La continua expropiación de los labradores, fomentada por las leyes
salvajes contra los vagabundos, introdujo violentamente en la industria
de las ciudades masas enormes de proletarios, y contribuyó a destruir
la antigua industria doméstica. Es necesario que nos detengamos un
instante a examinar este elemento de la acumulación primitiva.
Antiguamente, la misma familia campesina elaboraba en primer lugar, y
luego consumía directamente, a lo menos en gran parte, los víveres y
las materias primeras, producto de su trabajo. De simples valores de
uso que eran, al convertirse en mercancías, estas materias primeras se
vendían a las manufacturas, y los objetos que, gracias a ella, eran
elaborados en el campo, se transformaban en artículos de manufactura,
a los que el campo servía de mercado. Desde entonces desapareció la
industria doméstica de los labriegos. Esta desaparición es la única que
puede dar al mercado interior de un país la extensión y la constitución
que exigen las necesidades de la producción capitalista.
No obstante, el periodo manufacturero propiamente dicho no consigue
hacer radical esta revolución. Si, en efecto, destruye, en ciertos
ramos y en determinados puntos, la industria doméstica, también le da
vida en otros. Ese periodo contribuye a la formación de una clase de
labradores en pequeño, para quienes el cultivo de la tierra es una
operación secundaria, y el trabajo industrial, cuyo producto venden
a las manufacturas directamente o por mediación del comerciante,
la ocupación principal. La grande industria es la que separa
definitivamente la agricultura de la industria doméstica de los campos,
arrancando sus raíces, que son el hilado y el tejido a mano.
De esta separación fatal datan el desarrollo necesario de los poderes
colectivos del trabajo y la transformación de la producción dividida,
rutinaria, en producción combinada, científica. La industria mecánica,
acabando esta separación, es la primera que entrega al capital todo el
mercado interior de un país.