El Reloj de Catedral enmudece. Aún quedan en el aire las doce
campanadas, y espantan la cresta los gallos de las veletas. Se
consultan sobre los tejados los gatos, y asoman por las guardillas
bultos en camisa. Se ha vuelto loco el esquilón de las Madres. Por el
Arquillo cornea una punta de toros y los cabestros en fuga tolondrean
la cencerra. Estampidos de pólvora. Militares toques de cornetas. Un
tropel de monjas pelonas y encamisadas acude con voces y devociones
a la profanada puerta del convento. Por remotos rumbos ráfagas de
tiroteos. Revueltos caballos. Tumultos con asustados clamores.
Contrarias mareas del gentío. Los tigres, escapados de sus jaulones,
rampan con encendidos ojos por los esquinales de las casas. Por un
terradillo blanco de luna, dos sombras fugitivas arrastran un piano
negro. A su espalda, la bocana del escotillón vierte borbotones de
humo entre lenguas rojas. Con las ropas incendiadas, las dos sombras,
cogidas de la mano, van en un correr por el brocal del terradillo,
se arrojan a la calle cogidas de la mano. Y la luna, puesta la venda
de una nube, juega con las estrellas a la gallina ciega, sobre la
revolucionada Santa Fe de Tierra Firme.