LA SUPRESIÓN DE CLASES Y EL MODO DE REALIZARLA

La distinción de clases que existe y la lucha que de ella se origina,

no desaparecerán más que con la supresión de las desigualdades

artificiales y mediante el reconocimiento de la igualdad social de

todos ante los medios de desarrollo y de acción de las facultades

musculares y cerebrales.

La igualdad ante los medios de acción será la consecuencia de la

socialización de las fuerzas productivas que prepara, como ya hemos

visto, la centralización económica actual.

La igualdad ante los medios de desarrollo resultará de la admisión de

todos --no diré, empleando la fórmula usada, la cual, no pudiendo

tomarse al pie de la letra, es mala-- a la instrucción integral, sino

a la instrucción científica y tecnológica, general y profesional.

Lo que es necesario procurar a todos, y reclama el sistema moderno de

producción, es una instrucción que, por medio de nociones universales,

permita a los individuos emprenderlo todo, conocer las relaciones

generales que provienen de los resultados empíricos de las ciencias

particulares, haciéndoles, no obstante, adquirir conocimientos

especiales en armonía con sus aptitudes e inclinaciones, en una

palabra, una instrucción que adapte al trabajador a las múltiples

exigencias del trabajo.

Solo con esta igualdad ante los medios de desarrollo y de acción, cuya

garantía social, asegurada a todo ser humano sin distinción de sexo,

está conforme con las varias necesidades de la producción moderna,

podrá efectuarse la emancipación de la mujer, así como la del hombre.

La mujer es hoy casi exclusivamente un animal de lujo o una bestia de

carga. Mantenida por el hombre cuando no trabaja, está aún obligada a

serlo aun cuando se mate trabajando.

En cantidad y calidad iguales, el trabajo de la mujer está menos

retribuido que el del hombre. Pero esté o no bajo la dependencia

patronal, no escapa a la dependencia masculina, y de todos modos se ve

obligada a buscar en su sexo, transformado de una manera más o menos

aparente en mercancía, un suplemento a sus recursos, insuficientes.

Si durante mucho tiempo ha permanecido por su misma naturaleza

colocada en una situación inferior, a la hora presente existen ya

las condiciones que le abren los diversos géneros de actividad. El

desarrollo de la industria mecánica ha ensanchado la esfera estrecha

en que la mujer estaba confinada; la ha libertado de las antiguas

funciones domésticas y, al suprimir el esfuerzo muscular, la ha hecho

apta para las faenas industriales. Así, pues, arrancada al hogar

doméstico y arrojada en la fábrica, puesta al nivel del hombre ante

la producción, solo le falta emanciparse como obrera, para igualarse

socialmente con aquel y para ser dueña de sí misma.

No siendo su inferioridad legal otra cosa que el reflejo de la

servidumbre económica particular de que es víctima, su igualdad civil y

política no se podrá buscar eficazmente si no se logra la emancipación

económica, a la cual, lo mismo para ella que para el hombre, se halla

subordinada la desaparición de todas las servidumbres.

Porque el socialismo habla de igualdad, y sin cuidarse de examinar

qué se entiende por esta, se le acusa de soñar con una nivelación tan

quimérica como universal y de tender a una medianía uniforme.

De lo que precede resulta que el socialismo quiere la igualdad ante los

medios de desarrollo y de acción, es decir, la igualdad del punto de

partida. Mas esta igualdad no implica, en ningún caso, ni la igualdad

de movimientos, ni la igualdad en el punto de llegada. Al asegurar

a todos los organismos humanos una parte igual de las posibilidades

de educación y de ejercicio, lejos de realizar la uniformidad, el

socialismo hará brotar y acentuará las desigualdades naturales,

musculares o cerebrales. Aun cuando fuera posible, el socialismo

científico se guardaría muy bien de borrar esas diferencias, pues

no ignora que semejante heterogeneidad es una de las condiciones

esenciales del perfeccionamiento de la especie.

Mientras no se establezca la igualdad social ante los medios de

desarrollo y de acción, la cual se deduce de las tendencias íntimas de

la producción moderna, el proclamar el derecho del hombre a ser libre

equivaldría a conceder generosamente a un paralítico el permiso de

andar. Solo mediante esta igualdad, llegará a ser un hecho la libertad,

que es el juego de todos los organismos humanos según su voluntad

consciente.

El socialismo quiere la libertad completa del hombre, sin que esto se

interprete torcidamente, pues no hay palabra más elástica que la de

libertad; es un pabellón que cubre todo género de mercancías.

Los campeones del más radical de los liberalismos, so pretexto de

libertad de cultos, tolerarían bajo cualquier régimen las prácticas

religiosas, es decir, el peligro seguro del estupro intelectual

de los niños, poniéndolos así, gracias a su deformado cerebro, en

la imposibilidad moral de ejercer conscientemente su facultad de

iniciativa.

Otros hay que defienden una libertad especial del padre de familia, la

que no suele ser otra cosa que un atentado legitimado contra el niño,

que no puede llegar a ser por este motivo lo que su naturaleza le exige.

En nombre de la libertad del trabajo, se otorga al capitalista la

libertad de explotar a su antojo al trabajador, y a este la obligación

de someterse.

Esas libertades, tan pródigamente concedidas a algunos, tienen el mismo

fundamento que tendría la libertad del guardagujas de manejar las

agujas y hacer los cambios de vía a medida de su capricho.

La libertad es para cada uno, no el derecho, que nada significa, sino

el poder moral y material de satisfacer sus necesidades naturales o

adquiridas. Derivada de la igualdad ante los medios de desarrollo y

de aplicación de las facultades orgánicas, o en otros términos, de la

universalización de la instrucción y de la socialización de las fuerzas

productivas, la libertad implica la acción común, la solidaridad.

El hombre aislado no reconocería otros límites a su acción que los de

su propia fuerza, y su acción se vería, desde luego, singularmente

limitada. Por esta razón, y a impulsos del interés personal, la

acción común reemplaza cada día en mayor escala a la acción puramente

personal. El hombre es para el hombre un auxiliar necesario; la

comunidad de acción, que tiende por medio de funciones diferentes, pero

respectivamente indispensables, a la realización de un fin común, el

bienestar, debe completarse evidentemente con la comunidad de ventajas.

La solidaridad, que ha sido sucesivamente familiar, comunal, nacional,

tiende a ser internacional. Desde este momento, la facultad que posee

el hombre de obrar solo, de ser en absoluto independiente de la

acción de los demás, en una palabra, la autonomía tan obstinadamente

glorificada, si no fuera irrealizable, merced a la evolución económica

que domina todas las relaciones humanas, sería un retroceso, una

disminución de fuerza, es decir, de libertad, para el individuo, en

lugar de ser un acrecentamiento.

Siendo la libertad tanto mayor cuanto menos subordinada está en su

ejercicio a circunstancias extrañas a la voluntad, y siendo tanto más

fáciles de vencer los obstáculos contra los que tropieza la voluntad

cuanto menos diseminadas se hallen las fuerzas que los combaten, la

centralización, merced a la cual se puede conseguir el máximum de

resultados con el mínimum de esfuerzos, se impone como garantía de

expansión para la libertad individual.

Por otra parte, la actividad corporal e intelectual solo fuera del

taller podrá revestir el carácter de libertad, que es su atractivo.

En efecto, una organización mecánica no permite el desarrollo

espontáneo de las facultades humanas; el hombre no es en tal caso sino

un engranaje del maquinismo, reducido a adaptarse a los movimientos

automáticos del conjunto. Cuanto más se perfeccione y universalice

la máquina, menos trabajo tendrá que ejecutar el hombre; pero menos

también el trabajo, tomado en conjunto, será resultado de la libre

iniciativa humana, convirtiéndose en tarea enojosa para un gran número

de trabajadores. Con la corta duración del trabajo, la diversidad sana

en el aburrimiento inevitable será lo que pueda realizarse fácilmente.

Habrá, pues, dirán algunos, obligación de trabajar.

La libertad será en materia de trabajo todo cuanto esta pueda ser en

cualquier otra materia, es decir, el ejercicio de la actividad humana

no embargado socialmente y limitado solo por las fatalidades orgánicas

exteriores. Supongamos que se permitiera a todo el mundo ir desnudo;

las gentes, dada la temperatura de nuestros inviernos, continuarían

vistiéndose, no obligadas por voluntad ajena, sino por una necesidad

inherente a su organismo. Es libre el hombre cuya voluntad no se halla

determinada sino por móviles nacidos de sí propio, los cuales puede

acomodar a su antojo a las condiciones necesarias de su vida: era,

pues, libre el hombre cuya voluntad de trabajar provenga solo, así

como su voluntad de comer, de las necesidades personales que tenga que

satisfacer, y solo trabaje en lo que le convenga, sabiendo que trabaja

exclusivamente para sí propio y teniendo conciencia de que trabaja por

su sola voluntad.

No será probablemente por distraerse por lo que se trabajará, dada la

manera de ser del trabajo, aunque este se mejorará cuanto sea posible;

el único móvil para ello será el interés, que es el punto de partida

real de todos los actos del hombre y el que rige todas las relaciones

del individuo con el medio ambiente.

Asimismo, excitando el interés, se conseguirá la ejecución de las

labores particularmente peligrosas o repugnantes, gracias a una

elevación en el precio de la hora de trabajo. Por ejemplo, se

establecerá que cuatro horas dedicadas a una de estas especialidades

ingratas equivalen a seis o siete de trabajo simple. Por lo demás,

no habrá en esto determinación arbitraria; la diferencia que exista,

para una misma ganancia, entre el tiempo empleado en obras ordinarias

y el empleado en obras o labores penosas, variará según la oferta y

la demanda de estas últimas obras. No se condenará a una categoría

de trabajadores a ejecutarlas exclusivamente. En esta materia nadie

tendrá obligación directa emanada de una ley especial, ni obligación

indirecta a consecuencia de la imposibilidad de no poder subsistir

haciendo otra cosa. Los que ejecuten dichas obras serán absolutamente

libres de dedicarse a otra ocupación. De ninguna manera se especulará

como hoy con su miseria, sino con el deseo natural en algunos, ya de

una ganancia mayor en un mismo tiempo de trabajo, o bien de un descanso

más prolongado por la misma ganancia. Sentemos además que el espíritu

de abnegación innato en el hombre lo mismo que en el perro, por

ejemplo, podrá entonces ejercitarse, y se ejercitará tanto más cuanto

el entusiasmo y la emulación, no practicados hoy por los que saben que

trabajan para otros, llegarán al fin a su apogeo.

Una vez en estas condiciones, y no trabajando ya el hombre obligado

por una fuerza extraña a su organismo, el trabajo, según la ingeniosa

expresión de uno de los más eruditos pensadores socialistas, Pablo

Lafargue, será para todos tan solo «el condimento de los placeres de

la pereza». Va en posesión de su individualidad, anidada por la tarea

mecánica, que los progresos de la maquinaria abreviarán y aligerarán

cada vez más, podrá el hombre, terminado su trabajo, disfrutar

ampliamente los goces físicos resultantes del completo ejercicio de

sus órganos, así como de los placeres intelectuales que procura el

cultivo de la ciencia y del arte. El placer, objeto final de todo

organismo viviente, se realizará entonces para cada uno con arreglo a

su naturaleza.

Pero esta libertad se encuentra subordinada a la socialización de los

medios de producción; la colectividad no podrá disfrutar de ellos

mientras no posea los medios económicos de aprovecharlos. Ahora bien,

¿los detentadores privilegiados de estos medios, condición _sine qua

non_ de la libertad, los abandonarán desde el instante en que ellos a

su vez sean libres de no abandonarlos?

Hallándose unida a la posibilidad de tener cada cual a su disposición

el instrumento y la materia de trabajo, la libertad no surgirá sino de

una presión ejercida sobre sus propietarios actuales, sobre los que son

demasiado libres mientras que la mayoría trabajadora no lo es nada.

Nosotros somos revolucionarios porque sabemos por la experiencia de

toda la historia que las clases dominantes solo se suicidan --si acaso

se suicidan-- cuando echan de ver que se las va a matar, sabiendo

también que, lógica y cronológicamente, la noche del 4 de agosto viene

después de las jornadas del 14 de julio.

Somos partidarios de recurrir a la fuerza para alcanzar la libertad,

del mismo modo que en ciertos casos patológicos hay que recurrir a la

camisa de fuerza para conseguir la curación; una vez esta conseguida

y recuperada completamente la salud, se goza de libertad completa en

los movimientos, pero mientras dura la enfermedad se prohíbe mover

aquella parte del cuerpo cuyos movimientos comprometerían la salud en

general. Si es ser autoritario el negar la libertad, durante el periodo

de tratamiento que exija la modificación del orden social, a aquellos

cuya acción podría poner en peligro nuestra reorganización, nosotros

somos autoritarios. Queremos proceder autoritariamente contra la clase

enemiga, y queremos suprimir las libertades capitalistas, que impiden

la expansión de las libertades obreras.

Expliquemos esto, a fin de que los jesuitas rojos o tricolores no

deformen nuestro pensamiento: la autoridad que nosotros proclamamos

útil no es en modo alguno la autoridad cesárea de las individualidades,

cualesquiera que estas sean, sobre la masa, sino al contrario,

proclamamos la autoridad de la masa sobre las individualidades que

ella emplea, la acción directa de los interesados, la autoridad del

Proletariado y no sobre el Proletariado. Esta autoridad resultante

del conjunto de los interesados en ser libres no será opresiva para

ellos, a menos de admitir la opresión de las gentes por ellas mismas.

La dictadura de clase deberá reinar hasta el día en que la libertad,

posible para todos, pueda, sin inconvenientes para nadie, ser ejercida

por todos.

El recurso a la fuerza, a la revolución, por la clase que, si ha de ser

libre, necesita conquistar los medios de serlo, no será otra cosa que

la fuerza empleada a su vez por los explotados contra los explotadores.

La minoría poseedora ha colocado sus monopolios bajo la protección de

una fuerza capaz de refrenar las tentativas de rebelión de la mayoría

desheredada; en la existencia de clases antagónicas se halla la razón

de ser de los ejércitos permanentes, que representan la permanencia

de la fuerza necesaria para la defensa de la clase privilegiada --en

Bélgica, por ejemplo, existe un ejército permanente, por más que las

Potencias europeas hayan establecido su neutralidad--, los cuales no

desaparecerán sino con su causa.

Si el ejército permanente es, en toda su brutalidad, la organización

de la fuerza, a la que no vacilan jamás en dirigirse los apoderados de

la clase propietaria en peligro, la legalidad es tan solo la fuerza

sistemática coordinada en sentencias. Entre el empleo de la fuerza

bruta y el de la fuerza metódica no media más que una simple cuestión

de forma, el resultado es el mismo. Que a uno le golpeen bárbaramente o

con todas las reglas del pugilato, no por eso quedará menos maltratado.

La ley no es otra cosa que la consagración de la fuerza encargada de

mantener intactos los privilegios de la clase poseedora y gobernante;

y solo oponiendo victoriosamente la fuerza a la fuerza, y, por

consecuencia, destruyendo violentamente esa forma de la fuerza que es

la legalidad, puede llegar a su emancipación una clase inferior.

Si nuestro fin, la socialización de las fuerzas productivas, es una

necesidad económica, nuestro auxiliar, la fuerza, es una necesidad

histórica.

Todos los progresos humanos, todas las transformaciones sociales y

políticas de nuestra especie han sido obra de la fuerza. Examinando la

historia moderna de nuestro país se ve que la abolición de la monarquía

de derecho divino y del orden feudal se deben a la revolución de 1789;

que la desaparición de una religión del Estado resultó de la revolución

de 1830; que el establecimiento del sufragio universal se debe a la

revolución de 1848, y la proclamación de la República a la revolución

de 1870.

También ha habido un derecho, más aún, un deber de insurrección

inscrito en el evangelio burgués, en la Declaración de los derechos del

hombre y del ciudadano. De este derecho, del que ella hacía un deber

para la masa a su servicio, la burguesía ha usado ampliamente, y se ha

emancipado por medio de la insurrección, y merced a la insurrección

ha llegado gradualmente a la omnipotencia. Desde el momento que ha

alcanzado su máximum de dominación, este derecho, este deber no existe

ya, y la burguesía condena, ahora que se emplea en contra suya, esta

misma fuerza que ella ha utilizado en provecho propio: el derecho a la

insurrección debe abolirse puesto que ella no lo necesita. Por esta

razón trata de convencer al Proletariado de la ineficacia del método

revolucionario. ¿Qué le ofrece en cambio?

V

El capital: Resumido y acompañado de un estudio sobre el Socialismo científico · 第 16 / 134 题