II

Tirano Banderas dejó su pináculo, y metiéndose en el círculo de

valedores y compadres, sacó de una oreja al Licenciado Veguillas:

--Vamos a oír por última vez su concierto batracio. ¿Cómo tiene la

gola? ¿Quiere aclararse la voz con algún gargarismo?

En torno, adulando la befa, reía la trinca, asustada, complaciente y

ramplona. Aleló Nachito:

--¿Qué limpieza de notas se le puede pedir a un presunto cadáver?

--Hace mal rehusando amansar con la música a sus jueces. Señores,

este amigo entrañable aparece como reo de traición, y de no haberse

descubierto su complicidad, pudo fregarles a todos ustedes. Recordarán

cómo en la noche de ayer, actuando en el seno de la confianza, les

declaré el propósito justiciero en que estaba con respecto a las

subversiones del Coronel Domiciano de la Gándara. Fuera de este

recinto han sido divulgadas las palabras que profirió en el seno

de la amistad Santos Banderas. Ustedes van a instruirme en cuanto

a la pena que corresponde a este divulgador de mis secretos. Han

sido citados los testigos de su defensa, y si lo autorizan, se les

hará comparecer y oirán sus descargos. Según tiene manifestado, una

mundana con sonambulismo le adivinó el pensamiento. Con antelación,

esta niña había estado sometida a los pases magnéticos de un cierto

Doctor Polaco. ¡Estamos en un folletín de Alejandro Dumas! Ese Doctor,

que magnetiza y desenvuelve la visión profética en las niñas de los

congales, es un descendiente venido a menos de José Bálsamo. ¿Se

recuerdan ustedes la novela? Un folletín muy interesante. ¡Lo estamos

viviendo! ¡El Licenciadito Veguillas, observen no más, émulo del genial

mulato! Merito va a decirnos adónde emigraba en compañía del rebelde

Coronel Domiciano de la Gándara.

Hipaba Nachito:

--Pues no más que salíamos platicando de un establecimiento.

--¿Los dos briagos?

--¡Patroncito, dimanante de las ferias, es una pura farra toda Santa

Fe! Pues no más aquel macaneador, tal como íbamos, da una espantada y

se mete por una puerta, que merito merito la abría un encamisado. Y en

el atolondro, yo metí detrás las orejas como un guanaco.

--¿Puede manifestarnos el establecimiento donde se habían juntado para

la farra?

--Mi Generalito, no me sonroje, que es un lugar muy profano para

nombrarlo en esta Sala de Audiencia. Ante su noble figura patricia, mi

cara se cubre de vergüenza.

--Conteste a la pregunta. ¿En qué crápula se halló con el Coronel

de la Gándara y qué confidencias tuvieron en ese presunto lugar?

Licenciadito, usted conocía la orden de arresto, y con alguna palabra

pronunciada durante la embriaguez, puso en sospecha al fugado.

--¿Mi lealtad de tantos años no me acredita?

--Pudo ser un acto irreflexivo, pero el estado de alcoholismo no es

atenuante en el Tribunal de Santos Banderas. Usted es un briago que se

pasa las noches de farra en los lenocinios. Sepa que todos sus pasos

los conoce Santos Banderas. Le antepongo que solamente con la verdad

podrá desenojarme. Licenciadito, quiero tenderle una mano y sacarle de

la ciénaga donde cornea atorado, porque el delito de traición apareja

una penalidad muy severa en nuestros Códigos.

--Señor Presidente, hay enredos en la vida que sobrecogen y hacen

cavilar, enredos que son una novela. La noche de autos he visitado a

una gatita que lee los pensamientos.

--¿Y una gatita con tanta ciencia está en un lenocinio para que usted

la festeje?

--Pues la pasada noche así sucedió en lo de Cucarachita. Quiero

declararlo todo y desahogar mi conciencia. Estábamos los dos pecando.

¡Noche de Difuntos era la de ayer, Generalito! Valedores, por mi honor

lo garanto, aquella morocha tenía un cirio bendito desvelándole los

misterios. ¡Leía los pensamientos!

--Licenciadito, esas son quimeras alcohólicas, pues la pasada noche

se hallaba usted totalmente briago cuando entró con la chinita. Me

ha sido usted traidor, divulgando mis secretos en vitando comercio

con una mundana, y por primera providencia, para templar esa carne

tan ardorosa, le está indicado el cepo. Licenciadito, reléguese a un

rincón, arrodíllese y procure elevar el pensamiento al Ser Supremo.

Estos amigos dilectos van a juzgarle, y de sus deliberaciones puede

salirle una sentencia de muerte. Licenciadito, van a comparecer

los testigos que ha nominado en su defensa, y si le favorecen sus

declaraciones, será para mí de sumo beneplácito. Señor Coronel López

de Salamanca, luego luego, ejecute las diligencias para que acudan a

esclarecernos la niña mundana y el Doctor Polaco.

Tirano Banderas: Novela de tierra caliente · 第 166 / 179 题