Bajo la protección de los gendarmes, la gachupía balandrona se repartió
por las mesas de la terraza. Desafíos, jactancias, palmas. Don Celes
tascaba un largo veguero entre dos personajes de su prosapia: Míster
Contum, aventurero yanqui con negocios de minería, y un estanciero
español, señalado por su mucha riqueza, hombre de cortas luces, alavés
duro y fanático, con una supersticiosa devoción por el principio de
autoridad que aterroriza y sobresalta. Don Teodosio del Araco, ibérico
granítico, perpetuaba la tradición colonial del encomendero. Don
Celes peroraba con vacua egolatría de ricacho, puesto el hito de su
elocuencia en deslumbrar al mucamo que le servía el café. La calle se
abullangaba. La pelazón de indios hacía rueda en torno de las farolas
y retretas que anunciaban el mitin. Don Teodosio, con vinagre de
inquisidor, sentenció lacónico:
--¡Vean, no más, qué mojiganga!
Se arreboló de suficiencia Don Celes:
--El Gobierno del General Banderas, con la autorización de esta
propaganda, atestigua su respeto por todas las opiniones políticas.
¡Es un acto que acrecienta su prestigio! El General Banderas no teme
la discusión, autoriza el debate: Sus palabras, al conceder el permiso
para el mitin de esta noche, merecen recordarse: “En la ley encontrarán
los ciudadanos el camino seguro para ejercitar pacíficamente sus
derechos.” ¡Convengamos que así solo habla un gran gobernante! Yo creo
que se harán históricas las palabras del Presidente.
Apostilló lacónico Don Teodosio del Araco:
--¡Lo merecen!
Míster Contum consultó su reloj:
--Estar mucho interesante oír los discursos. Así mañana estar bien
enterado mí. Nadie lo contar mí. Oírlo de las orejas.
Don Celes arqueaba la figura con vacua suficiencia:
--¡No vale la pena de soportar el sofoco de esa atmósfera viciada!
--Mi interesarse por oír a Don Roque Cepeda.
Y Don Teodosio acentuaba su rictus bilioso:
--¡Un loco! ¡Un insensato! Parece mentira que hombre de su situación
financiera se junte con los rotos de la revolución, gente sin garantías.
Don Celes insinuaba con irónica lástima:
--Roque Cepeda es un idealista.
--Pues que lo encierren.
--Al contrario: Dejarle libre la propaganda. ¡Ya fracasará!
Don Teodosio movía la cabeza, recomido de suspicacias:
--Ustedes no controlan la inquietud que han llevado al indio del campo
las predicaciones de esos perturbados. El indio es naturalmente ruin,
jamás agradece los beneficios del patrón, aparenta humildad y esta
afilando el cuchillo: Solo anda derecho con el rebenque: Es más flojo,
trabaja menos y se emborracha más que el negro antillano. Yo he tenido
negros, y les garanto la superioridad del moreno sobre el indio de
estas Repúblicas del Mar Pacífico.
Dictaminó Míster Contum, con humorismo fúnebre:
--Si el indio no ser tan flojo, no vivir mucho demasiado seguros los
cueros blancos en este Paraíso de Punta Serpientes.
Abanicándose con el jipi asentía Don Celes:
--¡Indudable! Pero en ese postulado se contiene que el indio no es apto
para las funciones políticas.
Don Teodosio se apasionaba:
--Flojo y alcoholizado, necesita el fustazo del blanco, que le haga
trabajar, y servir a los fines de la sociedad.
Tornó el yanqui de los negocios mineros:
--Míster Araco, si puede estar una preocupación el peligro amarillo,
ser en estas Repúblicas.
Don Celes infló la botarga patriótica, haciendo sonar todos los dijes
de la gran cadena que, tendida de bolsillo a bolsillo, le ceñía la
panza:
--Estas Repúblicas, para no desviarse de la ruta civilizadora, volverán
los ojos a la Madre Patria. ¡Allí refulgen los históricos destinos de
veinte Naciones!
Míster Contum alargó, con un gesto desdeñoso, su magro perfil de loro
rubio:
--Si el criollaje perdura como dirigente, lo deberá a los barcos y a
los cañones de Norteamérica.
El yanqui entornaba un ojo, mirándose la curva de la nariz. Y
la pelazón de indios seguía gritando en torno de las farolas que
anunciaban el mitin:
--¡Muera el Tío Sam!
--¡Mueran los gachupines!
--¡Muera el gringo chingado!
V
El Director de “El Criterio Español”, en un velador inmediato, sorbía
el refresco de piña, soda y kirsch que hizo famoso al cantinero del
Metropol Room. Don Celes, redondo y pedante, abanicándose con el jipi,
salió a los medios de la acera:
--¡Mi felicitación por el editorial! En todo conforme con su tesis.
El Director-Propietario de “El Criterio Español” tenía una pluma
hiperbólica, patriotera y ramplona, con fervientes devotos en la
gachupía de empeñistas y abarroteros. Don Nicolás Díaz del Rivero,
personaje cauteloso y bronco, disfrazaba su falsía con el rudo acento
del Ebro: En España habíase titulado carlista, hasta que estafó la caja
del 7.º de Navarra: En Ultramar exaltaba la causa de la Monarquía
Restaurada: Tenía dos grandes cruces, un título flamante de conde, un
banco sobre prendas, y ninguna de hombre honesto. Don Celes se acercó
confidencial, el jipi sobre la botarga, apartándose el veguero de la
boca y tendiendo el brazo con ademán aparatoso:
--¿Y qué me dice de la representación de esta noche? ¿Leeremos la
reseña mañana?
--Lo que permita el lápiz rojo. Pero, siéntese usted, Don Celes: Tengo
destacados mis sabuesos y no dejará de llegar alguno con noticias.
¡Ojalá no tengamos que lamentar esta noche alguna grave alteración
del orden! En estas propagandas revolucionarias, las pasiones se
desbordan...
Don Celes arrastró una mecedora, y se apoltronó, siempre abanicándose
con el panameño:
--Si ocurriese algún desbordamiento de la plebe, yo haría responsable a
Don Roque Cepeda. ¿Ha visto usted ese loco lindo? No le vendría mal una
temporada en Santa Mónica.
El Director de “El Criterio Español” se inclinó, confidencial, apagando
la procelosa voz, cubriéndola con un gran gesto arcano:
--Pudiera ser que ya le tuviesen armada la ratonera. ¿Qué impresiones
ha sacado usted de su visita al General?
--Al General le inquieta la actitud del Cuerpo Diplomático. Tiene la
preocupación de no salirse de la legalidad, y eso, a mi ver, justifica
la autorización para el mitin... O quizás lo que usted indicaba recién.
¡Una ratonera!...
--¿Y no le parece que sería un golpe de maestro? Pero acaso la
preocupación que usted ha observado en el Presidente... Aquí tenemos al
Vate Larrañaga. Acérquese, Vate...