II

Un preso, que leía tendido en su hamaca, sacó a luz, de nuevo, el libro

que había ocultado. De la hamaca vecina le interrogó la sombra de Don

Roque Cepeda:

--¿Siempre con las Evasiones Célebres?

--Hay que estudiar los clásicos.

--¡Mucho le intriga esa lectura! ¿Sueña usted con evadirse?

--Pues quién sabe.

--¡Ya estaría bueno, podérsela jugar al Coronelito Pata de Palo!

Cerró el libro con un suspiro el que leía:

--No hay que pensarlo. Posiblemente a usted y a mí nos fusilan esta

tarde.

Denegó con ardiente convicción Don Roque:

--A usted, no sé... Pero yo estoy seguro de ver el triunfo de la

Revolución. Acaso más tarde me cueste la vida. Acaso. Se cumple siempre

el Destino.

--Indudablemente. ¿Pero usted conoce su Destino?

--Mi fin no está en Santa Mónica. Tengo encima el medio siglo, aún no

hice nada, he sido un soñador y forzosamente debo regenerarme actuando

en la vida del pueblo, y moriré después de haberle regenerado.

Hablaba con esa luz fervorosa de los agonizantes, confortados por la fe

de una vida futura, cuando reciben la Eucaristía. Su cabeza tostada de

santo campesino erguíase sobre la almohada como en una resurrección,

y todo el bulto de su figura exprimíase bajo el sabanil como bajo un

sudario. El otro prisionero le miró con amistosa expresión de burla y

duda:

--¡Quisiera tener su fe, Don Roque! Pero me temo que nos fusilen juntos

en Foso-Palmitos.

--Mi destino es otro. Y usted déjese de cavilaciones lúgubres y siga

soñando con evadirse.

--Somos muy opuestos. Usted, pasivamente, espera que una fuerza

desconocida le abra las rejas. Yo hago planes para fugarme y trabajo en

ello sin echar de la imaginación el presentimiento de mi fin próximo. A

lo más hondo esta idea me trabaja, y solamente, por no capitular, sigo

el acecho de una ocasión que no espero.

--El Destino se vence si para combatirle sabemos reunir nuestras

fuerzas espirituales. En nosotros existen fuerzas latentes,

potencialidades que desconocemos. Para el estado de conciencia en que

usted se halla, yo le recomendaría otra lectura más espiritual que esas

Evasiones Célebres. Voy a procurarle El Sendero Teosófico: Le abrirá

horizontes desconocidos.

--Recién le platicaba que somos muy opuestos. Las complejidades de sus

autores me dejan frío. Será que no tengo espíritu religioso. Eso debe

ser. Para mí todo acaba en Foso-Palmitos.

--Pues reconociéndose tan carente de espíritu religioso, usted será

siempre un revolucionario muy mediocre. Hay que considerar la vida como

una simiente sagrada que se nos da para que la hagamos fructificar en

beneficio de todos los hombres. El revolucionario es un vidente.

--Hasta ahí llego.

--¿Y de quién recibimos esta existencia que tiene un sentido

determinado? ¿Quién la sella con esa obligación? ¿Podemos impunemente

traicionarla? ¿Concibe usted que no haya una sanción?

--¿Después de la muerte?

--Después de la muerte.

--Esas preguntas, yo me abstengo de resolverlas.

--Acaso porque no se las formula con bastante ahínco.

--Acaso.

--¿Y el enigma, tampoco le anonada?

--Procuro olvidarlo.

--¿Y puede?

--He podido.

--¿Y al presente?

--La cárcel siempre es contagiosa... Y si continúa usted platicándome

como lo hace, acabará por hacerme rezar un Credo.

--Si le enoja dejaré el tema.

--Don Roque, sus enseñanzas no pueden serme sino muy gratas. Pero entre

flores tan doctas me ha puesto usted un rejón que aún me escuece. ¿Por

qué juzga que mi actuación revolucionaria será siempre mediocre? ¿Qué

relaciones establece usted entre la conciencia religiosa y los ideales

políticos?

--¡Mi viejo, son la misma cosa!

--¿La misma cosa? Podrá ser. Yo no lo veo.

--Hágase usted más meditativo y comprenderá muchas verdades que solo

así le serán reveladas.

--Cada persona es un mundo, y nosotros dos somos muy diversos. Don

Roque, usted vuela muy remontado, y yo camino por los suelos, pero

el calificativo que me ha puesto de mediocre revolucionario es una

ofuscación que usted padece. La religión es ajena a nuestras luchas

políticas.

--A ninguno de nuestros actos puede ser ajena la intuición de

eternidad. Solamente los hombres que alumbran todos sus pasos con esa

antorcha logran el culto de la Historia. La intuición de eternidad

trascendida es la conciencia religiosa: Y en nuestro ideario, la piedra

angular, la redención del indio, es un sentimiento fundamentalmente

cristiano.

--Libertad, Igualdad, Fraternidad, me parece que fueron los tópicos

de la Revolución Francesa. Don Roque, somos muy buenos amigos, pero

sin poder entendernos. ¿No predicó el ateísmo la Revolución Francesa?

Marat, Danton, Robespierre...

--Espíritus profundamente religiosos, aun cuando lo ignorasen algunas

veces.

--¡Santa ignorancia! Don Roque, concédame usted esa categoría para

sacarme el rejón que me ha puesto.

--No me guarde rencor, se la concedo.

Se dieron la mano, y par a par en las hamacas, quedaron un buen espacio

silenciosos. En el fondo de la cuadra, entre un grupo de prisioneros,

seguía perorando el Doctor Sánchez Ocaña. El gárrulo fluir de tropos

y metáforas resaltaba su frío amaneramiento en el ambiente pesado de

sudor, aguardiente y tabaco del calabozo número tres.

Tirano Banderas: Novela de tierra caliente · 第 128 / 179 题