Un preso, que leía tendido en su hamaca, sacó a luz, de nuevo, el libro
que había ocultado. De la hamaca vecina le interrogó la sombra de Don
Roque Cepeda:
--¿Siempre con las Evasiones Célebres?
--Hay que estudiar los clásicos.
--¡Mucho le intriga esa lectura! ¿Sueña usted con evadirse?
--Pues quién sabe.
--¡Ya estaría bueno, podérsela jugar al Coronelito Pata de Palo!
Cerró el libro con un suspiro el que leía:
--No hay que pensarlo. Posiblemente a usted y a mí nos fusilan esta
tarde.
Denegó con ardiente convicción Don Roque:
--A usted, no sé... Pero yo estoy seguro de ver el triunfo de la
Revolución. Acaso más tarde me cueste la vida. Acaso. Se cumple siempre
el Destino.
--Indudablemente. ¿Pero usted conoce su Destino?
--Mi fin no está en Santa Mónica. Tengo encima el medio siglo, aún no
hice nada, he sido un soñador y forzosamente debo regenerarme actuando
en la vida del pueblo, y moriré después de haberle regenerado.
Hablaba con esa luz fervorosa de los agonizantes, confortados por la fe
de una vida futura, cuando reciben la Eucaristía. Su cabeza tostada de
santo campesino erguíase sobre la almohada como en una resurrección,
y todo el bulto de su figura exprimíase bajo el sabanil como bajo un
sudario. El otro prisionero le miró con amistosa expresión de burla y
duda:
--¡Quisiera tener su fe, Don Roque! Pero me temo que nos fusilen juntos
en Foso-Palmitos.
--Mi destino es otro. Y usted déjese de cavilaciones lúgubres y siga
soñando con evadirse.
--Somos muy opuestos. Usted, pasivamente, espera que una fuerza
desconocida le abra las rejas. Yo hago planes para fugarme y trabajo en
ello sin echar de la imaginación el presentimiento de mi fin próximo. A
lo más hondo esta idea me trabaja, y solamente, por no capitular, sigo
el acecho de una ocasión que no espero.
--El Destino se vence si para combatirle sabemos reunir nuestras
fuerzas espirituales. En nosotros existen fuerzas latentes,
potencialidades que desconocemos. Para el estado de conciencia en que
usted se halla, yo le recomendaría otra lectura más espiritual que esas
Evasiones Célebres. Voy a procurarle El Sendero Teosófico: Le abrirá
horizontes desconocidos.
--Recién le platicaba que somos muy opuestos. Las complejidades de sus
autores me dejan frío. Será que no tengo espíritu religioso. Eso debe
ser. Para mí todo acaba en Foso-Palmitos.
--Pues reconociéndose tan carente de espíritu religioso, usted será
siempre un revolucionario muy mediocre. Hay que considerar la vida como
una simiente sagrada que se nos da para que la hagamos fructificar en
beneficio de todos los hombres. El revolucionario es un vidente.
--Hasta ahí llego.
--¿Y de quién recibimos esta existencia que tiene un sentido
determinado? ¿Quién la sella con esa obligación? ¿Podemos impunemente
traicionarla? ¿Concibe usted que no haya una sanción?
--¿Después de la muerte?
--Después de la muerte.
--Esas preguntas, yo me abstengo de resolverlas.
--Acaso porque no se las formula con bastante ahínco.
--Acaso.
--¿Y el enigma, tampoco le anonada?
--Procuro olvidarlo.
--¿Y puede?
--He podido.
--¿Y al presente?
--La cárcel siempre es contagiosa... Y si continúa usted platicándome
como lo hace, acabará por hacerme rezar un Credo.
--Si le enoja dejaré el tema.
--Don Roque, sus enseñanzas no pueden serme sino muy gratas. Pero entre
flores tan doctas me ha puesto usted un rejón que aún me escuece. ¿Por
qué juzga que mi actuación revolucionaria será siempre mediocre? ¿Qué
relaciones establece usted entre la conciencia religiosa y los ideales
políticos?
--¡Mi viejo, son la misma cosa!
--¿La misma cosa? Podrá ser. Yo no lo veo.
--Hágase usted más meditativo y comprenderá muchas verdades que solo
así le serán reveladas.
--Cada persona es un mundo, y nosotros dos somos muy diversos. Don
Roque, usted vuela muy remontado, y yo camino por los suelos, pero
el calificativo que me ha puesto de mediocre revolucionario es una
ofuscación que usted padece. La religión es ajena a nuestras luchas
políticas.
--A ninguno de nuestros actos puede ser ajena la intuición de
eternidad. Solamente los hombres que alumbran todos sus pasos con esa
antorcha logran el culto de la Historia. La intuición de eternidad
trascendida es la conciencia religiosa: Y en nuestro ideario, la piedra
angular, la redención del indio, es un sentimiento fundamentalmente
cristiano.
--Libertad, Igualdad, Fraternidad, me parece que fueron los tópicos
de la Revolución Francesa. Don Roque, somos muy buenos amigos, pero
sin poder entendernos. ¿No predicó el ateísmo la Revolución Francesa?
Marat, Danton, Robespierre...
--Espíritus profundamente religiosos, aun cuando lo ignorasen algunas
veces.
--¡Santa ignorancia! Don Roque, concédame usted esa categoría para
sacarme el rejón que me ha puesto.
--No me guarde rencor, se la concedo.
Se dieron la mano, y par a par en las hamacas, quedaron un buen espacio
silenciosos. En el fondo de la cuadra, entre un grupo de prisioneros,
seguía perorando el Doctor Sánchez Ocaña. El gárrulo fluir de tropos
y metáforas resaltaba su frío amaneramiento en el ambiente pesado de
sudor, aguardiente y tabaco del calabozo número tres.