--Me asusté hace una semana poco más ó menos--contestó Poole, evitando
con algo de mal humor la pregunta que se le hacía--y no puedo ya
soportar más la cosa.
El aspecto del hombre justificaba completamente sus palabras; y salvo
el instante en que por primera vez había hablado de su espanto, no
había vuelto á mirar á la cara del abogado. Aun después, permanecía con
el vaso apoyado sobre la rodilla, pero sin beber, y sus ojos se fijaban
en un punto del techo.
--No puedo soportar más tiempo eso--volvió á repetir.
--Vamos--dijo Utterson--veo que tenéis un verdadero motivo para
hablarme así, Poole; veo que hay algo que anda verdaderamente mal.
Procurad decirme lo que es.
--Creo que ha habido algún crimen--añadió Poole con voz ronca.
--¡Un crimen!--exclamó el abogado muy asustado, y dispuesto á parecer
más irritado aún--¿qué crimen? ¿qué queréis decir con eso?
--No me atrevo á decirlo, señor, pero ¿queréis venir conmigo y verlo
vos mismo?
Por toda contestación, Utterson se puso en pie, tomó su sombrero y una
capa de abrigo, y notó con sorpresa el rostro del criado, quien le
pareció como aligerado de un gran peso; observó también, con no menor
sorpresa, que el vino no había sido tocado.
La noche era fría, noche propia del mes de marzo; la luna estaba pálida
y en su último cuarto, como si el viento la hubiese volcado; algunas
nubes rápidas y diáfanas corrían por el cielo. El viento furioso
impedía hablar y cruzaba la cara; había, además, ahuyentado á los
transeuntes y limpiado las calles de gente. Decía Utterson que no había
visto nunca tan desierto aquel barrio de Londres, y no era precisamente
lo que hubiera deseado en su interior; jamás durante toda su vida
había sentido un deseo tan vivo de ver y tocar á sus semejantes, pues
volviendo al curso de sus ideas lóbregas, tenía el presentimiento de
que se encaminaba hacia una gran desgracia.
Cuando llegaron á la plaza, todo estaba lleno de polvo; los árboles
descarnados del jardín parecían fustigarse entre sí á lo largo del
muro. Poole, que durante el camino se había adelantado uno ó dos
pasos, se detuvo bruscamente en medio de la calle; á pesar del frío,
se había quitado el sombrero y se secaba el sudor de la frente con un
pañuelo encarnado. No obstante la rapidez de su marcha, no era el sudor
producido por ella lo que enjugaba, sino el provocado por la angustia
que le sofocaba, pues su rostro estaba pálido y su voz era dura y ronca.
--En fin, señor--dijo--hemos llegado, y quiera Dios que no haya
sucedido nada malo.
--Amén, Poole--contestó el abogado.
En esto, el criado llamó con precaución; abrieron la puerta, pero no la
cadena, y una voz preguntó desde adentro:
--¿Sois vos, Poole?
--Yo soy--dijo Poole--abrid la puerta.
El recibimiento estaba brillantemente alumbrado; un gran fuego
ardía en la chimenea, y en derredor todos los criados, hombres y
mujeres, confundidos, se estrechaban unos contra otros como un rebaño
de carneros. Al ver al Sr. Utterson, una criada fué acometida de
contorsiones histéricas; y el cocinero, exclamando:--¡Bendito sea Dios!
es el Sr. Utterson--corrió hacia él como queriendo abrazarlo.
--¿Qué hay? ¿Estáis todos aquí?--dijo el abogado con aire triste.--Es
muy irregular, muy inconveniente, y disgustaría mucho á vuestro amo.
--Todos están asustados--repuso Poole.
Desconcertados, permanecieron callados, ninguno protestó contra
aquellas palabras; la doncella sola dejó oir su ahogado llanto y sus
gemidos.
--Callad, de una vez--le dijo Poole, con un acento tan brutal que
demostraba hasta qué punto tenía los nervios sobrexcitados; y
realmente, cuando la doncella había lanzado gritos de desesperación,
todos se estremecieron mirando la puerta interior, con espanto en los
rostros.
--Y ahora--añadió Poole dirigiéndose al mozo de cocina--dadme una luz,
y vamos á saber la verdad de este asunto.
Rogó al Sr. Utterson que le siguiese, y le enseñó el camino que
conducía al jardín.
--Andad lo más despacio que podáis--dijo Poole--y sin ruido; os ruego
que escuchéis y que no dejéis oir nuestras pisadas. Tened cuidado,
señor, de no entrar, si por casualidad os llamase.
Ante esta inesperada recomendación, Utterson se extremeció y casi
quedó desconcertado; pero pronto recobró su valor, y siguió al criado
á través del laboratorio, de la sala de anatomía con sus vasos y
sus botellas, y llegó al pie de la escalera. Poole le indicó que
permaneciese á un lado y escuchase, mientras que él, dejando la luz,
y apelando visiblemente á todo su valor, subió los peldaños, llamando
con temblorosa mano, es decir, dando algunos golpecitos sobre la tela
encarnada de la puerta del gabinete.
--El Sr. Utterson desea veros, señor--dijo el criado; y al hablar hacía
seña con viveza al abogado para que escuchase.
Una voz contestó desde el interior:
--Decidle que no puedo ver á nadie--y sus palabras parecían un largo
quejido.
--Gracias, señor--respondió Poole, con cierto acento de triunfo en la
voz; y tomando otra vez la luz, condujo á Utterson por el patio hasta
la gran cocina, en donde el fuego estaba apagado y los grillos saltaban
por el suelo.
--Señor--dijo mirando á Utterson--¿os parece que era aquélla la voz de
mi amo?
--Sí, parece haber cambiado mucho--contestó Utterson muy pálido, y
mirándole también.
--Cambiada, no cabe duda--añadió el criado.--¿Hubiera estado yo veinte
años al servicio de mi amo para engañarme de ese modo respecto de su
voz? No, señor, la voz de mi amo ha desaparecido y también él; ha sido
muerto, hace ocho días, cuando le oímos gritar el nombre de Dios; ¿y
quién está aquí en vez de él? ¿y por qué ese ser está aquí? Todo eso
pide venganza ante Dios, Sr. Utterson.
--He aquí una extraña relación, Poole, que más bien parece
relación salvaje, mi buen hombre--dijo Utterson mordiéndose los
dedos.--Supongamos que la cosa fuese tal cual la creéis; supongamos que
el Doctor Jekyll haya sido asesinado, ¿por qué se empeñaría el asesino
en permanecer aquí? Esa historia no se sostiene por sí misma; la simple
razón se niega á creerla.
--Bueno, Sr. Utterson, sois hombre difícil de convencer, pero sin
embargo, llegaré á lograrlo--contestó Poole.--Es preciso que sepáis,
que durante toda la última semana, él, ó sea quien fuere el que esté en
aquel gabinete, gritaba noche y día para tener una especie de droga y
no podía lograrla como la deseaba. Mi amo acostumbraba algunas veces
á escribir sus órdenes en un papel y echarlo por los escalones. Desde
hace una semana, eso es todo cuanto tenemos de él; nada más que papeles
y una puerta cerrada; con respecto á los alimentos, colocados sobre
los peldaños, iba á retirarlos á escondidas. Pues bien, señor, todos
los días y aun dos ó tres veces en un día, he sido enviado corriendo á
todos los drogueros de la ciudad. Cada vez traía el producto, pero otro
papel me mandaba volver, porque no era puro y tenía otra orden para
distinta casa. Necesita, pues, señor, en absoluto aquella droga por una
razón cualquiera.
--¿Tenéis alguno de esos papeles?--preguntó Utterson.
Poole buscó en sus bolsillos y halló un papel arrugado, que el abogado
examinó cuidadosamente acercándose á la luz. Su contenido decía lo
siguiente: "El Doctor Jekyll saluda á los señores Maw, y les asegura
que la última muestra es impura y no sirve para el objeto deseado. En
el año de 18** el Doctor J. adquirió una cantidad bastante grande en
casa de los señores M., y hoy les ruega que busquen con la exactitud
más escrupulosa, y si quedase de igual calidad, que se la envíen
inmediatamente. No hay que reparar en el precio. La importancia de
la cosa para el Doctor Jekyll está por encima de cuanto pudiera
decir." Hasta allí la carta estaba bastante correctamente escrita,
pero entonces la emoción le había vendido, y hubiérase dicho que
había materialmente aplastado la pluma contra el papel al añadir las
siguientes palabras: "Por el amor de Dios, enviádmela de igual calidad
que la antigua."
--Es una extraña nota--dijo Utterson, y luego añadió con
severidad:--¿cómo la habéis tenido abierta?
--El dependiente del Sr. Maw estaba furioso, señor, y la echó hacia mí
como si hubiese sido una cosa repugnante--repuso Poole.
--¿Sabéis si esa nota es con seguridad de puño y letra del
doctor?--preguntó el abogado.
--He pensado que la letra se parecía á la suya--dijo el criado con tono
áspero; y luego, cambiando de tono, añadió:--¿pero qué importancia
puede tener una nota escrita, cuando le he visto á él en persona?
--¿Le habéis visto?--repitió Utterson.--¿Y bien?
--He aquí, he aquí la historia--prosiguió Poole.--Entré súbitamente
en el laboratorio, yendo desde el jardín; creo que se había atrevido
á salir en busca de esa droga ó de cualquier otra cosa, pues la
puerta del gabinete estaba abierta, y él se hallaba en el fondo de
la habitación revolviendo y escudriñando las viejas botellas. Me
vió entrar, lanzó una especie de grito, y se volvió rápidamente al
gabinete. No le vi más que un instante, pero los pelos se me pusieron
de punta. Señor, si aquella aparición era mi amo, ¿por qué llevaba
una careta sobre el rostro? Si era mi amo, ¿por qué había lanzado
aquel grito y había huído de mí? Hace bastante tiempo que le sirvo; y
luego...--Poole calló y se pasó la mano por la frente.
--Realmente, son muy extraños esos detalles--dijo Utterson--pero creo
entrever la verdad. Vuestro amo, Poole, se halla sin duda atacado por
una de esas enfermedades que, á la vez torturan y deforman al enfermo;
de ahí, por poco que yo sepa, la alteración de su voz; de ahí la
máscara y su propósito de evitar la presencia de sus amigos; de ahí
la pasión de buscar esa droga por medio de la cual el pobre hombre
conserva alguna esperanza de curación. ¡Dios quiera que no se defraude!
Esa es mi explicación; la cosa es bastante triste, Poole, y bastante
sorprendente de considerar, pero se explica y es natural; todo ello
concuerda bien, y nos saca de esas espantosas alarmas.
--Señor--dijo el criado poniéndose alternativamente pálido y
encarnado--aquella aparición no era mi amo, esa es la verdad. Mi
amo--miró entonces á su alrededor y se puso á hablar en voz muy
baja--es un hombre alto, bien constituído, y el otro era más bien un
enano.
Utterson trató de protestar.
--¡Oh! señor--exclamó Poole--¿podéis pensar que no conozco á mi amo
después de treinta años? ¿Pensáis que no sé á qué altura llega su
cabeza en la puerta del gabinete, en donde le he visto todas las
mañanas de mi vida? No, señor, esa cosa con máscara no ha sido nunca
el Doctor Jekyll; sabe Dios lo que era, pero jamás ha sido el Doctor
Jekyll; y nadie me quitará de la cabeza que ha debido de cometerse un
crimen.
--Poole--replicó el abogado--si habláis así, mi deber exige llegar
hasta la certidumbre. Por más que deseo respetar los sentimientos de
vuestro amo, me desconcierta esa nota, según la cual parece demostrado
que vive todavía; considero como un deber romper aquella puerta.
--¡Ah! Sr. Utterson, ¡eso se llama hablar!--exclamó el criado.
--Y ahora viene la segunda pregunta--continuó diciendo
Utterson;--¿quién romperá la puerta?
--¿Cómo? vos y yo, señor--dijo valerosamente Poole.
--Bien dicho--repuso el abogado--y suceda lo que quiera, yo cuidaré de
que nada perdáis; dejadlo de mi cuenta.
--Hay un hacha en el laboratorio--indicó Poole--y vos podéis tomar un
hierro de la cocina.
El abogado se apoderó de un grosero pero pesado instrumento, y
moviéndolo, dijo á Poole que le estaba mirando:--¿Sabéis que vos y yo
vamos á colocarnos en una situación que ofrece algún peligro?
--Bien lo podéis decir, señor--contestó el criado.
--Entonces es justo y conveniente que seamos francos. En nosotros dos,
el pensamiento va más lejos que las palabras que nos hemos dicho;
hablemos con claridad. Esa cara enmascarada que visteis, ¿la habéis
reconocido?
--Pues bien, señor, pasó tan rápidamente, la persona estaba tan
inclinada, que no me atrevo á afirmar; pero si pensáis que fuese el
Sr. Hyde, yo también me figuro que era él, pues aquel ser era de su
tamaño, tenía el mismo andar rápido y ligero, y además, ¿quién sino él
hubiera podido entrar por la puerta del laboratorio? No habéis olvidado
sin duda, señor, que cuando ocurrió el asesinato, conservaba la llave
consigo. Pero hay más aun. Ignoro, Sr. Utterson, si habéis visto alguna
vez al Sr. Hyde.
--Sí--contestó el abogado--he hablado una vez con él.
--Entonces, debéis saber como todos nosotros, que había algo extraño
en ese personaje, algo que trastornaba, no se cómo expresarme, señor;
sentía uno frío hasta la médula de los huesos, al mirarlo.
--Confieso que he experimentado una cosa parecida á lo que
indicáis--contestó Utterson.
--Pues bien--siguió diciendo Poole--cuando aquella cosa enmascarada,
parecida á un mono, saltó en medio de los aparatos de química y se
escurrió en el gabinete, sentí un frío terrible en la espalda. ¡Oh!
bien sé que eso no es creíble, Sr. Utterson; soy bastante instruído
para saberlo; pero el hombre tiene presentimientos y os aseguro que era
el Sr. Hyde.
--¡Ah! ¡ah!--exclamó el abogado--mis temores me hacen creer lo mismo.
Temo que se oculte aquí una gran desgracia, que ocurriría sin duda, con
semejante encuentro. Y, de veras, os creo; creo que el pobre Enrique ha
sido asesinado y que su asesino (sólo Dios sabe con qué objeto) está
aún oculto en el cuarto de su víctima. Pues bien, venguémosle. Llamad á
Bradshaw.
El lacayo contestó en el acto, pero muy pálido y muy nervioso.
--Armáos de valor, Bradshaw;--dijo el abogado--el misterio que reina
aquí es un peso para todos vosotros; queremos conocerlo. Poole y yo
queremos penetrar, hasta empleando la fuerza, en el gabinete. Si todo
va bien, soy bastante fuerte para responder de las consecuencias de
esa fractura. Sin embargo, como puede haber debajo de todo eso algo
obscuro y malo, ó bien que algún malhechor trate de huir por la puerta
trasera, vos y otro criado id, dando vuelta por la calle, á colocaros á
la puerta del laboratorio armados con buenos palos. Tenéis diez minutos
para llegar á vuestro puesto.
Cuando Bradshaw hubo salido, el abogado miró su reloj.--Ahora
Poole--dijo al criado--vamos allá;--y llevando el hierro bajo el
brazo, se dirigió hacia el patio. Las nubes habían ocultado la luna,
y todo estaba completamente obscuro. El viento que llegaba como por
bocanadas á aquel fondo de los edificios, agitaba la llama de la bujía
mientras caminaban, hasta que estuvieron al abrigo, bajo el techo del
laboratorio; sentáronse en silencio y aguardaron. Á su alrededor se oía
el apagado murmullo de Londres; pero junto á ellos, sólo interrumpían
el silencio y la tranquilidad los pasos que iban y venían dentro del
gabinete.
--Así es como anda todo el día--dijo Poole--y ¡ay! también parte de la
noche. Únicamente se detiene un poco cuando llega un nuevo producto
de la droguería. ¡Sólo una conciencia mala puede animar á semejante
enemigo del descanso! ¡Ah! señor, ¡hay sangre vertida en cada uno de
sus pasos! Pero escuchad con atención desde más cerca, y decidme si es
ese el andar del doctor.
Los pasos eran ligeros y extraños, como una especie de balanceo, pero
muy apagados, y en nada se parecían al andar ruidoso y pesado del
Doctor Jekyll. Utterson suspiró.
--¿No hay nada más?--preguntó luego.
Poole hizo un signo afirmativo con la cabeza--¡una vez--dijo--una vez
le he oído llorar!
--¿Llorar? ¿cómo puede ser?--exclamó el abogado extremeciéndose de
horror.
--Llorar como una mujer ó como un alma extraviada--añadió el
criado.--Me fuí con el corazón tan enternecido que hubiera podido
llorar también.
Los diez minutos estaban para concluir. Poole sacó el hacha que se
hallaba oculta bajo un montón de paja; colocaron la bujía sobre la
mesa más próxima para alumbrarse durante el ataque; comprimiendo los
latidos de sus corazones se acercaron al paraje en donde los pasos iban
y venían en medio de la tranquilidad de la noche.
--Jekyll--gritó Utterson con voz fuerte--quiero veros.--Detúvose un
instante, pero nadie contestó.--Os doy un buen consejo; hemos concebido
sospechas; es preciso que os vea y os veré--y moviéndose, añadió--si
no por medios leales y honrados, será por medios violentos; si no lo
permitís, entonces se empleará la fuerza bruta.
--Utterson--dijo la voz--por amor de Dios, ¡piedad, piedad!
--¡Ah! no es la voz de Jekyll, es la de Hyde--exclamó
Utterson.--¡Poole, derribad la puerta!
Poole blandió el hacha por encima del hombro; el golpe extremeció el
edificio, y las colgaduras encarnadas quedaron pendientes sobre la
cerradura y los goznes. Un grito horrible, como el de un verdadero
animal espantado, resonó en el gabinete. El hacha dió un nuevo golpe;
los tableros crujieron, el marco saltó; otras cuatro veces cayó
el hacha, pero la madera era dura, y las diversas partes estaban
completamente ajustadas; de modo que hasta el quinto golpe no quedó
rota la cerradura y los trozos de la puerta echados hacia el interior
de la estancia.
Los vencedores, asustados de su obra, y del silencio que había
sucedido, se retiraron un poco y miraron. El gabinete estaba á su vista
con su lámpara tranquilamente encendida; un gran fuego llameaba y
chisporroteaba en el hogar; la cafetera hervía junto á la lumbre. Una ó
dos gavetas abiertas, papeles bien ordenados sobre la mesa escritorio,
y más cerca del fuego, los utensilios preparados para el te; hubiérase
creído que era el cuarto más tranquilo, y á no ser por los armarios
brillantes llenos de botes y redomas, el lugar más vulgar de Londres
aquella noche.
Precisamente en medio de la habitación yacía el cuerpo de un hombre
cuyas contorsiones se veían aún. Acercáronse en puntillas, pusiéronlo
boca arriba, y reconocieron el rostro de Eduardo Hyde. Estaba vestido
con ropas demasiado grandes para él; ropas que correspondían á la
corpulencia del doctor; las fibras de su rostro se movían todavía con
una semejanza de vida, pero la vida se había separado del hombre; el
frasco roto que tenía en las manos, y el fuerte olor de almendras
esparcido por el aire, probaron á Utterson que tenía delante de sí el
cuerpo de un suicida.
--Hemos llegado tarde--dijo con dureza--tanto para salvar como para
castigar. Hyde ha pagado su deuda, y sólo nos queda que buscar el
cuerpo de vuestro amo.
La mayor parte del edificio se hallaba ocupada por el laboratorio que
comprendía casi todo el piso bajo, y recibía luz por el techo, y por el
gabinete que, en uno de los extremos formaba otro piso y tenía vistas
al patio. Un corredor llevaba desde el laboratorio á la puerta de la
callejuela, y ésta comunicaba, también, directamente con el gabinete
por otra escalera.
Hacia el otro lado no había más que cuartos obscuros y una gran
despensa.
Todos aquellos parajes fueron completamente examinados. Cada habitación
podía verse con rapidez porque estaban llenas de objetos, y por el
polvo que caía de las puertas al abrirlas, se comprendía que habían
permanecido cerradas hacía mucho tiempo. La despensa estaba ocupada por
objetos rotos puestos allí desde el tiempo del cirujano, predecesor
de Jekyll, pero al tratar de abrir la puerta, se convencieron de la
inutilidad de sus investigaciones por la caída de una inmensa tela de
araña que desde años tapaba la entrada. En ningún punto había el menor
rastro, la más ligera señal de Enrique Jekyll, ni muerto ni vivo.
Poole dió con el pie fuertes golpes sobre las losas del corredor:
--Es preciso--dijo, escuchando el ruido de los golpes que volvía como
un eco--que esté enterrado aquí.
--Ó puede haber huído--repuso Utterson, y fué á examinar de nuevo la
puerta de la callejuela. Estaba cerrada; cerca de ella, sobre las losas
del pavimento se hallaba la llave enmohecida ya.
--Esta llave no parece haber servido--observó el abogado.
--¿Haber servido?--repitió Poole con la exactitud de un eco--¿no veis,
señor, que está rota? Diríase que alguien la ha pisado.
--Y--siguió diciendo Utterson--los puntos rotos también están
enmohecidos.
Los dos hombres se miraron con espanto.
--Todo eso, Poole, está por encima de mi inteligencia--dijo el
abogado.--Volvamos al gabinete.
Subieron la escalera sin hablar, y mirando con temor al cadáver,
comenzaron á examinar con mayor atención los diversos objetos que había
en el gabinete. Sobre una de las mesas se veían restos de preparaciones
químicas; montoncitos de diferente tamaño de una especie de sal blanca
estaban puestos en platos de cristal como si el desdichado hombre
hubiese preparado alguna experiencia que quedó interrumpida.
--Esa es precisamente la misma droga que yo iba siempre á
buscarle--dijo Poole; y mientras hablaba, el agua del jarro se puso
á hervir con más fuerza y se esparció por el suelo haciendo un ruido
espantoso.
Aquel incidente los llevó hacia el hogar, cerca del cual había sido
colocado un cómodo sillón; los utensilios para el te estaban preparados
junto al sillón, y el azúcar necesario, en la taza. Sobre una mesita
veíanse varios libros; uno de ellos, abierto, figuraba al lado mismo de
los utensilios para el te, y Utterson quedó sorprendido al ver que era
una obra piadosa, respecto de la cual había expresado Jekyll más de
una vez grandísima admiración; mas el libro contenía notas del propio
puño del doctor, que eran horribles blasfemias.
Continuando las investigaciones llegaron al espejo de cuerpo entero,
en el cual se miraron, extremeciéndose á pesar suyo. El espejo estaba
colocado de tal modo que no les dejaba ver nada más que el reflejo de
las llamas rojas sobre el techo, el del fuego reproduciéndose cien
veces sobre los tableros pulimentados de los armarios, y también sus
propias personas pálidas y asustadas.
--Este espejo ha debido ver extrañas cosas, señor--dijo Poole.
--Pero de seguro que nada sería tan raro como ese ser--repuso el
abogado casi con el mismo sonido de voz.--¿Con qué objeto tenía
Jekyll...?--y la palabra se perdió en sus labios; pero luego, dominando
su debilidad, añadió:--¿para qué tenía Jekyll necesidad de un espejo?
--También me dirijo idéntica pregunta--contestó Poole.
Luego fueron á la mesa escritorio. Sobre el pupitre, en medio de
papeles colocados con orden, había un gran sobre, en cuyo sobrescrito,
de puño del doctor, se leía el nombre del Sr. Utterson. El abogado lo
abrió, y varios otros sobres cayeron al suelo. El primero contenía sus
últimas disposiciones, redactadas en los mismos términos excéntricos
que el testamento devuelto seis meses antes; eran un testamento para
el caso de muerte, y una donación en el caso de desaparición; pero en
vez del nombre de Eduardo Hyde, el abogado leyó con grandísima sorpresa
el nombre de Gabriel Juan Utterson. Miró á Poole, después al papel y
finalmente al cadáver del criminal que yacía en el suelo.
--La cabeza me da vueltas--dijo--ha tenido este documento todos estos
días en su poder; no tenía motivo ninguno para quererme; debió rabiar
al verse desbancado, y no ha destruído el documento.
Recogió otro papel; era una carta muy corta escrita de propio puño
del doctor con una fecha en lo alto.--¡Oh! Poole--exclamó el
abogado--estaba vivo aquí hoy mismo; no puede haber arreglado todo
eso tan rápidamente; ¡debe estar vivo, debe haber huído! Pero ¿por
qué haber huído? ¿Y cómo? En este caso ¿podemos exponernos á declarar
el suicidio? ¡Oh! hay que pensar mucho en todo eso, pues preveo que
podríamos conducir á vuestro amo á alguna espantosa catástrofe.
--¿Por qué no leéis lo demás?--preguntó Poole.
--Porque temo--repuso el abogado con tono solemne--¡quiera Dios que no
tenga ningún motivo para temer!--y hablando así, acercó el papel á sus
ojos y leyó lo siguiente:
"Querido Utterson: cuando estas líneas caigan en vuestras manos,
habré desaparecido; en qué circunstancias, no tengo la presidencia
requerida para preverlo, pero mi instinto y todas las condiciones
de mi indefinible vida me dicen que mi fin es seguro y debe estar
próximo. Id, pues, y leed primero la relación que Lanyón me ha
avisado haber dejado en vuestro poder, y si queréis saber más
todavía, leed después la confesión de vuestro indigno y desgraciado
amigo
ENRIQUE JEKYLL."
--¿Hay otro sobre?--preguntó Utterson.
--Aquí está, señor--dijo Poole entregándole un paquete cerrado con
varios sellos.