I
Tirano Banderas, terminado el despacho, salió por la arcada del
claustro bajo al jardín de los frailes. Le seguían compadritos y
edecanes:
--¡Se acabó la obligación! Ahora, si les parece bien, mis amigos, vamos
a divertir honestamente este rabo de tarde, en el jueguito de la rana.
Rancio y cumplimentero, invitaba para la trinca, sin perder el rostro
sus vinagres, y se pasaba por la calavera el pañuelo de hierbas, propio
de dómine o donado.