Tirano Banderas caminó taciturno. Los compadres, callados como en
un entierro, formaban la escolta detrás. Se detuvo en la sombra del
convento, bajo el alerta del guaita, que en el campanario sin campanas
clavaba la luna con la bayoneta. Tirano Banderas estúvose mirando el
cielo de estrellas: Amaba la noche y los astros: El arcano de bellos
enigmas recogía el dolor de su alma tétrica: Sabía numerar el tiempo
por las constelaciones: Con la matemática luminosa de las estrellas
se maravillaba: La eternidad de las leyes siderales abría una coma
religiosa en su estoica crueldad indiana. Atravesó la puerta del
convento bajo el grito nocturno del guaita en la torre, y el retén,
abriendo filas, presentó armas. Tirano Banderas, receloso, al pasar,
escudriñaba el rostro oscuro de los soldados.