Solo por el estudio, por la observación de la naturaleza de las cosas
y de los seres, es como el hombre, consciente de sus efectos, puede
hacerse dueño cada día más de su propio movimiento.
Antes de coordinar ideas y de conocer sus diversas relaciones, el
hombre ha ejercido una acción; esto es cierto, ya se considere la
infancia del individuo o la de la especie. Pero solo a partir del
momento en que esta queda subordinada al pensamiento que reflexiona,
es cuando la acción deja de ser incoherente para adquirir una eficacia
rápida y real. Sucede con la acción revolucionaria lo que con
cualquiera otro género de acción: que debe tener por guía la ciencia,
si no ha de esterilizarse en pueriles esfuerzos.
El sostener, sea la que quiera la materia de que se trate, que la
ciencia es inútil o que el estudio ha perdido su razón de ser, no es
más que un torpe pretexto para dispensarse de estudiar o para excusar
una obstinada ignorancia.
El estudio de la vida social no modificará ciertamente por sí solo
la forma social, ni tampoco proporcionará, con todos sus detalles,
los planos, sección y elevación de una nueva sociedad; pero sí nos
descubrirá los elementos constitutivos de la sociedad presente, sus
combinaciones íntimas y, juntamente con sus tendencias, la ley que
preside a su evolución. Este conocimiento permitirá no «abolir por
decretos las fases del desarrollo natural de la sociedad moderna, sino
abreviar el periodo de la gestación y dulcificar los dolores de su
alumbramiento».
Al llevar a cabo el estudio de la sociedad, Carlos Marx no ha tenido
la pretensión de ser el creador de una ciencia desconocida hasta él.
Al contrario, y así lo prueban las numerosas notas de su obra, se ha
apoyado en los estudios de los economistas que le han precedido, y ha
tenido sumo cuidado de recordar, en cada cita, el primero que la había
formulado. Pero ninguno más que él ha contribuido a extraer de su
análisis la verdadera significación de los fenómenos sociales; ninguno,
por consecuencia, ha hecho tanto por la emancipación obrera, por la
emancipación humana.
No hay duda que otros antes que él habían sentido las injusticias
sociales y se habían indignado ante estas injusticias; muchos son
los que, soñando con poner remedio a tantas iniquidades, han escrito
admirables proyectos de reformas. Movidos por una loable generosidad,
teniendo casi siempre una percepción muy clara de los padecimientos de
las masas, criticaban, con tanta justicia como elocuencia, el orden
social existente. Mas como no tenían una noción precisa de sus causas y
de su transformación venidera, creaban sociedades modelos cuyo carácter
quimérico procuraban atenuar con alguna que otra intuición exacta. Si
la felicidad universal era su móvil, la realidad no era su guía.
En sus proyectos de renovación social no tenían en cuenta los hechos,
pretendiendo guiarse por las solas luces de la razón; como si la razón,
que no es otra cosa que la coordinación y la generalización de las
ideas sugeridas por la experiencia, pudiese ser por sí misma origen de
conocimientos exteriores y superiores a las modificaciones cerebrales
de las impresiones externas.
En una palabra, eran metafísicos, como lo son hoy los anarquistas. En
vez de raciocinar tomando la realidad por punto de partida, atribuyen
todos ellos la realidad a las ficciones nacidas de su ideal particular
de justicia absoluta.
Pareciéndoles, desde el punto de vista especulativo, que el más
agradable de todos los sistemas sociales sería aquel en que floreciera
la difusión sin límites de las voluntades individuales, siendo ellas
mismas su única ley, los anarquistas hablan de realizarla, sin cuidarse
de averiguar si las necesidades económicas permitirían establecerla. No
echan de ver el carácter retrógrado del individualismo llevado hasta
el último extremo, de la autonomía ilimitada, que es el fondo del
anarquismo.
En los diferentes órdenes de hechos, la evolución se opera
invariablemente pasando de una forma incoherente a otra forma cada vez
más coherente, de un estado difuso a otro concentrado; y a medida que
aumenta la concentración de las partes, aumenta también su dependencia
recíproca, es decir, que cuanto mayor es su cohesión, menos pueden las
unas extender su actividad sin ayuda de las otras. Esta es una verdad
general, que los anarquistas no sospechan siquiera: pobres gentes
que tienen la pretensión de ver más lejos que todos los demás, sin
comprender que andan hacia atrás como los cangrejos.
Todas estas concepciones extravagantes, aunque más o menos bien
intencionadas, las ha sustituido Marx antes que nadie con el estudio
de los fenómenos sociales, basándolo en la única concepción real:
en la concepción materialista. No ha preconizado un sistema más o
menos perfecto desde el punto de vista subjetivo, no; ha examinado
escrupulosamente los hechos, agrupado los resultados de sus
investigaciones y sacado de ellos la consecuencia, que ha sido la
explicación científica de la marcha histórica de la Humanidad, y en
particular del periodo capitalista que atravesamos.
* * * * *
La Historia, ha afirmado Marx, no es sino una historia de la guerra de
clases. La división de la sociedad en clases, que aparece con la vida
social del hombre, descansa en relaciones económicas, mantenidas por la
fuerza, y según las cuales unos llegan a descargarse sobre otros de la
necesidad natural del trabajo.
Los intereses materiales han sido siempre la causa de la lucha
incesante de las clases privilegiadas, ora entre ellas mismas, ora
entre las clases inferiores, a expensas de las cuales viven. Las
condiciones de la vida material son las que dominan al hombre; y estas
condiciones, y por consecuencia el modo de producción, son las que han
determinado y determinarán las costumbres y las instituciones sociales,
económicas, políticas, jurídicas, etc.
Tan luego como una parte de la sociedad ha monopolizado los medios
de producción, la otra parte, en la que recae el peso del trabajo,
se ve obligada a añadir al tiempo de trabajo exigido por su propia
manutención una demasía, por la que no recibe equivalente alguno, y
está destinada a sostener y a enriquecer a los poseedores de los medios
de producción. Como monopolizador de trabajo no pagado, el cual, por
medio de la supervalía creciente de que es origen, acumula más cada
vez en manos de la clase propietaria los instrumentos de dominio,
el régimen capitalista sobrepuja en poderío a todos los sistemas
anteriores de trabajos forzosos.
Solo que hoy día las condiciones económicas que este régimen engendra,
atajadas en su evolución natural por el régimen mismo, tienden
fatalmente a romper el molde capitalista que no puede ya contenerlas;
y estos principios destructores son los elementos de la nueva sociedad.
La misión histórica de la clase actualmente explotada, del
Proletariado, a quien organiza y disciplina el mecanismo mismo de la
producción capitalista, es acabar la obra de destrucción ya comenzada
por el desarrollo de los antagonismos sociales. Es preciso, ante todo,
que el Proletariado arranque revolucionariamente a sus adversarios
de clase, con el poder político, la fuerza consagrada por ellos a
conservar intactos sus monopolios económicos.
Una vez dueño del poder político, aquel podrá, procediendo a la
socialización de los medios de producción mediante la expropiación
de los usurpadores del trabajo ajeno, suprimir la contradicción hoy
existente entre la producción colectiva y la apropiación privada
capitalista y realizar la universalización del trabajo y la abolición
de clases.
* * * * *
Tal es el bosquejo de la teoría irrefutablemente enseñada por Marx,
y cuya solidez bien probada puede todo el mundo apreciar estudiando
atentamente su obra.
No siendo el pensamiento sino el reflejo intelectual del movimiento
real de las cosas, no se aparta un momento de la base material, del
fenómeno exterior; no separa al hombre de las condiciones de su
existencia. Marx ha observado, ha compulsado, y la profundidad sola de
su análisis ha completado su concepción positiva del orden actual con
el conocimiento de la disolución fatal de este orden.
Yo he tratado de poner al alcance de todos, resumiéndola, esta obra
magistral, desgraciadamente poco conocida hasta hoy en Francia o
desfigurada. Y estando el público francés, como ha dicho Marx, «siempre
deseoso de sacar consecuencias, ávido de conocer la relación de los
principios generales con las cuestiones inmediatas que le apasionan»,
he creído útil poner antes de mi resumen un Estudio sobre el
Socialismo científico.
En cuanto al resumen, emprendido a consecuencia de la cortés invitación
y de las benévolas excitaciones de Carlos Marx, ha sido hecho con
arreglo a la edición francesa, última revisada por el autor y la
más completa, pues la muerte le impidió preparar la tercera edición
alemana, qué él quería publicar, y que dará a luz dentro de poco su
infatigable amigo, su digno colaborador, a quien él había encargado de
publicar sus obras, Federico Engels.
Respetando en el mayor grado posible el carácter original de la obra,
no he empleado sino los términos más usuales, esperando ganar de este
modo en facilidad de comprensión lo que perdía en variedad de estilo.
Es claro, sin embargo, que este resumen no podrá leerse fácilmente
teniendo la imaginación preocupada con otra cosa; será necesario
prestar un poco más de atención que para leer una novela, pero que
la atención sola sea necesaria para percibir bien las ideas y su
encadenamiento, tal es lo que yo me propongo.
Una vez vencida la aridez del principio, aridez que no pueden
evitar los preliminares de ninguna ciencia, se encontrará el lector
recompensado con el placer de ver disiparse gradualmente la confusa
oscuridad que oculta aún a los ojos de las masas las relaciones
sociales, de la que ha sido tanto más difícil sacarlas cuanto que la
libre y científica investigación en esta materia, la crítica de la
vieja propiedad «subleva contra ella y lleva al campo de batalla las
pasiones más vivas, las más mezquinas y las más abominables del humano
corazón, todos los furores del interés privado».