Terribles angustias se apoderaron de mí; crujidos de huesos, náuseas

mortales, y un horror del alma que no puede ser mayor en la hora

de la muerte ó del nacimiento. Luego, aquellos instantes de agonía

comenzaron á disminuir gradual y lentamente, y volví en mí como si

hubiese salido de una grave enfermedad. Había algo extraño, algo nuevo

é indescriptible en mis sensaciones, y su novedad real las hacía

extraordinariamente dulces y gratas. Me sentía más joven, más feliz

en todo mi ser; en mi fuero interno experimentaba como una audacia

embriagadora, tenía á la vista un mundo de imágenes sensuales que

corrían con la misma rapidez que el agua al salir de un molino;

sentíame desligado de los lazos de toda obligación, y tenía una

libertad de alma desconocida, pero no inofensiva. Desde el primer

aliento de aquella nueva vida, me consideré malo, diez veces más

malo, esclavo de mi genio maléfico original; y estas ideas, en aquel

instante, me fortalecían y me embriagaban como hubiera podido hacerlo

el vino. Alargaba las manos con la alegría de disfrutar, de acariciar

unas sensaciones tan nuevas, y al hacerlo, pude observar que mi

estatura había disminuído.

No había, entonces, espejo en mi gabinete; el que está cerca de mí

mientras escribo estas líneas, fué puesto allí más tarde con objeto de

ver esas transformaciones.

Sin embargo, hacía ya tiempo que la noche había cedido su puesto á la

mañana, y la mañana obscura como estaba, iba á desvanecerse ante la

claridad del día. Los inquilinos de mi casa estaban encerrados en sus

habitaciones, durante esas horas tan necesarias al sueño. Decidime,

hinchado como me hallaba por la esperanza y el triunfo, á llegar con

mi nuevo envoltorio hasta mi cuarto de dormir. Atravesé el patio, lo

que permitió á las constelaciones lanzar sus reflejos sobre mí, pues

podía imaginar, con admiración, que era la primera criatura de esa

especie que hubiese aparecido á su vigilancia siempre despierta; me

escurrí por los corredores, como un extraño en su propia casa, y vi por

vez primera el aspecto exterior de Eduardo Hyde.

Es preciso que hable aquí desde el punto de vista teórico solamente,

sin decir lo que sé, sino lo que supongo que debe ser más probable.

La parte mala de mi ser, á la cual había dado ahora mi vida propia,

era menos robusta y menos desarrollada que la parte buena. Además, en

el curso de mi existencia que, en sus nueve décimas partes, después

de todo, ha sido una vida de esfuerzos, de virtudes y de vigilancia,

ese lado malo había sido mucho menos ejercitado y puesto de relieve

que el otro. Y de ahí resultaba, según infiero, que Eduardo Hyde era

mucho más pequeño, más delgado y más joven que Enrique Jekyll. Así como

el uno llevaba sobre el rostro el resplandeciente sello del bien, el

otro tenía escrito sobre su cara el sello de la maldad. La maldad, que

no debe considerarse aún como causa del carácter mortal del hombre,

había impreso en aquel cuerpo signos de deformidad y de decadencia.

Y cuando miré, entonces, en el espejo aquel ídolo perverso, tuve

conciencia, no de un sentimiento repulsivo, sino más bien de la brusca

transición producida y del buen éxito de mis tentativas. Aquel ídolo,

por lo demás, era yo mismo. Parecía natural y humano. Para mí, tenía

á la vista una imagen más viva del espíritu; había allí más expresión

y originalidad que en el ser imperfecto y doble, hasta aquel momento

acostumbrado á llamar _yo_; é indudablemente tenía razón. Observé

que cuando aparecía bajo la apariencia de Eduardo Hyde, nadie podía

aproximárseme sin experimentar primero un extremecimiento visible,

en todo su cuerpo. Eso, según comprendí, procede de que todos los

seres humanos, tal cual los vemos, son un compuesto de bien y de mal;

únicamente Eduardo Hyde, en las filas de los humanos, era puramente

malo sin mezcla ninguna.

Permanecí por algunos momentos delante del espejo, pero faltaba

intentar todavía el último experimento, el decisivo; quedaba por saber

si había perdido yo mi identidad, sin esperanza de recobrarla, y tenía

que esconderme de la luz del día y salir de una casa que ya no era

mía; y apresurándome á volver á mi gabinete, preparé inmediatamente

la pócima necesaria, y bebí: sufrí otra vez las angustias de una

descomposición, y volví á ser yo mismo, con el carácter, la estatura y

el rostro de Enrique Jekyll.

Aquella noche llegué pues al fatal encuentro de los distintos caminos

de la vida; si hubiese trabajado mi descubrimiento con un espíritu

más elevado, si hubiese intentado la experiencia bajo el influjo de

aspiraciones generosas y piadosas, las cosas hubieran ido de otro

modo, y hubiera salido yo de aquellas agonías del nacimiento y de la

muerte como un ángel, en vez de haber salido de ellas como un demonio.

La poción, en suma, era una cosa neutra; quiero decir que no era ni

diabólica ni divina; no hacía más que sacudir las puertas de mi cárcel

y de mi estado de ánimo; y como los presos de Filipi, lo que estaba

encerrado se escapaba fuera. En aquel momento mi virtud se durmió, y mi

genio malo, al contrario, despertado por la ambición, estaba alerta y

dispuesto para aprovechar las ocasiones, y sus esfuerzos traían siempre

á Eduardo Hyde. Así pues, aunque tuviese dos caracteres y dos rostros,

uno era absolutamente malo, y el otro era siempre el viejo Enrique

Jekyll, compuesto disparatado que ya desesperaba de poder perfeccionar

y mejorar. Sus aspiraciones actuales lo empujaban enteramente hacia el

mal.

Pero ni aún en aquel instante, había podido dominar la aversión que me

inspiraba esa conocida aridez de la vida estudiosa. En ciertos momentos

tenía todavía inclinaciones favorables al júbilo y á la alegría; como

mis placeres eran (empleando la palabra más benévola) deshonestos, y

como no sólo era mejor conocido y más considerado, sino que llegaba

á ser también hombre de edad, aquella incoherencia en mi vida me era

cada día más importuna, por eso mi nuevo poder me tentó para el bien

hasta que caí sumido en la esclavitud. Bastábame con beber la copa,

para despojar al conocido profesor y vestir el burdo traje, el cuerpo

de Eduardo Hyde. Esa idea me agradaba, me hacía sonreir; la cosa me

parecía cómica; y hacía los preparativos con el cuidado más atento

y minucioso. Alquilé y amueblé aquella casa de Soho, en donde Hyde

fué perseguido por la policía, y tomé como guarda á una mujer que me

constaba ser callada y no tener escrúpulos. Por otra parte, dije á mis

criados que un señor Hyde, cuyas señas les dí, tenía plena libertad

y poder para entrar y salir en mi casa; y para prevenir cualquier

acontecimiento desagradable, hice visitas á casa del Doctor Jekyll y

pasé como familiar suyo.

Luego escribí aquel testamento contra el cual opusísteis tantas

observaciones, y que me permitía, si algo me ocurría en la persona del

Doctor Jekyll, entrar en la de Eduardo Hyde sin pérdida pecuniaria.

Tranquilizado así respecto del porvenir, comencé á aprovechar las

extrañas inmunidades de mi situación.

Ha habido hombres antes que yo, que pagaron asesinos para hacer

ejecutar sus crímenes, dejando á cubierto su propia personalidad y

su reputación; pero yo he sido el primero que ha podido obrar así en

cuanto á sus placeres. He sido el primero que ha podido aparecer ante

el público con su carga de respetabilidad, y un instante después,

como un colegial, despojarme de aquellos disfraces y arrojarme sin

miramientos en un océano de libertades.

Bajo mi impenetrable envoltura, mi salud era completa, excelente.

Pensad en ello: ¡ni siquiera existía! Bastaba que pudiese penetrar por

la puerta de mi laboratorio, tener dos ó tres segundos para preparar

y beber la pócima que estaba siempre lista, y fuese cualquiera cosa

lo que hubiese hecho Eduardo Hyde, desaparecía como la señal del

aliento sobre un cristal; y allí, en vez de Hyde, tranquilo en su casa,

arreglando su lámpara para la noche, se hallaba un hombre que hubiera

podido burlarse de toda sospecha dirigida contra él, Enrique Jekyll en

persona.

Los placeres que me apresuraba á buscar con mi disfraz, eran, como ya

lo he dicho, deshonestos, por no emplear una palabra más severa, y con

un ser tal cual era Eduardo Hyde, no tardaron en adquirir un carácter

monstruoso. Cuando regresaba de mis excursiones, quedaba estupefacto

de la depravación de la otra parte de mi ser. El demonio familiar

que sacaba de mi propia alma y que enviaba solo á sus placeres,

era un ser profundamente malévolo y vil; todos sus actos, todas sus

ideas no tenían más objetivo que su egoísmo; tenía placer en una sed

bestial de torturar á sus semejantes; sin entrañas, como una estatua

de piedra. Había instantes en que Enrique Jekyll estaba horrorizado

de los hechos de Eduardo Hyde; pero la situación se hallaba fuera de

las leyes ordinarias, y gradualmente la influencia de la conciencia se

fué relajando. Después de todo, Hyde era el culpable, únicamente Hyde.

Jekyll no era peor que antes; sus buenas cualidades se despertaban

y aparecían en él sin haber disminuído, y procuraba cuando le era

posible, remediar los daños causados por Hyde; y así, su conciencia

dormitaba.

No me propongo referir circunstanciadamente las infamias en que me vi

mezclado ó complicado, pues ni aun hoy puedo admitir que fuese yo quien

las cometió. Sólo quiero mencionar los avisos y las etapas sucesivas

que me anunciaban la aproximación del castigo. Ocurrióme primero un

incidente, que, como no tuvo consecuencias, me limitaré á indicar

nada más. Un acto de crueldad contra una niña excitó la cólera de un

transeunte que reconocí el otro día como uno de vuestros parientes: el

médico y la familia de la criatura se unieron á él; hubo un instante

en que temí por mi vida; pero finalmente, para calmar su harto justo

resentimiento, Eduardo Hyde se vió obligado á llevarlos hasta la puerta

de la casa del Doctor Jekyll, y á darles un vale girado á la vista con

el nombre de este último. Pero ese peligro quedó fácilmente evitado

para el porvenir, abriendo una cuenta en otro Banco á nombre de Eduardo

Hyde; y haciendo mi letra con una caída más oblicua, había dado una

firma doble á mi otro ser, y creí de aquel modo ponerme á cubierto

contra todo ataque de la fatalidad.

Dos meses antes del asesinato de Sir Danvers, había andado en busca

de aventuras; regresé tarde, y desperté al siguiente día presa de

raras sensaciones. Miré en vano á mi alrededor, y en vano vi los ricos

adornos y las grandes líneas de mi cuarto; en vano, también, reconocí

los dibujos de las colgaduras de mi cama y su marco de caoba; algo me

decía continuamente que no estaba en donde estaba realmente, sino que

debía estar en el pequeño cuarto de Soho, en donde tenía costumbre

de dormir en el cuerpo de Eduardo Hyde. Me sonreí, y con mis ideas

psicológicas empecé á estudiar perezosamente los principios y los

datos de semejante ilusión, y resultó que, pensando en ello, volví

á caer en el dulce sueño de la mañana. Estaba aún medio dormido, y

accidentalmente fijé la vista en mis manos. La mano de Enrique Jekyll,

como habéis podido verlo á menudo, era la mano de un médico en cuanto á

forma y tamaño; era grande, sólida, blanca y bien proporcionada; pero

la mano que vi entonces, bastante claramente á pesar de la luz pálida

de la mañana, medio oculta como se hallaba sobre la colcha, aquella

mano era descarnada, huesosa, de una palidez mate, y cubierta de

abundantes pelos negros. Era la mano de Eduardo Hyde.

Debí permanecer como medio minuto contemplándola, y quedé tan anonadado

de admiración y de sorpresa, que el terror tardó en despertarse en

mi pecho, pero despertó súbitamente y me produjo un estremecimiento

parecido al que se experimenta al oir un inesperado redoble de

tambores; salté de la cama y fuí á mirarme al espejo. Al ver lo que

éste me enseñó, mi sangre casi se heló en las venas. Sí, me había

acostado como Enrique Jekyll, y me despertaba cambiado en Eduardo

Hyde. ¿Cómo explicar semejante transformación? Dirigíme esa pregunta,

y luego, con otro estremecimiento de espanto, ¿cómo remediarla? Era ya

muy entrada la mañana; los criados estaban levantados; todas mis drogas

se encontraban en el gabinete, era preciso un largo viaje para ir hasta

él, bajar dos pisos, atravesar un corredor, el patio abierto y la sala

de anatomía, lo cual me asustaba. Podía, es verdad, taparme la cara,

¿pero de qué me hubiera servido, puesto que no podía ocultar el cambio

de mi estatura? Luego, con indecible alegría recordé que los criados

estaban ya acostumbrados á las idas y venidas de mi otro yo. Vestíme

pronto lo mejor que pude, con el traje de mi estatura ordinaria;

atravesé rápidamente la casa y tropecé con Bradshaw, quien me miró

sorprendido, apartándose al ver á Mr. Hyde á aquella hora y con aquel

traje; diez minutos después, el Doctor Jekyll había recobrado su forma

habitual, y estaba sentado, con la frente sombría, para aparentar que

almorzaba.

Mi apetito era realmente bien excaso. Ese incidente inexplicable, esa

contradicción en mis experimentos previos, parecían, como los dedos

babilónicos sobre la pared, escribir los términos y las letras de

mi sentencia. Comencé á reflexionar más seriamente de lo que hasta

entonces, sobre el fin y sobre los acontecimientos posibles de mi

doble existencia. La parte de mi ser que tenía yo el poder de producir,

estaba más fortalecida y más nutrida; hasta me parecía que desde algún

tiempo hacía, el cuerpo de Eduardo Hyde había ganado en estatura,

cuando me hallaba bajo aquella forma, tenía conciencia de que la

sangre circulaba más generosa por sus venas, y comenzaba á entrever

el peligro de que si ese estado se prolongaba, el equilibrio de mi

doble naturaleza podría quedar definitivamente destruído, anonadado el

poder de un cambio á voluntad, y que el carácter de Eduardo Hyde sería

finalmente el mío. El poder de la pócima no había tenido siempre igual

resultado. Un día, al principio de mis transformaciones, su efecto

había sido completamente nulo; desde entonces tenía con frecuencia

que doblar la dosis, y una vez, hasta con riesgo de mi vida, tuve que

ponerla triple; estos fracasos, aunque raros, habían contribuído á

nublar algo mi alegría. Pero ahora, advertido por el accidente de la

mañana, llegué á observar que, así como al principio la dificultad

había consistido en echar fuera el cuerpo de Enrique Jekyll, había

ido poco á poco cambiando de aspecto, y consistía ahora en desalojar

á la otra individualidad. Todo parecía, pues, conducirme á la misma

conclusión, á saber, que perdía lentamente mi poder sobre mi ser

primitivo, el mejor, el superior, y que con la misma lentitud me iba

incorporando en el segundo y el peor.

Comprendía que era preciso escoger entre esos dos seres. Mis dos

naturalezas tenían una memoria común, pero en cuanto á las otras

facultades, estaban desigualmente compartidas. Jekyll (que era una

mezcla) sufriendo á veces los temores más vivos y los apetitos más

ávidos, se complacía tomando parte en los placeres y aventuras de

Hyde; pero Hyde era indiferente para con Jekyll, ó sólo se acordaba de

él como el bandido de las montañas se acuerda de las cuevas en donde

se oculta cuando lo persiguen. Jekyll tenía más que el interés de un

padre; Hyde tenía más que la indiferencia de un hijo. Identificarme

con Jekyll, era renunciar á esos apetitos por los cuales había tenido

siempre la mayor indulgencia y que desde algún tiempo acá empezaba á

acariciar. Identificarme con Hyde, era renunciar á mil intereses y

ambiciones, y volver á ser de golpe y para siempre un ser despreciable

y privado de toda amistad.

El contrato podía parecer desigual, pues había aún otra consideración

que tener en cuenta; mientras que Jekyll sufriría el martirio y se

quemaría vivo á causa de su abstinencia, Hyde ni siquiera tendría

conciencia de lo que habría perdido. Por extrañas que sean las

circunstancias en que me encuentro, los efectos de este dualismo son

tan viejos y tan vulgares como el hombre mismo; pues son poco más ó

menos los mismos apetitos y los mismos temores los que hacen titubear

al pecador apasionado y tembloroso, y sucede conmigo lo que con el

mayor número de mis semejantes, y es que escojo la mejor parte, sólo

que me falta firmeza para persistir en mi resolución.

Sí, prefería al doctor anciano y descontento, rodeado de amigos y

de esperanzas honradas y envidiables; dije resueltamente adiós á la

libertad, á la juventud (si se tenía en cuenta mi edad), al andar

ligero, al ardiente hervir de la sangre, á los placeres juveniles,

cosas de las cuales disfrutaba bajo el disfraz de Hyde. Tomé este

partido, no quizá sin ninguna reserva mental, pues no abandoné la

habitación de Soho ni destruí los trajes de Eduardo Hyde, que están

siempre en mi gabinete, dispuestos para ser puestos en uso. Durante dos

meses, sin embargo, fuí sincero en mi determinación; durante dos meses,

seguí una vida de una severidad tal cual nunca había llegado antes á

observar, y me regocijaba con las compensaciones que me proporcionaba

mi conciencia. Pero andando el tiempo, la impresión de mis temores

concluyó por desvanecerse; las alabanzas de la conciencia empezaron

á ser únicamente cosa vulgar; comenzaron á torturarme dolores y

deseos apasionados, como si Hyde luchase para recobrar su libertad; un

día, en un instante de decaimiento moral, compuse de nuevo la bebida

transformadora, y la absorbí de un trago.

No creo que, si un borracho discute ó raciocina consigo mismo respecto

de su vicio, haya sido detenido ó impedido, de cada quinientas veces

una sola, por los peligros que va á correr á causa de la insensibilidad

bestial y física en que va á sumirse; jamás tampoco, al examinar

mi situación, me había dado cuenta de la completa insensibilidad

moral, y de aquella increíble tendencia hacia el mal, que eran los

puntos característicos del genio de Eduardo Hyde. También por ahí fuí

castigado. Mi demonio había permanecido mucho tiempo enjaulado, y

salió rugiendo de su encierro. Tenía yo conciencia, sin embargo, en

el momento mismo en que bebí la pócima, de aquella tendencia hacia el

mal, más desenfrenada, más furiosa. Supongo que debe atribuirse á esa

excitación de mi alma, la violencia y la impaciencia con las cuales

escuché las atentas palabras de mi desgraciada víctima; quiero á lo

menos confesarlo delante de Dios: es imposible que un hombre moralmente

sano haya podido hacerse culpable de ese crimen tras una provocación

tan insignificante; quiero declarar, también, que herí con una idea tan

falta de razón como la que puede tener un niño enfermo que despedaza

un juguete. Pero me había despojado voluntariamente á mí mismo de

todos esos instintos que hacen vacilar, y que obligan al peor de los

hombres á conservar cierta compostura, aun cuando se deje arrastrar por

sus malas pasiones; en mi estado, tener una tentación, por ligera que

fuese, era caer, sucumbir.

El espíritu infernal despertó instantáneamente en mí con furor. Con

un verdadero transporte de júbilo molía á palos aquel cuerpo que no

oponía resistencia, y producía delicioso gozo en mi ser cada golpe que

descargaba; sólo cuando vino el cansancio fué cuando repentinamente,

en medio de mi acceso de locura, me llegó al corazón una fuerte

sensación de terror. La neblina que cubría mi vista se disipó, y

comprendí que mi vida iba á ser deshonrada; huí lejos del teatro de

tales excesos, radiante de gloria y temblando á un mismo tiempo,

satisfecha y estimulada mi pasión por el mal, y con el amor de la vida

subido al más alto grado.

Corrí á la casa de Soho y, para librarme mejor de cualquier

persecución, destruí mis papeles; luego salí; paseé por las calles,

que alumbraban los faroles, llevando la misma alegría en mi espíritu,

regocijándome de mi crimen, con el juicio bastante claro y dispuesto

para preparar otros, pero con los ojos y el oído atentos, temiendo los

pasos de algún vengador.

Hyde tenía una canción en los labios cuando preparó la pócima, y al

tomarla, bebió á la salud de su víctima.

Apenas habían concluído las angustias de la transformación, Enrique

Jekyll vuelto á su propio ser caía de rodillas con un torrente de

lágrimas de gratitud y de remordimiento, elevando hacia Dios sus manos

cruzadas. El velo que ocultaba mi indulgencia se rasgó de arriba á

abajo; volví á ver mi vida entera; la vi desde los días de la infancia,

cuando me paseaba dando la mano á mi padre, la vi otra vez en medio

de los trabajos austeros de mi profesión, y llegué finalmente, con un

sentimiento de incredulidad, hasta los espantosos horrores de aquella

noche. Hubiera podido ponerme á gritar, pero busqué en el llanto y

en la oración el medio de borrar las figuras asquerosas y los ruidos

espantables que volvían á mi memoria para anonadarme; y continuamente,

en medio de mis oraciones, el rostro malo de mi iniquidad me miraba

hasta las profundidades del alma.

Cuando el vivo dolor de esos remordimientos comenzó á calmarse,

llegué poco á poco hasta ideas menos tristes. Lo que tenía que hacer

en adelante era sencillo. Hyde no podía volver para el porvenir;

queriéndolo ó sin quererlo yo, estaba desde aquel momento encerrado

en la parte mejor de mi existencia, y ¡cuánto me complacía esa idea!

¡Con qué humildad voluntaria me felicitaba por hallarme de nuevo dentro

de las restricciones naturales de la vida ordinaria! ¡Con qué sincera

sumisión cerré la puerta por la cual había entrado y salido tantas

veces, y destrocé la llave bajo mis pies!

Al día siguiente, los diarios anunciaron que el asesino había sido

visto, que el crimen de Hyde era evidente, y que la víctima era un

hombre que disfrutaba del aprecio público. Aquello no había sido

únicamente un crimen, sino también una locura trágica. Me agradaba

ver emitir esa opinión; felicitábame interiormente viendo que mis

tendencias mejores se hallaban fortalecidas de aquel modo, y puestas,

además, bajo la salvaguardia del horror que inspira el cadalso.

Jekyll era, pues, mi refugio, mi asilo; que Hyde se dejase ver un

instante fuera, y los brazos de todos los hombres se levantarían para

prenderlo y para matarlo.

Resolví rescatar lo pasado con mi conducta futura; y puedo añadir que

mi resolución produjo algún bien. Sabéis por vos mismo cuánto trabajé

recientemente, en los últimos meses del año pasado, para mejorar la

suerte de los desgraciados; sabéis que he hecho mucho por otros, y que

los días han transcurrido para mí tranquilamente, casi con dicha y

felicidad. No puedo decir por cierto que esa vida de beneficencia y de

inocencia me pesase; creo, al contrario, que cada día era para mí más

agradable.

Pero me atormentaba siempre el dualismo de mis tendencias, y cuando

los rigores de la penitencia impuesta comenzaron á dulcificarse, los

malos instintos de mi ser, durante tanto tiempo acariciados, aunque

encadenados hacía poco, rugieron con violencia pidiendo su libertad.

No pensaba ciertamente en resucitar á Hyde; sólo la idea de esa

resurrección bastaba para asustarme y extremecerme; y como un pecador

vulgar, concluí sin embargo, por sucumbir á los constantes asaltos de

la tentación.

Todas las cosas tienen fin; el vaso mayor concluye por llenarse; y esa

débil condescendencia á mis malhadados instintos concluyó, también, por

destruir mis buenos propósitos; no me hallaba aún alarmado; la caída

parecía natural, y ser únicamente un retroceso á aquellos antiguos días

anteriores á mi descubrimiento. Oíd lo que me aconteció:

Era un hermoso y claro día de enero, atravesaba el Parque del Regente,

el suelo estaba húmedo en los puntos donde la nieve se había derretido,

pero el cielo aparecía despejado y sin nubes; el gorjeo de los pájaros

se mezclaba á unos olores suaves y deliciosos, casi primaverales. Me

senté en un banco al sol. La parte animal de mi ser se gozaba en los

recuerdos; la parte espiritual estaba algo dormida, pero dispuesta

á futuras expiaciones, aunque sin querer comenzarlas desde luego.

Después de todo, decíame á mí mismo que era semejante á mis vecinos; y

entonces sonreí comparándome con los demás hombres, mi buena voluntad,

mis beneficios y mi actividad, con su crueldad y su pereza.

En el mismo instante en que me acudía aquel orgulloso pensamiento, un

calambre, un extremecimiento me pasó por todo el cuerpo, una horrible

náusea, un temblor mortal se apoderaron de mí.

El caso extraño del Doctor Jekyll · 第 5 / 6 段