Tirano Banderas dejó su pináculo, y metiéndose en el círculo de
valedores y compadres, sacó de una oreja al Licenciado Veguillas:
--Vamos a oír por última vez su concierto batracio. ¿Cómo tiene la
gola? ¿Quiere aclararse la voz con algún gargarismo?
En torno, adulando la befa, reía la trinca, asustada, complaciente y
ramplona. Aleló Nachito:
--¿Qué limpieza de notas se le puede pedir a un presunto cadáver?
--Hace mal rehusando amansar con la música a sus jueces. Señores,
este amigo entrañable aparece como reo de traición, y de no haberse
descubierto su complicidad, pudo fregarles a todos ustedes. Recordarán
cómo en la noche de ayer, actuando en el seno de la confianza, les
declaré el propósito justiciero en que estaba con respecto a las
subversiones del Coronel Domiciano de la Gándara. Fuera de este
recinto han sido divulgadas las palabras que profirió en el seno
de la amistad Santos Banderas. Ustedes van a instruirme en cuanto
a la pena que corresponde a este divulgador de mis secretos. Han
sido citados los testigos de su defensa, y si lo autorizan, se les
hará comparecer y oirán sus descargos. Según tiene manifestado, una
mundana con sonambulismo le adivinó el pensamiento. Con antelación,
esta niña había estado sometida a los pases magnéticos de un cierto
Doctor Polaco. ¡Estamos en un folletín de Alejandro Dumas! Ese Doctor,
que magnetiza y desenvuelve la visión profética en las niñas de los
congales, es un descendiente venido a menos de José Bálsamo. ¿Se
recuerdan ustedes la novela? Un folletín muy interesante. ¡Lo estamos
viviendo! ¡El Licenciadito Veguillas, observen no más, émulo del genial
mulato! Merito va a decirnos adónde emigraba en compañía del rebelde
Coronel Domiciano de la Gándara.
Hipaba Nachito:
--Pues no más que salíamos platicando de un establecimiento.
--¿Los dos briagos?
--¡Patroncito, dimanante de las ferias, es una pura farra toda Santa
Fe! Pues no más aquel macaneador, tal como íbamos, da una espantada y
se mete por una puerta, que merito merito la abría un encamisado. Y en
el atolondro, yo metí detrás las orejas como un guanaco.
--¿Puede manifestarnos el establecimiento donde se habían juntado para
la farra?
--Mi Generalito, no me sonroje, que es un lugar muy profano para
nombrarlo en esta Sala de Audiencia. Ante su noble figura patricia, mi
cara se cubre de vergüenza.
--Conteste a la pregunta. ¿En qué crápula se halló con el Coronel
de la Gándara y qué confidencias tuvieron en ese presunto lugar?
Licenciadito, usted conocía la orden de arresto, y con alguna palabra
pronunciada durante la embriaguez, puso en sospecha al fugado.
--¿Mi lealtad de tantos años no me acredita?
--Pudo ser un acto irreflexivo, pero el estado de alcoholismo no es
atenuante en el Tribunal de Santos Banderas. Usted es un briago que se
pasa las noches de farra en los lenocinios. Sepa que todos sus pasos
los conoce Santos Banderas. Le antepongo que solamente con la verdad
podrá desenojarme. Licenciadito, quiero tenderle una mano y sacarle de
la ciénaga donde cornea atorado, porque el delito de traición apareja
una penalidad muy severa en nuestros Códigos.
--Señor Presidente, hay enredos en la vida que sobrecogen y hacen
cavilar, enredos que son una novela. La noche de autos he visitado a
una gatita que lee los pensamientos.
--¿Y una gatita con tanta ciencia está en un lenocinio para que usted
la festeje?
--Pues la pasada noche así sucedió en lo de Cucarachita. Quiero
declararlo todo y desahogar mi conciencia. Estábamos los dos pecando.
¡Noche de Difuntos era la de ayer, Generalito! Valedores, por mi honor
lo garanto, aquella morocha tenía un cirio bendito desvelándole los
misterios. ¡Leía los pensamientos!
--Licenciadito, esas son quimeras alcohólicas, pues la pasada noche
se hallaba usted totalmente briago cuando entró con la chinita. Me
ha sido usted traidor, divulgando mis secretos en vitando comercio
con una mundana, y por primera providencia, para templar esa carne
tan ardorosa, le está indicado el cepo. Licenciadito, reléguese a un
rincón, arrodíllese y procure elevar el pensamiento al Ser Supremo.
Estos amigos dilectos van a juzgarle, y de sus deliberaciones puede
salirle una sentencia de muerte. Licenciadito, van a comparecer
los testigos que ha nominado en su defensa, y si le favorecen sus
declaraciones, será para mí de sumo beneplácito. Señor Coronel López
de Salamanca, luego luego, ejecute las diligencias para que acudan a
esclarecernos la niña mundana y el Doctor Polaco.