Don Roque Cepeda convocaba en torno de su hamaca un grupo atento a
las lecciones de ilusionada esperanza que vertía con apagado murmullo
y clara sonrisa seráfica. Don Roque era profundamente religioso, con
una religión forjada de intuiciones místicas y máximas indostánicas:
Vivía en un pasmo ardiente, y su peregrinación por los caminos del
mundo se le aparecía colmada de obligaciones arcanas, ineludibles como
las órbitas estelares: Adepto de las doctrinas teosóficas, buscaba
en la íntima hondura de su conciencia un enlace con la conciencia
del Universo: La responsabilidad eterna de las acciones humanas le
asombraba con el vasto soplo de un aliento divino. Para Don Roque los
hombres eran ángeles desterrados: Reos de un crimen celeste indultaban
su culpa teologal por los caminos del tiempo, que son los caminos del
mundo. Las humanas vidas con todos sus pasos, con todas sus horas,
promovían resonancias eternas que sellaba la muerte con un círculo de
infinitas responsabilidades. Las almas, al despojarse de la envoltura
terrenal, actuaban su pasado mundano en límpida y hermética visión de
conciencias puras. Y este círculo de eterna contemplación --gozoso o
doloroso--era el fin inmóvil de los destinos humanos, y la redención
del ángel en destierro. La peregrinación por el limo de las formas,
sellaba un número sagrado. Cada vida, la más humilde, era creadora de
un mundo, y al pasar bajo el arco de la muerte, la conciencia cíclica
de esta creación se posesionaba del alma, y el alma, prisionera en
su centro, devenía contemplativa y extática. Don Roque era varón de
muy varias y desconcertantes lecturas, que por el sendero teosófico
lindaban con la cábala, el ocultismo y la filosofía alejandrina. Andaba
sobre los cincuenta años. Las cejas, muy negras, ponían un trazo de
austera energía bajo la frente ancha, pulida calva de santo románico.
El cuerpo mostraba la firme estructura del esqueleto, la fortaleza
dramática del olivo y de la vid. Su predicación revolucionaria tenía
una luz de sendero matinal y sagrado.