Ya hemos visto cómo el dinero se convierte en capital, el capital en
origen de supervalía, y la supervalía en origen de un nuevo capital.
Pero la acumulación capitalista supone la presencia de la supervalía,
y esta el modo de producción capitalista, el cual, a su vez, depende
de la acumulación ya operada, en mano de productores mercantiles,
de capitales bastante considerables. Todo este movimiento, por
consecuencia, parece que gira en un círculo vicioso del que no podría
salirse sin admitir una acumulación primitiva, que sirva de punto de
partida a la producción capitalista, en vez de proceder de ella. ¿Cuál
es el origen de esta acumulación primitiva?
Según la historia real y verdadera, la conquista, la servidumbre,
el robo a mano armada, el reinado de la fuerza bruta son los que han
triunfado siempre. En los manuales de Economía política, es, por el
contrario, el idilio el que siempre ha florecido; jamás ha habido otros
medios de enriquecerse sino el trabajo y el derecho. En realidad,
los métodos de la acumulación primitiva son todo lo que se quiera,
excepto materia de idilio. El escamoteo de los bienes de las iglesias
y hospitales, la enajenación fraudulenta de los dominios del Estado,
el robo de las tierras comunales, la transformación terrorista de la
propiedad feudal en propiedad moderna privada, tales son los orígenes
idílicos de la acumulación primitiva.
Si, en la relación entre capitalista y asalariado, el primero desempeña
el papel de dueño y el segundo el de servidor, es merced a un contrato
por el cual no solo se pone el asalariado al servicio, y por lo tanto
bajo la dependencia del capitalista, sino que hasta ha renunciado a
todo derecho de propiedad sobre su propio producto.
¿Por qué hace el asalariado semejante convenio? Porque no posee más
que su fuerza personal, el trabajo en estado de potencia, mientras que
todas las condiciones exteriores requeridas para dar cuerpo a esta
potencia, la materia y los instrumentos necesarios para el ejercicio
útil del trabajo, la facultad de disponer de las subsistencias
indispensables para la vida, se encuentran en el lado opuesto.
La base del sistema capitalista es la separación radical del productor
y los medios de producción. Para que este sistema se establezca, es
necesario, pues, que, en parte al menos, los medios de producción
hayan sido arrancados ya a los productores que los empleaban en
realizar su propia potencia de trabajo, y que estos medios, hayan
sido ya detentados por productores mercantiles, quienes los emplean
en especular con el trabajo ajeno. El movimiento histórico que da por
resultado el divorcio entre el trabajo y sus condiciones, los medios de
producción, tal es el significado de la acumulación primitiva.
_Explicación del movimiento histórico que ha reemplazado el régimen
feudal con el régimen capitalista._
El orden económico capitalista ha salido del seno del orden económico
feudal. La disolución del uno ha disgregado los elementos constitutivos
del otro.
Para que el trabajador, el productor inmediato, pudiese disponer de su
propia persona, necesitaba ante todo no estar sujeto a una tierra o a
otra persona; tampoco podía llegar a ser vendedor libre de trabajo,
llevando su mercancía, la fuerza de trabajo, donde quiera que esta
encontrase un mercado, sin haberse sustraído al régimen de los gremios
con sus patronatos, sus jurados, sus leyes de aprendizaje, etc. El
movimiento histórico que transforma a los productores en asalariados,
se presenta, pues, como su emancipación de la servidumbre y del régimen
de los gremios. Por otra parte, si estos emancipados se venden a sí
propios es porque se ven obligados a ello para vivir, porque han sido
despojados de todos los medios de producción y de todas las garantías
de existencia ofrecidas por el antiguo orden de cosas. La historia de
su expropiación no tiene réplica, pues se halla escrita en la historia
de la humanidad con letras indelebles de sangre y fuego.
Tocante a los capitalistas empresarios, estos nuevos potentados no solo
tenían que destituir a los maestros de oficios, sino también a los
detentadores feudales de las fuentes de la riqueza. Su advenimiento se
presenta, desde este punto de vista, como el resultado de una lucha
victoriosa contra el poder señorial con sus irritantes privilegios, y
contra el régimen de los gremios por las trabas que oponía al libre
desarrollo de la producción y a la libre explotación del hombre por el
hombre. El progreso ha consistido en variar la forma de la explotación:
la explotación feudal se ha convertido en explotación capitalista.
II. _Después de haber sido sometido a la explotación por la fuerza
bruta, el trabajador acaba por someterse a ella voluntariamente._
No basta que, por una parte, se presenten las condiciones materiales
del trabajo en forma de capital, y, por otra, hombres que nada tienen
que vender si no es su fuerza de trabajo. No basta tampoco que se les
obligue por la fuerza a venderse voluntariamente.
La burguesía naciente --y este es un momento esencial de la acumulación
primitiva-- no podía prescindir de la intervención constante del Estado
para prolongar la jornada de trabajo (capítulo X), para «reglamentar»
el salario, es decir, para conservar al trabajador en el grado de
dependencia requerido, abrumándole bajo el yugo del salariado mediante
leyes de un terrorismo grotesco, leyes que iban dirigidas en el
occidente de Europa, a fines del siglo XV y durante el XVI, contra el
proletariado sin casa ni hogar, contra los padres de la clase obrera
de hoy, castigados por haber sido reducidos al estado de vagabundos
y de pobres, la mayor parte de las veces de resultas de expropiación
violenta.
No olvidemos que la burguesía, desde el principio de la Revolución
francesa, se atrevió a despojar a la clase obrera del derecho de
asociación que esta acababa apenas de conquistar. Por una ley de 14 de
junio de 1791, se consignó que todo acuerdo tomado por los trabajadores
para la defensa de sus intereses comunes fuese declarado «atentatorio a
la libertad y a la Declaración de los derechos del hombre», y castigado
con multa y privación de los derechos de ciudadano.
Con el progreso de la producción capitalista, se forma una clase
cada vez más numerosa de trabajadores que, gracias a la educación,
a las costumbres transmitidas, se conforman con las exigencias del
actual régimen económico de un modo tan instintivo como se conforma
con las variaciones atmosféricas. En cuanto este modo de producción
adquiere cierto desarrollo, su mecanismo destruye toda resistencia;
la presencia constante de un sobrante relativo de población mantiene
la ley de la oferta y de la demanda de trabajo, y por consecuencia el
salario, dentro de los límites adecuados a las necesidades del capital;
la presión sorda de las relaciones económicas remata el despotismo
del capital sobre el trabajador. A veces se recurre todavía a la
violencia, al empleo de la fuerza bruta, pero solo como excepción. En
el curso ordinario de las cosas, el trabajador puede quedar abandonado
a la acción de las «leyes naturales» de la sociedad, es decir, a la
dependencia del capital, engendrada, defendida y perpetuada por el
propio mecanismo de la producción.