El producto, propiedad del capitalista, es un valor de uso, como tela,
botas, etc. Pero, de ordinario, el capitalista no fabrica por amor a la
tela. En la producción mercantil el valor de uso, el objeto útil, solo
sirve de porta-valor; para el capitalista, lo principal es producir un
objeto útil que tenga un valor cambiable, un artículo destinado a la
venta, una mercancía. Quiere además el capitalista que el valor de esta
mercancía supere al valor de las mercancías empleadas en producirla,
es decir, al valor de los medios de producción y de la fuerza de
trabajo en cuya compra invirtió su dinero. Quiere producir, no solo
una cosa útil, sino un valor, y no solamente un valor, sino también una
supervalía.
Así como la mercancía es a la vez valor de uso y valor de cambio, del
mismo modo su producción debe ser a la vez formación de valor de uso y
de valor. Examinemos ahora la producción desde el punto de vista del
valor.
Sabemos que el valor de una mercancía está determinado por la cantidad
de trabajo que contiene, por el tiempo socialmente necesario para su
producción. Necesitamos, pues, calcular el trabajo contenido en el
producto que nuestro capitalista ha hecho fabricar, 5 kilogramos de
hilados, por ejemplo.
Para producir esta cantidad de hilados se necesita una primera materia;
pongamos 5 kilogramos de algodón, comprados en el mercado en su valor,
que es, por ejemplo, 13 pesetas; admitamos que el desgaste de los
instrumentos empleados, brocas, etc., asciende a 3 pesetas. Si una masa
de oro de 16 pesetas, que es el total de los guarismos anteriores, es
el producto de 24 horas de trabajo, se deduce que, siendo la jornada de
trabajo de 12 horas, hay ya dos jornadas contenidas en los hilados.
Sabemos ya cuál es el valor que el algodón y el desgaste de las brocas
dan a los hilados: es igual a 16 pesetas. Falta averiguar el valor que
el trabajo del hilandero añade al producto.
En esto es indiferente el género especial de trabajo o su cualidad;
lo que importa es su cantidad: no se trata, como cuando se considera
el valor de uso, de las necesidades particulares que la actividad del
trabajador tiene por objeto satisfacer, sino únicamente del tiempo
durante el cual ha gastado su fuerza en esfuerzos útiles. No hay que
olvidar, por otra parte, que el tiempo necesario en las condiciones
ordinarias de la producción es el único que se cuenta para la formación
del valor.
Desde este último punto de vista, la primera materia se impregna de
cierta cantidad de trabajo, considerado únicamente como gasto de fuerza
humana en general. Verdad es que esta absorción de trabajo convierte la
primera materia en hilados, gastándose la fuerza del obrero en la forma
particular de trabajo que se llama hilar; pero el producto en hilados
solo sirve por el momento para indicar la cantidad de trabajo absorbido
por el algodón. Por ejemplo, 5 kilogramos de hilados indicarán seis
horas de trabajo, si para hilar 833 gramos se necesita una hora.
Ciertas cantidades de productos, determinadas por la experiencia,
representan el gasto de la fuerza de trabajo durante una hora, dos, un
día.
Al realizarse la venta de la fuerza de trabajo, supongamos que se ha
sobreentendido que su valor diario era de 4 pesetas, suma equivalente
a seis horas de trabajo, y, por consiguiente, que era preciso trabajar
seis horas para producir lo necesario al sustento cotidiano del obrero.
Pero nuestro hilandero ha transformado en seis horas, en media jornada
de trabajo, los 5 kilogramos de algodón en 5 kilogramos de hilados.
Habiéndose fijado este mismo tiempo de trabajo en una cantidad de oro
de 4 pesetas, ha añadido al algodón un valor de 4 pesetas.
Hagamos ahora la cuenta del valor total del producto. Los 5 kilogramos
de hilados contienen dos jornadas y media de trabajo; algodón y brocas
representan dos jornadas y la operación de hilar media jornada. La
misma cantidad de trabajo existe en una masa de oro de 20 pesetas. El
precio de 20 pesetas expresa, pues, el valor exacto de 5 kilogramos de
hilados; el precio 4 pesetas el de un kilogramo.
En toda demostración los guarismos son arbitrarios, pero la
demostración es la misma, cualesquiera que sean los guarismos y el
género de producto que se ha tenido en cuenta.
El valor del producto es igual al valor del capital adelantado. Este
capital no ha procreado, no ha engendrado supervalía, y el dinero no se
ha convertido, por consecuencia, en capital. El precio de 5 kilogramos
de hilados es de 20 pesetas, y 20 pesetas se han gastado en el mercado
en la compra de los elementos constitutivos del producto: 13 pesetas
para 5 kilogramos de algodón, 3 pesetas por desgaste de las brocas
durante seis horas, y 4 pesetas por la fuerza de trabajo.
_Diferencia entre el valor de la fuerza de trabajo y el valor que puede
crear._
Examinemos esta cuestión más de cerca. La fuerza de trabajo importa 4
pesetas, porque esto es lo que cuestan las subsistencias necesarias
para el sustento diario de esta fuerza. El dueño de ella, el obrero,
produce un valor equivalente en media jornada de trabajo, lo cual
no significa que no pueda trabajar una jornada entera ni producir
más. El valor que la fuerza de trabajo posee y el que puede crear
difieren, pues, en magnitud. En su venta, la fuerza de trabajo realiza
su valor determinado por sus gastos de sostén cotidiano; en su uso
puede producir en un día más valor del que ha costado. Al comprar la
fuerza de trabajo, el capitalista ha tenido precisamente en cuenta esa
diferencia de valor.
Por lo demás, nada hay en todo esto que no se acomode a las leyes
del cambio de las mercancías. En efecto, el obrero, vendedor de la
fuerza de trabajo, como el vendedor de toda mercancía, obtiene el
valor cambiable y cede el valor de uso: no puede obtener el primero
sin entregar el segundo. El valor de uso de la fuerza de trabajo, es
decir, el trabajo, no pertenece al que lo vende, así como no pertenece
al tendero el empleo del aceite que ha vendido. El dueño del dinero ha
pagado el valor diario de la fuerza de trabajo, cuyo uso le pertenece
por todo un día, durante una jornada entera. El hecho de que el
sustento diario de esta fuerza solo cuesta media jornada de trabajo,
pudiendo, sin embargo, trabajar la jornada entera, esto es, que el
valor creado por su uso en el espacio de un día es mayor que su propio
valor diario, constituye una buena suerte para el comprador, pero que
no lesiona en nada el derecho del vendedor.
Desde este momento, el obrero encuentra en el taller los medios de
producción necesarios, no para medio día, sino para un día de trabajo,
para doce horas. Puesto que 5 kilogramos de algodón, al absorber
seis horas de trabajo, se convertían en 5 kilogramos de hilados, 10
kilogramos de algodón, absorbiendo 12 horas de trabajo, se convertirán
en 10 kilogramos de hilados. Estos diez kilogramos contienen entonces
cinco jornadas o días de trabajo; cuatro estaban contenidos en el
algodón y las brocas consumidas y uno ha sido absorbido por el algodón
durante la hilanza. Pero si una masa de oro de 16 pesetas es el
producto de 24 horas de trabajo, la expresión monetaria de cinco días
de trabajo de 12 horas, será 40 pesetas.
Este es, pues, el precio de los 10 kilogramos de hilados. El kilogramo
cuesta lo mismo que antes, 4 pesetas, pero el valor total de las
mercancías empleadas en la operación es de 36 pesetas: 26 pesetas por
10 kilogramos de algodón, 6 pesetas por el desperfecto de las brocas
durante 12 horas, y 4 pesetas por la jornada de trabajo.
Las 36 pesetas anticipadas se han convertido en 40 pesetas, habiendo
engendrado una supervalía de 4 pesetas. La jugada está hecha, el dinero
se ha transformado en capital.
_El problema de la transformación del dinero en capital está resuelto._
El problema, tal como lo habíamos planteado al final del capítulo
quinto, está resuelto en todos sus términos.
El capitalista compra en el mercado cada mercancía en su justo valor
(algodón, brocas, fuerza de trabajo), y luego hace lo que todo
comprador: consume su valor de uso. Siendo el consumo de la fuerza
de trabajo al mismo tiempo producción de mercancías, suministra
un producto de 10 kilogramos de hilados, que valen 40 pesetas. El
capitalista que había salido del mercado después de hacer sus compras,
vuelve entonces a él como vendedor. Vende los hilados a 4 pesetas el
kilogramo, ni un céntimo más de su valor, y, sin embargo, retira de la
circulación 4 pesetas más de lo que había puesto. Esta transformación
de su dinero en capital se efectúa y no se efectúa en el dominio de la
circulación, la cual sirve de intermediaria. La fuerza de trabajo se
vende en el mercado para ser explotada fuera del mercado, en el dominio
de la producción, donde es origen de supervalía.
La producción de supervalía no es, pues, otra cosa que la producción de
valor prolongada más allá de cierto límite. Si la acción del trabajo
dura solo hasta el momento en que el valor de la fuerza de trabajo
pagada por el capital es reemplazada por un valor equivalente, hay
simple producción de valor. Cuando pasa de este límite, hay producción
de supervalía.