno de los cenadores del jardín, y le
tomo una mano, y se la acaricio, o le cuento dos cuentos, le digo tres
gracias y le doy una flor, y echando a correr con estas mis pesadas
piernazas, le digo: «A que no me cogéis», y ella vuela y me agarra
del hábito a los tres pasos, y con estos juegos preparo su ánimo para
la confesión de amigo, no de sacerdote, que de ella espero. Sentados
otra vez, le digo: «Niñita mía, flor de esta casa, retoñito temprano,
fresa de Abril, ¿queréis decirme cuál es la causa de esa melancolía?
Vamos a ver, acá para entre los dos, pues esto no ha de salir de mí.
Antes de que vuestro papá os recogiera, ¿amasteis a alguien?» Y al
oír esto, los ojos se le llenan de lágrimas, echa a correr, la sigo y
al poco trecho la veo parada, mirando al suelo y mordiendo la punta
del pañuelo. Vuelvo a mis preguntas y nada saco en limpio, lo cual
me desespera. Entonces la Marquesa y su hermano me preguntan si creo
conveniente que se rompa el trato hecho con la familia de D. Diego, a
lo cual les contesto: «Calma, señores: indagaremos primero si es cierto
lo que del mozalbete se cuenta. Yo me encargo de hacer diligencias,
pues varias veces le he visto entrar en cierta casa que frecuento, y
conozco un joven que a menudo le acompaña.» Nada, hijo mío, lo dicho,
dicho. Mañana vas allá y les cuentas todo lo que sabes _et quibusdam
aliis_, con lo cual mi encargo queda hecho y el Rumblar desmascarado.
Gran sorpresa me causó la relación del venerable mercenario, y
cuando me separé de él prometiéndole ir en su compañía al siguiente
día, quedeme pensando en las extrañas cosas que había oído, y muy
dudoso acerca de si había obrado cuerdamente al comprometerme en tan
arriesgada visita. Pero debo explicar las causas de mis dudas, así
como el estado de mi ánimo por aquellos días, pues algo hay que mis
lectores no deben ignorar, aunque les sean indiferentes las desdichas
de este su humilde servidor. El palacio de mi señora la Condesa (y
debo advertir que a la sazón vivían todos reunidos en el de la Cuesta
de la Vega), era un asilo infranqueable para mí. Desde mi vuelta de
Andalucía, ni por el pensamiento me pasó el poner allí los pies,
teniendo como tenía la seguridad de una expulsión ignominiosa cual la
de Córdoba. Entrar valiéndome de la astucia, habría sido, si posible,
infructuoso, pues la superchería o ficción de que me valiera, no
podrían durar sino hasta que la señora Amaranta me viese el rostro.
Frecuentemente iba a pasear de noche por los callejones que rodean el
palacio, y allá en lo alto del muro, la claridad de una ventana atraía
mis miradas. Falto de la imagen de su persona, aquel cuadro de débil
luz se me representaba como ella misma. Largas horas pasaba allí sin
más compañía que la imagen de piedra de María Santísima de la Almudena,
con quien en mi soledad entablaba místicos diálogos. Alumbrábame con
sus dos faroles y me miraba compasiva. Una noche, tanto miré al palacio
frontero a la Virgen, y con tanto arrobo contemplaba aquella ventana,
que me entraron tentaciones de dar a conocer mi presencia al habitante
del caserón que con semejante luz se alumbraba, habitante que, según
mi capricho, era Inés y no otro alguno. Resolvime a ello, y tomando
una chinita la arrojé contra los cristales: al poco rato se dibujó en
ellos una sombra; pero esta y la luz desaparecieron pronto. Repetí el
disparo a la noche siguiente, y catad la sombra otra vez. Pero cuando
esperaba ver abierta la ventana y oír una voz querida ceceando dulces y
temblorosas sílabas en el silencio de la noche, apareciose en el fondo
del callejón, y como saliendo de las cocheras del palacio, un grupo de
hombres en actitud hostil contra mi persona. Me puse en cobro a toda
prisa, y no volví más.
Pasó agosto, pasaron también septiembre y octubre, y aquellos noventa
días, depositándose unos tras otros como noventa capas de tierra
en el hoyo de mi existencia, iban sepultando ilusiones, alegrías,
sueños, porvenir. De improviso, la diferencia de jerarquía social
había puesto entre Inés y yo murallas inexpugnables, y para romper su
jaula no bastaban mis fuerzas, pues no era la nueva como aquella de
los Requejos, hecha de frágiles cañas y alambres, sino de fuertísimos
barrotes, más que el diamante duros.
Entonces comprendí claramente que yo no era nada, ni valía en el mundo
más que un grano de anís, y esta consideración, irritándome en sumo
grado, me infundía el mayor desprecio hacia mí mismo. ¿Por qué he
nacido como he nacido? me preguntaba; y según es fácil comprender, no
podía acertar con la contestación.
Y después decía: el espesor y fortaleza de estas paredes son tales,
que si toda mi vida la empleara en hacerme más sabio que Séneca, más
valiente que el Cid y más rico que los Fúcares, aun así no podría
romperlas. Sin embargo, tal rumbo pueden llevar las cosas, que venga un
día en que a los Fúcares no se les pida su ejecutoria para emparentar
con la nobleza. Pero vamos a ver, ¿cómo me las compondré para llegar
a ser rico? ¡Oh, miserable de mí! ¿Rico quien nada tiene? Es evidente
que no se pueden ganar dos sin tener uno... Pues estudiaré hasta que
pierda el seso, por ver si me hago sabio... o entraré formalmente en el
ejército, por ver si de soldado raso llego a general en estos revueltos
tiempos...
Y considerando esto, me golpeaba el cráneo, castigándole por su
estupidez y su tardanza en dar a luz felices pensamientos. Entre tanto,
la idea de la imposibilidad de mi dicha, de lo inútil de mis esfuerzos,
y de la inconmensurable pequeñez a que estaba reducido, iba labrando en
mi alma con tanta tenacidad, que bien pronto aquel laborioso gusanito
me minó de parte a parte, me socavó, llenó de agujeros los fundamentos
de mi entusiasmo y fe poderosa, y... ¡misericordia! todo yo caí al
suelo.
Las dificultades insuperables, la imposibilidad evidente de destruir,
con el solo auxilio de mis dedos, aquella montaña que Dios había
puesto en mi camino, me rendían de tal suerte, que me crucé de brazos,
hallándome incapaz para todo. Y desde la inmensa profundidad donde
me encontraba, decía, mirando el pedacito de cielo que difícilmente
percibía encima de mí: «¡Oh, cielo! ¡Cuán lejos te veo, y qué bajo
estoy, después que creí tocarte con mi mano! Pero, pues Dios ha
dispuesto mi caída, renuncio por ahora a estar cerca de ti, y me
arrastraré por estos oscuros fondajes, buscando un pedazo de pan
que comer, sin más objeto ni aspiración que dar a la bestia de mi
despreciable persona el forraje que diariamente necesita.»
Así dije; mas no recuerdo si empleé las mismas palabras.
¿Qué es el hombre sin ideal? Nada, absolutamente nada: cosa viva
entregada a las eventualidades de los seres extraños, y de que todo
depende, menos de sí misma; existencia que, como el vegetal, no puede
escoger en la extensión de lo creado el lugar que más le gusta, y ha
de vivir donde la casualidad quiso que brotara, sin iniciativa, sin
movimiento, sin deseo ni temor de ir a alguna parte; ser ignorante de
todos los caminos que llevan a mejor paraje, y para quien son iguales
todos los días, y lo mismo el ayer que el mañana. El hombre sin ideal
es como el mendigo cojo que, puesto en medio del camino, implora un
día y otro la limosna del pasajero. Todos pasan, unos alegres, otros
tristes, estos despacio, aquellos velozmente, y él, sin aspirar a
seguirlos, ocúpase tan solo del cuarto que le niegan o del desprecio
que le dan. Todos van y vienen, cuál para arriba, cuál para abajo,
y él se queda siempre, pues ni tiene piernas para andar, ni tampoco
deseos de ir más lejos. Es, pues, la vida un camino por donde mucha
y diversa gente transita, y sobre cuyos arrecifes y descansos se
encuentran también muchos que no andan: estos, según mi entender, son
los que no tienen ideal alguno en la tierra, así como aquellos son los
que lo tienen, y van tras él aprisa o con calma, aunque los más, antes
de llegar, suelen hacer alto en la posada de la muerte, donde por lo
pronto se acaban los viajes en este camino.
Pues bien: en aquellos tres meses yo lo había perdido todo, y me
encontraba tullido y con muletas en mitad del camino. La meditación,
la razón, la evidencia que tenía delante, mil poderosos estímulos, me
llevaron al siguiente resultado: renunciar completamente a Inés, si
no en mi corazón, en lo real de la vida. Era lo justo, lo lógico, lo
natural.
Y con esto queda dicho todo lo necesario para que se comprenda la
impresión vivísima que experimenté cuando el Padre Salmón quiso tan
impensadamente y por tan raros caminos llevarme en presencia de la
Condesa.
«Iré, y sea lo que Dios quiera», dije para mí, ocupándome en arreglar
el vestido que en tan solemne ocasión debía llevar sobre mi cuerpo.
¡Oh, infeliz de mí! Era el mes de noviembre, y no tenía más traje
decente que uno de verano, sutilísimo, a quien cuidaba más que si fuera
las telas de mi corazón, y me lo puse, con peligro de perecer helado,
que a tales desperfectos están expuestos los pobres. Aquello, a más de
incómodo, era ridículo; así es que al acostarme pedí fervorosamente a
Dios y a los santos que aclararan el día siguiente, haciéndolo como los
de mayo, templado y hermoso; pero los de arriba no me oyeron, o sin
duda juzgaron más atendibles las razones de los labradores, que pedían
agua y más agua.
Tomando algunas cosas que indispensables creía para la visita, salí a
la calle tiritando, encogido, hecho un ovillo y resguardando de los
canalones la limpieza de mi ropa; pero aun así no pude salvar sino una
pequeña parte de mi persona. Al fin, aprovechando los claros y alguno
que otro descanso de las llovedoras nubes, después de hacer varias
paradas y estaciones en los portales, llegué al convento, y juntándome
con Salmón, él muy festivo y yo más serio y pálido que si me llevaran a
ajusticiar, nos dirigimos al palacio de Amaranta.
Entramos primero en una habitación lujosísima del piso bajo, donde
encontramos al señor diplomático en poder de su peluquero, que le
arreglaba la cabeza con tenacillas, untos y menjurjes. Estaba el buen
Marqués en traje ligero y abigarrado, que daba risa, y oía con mucha
seriedad los donaires y chascarrillos del maestro, que era un redomado
tunante. No me reconoció Su Excelencia. Acercósele el fraile: hablaron
aparte cosas que no entendí, y después nos mandó subir, diciendo que
arriba estaba Amaranta con el Padre Castillo, revolviendo unos libros
que le habían traído. Subimos, pues, y sin tardanza nos introdujo un
paje. Al punto en que Amaranta se fijó en mí, púsose pálida y ceñuda,
demostrando la cólera que el verme allí le causaba. Pero como hábil
cortesana, la disimuló al instante y recibió a Salmón con bondad,
ordenándome a mí que me sentase junto a la gran copa de azófar que en
mitad de la sala había, de lo cual colijo que ella debió de comprender
el intenso frío que, a causa del rigor de la estación y de la
diafanidad de mis veraniegas ropas, me mortificaba.