IV

Bajo la protección de los gendarmes, la gachupía balandrona se repartió

por las mesas de la terraza. Desafíos, jactancias, palmas. Don Celes

tascaba un largo veguero entre dos personajes de su prosapia: Míster

Contum, aventurero yanqui con negocios de minería, y un estanciero

español, señalado por su mucha riqueza, hombre de cortas luces, alavés

duro y fanático, con una supersticiosa devoción por el principio de

autoridad que aterroriza y sobresalta. Don Teodosio del Araco, ibérico

granítico, perpetuaba la tradición colonial del encomendero. Don

Celes peroraba con vacua egolatría de ricacho, puesto el hito de su

elocuencia en deslumbrar al mucamo que le servía el café. La calle se

abullangaba. La pelazón de indios hacía rueda en torno de las farolas

y retretas que anunciaban el mitin. Don Teodosio, con vinagre de

inquisidor, sentenció lacónico:

--¡Vean, no más, qué mojiganga!

Se arreboló de suficiencia Don Celes:

--El Gobierno del General Banderas, con la autorización de esta

propaganda, atestigua su respeto por todas las opiniones políticas.

¡Es un acto que acrecienta su prestigio! El General Banderas no teme

la discusión, autoriza el debate: Sus palabras, al conceder el permiso

para el mitin de esta noche, merecen recordarse: “En la ley encontrarán

los ciudadanos el camino seguro para ejercitar pacíficamente sus

derechos.” ¡Convengamos que así solo habla un gran gobernante! Yo creo

que se harán históricas las palabras del Presidente.

Apostilló lacónico Don Teodosio del Araco:

--¡Lo merecen!

Míster Contum consultó su reloj:

--Estar mucho interesante oír los discursos. Así mañana estar bien

enterado mí. Nadie lo contar mí. Oírlo de las orejas.

Don Celes arqueaba la figura con vacua suficiencia:

--¡No vale la pena de soportar el sofoco de esa atmósfera viciada!

--Mi interesarse por oír a Don Roque Cepeda.

Y Don Teodosio acentuaba su rictus bilioso:

--¡Un loco! ¡Un insensato! Parece mentira que hombre de su situación

financiera se junte con los rotos de la revolución, gente sin garantías.

Don Celes insinuaba con irónica lástima:

--Roque Cepeda es un idealista.

--Pues que lo encierren.

--Al contrario: Dejarle libre la propaganda. ¡Ya fracasará!

Don Teodosio movía la cabeza, recomido de suspicacias:

--Ustedes no controlan la inquietud que han llevado al indio del campo

las predicaciones de esos perturbados. El indio es naturalmente ruin,

jamás agradece los beneficios del patrón, aparenta humildad y esta

afilando el cuchillo: Solo anda derecho con el rebenque: Es más flojo,

trabaja menos y se emborracha más que el negro antillano. Yo he tenido

negros, y les garanto la superioridad del moreno sobre el indio de

estas Repúblicas del Mar Pacífico.

Dictaminó Míster Contum, con humorismo fúnebre:

--Si el indio no ser tan flojo, no vivir mucho demasiado seguros los

cueros blancos en este Paraíso de Punta Serpientes.

Abanicándose con el jipi asentía Don Celes:

--¡Indudable! Pero en ese postulado se contiene que el indio no es apto

para las funciones políticas.

Don Teodosio se apasionaba:

--Flojo y alcoholizado, necesita el fustazo del blanco, que le haga

trabajar, y servir a los fines de la sociedad.

Tornó el yanqui de los negocios mineros:

--Míster Araco, si puede estar una preocupación el peligro amarillo,

ser en estas Repúblicas.

Don Celes infló la botarga patriótica, haciendo sonar todos los dijes

de la gran cadena que, tendida de bolsillo a bolsillo, le ceñía la

panza:

--Estas Repúblicas, para no desviarse de la ruta civilizadora, volverán

los ojos a la Madre Patria. ¡Allí refulgen los históricos destinos de

veinte Naciones!

Míster Contum alargó, con un gesto desdeñoso, su magro perfil de loro

rubio:

--Si el criollaje perdura como dirigente, lo deberá a los barcos y a

los cañones de Norteamérica.

El yanqui entornaba un ojo, mirándose la curva de la nariz. Y

la pelazón de indios seguía gritando en torno de las farolas que

anunciaban el mitin:

--¡Muera el Tío Sam!

--¡Mueran los gachupines!

--¡Muera el gringo chingado!

V

El Director de “El Criterio Español”, en un velador inmediato, sorbía

el refresco de piña, soda y kirsch que hizo famoso al cantinero del

Metropol Room. Don Celes, redondo y pedante, abanicándose con el jipi,

salió a los medios de la acera:

--¡Mi felicitación por el editorial! En todo conforme con su tesis.

El Director-Propietario de “El Criterio Español” tenía una pluma

hiperbólica, patriotera y ramplona, con fervientes devotos en la

gachupía de empeñistas y abarroteros. Don Nicolás Díaz del Rivero,

personaje cauteloso y bronco, disfrazaba su falsía con el rudo acento

del Ebro: En España habíase titulado carlista, hasta que estafó la caja

del 7.º de Navarra: En Ultramar exaltaba la causa de la Monarquía

Restaurada: Tenía dos grandes cruces, un título flamante de conde, un

banco sobre prendas, y ninguna de hombre honesto. Don Celes se acercó

confidencial, el jipi sobre la botarga, apartándose el veguero de la

boca y tendiendo el brazo con ademán aparatoso:

--¿Y qué me dice de la representación de esta noche? ¿Leeremos la

reseña mañana?

--Lo que permita el lápiz rojo. Pero, siéntese usted, Don Celes: Tengo

destacados mis sabuesos y no dejará de llegar alguno con noticias.

¡Ojalá no tengamos que lamentar esta noche alguna grave alteración

del orden! En estas propagandas revolucionarias, las pasiones se

desbordan...

Don Celes arrastró una mecedora, y se apoltronó, siempre abanicándose

con el panameño:

--Si ocurriese algún desbordamiento de la plebe, yo haría responsable a

Don Roque Cepeda. ¿Ha visto usted ese loco lindo? No le vendría mal una

temporada en Santa Mónica.

El Director de “El Criterio Español” se inclinó, confidencial, apagando

la procelosa voz, cubriéndola con un gran gesto arcano:

--Pudiera ser que ya le tuviesen armada la ratonera. ¿Qué impresiones

ha sacado usted de su visita al General?

--Al General le inquieta la actitud del Cuerpo Diplomático. Tiene la

preocupación de no salirse de la legalidad, y eso, a mi ver, justifica

la autorización para el mitin... O quizás lo que usted indicaba recién.

¡Una ratonera!...

--¿Y no le parece que sería un golpe de maestro? Pero acaso la

preocupación que usted ha observado en el Presidente... Aquí tenemos al

Vate Larrañaga. Acérquese, Vate...

Tirano Banderas: Novela de tierra caliente · 第 38 / 179 题