IV

El orador sacaba los puños, lucía las mancuernas, se acercaba a las

luces del proscenio. Le acogió una salva de aplausos: Con saludo de

tenor remontose en su aria:

--El criollaje conserva todos los privilegios, todas las premáticas de

las antiguas leyes coloniales. Los libertadores de la primera hora no

han podido destruirlas, y la raza indígena, como en los peores días

del virreinato, sufre la esclavitud de la Encomienda. Nuestra América

se ha independizado de la tutela hispánica, pero no de sus prejuicios,

que sellan con pacto de fariseos, Derecho y Catolicismo. No se ha

intentado la redención del indio, que escarnecido, indefenso, trabaja

en los latifundios y en las minas, bajo el látigo del capataz. Y esa

obligación redentora, debe ser nuestra fe revolucionaria, ideal de

justicia más fuerte que el sentimiento patriótico, porque es anhelo de

solidaridad humana. El Océano Pacífico, el mar de nuestros destinos

raciales, en sus más apartados parajes, congrega las mismas voces

de fraternidad y de protesta. Los pueblos amarillos se despiertan,

no para vengar agravios, sino para destruir la tiranía jurídica del

capitalismo, piedra angular de los caducos Estados Europeos. El Océano

Pacífico acompaña el ritmo de sus mareas con las voces unánimes de

las razas asiáticas y americanas, que en angustioso sueño de siglos

han gestado el ideal de una nueva conciencia, heñida con tales

obligaciones, con tales sacrificios, con tan arduo y místico combate,

que forzosamente se aparecerá delirio de brahamanes a la sórdida

civilización europea, mancillada con todas las concupiscencias y los

egoísmos de la propiedad individual. Los Estados Europeos, nacidos de

guerras y dolos, no sienten la vergüenza de su historia, no silencian

sus crímenes, no repugnan sus rapiñas sangrientas. Los Estados Europeos

llevan la deshonestidad hasta el alarde orgulloso de sus felonías,

hasta la jactancia de su cínica inmoralidad a través de los siglos.

Y esta degradación se la muestran como timbre de gloria a los coros

juveniles de sus escuelas. Frente a nuestros ideales, la crítica de

esos pueblos es la crítica del romano frente a la doctrina del Justo.

Aquel obeso patricio, encorvado sobre el vomitorio, razonaba con las

mismas bascas: Dueño de esclavos, defendía su propiedad: Manchado con

las heces de la gula y del hartazgo, estructuraba la vida social y el

goce de sus riquezas sobre el postulado de la servidumbre: Cuadrillas

de esclavos hacían la siega de la mies: Cuadrillas de esclavos bajaban

al fondo de la mina: Cuadrillas de esclavos remaban en el trirreme. La

agricultura, la explotación de los metales, el comercio del mar, no

podrían existir sin el esclavo, razonaba el patriciado de la antigua

Roma. Y el hierro del amo en la carne del esclavo se convertía en un

precepto ético, inherente al bien público y a la salud del Imperio.

Nosotros, más que revolucionarios políticos, más que hombres de una

patria limitada y tangible, somos catecúmenos de un credo religioso.

Iluminados por la luz de una nueva conciencia, nos reunimos en la

estrechez de este recinto, como los esclavos de las catacumbas, para

crear una Patria Universal. Queremos convertir el peñasco del mundo en

ara sidérea donde se celebre el culto de todas las cosas ordenadas por

el amor. El culto de la eterna armonía, que solo puede alcanzarse por

la igualdad entre los hombres. Demos a nuestras vidas el sentido fatal

y desinteresado de las vidas estelares, liguémonos a un fin único de

fraternidad, limpias las almas del egoísmo que engendra el tuyo y el

mío, superados los círculos de la avaricia y del robo.

V

Nuevo tumulto. Una tropa de gachupines, jaquetona y cerril, gritaba en

la pista:

--¡Atorrante!

--¡Guarango!

--¡Pelado!

--¡Carente de plata!

--¡Divorciado de la Ley!

--¡Muera la turba revolucionaria!

La gachupía enarbolaba gritos y garrotes al amparo de los gendarmes.

En concierto clandestino, alborotaban por la gradería los disfrazados

esbirros del Tirano. Arreciaba la escaramuza de mutuos dicterios:

--¡Atorrantes!

--¡Muera la tiranía!

--¡Macaneadores!

--¡Pelados!

--¡Carentes de plata!

--¡Divorciados de la Ley!

--¡Macaneadores!

--¡Anárquicos!

--¡Viva Generalito Banderas!

--¡Muera la turba revolucionaria!

Las graderías de indios ensabanados se movían en oleadas:

--¡Viva Don Roquito!

--¡Viva el apóstol!

--¡Muera la tiranía!

--¡Muera el extranjero!

Los gendarmes comenzaban a repartir sablazos. Cachizas de faroles,

gritos, manos en alto, caras ensangrentadas. Convulsión de luces

apagándose. Rotura de la pista en ángulos. Visión cubista del Circo

Harris.

Tirano Banderas: Novela de tierra caliente · 第 45 / 179 题