Punteaba el día cuando el teniente Hormigón montó a caballo y abandonó
el festín, en cumplimiento de la orden recibida.
Iban, a la cabeza, él y Caracú, el sargento Caracú, correntino
veterano, indio fiero, agalludo, más temido que la lepra, el «lagarto»,
la raya y la palometa juntos--haciendo caso omiso de los tigres, de los
chanchos y de los mosquitos,--que son los bichos más temibles del Chaco.
Además, Caracú era un baqueano insuperable. Conocía la selva casi tan
bien como los tobas y los chiriguanos, porque la había recorrido en
casi todos sus recovecos unas veces persiguiendo a los indios, en su
carácter de policía, y otras veces persiguiendo a las policías en su
papel accidental de «rerubichá» toba o chiriguano.
Después de todo, buen gaucho. Caracú; guapo y alegre, ligero para el
cuchillo, para el trago y para «la uña» y ni aun lo de «la uña» era
ofensivo, en el medio.
Durante la primera media hora de tramo mulero, el teniente Hormigón
se mantuvo dignamente silencioso, guardando la orgullosa altivez que
corresponde a un oficial de «caballería». Pero pasada aquella, la
juventud triunfó y no pudo resistir al deseo de entablar conversación
con su subalterno. Al penetrar un rizado amplio que formaba una
estanzuela bastante bien poblada, preguntó:
--¿De quién es este campo?
--De quién es aura no sé, señor,--respondió maliciosamente el
sargento:--Un tiempo fué del guaicurú Añabe, que se lo robó al gallego
Rodríguez; y dispués jué del comisario Pintos, que se lo robó al
indio Añabe; y cuando Pintos dejó de ser comisario, se lo robaron los
alemanes del obraje grande... Aura no sé quién lo habrá robao, aura...
El teniente guardó silencio y siguieron andando. El sol, invisible,
se iba trepando por los quebrachos, y cuando se subió a la punta de
los más altos, escupió fuego. El teniente Hormigón, sintiendo sed, se
tanteó el flanco, buscando la cantimplora con «cognac de la habana», e
hizo un gesto de disgusto al notar que la había olvidado. Caracú, sin
perder un detalle, había observado, y sonrió.
El teniente Hormigón, un mozo alto, flacucho, de ojos vivos, de nariz
fina, de labios insolentes, era, en forma innata, «muy de caballería»,
pero le faltaba la práctica del oficio y debía, como todos, pagar la
chapetonada.
Caracú, después de sonreir, destapó su «chifle» y ofreciólo diciendo:
--Mi teniente, si usted está queriendo pegarle un trago...
Bebió el teniente y bebió el sargento. Y después el sargento preguntó:
--¿Se puede saber p'ande vamos, teniente?
--Para la misión.
--¿Cuála?
--Me parece que del fortín para dentro, en la costa del Pilcomayo no
hay más que una: la de los franciscanos.
--Disculpe, mi teniente; aquí en el Chaco hay muchas misiones...
prendalé otro buche... Tuitos tenemos nuestra misión. La policía
tiene la misión de guardar el orden, prendiendo a los indios que
s'escapan por no trabajar pa los alemanes, que pagan la policía. Los
jueces de paz tienen la misión de hacer justicia a quien los pague
mejor... Y claro que nunca es el hijo el páis el que paga mejor... Los
franciscanos tienen la misión de cevilizar a los indios, deslomándolos
a trabajo.
--Y civilizan,--arguyó el teniente.
--¡Dejuro, mi jefe!... Asigún los comentos, la Obrajera del Chaco tiene
más de siete millones de pesos ingleses de capital y los franciscanos,
arrimadito. ¡Calcule lo que se puede cevilizar con tuita esa moneda!...
Güeno; ¿pero sabe una cosa, mi teniente?
--¿Qué cosa?
--Que pa mi gusto, cuando se haiga lograo la completa civilización de
los indios...
--¿Qué?
--No v'haber ya ningún indio. Nos los habremos comido tuitos, salvajes,
a medio cevilizar o cevilizaos, como quien dice: ¡crudos, chamuscaos o
asaos a punto!... Velay, teniente... ¡Es la misión!...
Instruyéndose en el camino, y después de andar cincuenta leguas por las
boscosas pampas chaqueñas, el teniente y sus hombres llegaron a la
misión franciscana, cerca del Pilcomayo.
Allí le suministraron los datos necesarios para el cumplimiento de su
comisión, que consistía en adquirir veinte bueyes para el destacamento.
No fué tarea fácil, y el teniente debió emplear en ella cinco días
de fatigosas marchas; pero consiguió veinte bueyes, grandes, gordos,
mansos.
Y esa noche durmió tranquilo y satisfecho.
Y al día siguiente, cuando despertó, el desayuno que le sirvió su
asistente fué la noticia de que le habían robado los siete bueyes.
--No deben andar lejos,--dijo, y se puso al campearlos. Tarea inútil:
en el Chaco no se vuelve a encontrar nada de lo que se pierde. Al fin,
desesperado, envió al jefe una carta narrando lo ocurrido y rogando la
remisión del dinero necesario para adquirir otros veinte bueyes, dinero
que él se comprometía a pagar.
Pocos días después regresaba al chasque con la respuesta. El mayor,
sabiendo que Hormigón pertenecía a una familia muy rica no tuvo
inconveniente en mandarle el dinero, aunque, advirtiéndole que no lo
creía necesario. «En un país de tantos recursos como aquél, sólo un
maturrango o un recluta no sabía acomodarse.»
Meditó el teniente, leyó veinte veces la carta y como al fin, aunque
novicio, tenía una alma «muy de caballería», comprendió. Poco después
mandaba al jefe otro chasque con esta lacónica misiva:
«Señor jefe:
«De los veinte bueyes que nos robaron, ya hemos conseguido veintiocho;
los demás los andamos campeando.»