Todo ello pasó dejándome algo débil; y á pesar de esa debilidad comencé

á experimentar un cambio en el curso de mis ideas, mayor osadía,

desprecio del peligro, y un abandono real de los deberes y obligaciones

de este mundo. Miré al suelo; mi traje caía informe sobre mis miembros

encogidos y arrugados; la mano que descansaba en mi rodilla era

nerviosa y peluda. Otra vez volvía á ser Eduardo Hyde. Poco antes

me hallaba seguro del respeto de los demás hombres, rico, estimado;

mientras que ahora me veía convertido en vulgar presa de los hombres,

perseguido, sin domicilio, un asesino común amenazado con el cadalso.

Mi razón vacilaba, pero no me abandonó completamente. Más de una vez

había observado ya que, bajo mi segunda forma, mis facultades parecían

más vivas y animadas, mis ideas más elásticas; y así aconteció que allí

en donde quizá Jekyll hubiese sucumbido, Hyde se elevó á la altura

que requería el momento. Mis ingredientes se hallaban en una de las

gavetas de un armario de mi gabinete; ¿cómo hacer para tenerlos? Ese

era el problema cuya solución buscaba, apretándome las sienes con ambas

manos. Había cerrado la puerta del laboratorio. Si hubiese tratado de

entrar por la casa, mis propios criados me hubieran llevado á la horca.

Vi que tenía que acudir á otras manos, y pensé en Lanyón. Pero, ¿cómo

llegar hasta él? ¿Cómo persuadirlo? Suponiendo que llegase á evitar el

arresto en las calles, ¿cómo hacer para ir hasta él? Y ¿cómo lograría

yo, visita desconocida y repugnante, persuadir al gran médico á ir á

saquear el gabinete de estudio de su colega el Doctor Jekyll?

Recordé entonces la originalidad de mi carácter; me quedaba un partido

que tomar; podía escribir con mi propia letra, y cuando me hallé

iluminado por aquella chispa vivificadora, la vía que debía seguir se

presentó á mi vista desde el principio hasta el fin.

En esto arreglé mi traje lo mejor que pude, y llamando un coche que

pasaba, me hice conducir á una posada de la calle de Portland, cuyo

nombre recordaba, felizmente. Al verme (mi aspecto era verdaderamente

bastante cómico, aunque el traje convenía más bien á un hombre que

estuviese en un instante trágico) el cochero no pudo ocultar la

risa. Rechiné los dientes, mirándolo con furor diabólico; la sonrisa

desapareció de sus labios, afortunadamente para él y más aún para mí,

pues en cualquiera otra circunstancia le hubiera arrojado á viva fuerza

de su sitio. Al entrar en la posada, eché una mirada á mi alrededor

con aire tan terrible, que temblaron las personas allí presentes;

mientras estuve á su vista, no se miraron entre sí, recibieron

obsequiosas mis órdenes, me condujeron á un cuarto y me llevaron recado

de escribir. Hyde en peligro de perder la vida, era un ser desconocido

hasta para mí, pues conmovido por una cólera desenfrenada, estaba

suficientemente excitado para cometer otro asesinato, deseoso de hacer

sufrir á sus semejantes. Pero fué, sin embargo, hábil, y contuvo sus

accesos de furor, con grandes esfuerzos de voluntad; arregló las

dos importantes cartas, una para Lanyón, y otra para Poole y pudo

convencerse de que habían sido realmente llevadas al correo, pues dió

orden para que las certificasen.

Luego permaneció todo el día sentado junto al fuego en su cuarto,

comiéndose las uñas; más tarde le sirvieron la comida allí mismo, sin

más compañía que sus temores; el criado temblaba bajo el ascendiente de

sus miradas, y así que fué entrada la noche, tomó un carruaje cerrado

y se paseó de un lado á otro por la ciudad. Él, digo--no me es posible

decir _yo_--ese hijo del infierno no tenía nada de humano; nada vivía

en él fuera del temor y el odio. Cuando en fin, creyó que el cochero

iba á empezar á desconfiar, bajó del coche y se aventuró á pie, con su

traje desproporcionado para su estatura, y propio para atraer sobre él

la atención de los transeuntes nocturnos. Sus dos bajas pasiones, el

miedo y la rabia, hervían en él furiosas. No cesó de andar, perseguido

por sus temores, gruñendo en su interior, ocultándose en los parajes

menos frecuentados y contando los minutos que le separaban aún de la

media noche. En cierto instante creo que le habló una mujer, para

ofrecerle una caja de fósforos. Pególe en el rostro, y huyó.

Cuando llegué á casa de Lanyón, el horror que experimentó mi antiguo

amigo me causó quizá alguna impresión; pero no lo aseguro, pues en todo

caso fué sólo una gota más en el océano de horrores que habían llenado

las horas precedentes. Acababa de operarse un cambio en mí. Ya no era

el miedo del cadalso, era el horror de ser Hyde lo que me atormentaba.

La repulsión que inspiraba á Lanyón me apareció como un sueño, y como

soñando, también, volví á mi casa y me acosté. Dormí, después del

cansancio de aquel día, con un sueño profundo y pesado, que ni siquiera

fué interrumpido por las pesadillas que me atormentaban. Desperté por

la mañana conmovido, debilitado, pero más tranquilo. Seguía odiando

al animal, á la bestia que dormitaba en mí, y la temía, pues no había

olvidado los terribles peligros del día anterior; pero volvía á estar

en mi casa, y cerca de mis drogas; y la gratitud que tuve por haber

escapado al peligro fué tan grande en mi alma, que casi rivalizaba con

el resplandor de la esperanza.

Después de almorzar, atravesé el patio tranquilamente, respirando con

placer el aire fresco, cuando me acometieron de nuevo repentinamente

aquellas indescriptibles sensaciones, heraldos seguros de la

transformación, y apenas tuve el tiempo preciso para ponerme á cubierto

en mi gabinete, y ya rabiaba y tiritaba de frío, atormentado una vez

más por las pasiones de Hyde. Tomé entonces doble dosis para recobrar

mi identidad, pero ¡ay! seis horas después, mientras contemplaba

tristemente el fuego, los dolores me acometieron y tuve que volver

á tomar la pócima. En una palabra, desde aquel día sólo por medio

de grandes esfuerzos, como los que exige la gimnástica, y bajo la

influencia inmediata de la pócima, podía permanecer siendo el mismo,

es decir, conservar la personalidad de Jekyll. Á cada instante, á

cualquiera hora del día ó de la noche me acometían los escalofríos

precursores; sobre todo cuando dormía, ó estando soñoliento, y aun

hallándome ocupado en el trabajo, sentado en mi sillón, me despertaba

siempre convertido en Hyde. Oprimido por el peso incesante de esta

sentencia, absteniéndome voluntariamente de todo sueño, más allá de

lo que consideraba posible para el hombre, me convertí bajo la forma

de Jekyll, en una criatura devorada por la fiebre, que se consumía

y se debilitaba á la vez de cuerpo y alma, y perseguida únicamente

por una idea, á saber: el horror que me inspiraba mi otro _yo_. Pero

cuando dormía, ó cuando el efecto de la medicina había pasado, sentía

casi sin transición (pues los dolores de la transformación iban

disminuyendo cada día) un estado de espíritu en el cual me acometían

visiones terribles, en que sentía hervir en mi alma odios sin razón ni

motivo, y en que mi cuerpo no parecía ya bastante fuerte para contener

las rabiosas energías vitales. Hubiérase dicho que el vigor de Hyde

había crecido con la debilidad de Jekyll. Y en verdad, el odio que los

dividía entonces era igual en ambos lados. Para Jekyll era una lucha

por su propia vida. Habíase dado cuenta de la deformidad de aquella

criatura que compartía con él algunas de sus facultades intelectuales,

y era su compañero obligado, forzoso ante la muerte; y más allá de

esos lazos comunes, que en sí mismos formaban la parte más penosa

de sus tormentos, consideraba á Hyde, á pesar de la energía de su

vitalidad, como á un ser no sólo infernal, sino también inorgánico.

Pero lo que le producía mayor terror era la idea de que el lodo del

infierno podía emitir sonidos y lanzar gritos; que aquel polvo informe

podía gesticular y cometer pecados; que lo que estaba muerto y no tenía

ninguna forma, podía sin embargo llenar las funciones de la vida; y que

todo aquel conjunto estaba unido á su persona, más estrechamente de

lo que hubiera podido estarlo una esposa, un ojo; que aquel conjunto

estaba preso en su propia carne, hasta el punto de que durante el

misterio del sueño, podía luchar contra él y arrebatarle su misma

existencia. El odio que experimentaba Hyde contra Jekyll era de otra

naturaleza. Su miedo al patíbulo le obligaba continuamente á suicidarse

por un momento, volviendo á su estado de dependencia, formando

entonces una parte de otro ser, en vez del ser mismo; odiaba aquella

necesidad, odiaba aquella tristeza á la cual Jekyll se entregaba

ahora, y experimentaba todo el odio que sentían contra él. De ahí

aquellos juegos de manos que me hacía, garabateando con mi propia letra

blasfemias en mis libros, quemando las cartas, destruyendo el retrato

de mi padre; y en realidad, si el temor de su muerte no le hubiese

contenido, tiempo haría que se hubiese perdido para arrastrarme en su

ruina. Pero tenía extraordinario amor á la vida; voy aun más allá; yo,

que siento revolvérseme el corazón y me extremezco con sólo pensar en

él, cuando recuerdo su vil pasión por la vida, y cuando recuerdo sus

temores de que llegase á suicidarme, casi tengo compasión de él.

Es inútil y me falta tiempo para prolongar esta descripción; bástame

decir que nadie ha sufrido jamás tormentos iguales; y sin embargo, el

hábito de sobrellevarlos ha producido, no un alivio, no un descargo,

sino cierta dureza del alma, cierto abandono, cierta indiferencia para

con la desesperación; mi castigo hubiera podido durar años todavía, si

no me hubiese ocurrido la última desgracia, y por fin, no me hubiese

separado de mi propia personalidad. Mi provisión de sal, que jamás

había renovado desde mi primer experimento, comenzaba á disminuir.

Envié á buscar nuevas provisiones y compuse la pócima; prodújose la

ebullición, el primer cambio de color también, pero no el segundo; la

bebí, pero no produjo efecto. Sabréis por Poole cómo y hasta qué punto

he registrado todo Londres, pero inútilmente, y estoy persuadido hoy

de que mi primera provisión era impura (tenía mezcla) constituyendo

precisamente esa impureza desconocida la eficacia de la pócima.

Ha transcurrido una semana, y concluyo esta relación gracias al efecto

producido por los últimos paquetes de mis antiguos polvos. Es, pues,

la última vez--salvo un milagro--en que Enrique Jekyll puede decir

sus propias ideas, ver su propio rostro (y ¡cuán cambiado está!) en

el espejo. Además, no puedo demorar el concluir este escrito, pues si

hasta aquí ha podido salvarse de la destrucción, débese á una gran

prudencia de mi parte, y á una gran casualidad. Si los dolores de la

transformación me acometen mientras escribo, Hyde lo hará pedazos; pero

si ha transcurrido algún tiempo después que lo haya puesto aparte, su

egoísmo increíble y sus ideas siempre fijas en el presente, lo salvarán

otra vez de su maldad de mono; pues el destino que pesa á la vez sobre

nosotros dos, ha contribuído también á cambiarlo y á anonadarlo. Me

queda todavía media hora que esperar antes de volver á entrar para

siempre en esa personalidad maldecida, y sé cómo estaré entonces

sentado, gimiendo y tiritando en una silla, escuchando con atención y

espanto, yendo y viniendo en esta habitación (mi último asilo en la

tierra) sin cesar un instante, deteniéndome para escuchar los ruidos

amenazadores.

¿Morirá Hyde en el patíbulo? ¿ó tendrá á última hora el valor de

librarse de sí propio? Sólo Dios lo sabe. Poco cuidado me da; éste

es el verdadero término de mi muerte, y todo cuanto venga después

corresponde á otro que yo. Aquí, pues, dejando la pluma y sellando mi

confesión, concluyo de referir la vida del desgraciado ENRIQUE JEKYLL."

FIN.

SUMARIO

PÁGINAS

HISTORIA DE LA PUERTA 5

EN BUSCA DEL SR. HYDE 21

EL DR. JEKYLL ESTABA TRANQUILO 41

EL CASO DEL ASESINO DE CAREW 47

INCIDENTE DE LA CARTA 58

NOTABLE INCIDENTE DEL DR. LANYÓN 70

INCIDENTE DE LA VENTANA 80

LA ÚLTIMA NOCHE 84

RELACIÓN DEL DR. LANYÓN 112

EXPLICACIÓN COMPLETA DEL CASO EXTRAÑO

DEL DR. ENRIQUE JEKYLL 130

NOVELAS PUBLICADAS EN ESPAÑOL

POR

D. APPLETON Y CÍA., NUEVA YORK.

MARÍA ANTONIETA Y SU HIJO.

Traducción del alemán. Un tomo de 173 páginas, con varias láminas y un

retrato de María Antonieta, en el frontispicio. 60 centavos.

MISTERIO * * * *

Novela original, escrita en inglés bajo el nombre de CALLED BACK,

POR HUGH CONWAY.

_Obra dramatizada._ 800,000 ejemplares vendidos de las ediciones

inglesas. Forma un bonito tomo en 12º de unas 230 páginas, tipo claro,

buena impresión, cubierta de papel de color artísticamente decorada. 50

centavos.

LA ISLA DEL TESORO.

Una preciosa novela escrita en inglés

POR ROBERTO L. ESTEVENSON.

Con ilustraciones, y un mapa, uniforme con la novela MISTERIO * * * *.

Un tomo de 342 páginas. 50 centavos.

LA CASA DEL PANTANO.

Una de las novelas más populares en Inglaterra y en los Estados Unidos.

50 centavos.

SU CARA MITAD.

POR J. BARRETT.

Es una preciosa novela inglesa, llena de amenidad y de ejemplos

filosófico-morales de la vida real, escrita en un lenguaje claro,

sencillo y lleno de interés. La versión española es muy buena.

EL ÍDOLO CAÍDO.

NOVELA INGLESA DE ANSTEY.

Anstey es un novelista peculiar como lo demuestra su _Vice-Versa_ y

otras de sus obras, llenas de una fantasía siempre fundada en alguna

tradición más ó menos imposible, pero al fin tradición que instruye

y deleita á la vez; puede considerarse como el Julio Verne de alguna

creencia antigua ó de alguna superstición ó leyenda del pasado. El

estilo está lleno de genialidades, de humor y de sátira.

CUENTOS EN EL MAR.

Es una preciosa colección de cuentos, referidos durante un accidente

en el mar por varios novelistas ingleses y americanos que se suponen

reunidos á bordo de un vapor.

El caso extraño del Doctor Jekyll · 第 6 / 6 段