--¡Chac! ¡Chac!
Tenía una verde senectud la mueca humorística de la momia indiana.
El Doctor Polaco sacó del fraque la vara mágica, forjada de siete
metales, y con ella tocó los párpados de Lupita: Finalizó con una gran
cortesía, saludando con la vara mágica. Entre suspiros, enajenose
la daifa. Veguillas, arrodillado en un rincón, esperaba el milagro:
Iba a resplandecer la luz de su inocencia: Lupita y el farandul le
apasionaban en aquel momento con un encanto de folletín sagrado:
Oscuramente, de aquellos misterios, esperaba volver a la gracia del
Tirano. Se estremeció. La mueca verde mordía la herrumbre del silencio:
--¡Chac! ¡Chac! Va usted a servirse repetir, punto por punto, como creo
haberle indicado, las experiencias que la noche de ayer realizó con la
niña de autos.
--Señor Presidente, tres formas adscritas al tiempo adopta la visión
telepática. Pasado, Actual, Futuro. Este triple fenómeno rara vez se
completa en un médium. Aparece disperso. En la Señorita Guadalupe, la
potencialidad telepática no alcanza fuera del círculo del Presente.
Pasado y Venidero son para ella puertas selladas. Y dentro del fenómeno
de su visión telepática, el ayer más próximo es un remoto pretérito.
Esta Señorita está imposibilitada, absolutamente, para repetir una
anterior experiencia. ¡Absolutamente! Esta Señorita es un médium
poco desenvuelto: ¡Un diamante sin lapidario! El Señor Presidente me
tiene a sus órdenes para ofrecerle un programa selecto de experiencia
similares, en lo posible.
La acerba mueca llenaba de arrugas la máscara del Tirano:
--Señor Doctor, no se raje para dar satisfacción al deseo que le tengo
manifestado. Quiero que una por una repita todas las experiencias de
anoche en el lenocinio.
--Señor Presidente, solo puedo repetir experimentos parejos. La
Señorita Médium no logra la mirada retrospectiva. Es una vidente muy
limitada. Puede llegar a leer el pensamiento, presenciar un suceso
lejano, adivinar un número en el cual se sirva pensar el Señor
Presidente.
--¿Y con tantos méritos de perro sabio se prostituye en una casa de
trato?
--La gran neurosis histérica de la ciencia moderna podría explicarlo.
Señorita, el Señor Presidente se dignará elegir un número con el
pensamiento. Va usted a tomarle la mano y a decirlo en voz alta, que
todos lo oigamos. Voz alta y muy clara, Señorita Médium.
--¡Siete!
--Como siete puñales.
Gimió en su destierro Nachito:
--¡Con ese juego ilusorio me adivinaste ayer el pensamiento!
Tirano Banderas se volvió, avinagrado y humorístico:
--¿Por qué visita los malos lugares, mi viejo?
--Patroncito, hasta en música está puesto que el hombre es frágil.
El Tirano, recogiéndose en su gesto soturno clavó los ojos con suspicaz
insistencia en la pendejuela del trato. Desmayada en la silla, se le
soltaban los peines y el moño se le desbarata en una cobra negra.
Tirano Banderas se metió en la rueda de compadres:
--De chamacos hemos visto estos milagros por dos reales. Tantos
diplomas, tantas bandas y tan poca suficiencia. Se me está usted
antojando un impostor, y voy a dar órdenes para que le afeiten en seco
la melena de sabio alemán. No tiene usted derecho a llevarla.
--Señor Presidente, soy un extranjero acogido en su exilio bajo la
bandera de esta noble República. Enseño la verdad al pueblo, y le
aparto del positivismo materialista. Con mis cortas experiencias,
adquiere el proletariado la noción tangible de un mundo sobrenatural.
¡La vida del pueblo se ennoblece cuando se inclina sobre el abismo del
misterio!
--Don Cruz, por lo lindo que platica le hará no más la rasura de media
cabeza.
El Tirano remejía su mueca con avinagrado humorismo, mirando al fámulo
rapista, que le presentaba un bodrio peludo, suspendido en el prieto
racimo de los dedos.
--¡Es peluca, patrón!
V
La niña del trato se despertaba suspirante, salía a las fronteras del
mundo con lívido pasmo, y en el pináculo de la escalerilla, la momia
indiana apuntaba su catalejo sobre la ciudad. El guiño desorbitado de
las luminarias brizaba clamorosos tumultos de pólvoras, incendios y
campanas, con apremiantes toques de cornetas militares:
--¡Chac! ¡Chac! ¡Zafarrancho tenemos! Don Cruz, andate a disponerme los
arreos militares.
El guaita de la torre ha desclavado su bayoneta de la luna, y dispara
el fusil en la oscuridad poblada de alarmas. El Reloj de Catedral
difunde la rueda sonora de sus doce campanadas, y sobre la escalerilla
dicta órdenes el Tirano:
--Mayor del Valle, tome usted algunos hombres, explore el campo y
observe por qué cuarteles se ha pronunciado el tiroteo.
Cuando el Mayor del Valle salía por la puerta, entraba el fámulo, que,
abiertos los brazos, con pinturera morisqueta, portaba en bandeja el
uniforme, cruzado con la matona de su Generalito Banderas. Se han
dado de bruces, y rueda estruendosa la matona. El Tirano, chillón y
colérico, encismado, batió con el pie, haciendo temblar escalerilla y
catalejo.
--¡Sofregados, ninguno la mueva! ¡Vaya un augurio! ¿Qué enigma descifra
usted, Señor Doctor Mágico?
El farandul, con nitidez estática, vio la sala iluminada, el susto de
los rostros, la torva superstición del Tirano. Saludó:
--En estas circunstancias, no me es posible formular un oráculo.
--¿Y esta joven honesta, que otras veces ha mostrado tan buena vista,
no puede darnos referencia, en cuanto al tumulto de Santa Fe? Señor
Doctor, sírvase usted dormir e interrogar a la Señorita Médium. Yo paso
a vestirme el uniforme. ¡Que ninguno toque mi espada!
Un levantado son de armas rodaba por los claustros luneros, retenes de
tropas acudían a redoblar las guardias. La morocha del trato suspira
bajo los pases magnéticos del pelón farandul, vuelto el blanco de los
ojos sobre el misterio:
--¿Qué ve usted, señorita Médium?