CAPÍTULO XVII

VARIACIONES EN LA RELACIÓN DE INTENSIDAD ENTRE LA SUPERVALÍA Y EL VALOR

DE LA FUERZA DE TRABAJO

I. La duración y la intensidad del trabajo no cambian, su productividad

cambia. -- II. La duración y la productividad del trabajo no cambian,

su intensidad cambia. -- III. La intensidad y la productividad del

trabajo no cambian, su duración cambia. -- IV. Cambios simultáneos en

la duración, en la intensidad y en la productividad del trabajo.

Hemos visto que la relación de intensidad entre la supervalía y

el precio de la fuerza de trabajo está determinada: 1.º, por la

duración del trabajo o su grado de extensión; 2.º, por su grado

de intensidad, según el cual diferentes cantidades de trabajo son

consumidas en el mismo tiempo; 3.º, por su grado de productividad,

según el cual la misma cantidad de trabajo produce en el mismo tiempo

diferentes cantidades de productos. Evidentemente, esto dará lugar a

variadas combinaciones según que uno de estos tres elementos cambie

de intensidad y los otros dos no cambien, o que dos, o los tres,

cambien al mismo tiempo. Además, uno de ellos puede aumentar cuando

otro disminuye, o sencillamente aumentar o disminuir más que este.

Examinemos las combinaciones principales.

I. _La duración y la intensidad del trabajo no cambian, su

productividad cambia._

Admitidas estas condiciones, obtenemos las tres leyes siguientes:

1.ª La jornada de trabajo de una duración dada produce siempre el mismo

valor, cualesquiera que sean los cambios efectuados en la productividad

del trabajo.

Si una hora de trabajo de intensidad ordinaria produce un valor de 50

céntimos, una jornada de doce horas no producirá más que un valor de

6 pesetas. Suponemos que el valor del dinero es siempre invariable.

Si la productividad del trabajo aumenta o disminuye, la misma jornada

suministrará simplemente más o menos productos, y el valor de 6 pesetas

se distribuirá así entre más o menos mercancías.

2.ª La supervalía y el valor de la fuerza de trabajo cambian en sentido

opuesto una respecto de otra. La supervalía aumenta al tiempo que la

productividad del trabajo o disminuye en la misma medida que ella, es

decir, cambia en el mismo sentido; mientras que el valor de la fuerza

de trabajo cambia en sentido contrario: aumenta cuando la productividad

disminuye, y recíprocamente.

La jornada de doce horas produce siempre el mismo valor, 6 pesetas,

por ejemplo, cuya supervalía forma una parte de ese valor y otra el

equivalente de la fuerza de trabajo; pongamos 3 pesetas por cada una.

Es evidente que, no pudiendo exceder de 6 pesetas las dos partes

reunidas, la supervalía no puede alcanzar un precio de 4 pesetas sin

que la fuerza de trabajo quede reducida a 2 pesetas, y viceversa.

Si un aumento de productividad permite proporcionar en cuatro horas

la misma masa de subsistencias que antes exigía seis horas, estando

determinado el valor de la fuerza obrera por el valor de dichas

subsistencias, disminuye de 3 pesetas a 2; pero ese mismo valor se

eleva de 3 pesetas a 4, si una disminución de productividad exige ocho

horas de trabajo donde antes solo se necesitaban seis. Puesto que la

supervalía aumenta cuando el valor de la fuerza de trabajo disminuye, y

recíprocamente, dedúcese que el aumento de productividad, al disminuir

el valor de la fuerza de trabajo, debe aumentar la supervalía, y que

la disminución de productividad, al aumentar el valor de la fuerza de

trabajo, debe disminuir la supervalía; se sabe que los únicos cambios

de productividad que actúan sobre el valor de la fuerza obrera son los

concernientes a las industrias cuyos productos entran en el consumo

ordinario del trabajador.

De este cambio en sentido contrario no debe deducirse que no hay cambio

más que en la misma proporción. En efecto, si, suponiendo siempre

que una jornada produce un valor de 6 pesetas, el valor de la fuerza

de trabajo es de 4 pesetas, la supervalía será de 2 pesetas; si, a

consecuencia de un aumento de productividad, el valor de la fuerza de

trabajo desciende a 3 pesetas, la supervalía se eleva en seguida a 3

pesetas; esta misma diferencia de una peseta disminuye el valor de la

fuerza de trabajo, que era de 4 pesetas, en una cuarta parte o un 25

por 100, y aumenta la supervalía, que era de 2 pesetas, en una mitad o

un 50 por 100.

3.ª El aumento o la disminución de la supervalía es siempre el efecto

y jamás la causa de la disminución o del aumento correspondiente del

valor de la fuerza de trabajo.

Supongamos que el valor de 6 pesetas de una jornada de trabajo de doce

horas se divide en 4 pesetas, valor de la fuerza de trabajo, y en una

supervalía de 2 pesetas, o, en otros términos, que hay ocho horas de

trabajo necesario y cuatro de sobretrabajo. Si la productividad del

trabajo se duplica, entonces el obrero solo necesitará la mitad del

tiempo que hasta aquí había necesitado para producir el equivalente

de su subsistencia cotidiana. Su trabajo necesario descenderá de

ocho horas a cuatro, y, por consiguiente, su sobretrabajo se elevará

de cuatro horas a ocho, así como el valor de su fuerza de trabajo

descenderá de 4 pesetas a 2, y esta rebaja elevará la supervalía de

2 pesetas a 4. Luego el cambio de la productividad del trabajo es el

que principalmente hace aumentar o disminuir el valor de la fuerza

de trabajo, mientras que el movimiento ascendente o descendente de

esta, produce por su parte un movimiento de la supervalía en sentido

contrario.

No obstante, esa reducción del precio de la fuerza de trabajo a su

valor, determinada por el de las subsistencias necesarias para el

sustento del obrero, puede tropezar, según el grado de resistencia

de este y la presión del capital, con obstáculos que no le permitan

realizarse sino incompletamente. La fuerza de trabajo puede pagarse a

más de su valor, aunque su precio no varíe o disminuya, si el trabajo

excede de su nuevo valor, si, en el ejemplo precedente, sigue siendo

superior a 2 pesetas después de haberse duplicado la productividad del

trabajo.

Algunos economistas han sostenido que la supervalía puede elevarse, sin

que disminuya la fuerza de trabajo, reduciendo los impuestos que paga

el capitalista. Una disminución de impuestos no afecta absolutamente

nada a la cantidad de sobretrabajo, y, por consiguiente, de supervalía,

que el capitalista arranca al obrero. Únicamente cambia la proporción

según la cual el capitalista embolsa la supervalía o tiene que

repartirla con otros. No altera, pues, la relación que existe entre la

supervalía y el valor de la fuerza de trabajo.

II. _La duración y la productividad del trabajo no cambian, su

intensidad cambia._

Si su productividad aumenta, el trabajo rinde en el mismo tiempo más

productos, pero no más valor. Si su intensidad aumenta, rinde en el

mismo tiempo, no solamente más productos, sino también más valor,

puesto que, en este caso, el aumento de productos proviene de un

aumento de trabajo. Dadas su duración y su productividad, el trabajo

crea, pues, tanto más valor cuanto más excede su grado de intensidad de

la intensidad media social.

Como el valor producido durante una jornada de doce horas, por ejemplo,

deja así de estar encerrado en límites fijos, se deduce que supervalía

y valor de la fuerza de trabajo pueden cambiar en el mismo sentido,

marchando paralelamente, en proporción igual o desigual. Si la misma

jornada, merced a un aumento de la intensidad del trabajo, produce 8

pesetas en lugar de 6, es evidente que la parte del obrero y la del

capitalista pueden elevarse a un tiempo de 3 pesetas a 4.

Semejante elevación en el precio de la fuerza de trabajo no significa

que se ha pagado por ella más de su valor, porque el aumento de la

intensidad del trabajo se refleja en el valor de la fuerza obrera, pues

apresura el desgaste de esta. A pesar de este alza, el precio puede ser

inferior al valor. Sucede esto cuando la elevación del precio no basta

para compensar el aumento de desgaste de la fuerza de trabajo.

III. _La intensidad y la productividad del trabajo no cambian, su

duración cambia._

Bajo el aspecto del cambio de duración, el trabajo puede reducirse

o prolongarse. En las condiciones mencionadas obtenemos las leyes

siguientes:

1.ª El valor realizado en una jornada de trabajo aumenta o disminuye al

mismo tiempo que su duración.

2.ª Todo cambio en la relación de cantidad entre la supervalía y el

valor de la fuerza de trabajo, proviene de un cambio de la cantidad del

sobretrabajo y, por consiguiente, de la supervalía.

3.ª El valor absoluto de la fuerza de trabajo no puede cambiar sino

mediante la acción que ejerce sobre su desgaste la prolongación del

sobretrabajo; todo cambio de este valor absoluto es, pues, el efecto y

jamás la causa de un cambio en la cantidad de la supervalía.

Supongamos que la jornada de trabajo compuesta de doce horas, seis

de trabajo necesario y seis de sobretrabajo, produce un valor de 50

céntimos por hora, o sea 6 pesetas, del cual percibe la mitad el obrero

y la otra mitad el capitalista.

Empecemos reduciendo a diez horas la jornada de trabajo, que antes era

de doce. Al reducirse, no produce más que un valor de 5 pesetas. Siendo

el trabajo necesario de seis horas, el sobretrabajo queda reducido

de seis horas a cuatro, y la supervalía desciende de 3 pesetas a 2.

Aun siguiendo invariable, el valor de la fuerza de trabajo gana en

cantidad, relativamente a la supervalía, gracias a la disminución de

esta, que es, en efecto, como 3 es a 2, de 150 por 100, en vez de ser

como 3 es a 3, o de 100 por 100. El capitalista no podría desquitarse

sino pagando por la fuerza de trabajo menos de su valor. En el fondo

de las elucubraciones ordinarias contra la reducción de la jornada de

trabajo, se advierte la suposición de que las cosas se hallan en las

condiciones aquí admitidas, es decir, que se suponen inalterables la

productividad y la intensidad del trabajo, cuyo aumento, en suma, sigue

siempre a la reducción de la jornada.

Si se prolonga la jornada de doce horas a catorce, estas dos horas se

añaden al sobretrabajo y la supervalía se eleva de 3 pesetas a 4. Por

más que el valor nominal de la fuerza de trabajo sea el mismo, pierde

en cantidad, relativamente a la supervalía, a causa del aumento de

esta; en efecto, la supervalía es como 3 es a 4, de 75 por 100, en vez

de ser como 3 es a 3, de 100 por 100.

El valor de la fuerza de trabajo puede disminuir con una jornada de

trabajo prolongada, aunque su precio no cambie o se eleve, si este

precio no compensa el gran gasto en fuerza vital que el trabajo

prolongado impone al obrero.

IV. _Cambios simultáneos en la duración, en la intensidad y en la

productividad del trabajo._

No nos detendremos a examinar todas las combinaciones posibles, fáciles

en suma de resolver por lo que antecede; solo nos detendremos en un

caso de interés especial: en el aumento de la intensidad y de la

productividad del trabajo junto con la disminución de su duración.

El aumento de la productividad del trabajo y de su intensidad

multiplica la masa de las mercancías obtenidas en un tiempo dado, y,

por tanto, acorta la parte de la jornada en que el obrero no hace más

que producir un equivalente de su subsistencia. Esta parte necesaria,

pero susceptible de disminución, de la jornada de trabajo forma el

límite absoluto de esta, al cual es imposible descender bajo el régimen

capitalista. Suprimido este régimen, el sobretrabajo desaparecería y

la jornada entera tendría por límite el tiempo de trabajo necesario.

Sin embargo, no hay que olvidar que una parte del sobretrabajo actual,

la parte consagrada a la formación de un fondo de reserva y de

acumulación, se contaría entonces como trabajo necesario, mientras que

la extensión actual de este trabajo está limitada solamente por los

gastos de manutención de una clase de asalariados destinada a producir

la riqueza de sus dueños.

Cuanto mayor sea la fuerza productiva del trabajo, menor puede ser

su duración, y cuanto más corta sea su duración, más puede aumentar

su intensidad. Desde el punto de vista social, se aumenta también la

productividad del trabajo suprimiendo todo gasto inútil, ya en medios

de producción, ya en fuerza vital. Cierto que el régimen capitalista

impone la economía de los medios de producción a cada establecimiento

tomado aisladamente; pero, a más de hacer del insensato derroche de

la fuerza obrera un medio de economía para el explotador, necesita

también, por su sistema de competencia anárquica, el despilfarro

más desenfrenado del trabajo productivo y de los medios sociales de

producción, fuera de las muchas funciones parásitas que engendra y que

el mismo capitalista hace más o menos indispensables.

Determinadas la intensidad y la productividad del trabajo, el tiempo

que la sociedad debe consagrar a la producción material es tanto

más corto, y el tiempo disponible para el libre desarrollo de los

individuos tanto más largo, cuanto más equitativamente está distribuido

el trabajo entre todos los miembros de la sociedad y cuanto menos

una clase se descarga sobre otra de esta necesidad impuesta por la

Naturaleza. En este sentido, la disminución de la jornada encuentra

su último límite en la generalización del trabajo manual: trabajando

todos, corresponderá a cada uno el menor tiempo de trabajo posible.

La sociedad capitalista compra el descanso, la holganza de una sola

clase mediante la transformación de la vida entera de las masas en

tiempo de trabajo.

El capital: Resumido y acompañado de un estudio sobre el Socialismo científico · 第 88 / 134 题