INEFICACIA DE TODOS LOS MEDIOS PACÍFICOS

El argumento favorito de nuestros reformistas platónicos consiste

en asegurar que es preciso ante todo modificar las ideas y los

sentimientos de la nación. «Instruir al pueblo --exclaman--: esta es la

clave de la cuestión social; en los ánimos es donde debe efectuarse la

revolución.»

La instrucción es incapaz de atenuar en lo más mínimo la explotación

de la clase trabajadora. Por grandes que fuesen los progresos de su

educación, la mayoría no poseedora, obligada a vender, para poder

subsistir, su fuerza muscular o cerebral, no por eso dejaría de estar

bajo la dependencia de la minoría poseedora. La universalización de la

instrucción sin la universalización de la propiedad no cambiaría en

nada la situación material en que se encuentra hoy el asalariado, pues

no porque fuese más instruido tendría medios de trabajo en proporción

mayor, ni dejaría de ser siempre desposeído.

Si nos vemos obligados a declarar que la instrucción no aliviaría ni

aun levemente la suerte del Proletariado, no por eso hacemos caso omiso

de ella. Reconocemos en alto grado su utilidad puesto que, difundida

por la masa, ejercerá provechosa influencia desde el punto de vista

revolucionario. Cuanto más instruida esté la masa, más pronto se dará

cuenta de su posición de explotada, y menos dispuesta se encontrará

a sufrir en silencio; todo asalariado instruido se halla próximo a

sublevarse. Pero si la educación de la clase obrera puede impelerla a

emplear la fuerza para apresurar la solución necesaria, es incapaz de

suplir a esta.

En cuanto a la idea de modificar directamente el estado mental de

la nación considerada en conjunto, es una utopía. Determinando el

medio económico, juntamente con las condiciones de existencia, las

ideas del hombre, para cambiar estas en todos sería preciso comenzar

modificando los fenómenos exteriores de que aquellas no son más que

la representación cerebral. La única transformación que hay que

proponerse es la transformación del régimen de la propiedad, cualquiera

que sea el punto de vista desde que se considere la cuestión,

religioso, moral, político o económico.

* * * * *

Desde el punto de vista religioso, hay simplemente proyección de

fenómenos naturales fuera y por encima del mundo real. Subyugado por

fuerzas exteriores, los hombres han encarnado personajes místicos en

estas fuerzas. Hoy día las fuerzas naturales, dominadas casi por el

hombre, que cada vez se da cuenta más exacta de sus efectos y las

refiere a sus verdaderas causas, no dan ya motivo a personificación, a

divinización.

Solo las fuerzas sociales, juntamente con las de la Naturaleza, pesan

sobre la existencia del hombre, dominándola cada día de una manera

más preponderante. Para buscar hoy el origen de las ideas religiosas,

hay que remontarse al origen no explicado de los dolores sufridos y a

su apariencia inevitable metamorfoseada en institución sobrenatural.

Mientras la masa sea juguete del modo de producción, las miserias que

el régimen capitalista engendra y aquella sufre, conservarán a sus ojos

un carácter sobrehumano, y, por tanto, persistirá ese terror de lo

desconocido que la abruma, es decir, el sentimiento religioso.

La religión no es otra cosa que el reflejo de las fuerzas sociales en

la mente, las últimas fuerzas externas cuya manera de ser hace creer

al hombre que dimanan de una fuerza superior. La emancipación del

pensamiento está, pues, unida a la emancipación del trabajo, de la

vida práctica. El déspota terrestre, el capitalista, arrastrará en su

caída al fantasma celeste; rigiendo el hombre la producción en lugar de

ser regido por ella; encontrando al fin el bienestar sobre la tierra;

teniendo noción clara y precisa de su situación en el universo en

general y en la sociedad en particular, desaparecerá universalmente la

necesidad de ese género de esperanzas y consuelos, que son consecuencia

de la tiranía hoy misteriosa para las masas, así como la creencia en un

ser supremo, dispensador soberano de los goces y de los sufrimientos.

Nuestros fogosos anticatólicos, ridículos aficionados a bautismos

civiles y otros ritos, que imaginan desprender la sociedad civil

de toda ligadura mística y mistificadora porque comen carne el

viernes santo, hacen del librepensamiento la condición primera de la

regeneración social; y no ven, o no quieren ver, que las religiones no

son organismos independientes del medio económico en que se agitan. Los

grupos librepensadores, así como las logias masónicas, son excelentes

planteles de candidatos, trampolines que el uso ha demostrado ser

útiles para saltar en las asambleas electivas, y nada más. No pedirán

ni siquiera la supresión del presupuesto de cultos, pues como servicio

público o un instrumento de dominación, que viene a ser lo mismo, la

religión es un resorte utilísimo para todo gobierno de clase.

* * * * *

Desde el punto de vista moral, y sin tratar de actos reprensibles

o criminales, los cuales, cuando no son productos orgánicos de un

género particular de la competencia de las casas de salud, provienen

de las condiciones sociales nacidas de un orden económico basado en

la persecución desenfrenada de los medios de goce sin el esfuerzo

correspondiente, consideremos la tacha que la opinión pública arroja

sobre la maternidad fuera del matrimonio y sobre el nacimiento

ilegítimo. ¿De qué proviene esta tacha?

Las costumbres son las relaciones que los intereses en contacto

establecen entre los hombres. Hasta hoy solo se han presenciado

intereses antagónicos, habiéndose sacrificado siempre unos por la

prosperidad de otros. Es evidente desde luego que los intereses de

los más fuertes han determinado solos el sistema de relaciones entre

los hombres e impuesto las apreciaciones relativas a lo que había de

considerarse como el bien y a lo que debía ser considerado como el mal.

Las costumbres preponderantes de una época son las costumbres de la

clase dominante, y la moral vulgar es siempre la que se conforma con

sus intereses.

Si no se menospreciase a las jóvenes que tienen un hijo, y si se

tratase al hijo natural como hijo legítimo, la libertad de las

relaciones sexuales se extendería en detrimento del matrimonio. Y

precisamente el matrimonio es el que imprime a la clase poseedora su

carácter hereditario y desarrolla sus instintos conservadores.

Así que, según la moral vigente, la honradez para la mujer no casada

estriba en la continencia, y cuando «sucumbe», ¡con qué dureza los

libertinos le arrojan al rostro el insulto, mofándose de lo que llaman

su deshonra! Pocos son los que no siguen la corriente general. Aun

entre los escritores que han tratado, pero sin fruto, de idealizarlo,

el hecho de entregarse la mujer al que ama y la desea, sin que haya

sido previamente firmado, publicado y legalizado, es un acto de los más

trágicos.

La utilidad del matrimonio, que es una escritura de propiedad, un

contrato mercantil, antes de ser la unión de dos personas, resulta

de la estructura económica de una sociedad basada en la apropiación

individual. Al ofrecer garantías para los hijos legítimos y al

asegurarles los capitales paternos, el matrimonio perpetúa la

dominación de la casta detentadora de las fuerzas productivas. Y

notaremos de paso que, a pesar del divorcio, las consideraciones

pecuniarias que presiden a la conclusión del matrimonio y representan

el papel más importante mientras dura, mantendrán en pie, salvo raras

excepciones, su indisolubilidad. Las susceptibilidades morales cederán

ante los intereses materiales y se procurará evitar toda irregularidad

en la conducta de ambos a fin de no deshacer un buen negocio.

Transformado el modo de propiedad, y solo después de esta

transformación, perderá el matrimonio su razón de ser, y entonces, sin

temor del menosprecio, mujeres y hombres podrán escuchar libremente la

voz de su naturaleza, satisfacer sus necesidades amorosas y ejercitar

todos los órganos cuyo funcionamiento regular exige la higiene.

Realizada en favor de todos la igualdad de los medios de acción y de

desarrollo, y convirtiendo en carga social la manutención de los niños,

así como su instrucción, y libres ya de la diferencia de nacimiento,

no habrá lugar para la prostitución ni para el matrimonio, que en su

conjunto, no es más que la prostitución ante el alcalde.

En efecto, la prostitución consiste en la subordinación de las

relaciones sexuales a consideraciones económicas; y de cualquier modo

que se la considere, la mujer es hoy la manceba del hombre. Las que no

pueden hallar un marido encargado de subvenir a todos los gastos, se

alquilan temporalmente para vivir; casadas o no, en general viven del

hombre y para el hombre. Las más virtuosas protestas en nada cambiarán

esta costumbre, la cual se practicará hasta que la mujer sea emancipada

desde el punto de vista económico. No estando entonces dominadas las

relaciones sexuales por móviles extraños a su fin natural, serán

relaciones esencialmente privadas, y se basarán en lo único que las

hace dignas, en el amor, en el deseo mutuo, y serán tan duraderas o tan

mudables como el deseo que las provoque.

* * * * *

Desde el punto de vista político, la burguesía halaga a los obreros

diciéndoles que si desean reformas son dueños de imponerlas, pues

poseen el sufragio universal, que obra en las condiciones que ella se

ha servido indicar, y en el momento escogido también por ella. Serían,

pues, muy descontentadizos si no aceptasen este arma de papel, con la

cual no pueden hacer daño alguno a sus adversarios.

La minoría detentadora de los medios de producción es dueña absoluta de

la existencia de una mayoría que no puede satisfacer sus más urgentes

necesidades orgánicas sino con auxilio del salario. Para obtener este

salario indispensable tiene que doblegarse a la voluntad de los únicos

que pueden proporcionárselo, los cuales disponen a su antojo de la vida

y de la libertad de todos.

La soberanía sin la propiedad es no tan solo inútil, sino el más

pérfido de los lazos. Antes del establecimiento del sufragio universal,

el censo servía de barrera entre poseedores y desposeídos; exentos

estos últimos del gobierno y de la propiedad, su organización en clase

distinta --que hubiera amenazado las prerrogativas capitalistas el día

en que hubiesen tenido conciencia clara de la inferioridad sistemática

en que se los mantenía-- resultaba del ostracismo legal a que estaban

condenados.

De resultas de haber otorgado a todos el derecho de participación

intermitente en los negocios públicos, sobrevino una confusión funesta.

Los explotados, a quienes hasta entonces se había considerado tan

solo como asalariados, soldados y contribuyentes, fueron víctimas

de una ilusión, de que se aprovechó la casta gobernante: soberanos

nominalmente, se creyeron los dueños. Con arreglo cada cual a su

educación, a sus preocupaciones o a su temperamento, se alistaron

en los diferentes partidos burgueses, engrosaron las filas de sus

enemigos de clase, y dejaron que tal o cual fracción de la burguesía,

con auxilio suyo, se impusiera a las demás.

El obrero no es ya obrero exclusivamente. Creyendo votar por

correligionarios políticos, entrega el poder a hombres cuyos intereses

económicos se oponen abiertamente a los suyos; en efecto, no puede

haber comunidad de intereses entre el que puede explotar a su voluntad

y el que se ve obligado a aceptar las condiciones de explotación que se

le impongan.

Los que se hallaban bajo la dependencia económica de la clase burguesa

se han convertido, merced al sufragio universal, en factores de su

propia dominación política. Los gobernantes burgueses, cualquiera

que sea el color de su bandera, están todos de acuerdo en oponerse a

aquello que signifique algún atentado contra su propiedad y disminuya

sus monopolios de casta. Por esto, si la forma gubernamental ha

avanzado un paso con el establecimiento de la República, último término

de la evolución puramente política, la organización social, causa

inevitable de la miseria, no ha variado ni variará en tanto no se

modifique la forma de propiedad.

El sufragio universal encubre, en beneficio de la burguesía, la

verdadera lucha que debe emprenderse. Se entretiene al pueblo con las

insulseces políticas, tratando de interesarle en la modificación de

tal o cual rueda de la máquina gubernamental; mas, en realidad, ¿qué

importa una modificación, si el objeto de la máquina es siempre el

mismo, y lo será mientras haya privilegios económicos que proteger, ni

qué importa tampoco a los que ella triturará mientras exista, un cambio

de forma en el modo de triturarlos?

El pretender conseguir por medio del sufragio universal una reforma

social, y el querer llegar por ese expediente a la destrucción de la

tiranía del taller, de la más inicua de las monarquías, de la monarquía

patronal, es formarse una idea singularmente falsa del poder del tal

sufragio. Los hechos son innegables: examínense los dos países en que

el sufragio universal se halla establecido desde hace más tiempo y

favorecido su ejercicio por una amplitud de libertad de que todavía no

gozamos en Francia.

Cuando Suiza quiso librarse de la invasión clerical, cuando los

Estados Unidos quisieron suprimir la esclavitud, no pudieron

conseguirse estas dos reformas en ninguno de los dos países en que

existía el derecho electoral, sino empleando la fuerza; la guerra del

Sonderbund y la guerra separatista son prueba elocuente de ello.

No obstante, como en todo y para todo hay que adaptarse a las

condiciones del medio en que se ha de vivir, desde el instante que el

sufragio universal existe, es preciso atenerse a él, ajustarse a la

situación creada por su establecimiento y tratar de utilizarse lo mejor

que se pueda de un estado de cosas que no se ha provocado, pero que no

se puede menos de acatar.

El sistema abstencionista no conduciría a nada. Las abstenciones

aumentan debido a que, no votando nadie por el simple deseo de ejercer

el acto de soberanía que consiste en echar un papel en una urna, se

echa de ver cada día más la esterilidad del sufragio universal como

instrumento de reformas. Pero si la acción electoral es estéril, la

abstención no lo es menos. Las abstenciones no interrumpen en modo

alguno la máquina electoral, y, aunque no se tenga participación alguna

en la fabricación de diputados, estos no dejan de ser elegidos y tiene

uno que someterse a las leyes confeccionadas por ellos. Negándose a

tomar parte en las elecciones no se pone ningún obstáculo a la política

burguesa.

Debe aprovecharse el sufragio universal, puesto que existe; mas no

debe exigírsele lo que no puede conceder. El sufragio debe servir para

reparar el mal causado por la fusión política del Proletariado y de

la burguesía, y para formar, independientemente de todos los partidos

burgueses, el ejército de la revolución social.

A lo que hay que aspirar especialmente, no es a la entrada de algunos

socialistas en el Parlamento, ni tampoco a una acción parlamentaria

cualquiera: lo que debe buscarse es el reunir a la clase obrera,

diseminada en los diversos partidos republicanos burgueses, y el

separarla de aquellos cuyos intereses económicos son opuestos a los

suyos. Como medio de agrupar el Proletariado para la lucha, el sufragio

universal puede contribuir a acentuar la división entre las clases

confundidas políticamente por él, pero esto es todo lo que puede

realizar.

El medio de apresurar, con auxilio del sufragio universal, esta

formación del ejército obrero, es la candidatura de clase, que

continúa en política la lucha de clases que rige nuestro estado social,

acentuando en el terreno electoral el antagonismo existente entre

aquellos que, cualesquiera que sean sus opiniones políticas, detentan

los medios de producción, y los que no poseyendo más que su fuerza

de trabajo, tienen que adaptarse para vivir a las exigencias de los

primeros.

Pero no deben confundirse la candidatura de clase y la candidatura

obrera. Como esta última no es otra cosa que la candidatura de un

obrero de ideas más o menos radicales, lejos de tener para la burguesía

una significación hostil, será poco a poco alabada y sostenida por

ella; este es un nuevo lazo tendido a la sencillez de un Proletariado

que comienza a desconfiar de los políticos de profesión, a comprender

que ha sido burlado por ellos, y que, si legalmente ha sido proclamado

soberano, en realidad ha seguido siendo esclavo.

Se tratará de conservar la confianza del Proletariado, que disminuye,

proponiendo a sus sufragios uno de los suyos. Con la candidatura obrera

se tratará de impedir que la guerra entre obreros y burgueses suceda

a las inocentes escaramuzas entre republicanos de diversos matices.

Bien sea un burgués o un obrero alistado bajo cualquier bandera de

la burguesía el que salga elegido, el resultado será el mismo. La

candidatura obrera, cuando no es otra cosa que la candidatura de un

obrero, es una farsa; es necesario que la candidatura de clase lleve

a la esfera política la guerra de clases que llena las páginas de la

historia, y para efectuar esto debe elegirse el candidato en virtud de

los servicios que puede prestar y no del estado que ejerza.

En efecto: si así como el enfermo tiene una noción más precisa de su

dolor que el médico que le asiste, el obrero tiene más que nadie una

idea exacta de las privaciones que sufre; así también, al tratarse del

remedio conveniente, los obreros, considerados únicamente como obreros,

no son más aptos para indicar la solución de la cuestión social que

los enfermos para descubrir el tratamiento que conviene. Cuando su

competencia en esta materia existe, proviene de estudios especiales y

no de su posición de obreros.

Después de lo que antecede, ¿es necesario añadir que no emprendemos

campaña alguna para obtener en la actualidad los derechos políticos de

la mujer, y que, desde luego, la quimera de la candidatura femenina no

nos cuenta en el número de sus partidarios, por más que en los grupos

del Partido Obrero la mujer sea considerada como enteramente igual al

hombre?

Convencidos de que el derecho de sufragio es impotente para conseguir

la emancipación humana, no cometeremos la falta de perder un tiempo

precioso en perseguir un fin que, aun suponiendo que se alcanzase,

sería incapaz de mejorar la situación de la mujer. Esto sería para ella

y para aquellos cuyos esfuerzos hubiesen sido estériles, un engaño más

que tendrían que añadir a los ya causados por el sufragio universal;

solo que esta vez la responsabilidad caería por completo sobre los que

se hubieran dejado llevar de un sentimentalismo demasiado irreflexivo.

La emancipación femenina está subordinada a la transformación

económica, y únicamente trabajando en pro de esta se hará algo en

realidad por la primera; el obrar de otro modo es hacerse cómplice,

a sabiendas o inconscientemente, de extravíos perjudiciales a los

intereses que se aparenta defender.

Desde el punto de vista económico se ha hablado de asociación. Pero la

asociación obrera es quimérica para todo lo que es grande industria,

puesto que esta absorbe cada vez más la mayoría de los obreros, dada la

forma gigantesca que reviste el instrumento de trabajo y lo crecido de

los anticipos necesarios para la creación de una empresa.

¿Qué significaría el ahorro obrero, aun suponiendo que fuese

practicable, comparado con la indispensable acumulación de los

capitales? Además de que, si por un hecho excepcional pudiera

extenderse el ahorro, sería un nuevo engaño. Quien dice ahorro

generalizado, dice disminución de consumo, es decir, disminución en

la demanda de productos; y por ende, disminución de la producción y

aumento de los paros forzosos, en perjuicio de los que no pueden vivir

sino a condición de estar ocupados.

Respecto a la intervención del Estado, el conceder créditos a las

Asociaciones obreras permitiría hacer a la burguesía una guerra con

éxito y tendería, por consiguiente, a mermar sus beneficios; mas como

es la burguesía quien dirige el Estado, ella tendrá buen cuidado,

digan lo que quieran algunos hábiles que aspiran a hacerse populares

reclamando con estruendo lo que saben no puede obtenerse, de no

proporcionar al Proletariado la posibilidad de arruinarla en un plazo

más o menos remoto.

En cuanto a la pequeña industria, en la que el instrumento de trabajo,

de poco valor, hace más asequible la posibilidad de la asociación,

semejantes asociaciones tropiezan en la práctica con obstáculos

difíciles, si no imposibles, de vencer.

Impidiendo el modesto capital a los talleres cooperativos el acometer

empresas importantes, y no permitiéndoles tampoco dar fiado a los

clientes, los coloca, respecto de los patronos, en la posición

desfavorable del pequeño productor frente al productor en grande

escala, con otra desventaja sobre los dueños de pequeños talleres,

a quienes nada impide, cuando escasea el trabajo, despedir todo o

parte del personal asalariado, pues no les preocupa en lo más mínimo

el saber cómo vivirán sus obreros cuando no trabajan, ocupándose

solo en disminuir sus gastos; mientras que el taller cooperativo,

no pudiendo despedir a los asociados, los cuales aunque no trabajen

tienen necesidad de subsistir, se vería obligado a gastar sus fondos

o contraería deudas. Los periodos de prosperidad, lejos de aprovechar

al obrero, habrían de consagrarse a enjugar el déficit producido en la

caja durante la paralización de los negocios; el obrero trabajaría, lo

mismo que antes, para el capitalista, que entonces se llamaría acreedor

en vez de llamarse patrón, y se consideraría dichoso si no se consumaba

su ruina.

La mayor parte de las veces, estas asociaciones cooperativas solo

tienden a la emancipación de unos cuantos, y, cuando por acaso

prosperan, se convierten en patronatos colectivos que se aprovechan del

trabajo de simples asalariados y reparten los beneficios entre varios

accionistas, sin acordarse de los antiguos compañeros de miseria más

que para explotarlos.

Cuando se reflexiona que, en una industria privilegiada como la

tipografía, muchos miles de obreros se hallan imposibilitados de

intentar su emancipación, por incompleta que sea, mediante la

asociación obrera, es preciso convenir en que este ejemplo, panacea

favorita de los reformadores charlatanes, solo prueba una cosa:

la impotencia de la sociedad cooperativa y la imposibilidad de

generalizarla.

Otro de los remedios más cacareados consiste en la participación en

los beneficios; y se explica el interés con que se aconseja este modo

particular de retribución, pues está ya hoy demostrado que únicamente

beneficia a los capitalistas, quienes, gracias a este sistema, recogen

por un lado más de lo que aparentan prodigar por otro.

La participación en los beneficios, haciendo creer al obrero que

trabaja para sí y que logrará mayor producto cuanto más trabaje, sujeta

el obrero al taller, suprime las huelgas, asegura la disminución

de los gastos generales por la economía de las primeras materias y

obliga al obrero a producir la mayor cantidad posible de trabajo,

precipitando así, por el exceso de producción que de esto resulta, el

advenimiento de los paros y de las crisis periódicas. La participación

en los beneficios no es, pues, sino un medio de aumentar el grado de

explotación.

Hay que añadir que la esfera en que es aplicable, es decir, útil a

los patronos, es limitada. Donde los movimientos del obrero tienen

que adaptarse forzosamente a los movimientos no interrumpidos de

la máquina, donde el empleo de la materia primera puede calcularse

exactamente, donde la vigilancia es fácil, la participación, siendo

improductiva para el capitalista, no es ni será nunca aplicable.

Hay quien habla de transformar la suerte de la clase obrera por un

perfeccionamiento de nuestro absurdo sistema de impuestos y sobre todo

por la abolición de los derechos de consumo.

Nuestro sistema fiscal grava extraordinariamente los artículos

de primera necesidad; la modificación de este sistema mejoraría

inmediatamente la posición del obrero, pero solo sería una mejora

pasajera. El salario tiende a regirse por el precio de las

subsistencias indispensables al trabajador, y, suponiendo que

disminuyese su precio por la rebaja de los arbitrios, el salario

concluiría al fin por bajar. Cuanto más barata es la vida, menor es el

salario, y la situación real sería la misma que antes de esta reforma

improbable. En definitiva, una rebaja en el precio de sus subsistencias

no aprovecharía más al asalariado que la disminución en el precio de la

paja al animal que la come. Por otra parte, el experimento se ha hecho

ya. En Bélgica se suprimieron los consumos en 1860; el obrero belga

paga anualmente una cantidad media de impuestos mucho menor que el

obrero parisiense; ¿está por eso menos explotado? ¿en qué es preferible

su existencia a la de nuestros proletarios? La sujeción obrera es

independiente del sistema de contribuciones.

Respecto al librecambio y a la protección, panaceas ensalzadas por

algunos, son simplemente disputas entre capitalistas, que no interesan

en lo más mínimo a la clase obrera. Unos, necesitando proteger su

campo de explotación nacional amenazado por la competencia extranjera,

reclaman gravámenes sobre los productos extranjeros; otros, necesitando

el libre acceso del mercado universal para poder ensanchar su

explotación, aspiran a la libertad del cambio. Todos piensan únicamente

en el mantenimiento provechoso de una potencia que nace exclusivamente

del modo de apropiación, y que da origen a los desórdenes económicos y

a las miserias proletarias.

Sería una candidez el tratar de persuadir a los capitalistas a que

renuncien al orden de cosas de que se disfrutan. Una mejora ruinosa

para ellos, y efectuada, sin embargo, por ellos mismos, en la

suerte del trabajador, es tan inverosímil como la intervención del

Espíritu Santo. No acertaré nunca a figurármelos en el interesante

papel de empobrecidos por persuasión. ¿Se cree, no obstante, que

esa problemática acción voluntaria será sustituida por la acción

legislativa? Pero, ¿cómo esperar de los hombres de la burguesía, como

diputados, lo que no se puede esperar de ellos como patronos, lo que

rehúsan individualmente cuando sus obreros solicitan un ligero aumento

de salario o una rebaja del tiempo de trabajo?

* * * * *

Para modificar al hombre y sus instituciones es necesario modificar

primero el medio económico que los produce. Una transformación social

como la abolición de la esclavitud en los Estados Unidos y la abolición

del régimen del salario actualmente entre nosotros, si bien conforme

con las condiciones económicas del momento, no se efectúa sin una

perturbación violenta. El orden de cosas antiguo, matriz del organismo

superior llamado a sucederle, no sufre sin resistencia la aparición de

los elementos nuevos que él mismo ha engendrado: todo alumbramiento va

acompañado de efusión de sangre.

Y no por hablar en nombre del derecho se evitaría el recurrir a la

fuerza. Pasaron los tiempos en que los hebreos, haciendo resonar

sus trompetas, derribaban las murallas de Jericó; las frases más

retumbantes sobre el derecho y la justicia no arrancarían ni una piedra

de la fortaleza capitalista. Si desde el punto de vista subjetivo es

cierto que la fuerza no puede constituir derecho, en realidad sucede

lo contrario: la fuerza constituye el derecho en el sentido de que

todo derecho no sancionado por la fuerza está confinado en el dominio

especulativo.

El capital: Resumido y acompañado de un estudio sobre el Socialismo científico · 第 17 / 134 题