Llegaban ecos de la verbena. Bailaban en ringla las cuerdas de
farolillos, a lo largo de la calle. Al final giraba la rueda de un
tiovivo. Su grito luminoso, histérico, estridente, hipnotizaba a los
gatos sobre el borde de los aleros. La calle tenía súbitos guiños,
concertados con el rumor y los ejercicios acrobáticos del viento en las
cuerdas de farolillos. A lo lejos, sobre la bruma de estrellas, calcaba
el negro perfil de su arquitectura, San Martín de los Mostenses.