La cual era aquella misma honrada mansión donde fui recogido, curado
y asistido en mi penosa enfermedad del mes de mayo, y vea el lector
cómo de manos a boca nos encontramos de nuevo en la dulce compañía del
Gran Capitán y de su esposa, y en alegre familiaridad con el Sr. de
Cuervatón, con Don Roque, con el lañador y respetable familia, con la
bordadora en fino y otras personas que, si no gozan en la historia de
celebridad apropiada a sus méritos y eminentes calidades, tendranla en
esta relación, mal que le pese a la ruin envidia, siempre empeñada en
rebajar los altos caracteres.
Desde mi vuelta de Andalucía, yo moraba en casa de D. Santiago
Fernández. Santorcaz no vivía ya allí, ni tampoco Juan de Dios, ni sus
antiguos patronos sabían de su paradero, pues habiendo salido cierto
día de agosto muy de mañana, hasta la fecha de lo que voy contando, que
era por noviembre, no había vuelto, lo cual hacía decir a Doña Gregoria:
--No puede _por menos_ sino que a ese bienaventurado Sr. de Arroiz le
ha sucedido alguna desgracia, como no se haya ido al cielo en cuerpo y
alma, que para eso estaba.
La casa (y aunque me parece que esto lo saben ustedes, no estará de más
repetirlo) era de esas que pueden llamarse mapa universal del género
humano, por ser un edificio compuesto de corredores, donde tenían su
puerta numerada multitud de habitaciones pequeñas para familias pobres.
A esto llamaban casas de Tócame Roque, no sé por qué. No lo indagaremos
por ahora, y sepan que, en aquellos días, el que hubiera entrado en
casa del Gran Capitán, habría visto a este en el centro de un animado
corrillo, donde estábamos hasta ocho personas, todos buenos españoles
o inflamados de patriótico afán por saber cómo iban las cosas de la
guerra; habría visto con cuánta diligencia y precipitación acudían
unos y otros en cuanto Fernández volvía de la oficina; habría visto
cómo amorosamente preparaba Doña Gregoria el sahumado brasero, para que
no se enfriara la concurrencia; cómo Fernández, golpeando la caja de
rapé, tomaba un polvo, sonábase mirando a todos por encima del pañuelo,
y luego se apresuraba a satisfacer la sed de su curiosidad en estos
términos:
--La cosa va mejor de lo que se creía, y lo de Lerín no fue tan
desgraciado como se nos quería pintar. Señores, hay que poner en
cuarentena lo que dicen los papeles impresos, porque los diaristas
no se cuidan más que de sorprender al público con noticiones; y como
ninguno de ellos sabe palotada de lo que llamamos el arte de la
guerra...
--Pues a mí me han dicho que lo de Lerín fue un desastre muy grande
--afirmó D. Roque--. ¡Bah! Si tenemos unos generales... De lo que
está pasando tienen ellos la culpa, y bien sabía yo que vendríamos a
parar a esto. Pues qué, si esos señores, en vez de estarse en Madrid
todo el mes de septiembre mordiéndose unos a otros; si en vez de estar
aquí diciéndose «yo soy mejor que tú», y disputándose el mando de los
Cuerpos como perros que riñen por un hueso; si en vez de esto, digo,
se hubieran marchado al Norte a perseguir al enemigo, ¿estarían los
franceses tan envalentonados?
--Tiene razón que le sobra por los tejados el Sr. D. Roque --dijo
la mujer del lañador--. Y yo, que no sé de guerra, le decía a mi
marido todas las noches cuando nos acostábamos: «Mira, Norberto, los
generales, en lugar de estar aquí y en Aranjuez, hablando mal unos de
otros y revolviéndolo todo con sus envidias y reconcomios, debieran
andar por toda esa tierra de Burgos y Rioja persiguiendo al francés.
Que si Llamas manda tal tropa; que si ya no la manda Llamas, sino
Pignatelli; que si Castaños se opone a que venga Cruz; que si Blake
quiere ser más que Cuesta, y Cuesta más que todos; que si Palafox manda
este Cuerpo; que si La Peña no quiere mandar el otro... en fin, cuando
después de la batalla de Bailén creímos vernos libres de franceses,
emperadores y reyes de copas, ahora salimos con que por estarse los
generales mano sobre mano en Madrid, al olorcillo de la Corte, y de los
obsequios, y de las fiestas, han dejado que los otros se arreglen bien
y tengan dispuesto todo para darnos un susto.»
--Ha hablado usted como un padre de la Iglesia, señora Doña María
Antonia --dijo con oficiosa exaltación Doña Melchora, la bordadora en
fino--. A mis niñas les dije yo eso mismo el mes pasado. ¿No es verdad,
Tulita; no es verdad, Rosarito? Sí, señores, esa es la pura verdad; y
lo que yo voy viendo es que desde que empezó la guerra; desde que hubo
aquella de venir los franceses y caer Godoy, nadie ha sabido acertar
más que nosotras, y cuando anunciábamos lo que iba a pasar, los hombres
graves se reían diciendo: «¿Qué entienden las mujeres de guerras ni de
historias?» Pues vean ahora si entendemos.
--Tiene razón Doña Melchora --dijo el señor de Cuervatón--. También se
reían de mí cuando anuncié lo que iba a pasar. Pero, señores, cuando
los de arriba pierden la chaveta, como ha pasado aquí, a los tontos y a
las mujeres corresponde el imperio del buen sentido.
--No obstante --dijo el Gran Capitán impaciente por poner el peso de su
autorizado dictamen en aquella contienda--, aún no se puede hablar mal
de esos valientes generales. Yo no les he explicado a ustedes todavía
el plan de campaña. Es preciso que ustedes se penetren bien de esto.
Las tropas que mandan Blake, Llamas, Castaños y Palafox, colocadas y
extendidas desde el Ebro hasta Burgos, forman un gran semicírculo.
Vienen los franceses: el semicírculo se cierra, convirtiéndose en
círculo, y aquí me tienen ustedes a mi emperador cogido en una ratonera.
--Pero, en resumidas cuentas, ¿viene o no viene? --preguntó Doña
Melchora.
--Yo creo que no --dijo el Gran Capitán, echándoselas de malicioso--.
Y tengo para mí que todo eso que dicen los papeles acerca de lo que
Napoleón leyó en el Senado, es pura invención. Como que hay quien dice
que Napoleón está muy enfermo de un tumor que le ha salido en el sobaco
izquierdo, y que ya le han sacramentado.
--¿Y usted es de los que dan crédito a los mil desatinos que cuentan
los patriotas? --exclamó D. Roque levantándose de su asiento--. Aquí
creen que se sale del paso contando mentiras y matando de calenturas o
alfombrilla a todos nuestros enemigos.
--Y qué, ¿soy hombre para tragar todas las bolas que cuentan
diariamente los papeles? --dijo el Gran Capitán, sin disimular el
desprecio que le merecía la prensa--. Vamos a ver, ¿qué saca usted
en limpio, Sr. D. Roque, de todas esas hojas que lee día y noche, y
que le van a volver loco, como al bueno de Don Quijote los libros de
caballería?
--Quédese cada uno en su sitio, y no se meta en los trigos ajenos
--repuso D. Roque, procurando contener su irascibilidad--, que así
como yo no me meto jamás en las honduras del arte de la guerra, que
no entiendo, así debe usted respetar las ciencias, que no están a su
alcance. ¡Qué sería de la sociedad sin papeles públicos! Aquí tengo
yo el _Semanario patriótico_ --añadió, sacando un voluminoso legajo
de uno de los luengos bolsillos de su levitón-- que es el mejor papel
que hasta ahora se ha escrito, y contiene cosas muy lindas, y en todo
lo que dice no parece sino que habla por boca de Aristóteles y Platón.
Desde que en el primer número vi aquello de _la opinión pública es
mucho más fuerte que la autoridad malquista y los ejércitos armados_,
les digo a ustedes francamente que el tal papelito me enamoró. Yo me
quito el garbanzo de la boca para ahorrar los 20 reales que me cuesta
cada trimestre; y ¿cómo no hacerlo, si este manjar del espíritu es
tan necesario a la vida como el alimento del cuerpo? Así es que los
miércoles por la noche no duermo, y todo es dar vueltas en la cama,
pensando en lo que traerá el _Semanario_ al siguiente día. Los jueves
son para mí días de delicia, y leyendo mi _Semanario_ olvídaseme el
comer y el beber, a más de todas mis penas y tristezas, que son muchas.
¡Y cómo trata las cuestiones! ¡Y con qué gracia le da a cada uno lo
que es suyo! ¡Y qué sal tiene para decirle a la Francia todas sus
picardías! ¿Pues y el paralelo que hace entre Bonaparte y Maximiliano
Robespierre? No pierde ripio para decir a todos las verdades, y a los
españoles les suele sacar los trapitos a la colada, como quien dice.
En fin, señores, me entusiasma tanto, que el otro día, no pudiendo
satisfacer mi deseo de conocer al autor de tan divino escrito, y
averiguado que lo es un tal Manolito Quintana, me fui derecho allá,
y abrazándole le dije: «Venga acá el extremo de toda discreción, el
resumen de la elocuencia y del buen decir, el dechado de la lengua
castellana, el azote de los tiranos, el heraldo del patriotismo y el
cisne de los derechos del hombre.» A lo cual me contestó que él cumplía
con su deber, y que agradecía tales alabanzas.
--¿Toda esa arenga le echó usted al buen autor del _Semanario
patriótico_? --preguntó el Gran Capitán--. Pues en verdad digo que si
la Junta oyera mis consejos, al punto mandaría suprimir ese y todos los
demás papeles. ¿Para qué se quieren papeles?
--Hombre irracional, ¿y cómo se difunden las luces, y se propaga la
buena doctrina, y se instruye a toda la gente del reino, chicos y
grandes? ¡Pues flojitas verdades trae el _Semanario patriótico_!...
Como todos dieran en leerlo con tanto fervor como yo, pronto se
remediarían los males de la nación. Y no hay que darle vueltas,
señores: lo que este dice es el Evangelio. ¿Quién podrá desmentir
aquello de _el tirano es un hombre que abusa de las fuerzas de la
sociedad, para someterla a sus pasiones propias, y así la tiranía no
es otra cosa que la injusticia apoyada en la violencia_? ¿Qué tal?
¿Pues y dónde me dejan ustedes aquello de los derechos _esenciales,
sagrados e imprescriptibles_ que corresponden al hombre, y que le
usurpa el pícaro del poder absoluto?... Nada, nada, Sr. D. Santiago,
amigo Cuervatón, señoras y señoritas: tengan ustedes presentes
estas palabras: «La violencia, la opresión, la credulidad, llegan
frecuentemente a adormecer a los pueblos, a fascinar su entendimiento,
a quebrantar en ellos los resortes de la naturaleza; pero cuando por
favorables circunstancias abren los ojos y oyen la voz de la razón;
cuando la necesidad les fuerza a salir de su letargo, entonces ven
que los pretendidos derechos de sus tiranos no son sino efectos de la
injusticia, de la fuerza o de la seducción; entonces es cuando las
naciones, acordándose de su dignidad, ven que ellas no se han sometido
a la autoridad sino para su bien, y que jamás han podido dar a nadie el
derecho irrevocable de hacerlas felices.»