El honrado gachupín cavilaba, ladino, si podía sobrevenirle algún daño:
Temía enredar la madeja y descubrir el trueque de la prenda. El Coronel
Licenciado le miraba muy atento, la sonrisa suspicaz y burlona, el
gesto infalible de zahorí policial. El empeñista acobardose y, entre
sí, maldijo de Melquíades:
--En el libro comercial se pone siempre alguna indicación: Lo
consultaré. No respondo de que mi dependiente haya cumplido esa
diligencia: Es un cabroncito poco práctico, recién arribado de la madre
patria.
El jefe de Policía se apoyó en la mesa, inclinando el busto hacia el
honrado gachupín:
--Lamentaría que se le originase un multazo por la negligencia del
dependiente.
Disimuló su enojo el empeñista:
--Señor Coronelito, supuesta la omisión, no faltarán medios de operar
con buen resultado a sus agentes. La chinita vive con un roto que
alguna vez visitó mi establecimiento, y por seguro que usted tiene su
filiación, pues no actuó siempre como ciudadano pacífico. Es uno de los
plateados que se acogieron a indulto tiempos atrás, cuando se pactó
con los jefes, reconociéndoles grados en el Ejército. Recién disimula
trabajando en su oficio de alfarero.
--¿El nombre del sujeto, no lo sabe usted?
--Acaso lo recuerde más tarde.
--¿Las señas personales?
--Una cicatriz en la cara.
--¿No será Zacarías el Cruzado?
--Temo dar un falso reseñamiento, pero me inclino sobre esa sospecha.
--Señor Peredita, son muy valorizables sus aportaciones, y le felicito
nuevamente. Creo que estamos sobre los hilos. Puede usted retirarse,
Señor Pereda.
Insinuó el gachupín:
--¿La tumbaguita?
--Hay que unirla al atestado.
--¿Perderé los nueve soles?
--¡Qué chance! Usted entabla recurso a la Corte de Justicia. Es el
trámite, pero indudablemente le será reconocido el derecho a ser
indemnizado. Entable usted recurso. ¡Señor Peredita, nos vemos!
El Inspector de Policía tocó el timbre. Acudió un escribiente
deslucido, sudoso, arrugado el almidón del cuello, la chalina suelta,
la pluma en la oreja, salpicada de tinta la guayabera de dril con
manguitos negros. El Coronel Licenciado garrapateó un volante, le puso
sello y alargó el papel al escribiente:
--Procédase violento a la captura de esa pareja, y que los agentes
vayan muy sobre cautela. Elíjalos usted de moral suficiente para
fajarse a balazos, e ilústrelos usted en cuanto al mal rejo de Zacarías
el Cruzado. Si hay disponible alguno que le conozca dele usted la
preferencia. En el casillero de sospechosos busque la ficha del pájaro.
Señor Peredita, nos vemos. ¡Muy meritoria su aportación!
Le despidió con ribeteo de soflama. El honrado gachupín se retiró
cabizbajo, y su última mirada de can lastimero fue para la mesa donde
la sortija naufragaba irremisiblemente, bajo una ola de legajos. El
Inspector, puntualizadas sus instrucciones al escribiente, se asomaba a
una ventana rejona que caía sobre el patio. A poco, en formación y con
paso acelerado, salía una escuadra de gendarmes. El caporal, mestizo de
barba horquillada, era veterano de una partida bandoleresca años atrás
capitaneada por el Coronel Irineo Castañón, Pata de Palo.