El Jardín de los Frailes, geométrica ruina de cactus y laureles, gozaba
la vista del mar: Por las mornas tapias corrían amarillos lagartos:
En aquel paraje estaba el juego de la rana, ya crepuscular, recién
pintado de verde. El Tirano, todas las tardes esparcía su tedio en
este divertimiento: Pausado y prolijo, rumiando la coca, hacía sus
tiradas, y en los yerros, su boca rasgábase toda verde, con una mueca:
Se mostraba muy codicioso y atento a los lances del juego, sin ser
parte a distraerle las descargas de fusilería que levantaban cirrus de
humo a lo lejos, por la banda de la marina. Las sentencias de muerte
se cumplimentaban al ponerse el sol, y cada tarde era pasada por las
armas alguna cuerda de revolucionarios. Tirano Banderas, ajeno a la
fusilería, cruel y vesánico, afinaba el punto apretando la boca. Los
cirrus de humo volaban sobre el mar.
--¡Rana!
El tirano, siempre austero, vuelto a la trinca de compadres, desplegaba
el pañuelo de dómine, enjugándose el cráneo pelado:
--¡Aprendan, y no se distraigan del juego con macanas!
Un vaho pesado, calor y catinga, anunciaba la proximidad de la manigua,
donde el crepúsculo enciende, con las estrellas, los ojos de los
jaguares.