I
Sin demorarse, el honrado gachupín acudió a la Delegación de Policía:
Guiado por el sesudo dictamen del sobrino, testimonió la denuncia con
un anillo de oro bajo y falsa pedrería, que, apurando la tasa, no valía
diez soles. El Coronel Licenciado López de Salamanca le felicitó por su
civismo:
--Don Quintín, la colaboración tan espontánea que usted presta a la
investigación policial merece todos mis plácemes. Le felicito por su
meritoria conducta, no relajándose de venir a deponer en esta oficina,
aportando indicios muy interesantes. Va usted a tomarse la molestia de
puntualizar algunos extremos. ¿Conocía usted a la pueblera que se le
presentó con el anillo? Cualquier indicación referente a los rumbos por
donde mora podría ayudar mucho a la captura de la interfecta. Parece
indudable que el fugado se avistó con esa mujer cuando ya conocía la
orden de arresto. ¿Sospecha usted que haya ido derechamente en su
busca?
--¡Posiblemente!
--¿Desecha usted la conjetura de un encuentro fortuito?
--¡Pues y quién sabe!
--¿El rumbo por donde mora la chinita, usted lo conoce?
El honrado gachupín quedó en falsa actitud de hacer memoria:
--Me declaro ignorante.