En toda la extensión de la casa, que estaba enteramente vacía, salvo la

presencia de la vieja, Hyde sólo ocupaba dos piezas, que se hallaban

adornadas con lujo y buen gusto. Un armario estaba lleno de botellas

de vino, la vajilla era de plata, la mantelería elegante, de la pared

colgaba un buen cuadro, regalo (supuso Utterson) de Enrique Jekyll,

quien era muy inteligente en pinturas, las alfombras gruesas y de

colores agradables. Pero en aquel momento había en las dos habitaciones

indicios numerosos de un desorden reciente y precipitado; se veían

trajes en el suelo, con los bolsillos vueltos para fuera; en el hogar

un montón de ceniza gris, como si hubiesen quemado muchos papeles. De

entre las cenizas, calientes aún, sacó el inspector el lomo verde de un

libro talonario de vales, que había resistido á la acción del fuego; la

segunda parte del bastón roto se encontró detrás de la puerta; y como

esto confirmaba las sospechas, el inspector se regocijó de ello. Una

visita al Banco, en donde el asesino tenía un crédito de varios miles

de libras, completó su satisfacción.

--Podéis estar seguro, caballero--dijo el inspector á Utterson--de que

caerá en mi poder. Es preciso que haya perdido la cabeza, pues de otro

modo jamás hubiera dejado aquí el trozo del bastón roto, ni el pedazo

del libro talonario. No tenemos más que esperarlo en el Banco, y mandar

publicar los anuncios con su filiación.

Sin embargo, esas señas no eran fáciles de dar, pues el Sr. Hyde

tenía pocas intimidades; el amo de la criada sólo le había visto dos

veces; no se tenía ninguna noticia respecto de su familia; jamás había

sido fotografiado; y aquellas personas que pudieron describirlo,

no estuvieron conformes en muchos puntos, como acostumbra suceder

comunmente con los observadores inexpertos. Sólo convenían en una cosa,

en esa idea vaga de una deformidad difícil de describir, que había

llamado la atención de cuantos lo habían visto.

INCIDENTE DE LA CARTA.

Era ya muy entrada la tarde cuando Utterson llegó á la puerta de la

casa del Doctor Jekyll, en donde fué recibido por Poole, quien lo

condujo por las cocinas y atravesando un patio, que en otro tiempo

fué jardín, hasta el edificio llamado indistintamente laboratorio ó

gabinete de disección. El doctor había comprado aquella casa á los

herederos de un célebre cirujano; pero como sus aficiones particulares

le inducían más bien á la química que á la anatomía, había cambiado

el destino del edificio situado al extremo del jardín. Era la primera

vez que el abogado penetraba en aquella parte de las habitaciones

de su amigo; examinó con curiosidad aquel edificio desaseado y sin

ventanas; miró á su alrededor con extrañeza, mientras atravesaba la

sala que antes se llenaba de estudiantes, y ahora se hallaba vacía

y silenciosa. Las mesas estaban cubiertas materialmente de aparatos

químicos, y el suelo de tarros y de manojos de paja. La luz bajaba

obscura desde la cúpula, como en medio de una atmósfera nebulosa; en el

extremo, unos cuantos escalones conducían á una puerta tapada con un

lienzo rojo, y pasando por esa puerta, entró, en fin, Utterson en el

gabinete del doctor. Era una pieza espaciosa, adornada con armarios con

puertas de cristal, y entre cuyos muebles se veían un espejo grande,

de cuerpo entero, y una mesa escritorio. Ese gabinete recibía luz

por tres ventanas cubiertas de polvo, con vistas al patio. El fuego

chisporroteaba en el hogar; una lámpara estaba colocada sobre la piedra

de la chimenea, pues hasta dentro de la casa dejaba sentir sus efectos

la neblina; muy cerca del fuego se hallaba sentado el Doctor Jekyll, al

parecer, enfermo de cuidado.

No se levantó para ir al encuentro de su amigo, pero le alargó una mano

helada, y le dió la bienvenida con voz conmovida.

--Y bien--le dijo Utterson, así que Poole se hubo marchado--¿ya sabéis

la noticia?

El doctor se estremeció.

--La voceaban por el barrio--contestó.--Lo he oído todo desde mi

comedor.

--Una sola palabra--repuso el abogado--Carew era cliente mío, vos

también lo sois, y deseo saber lo que debo hacer. ¿Habéis sido bastante

loco para ocultar á ese hombre?

--Utterson, juro por Dios--exclamó el doctor--que jamás volverán mis

ojos á mirarlo. Os doy mi palabra de honor de haber concluído con él en

este mundo. Todo tiene fin; y, en realidad, no necesita mi ayuda; no

lo conocéis como yo; está en lugar seguro, enteramente seguro; atended

bien á mis palabras, no volverá nunca más á tratarse de él.

El abogado escuchaba con tristeza; la actitud febril de su amigo no le

agradaba.

--Parecéis estar muy seguro de él--le dijo--y por lo que os estimo,

espero que tendréis razón. Si el asunto llega á los tribunales, vuestro

nombre podrá salir á luz.

--Estoy completamente seguro de él--replicó Jekyll;--para semejante

certidumbre, tengo razones que no me es posible comunicar á nadie.

Pero hay un punto respecto del cual podréis darme consejo. Tengo...

he recibido una carta, y estoy dudando si debo ó no enseñarla á la

policía. Desearía dejarla en vuestro poder, Utterson; vos juzgaréis

la cosa con saber y prudencia, estoy cierto de ello; ¡tengo tanta

confianza en vos!

--¿Teméis, probablemente, que esa carta pueda llegar á hacerlo

descubrir?--preguntó el abogado.

--No--contestó el doctor--no puedo decir que me preocupe lo que ocurra

á Hyde; he concluído enteramente con él. Sólo pensaba en mí mismo;

hasta dónde podría exponerme ese deplorable asunto.

Utterson reflexionó durante algunos instantes; le sorprendía el egoísmo

de su amigo, y sin embargo, quedó en cierto modo tranquilo.

--Pues bien--dijo--dejadme ver la carta.

La carta estaba escrita con una letra extraña, casi perpendicular, y

firmada: "Eduardo Hyde." Decía, en términos breves, que su bienhechor,

el Doctor Jekyll, á quien desde tanto tiempo había recompensado tan

indignamente las mil generosidades de él recibidas, no tenía que

afligirse ni alarmarse en cuanto á su salvación, pues, para escapar,

poseía medios en los cuales tenía absoluta confianza.

La carta agradó bastante al abogado, porque parecía dar un color más

favorable á la amistad que existía entre Hyde y Jekyll; y se censuró

interiormente por algunas sospechas que había llegado á concebir.

--¿Tenéis el sobre?--le preguntó.

--Lo he quemado--repuso Jekyll--antes de reflexionar en lo que podía

contener; pero no tenía sello de correo. La carta ha sido traída á la

mano.

--¿Debo guardar la carta y esperar á mañana para tomar una

determinación?--preguntó Utterson.

--Os ruego que juzguéis vos mismo y que obréis como os parezca

mejor--le contestó;--he perdido toda confianza en mí mismo.

--Bueno, examinaré la cosa--replicó el abogado--pero me queda todavía

que haceros una pregunta. ¿Fué Hyde quien dictó las frases de vuestro

testamento referentes á esa desaparición?

Pareció que una gran debilidad se apoderaba del doctor; apretó los

labios y bajó la cabeza.

--Lo he sabido--dijo Utterson--tenía intención de asesinaros; ¡de buena

habéis escapado!

--Pero hay algo que me ha contrariado mucho más que el peligro; ¡oh!

¡Dios mío, qué lección he recibido, Utterson!--Y se cubrió el rostro

con ambas manos.

Al salir, detúvose el abogado y cambió algunas palabras con Poole.

--Decidme ¿han traído hoy una carta? ¿á quién se parecía el portador?

Poole afirmó que nada habían llevado sino por el correo, y sólo

circulares.

Ante aquellas afirmaciones, Utterson volvió á experimentar sus

antiguos temores. La carta habría llegado, sin duda, por la puerta del

laboratorio. También era posible que hubiese sido escrita en el mismo

gabinete del doctor; y en este caso, era preciso apreciarla de otro

modo, examinarla con el mayor cuidado y con gran prudencia.

En la calle, los chiquillos, vendedores de periódicos, gritaban con voz

ronca: "¡Edición extraordinaria! ¡Horrible asesinato de un miembro del

Parlamento!"

Esa fué la oración fúnebre de un amigo y cliente; y el abogado no

podía dejar de temer que la buena fama de otro de sus amigos se viese

comprometida de rechazo en aquel escándalo. De todos modos, era una

determinación difícil la que tenía que tomar, y aunque generalmente

acostumbraba á fiarse de su propio discernimiento, comenzó á sentir la

necesidad de pedir consejo á algún otro, si no directa, indirectamente.

Poco después, estaba sentado junto á la chimenea de su cuarto, y el

Sr. Guest, su primer pasante, enfrente de él, teniendo entre ambos,

á una distancia bien calculada del hierro, cierta botella de vino

añejo, especial, que durante mucho tiempo había permanecido en la cueva

de la casa. La neblina se cernía aún sobre la ciudad, y los faroles

encendidos brillaban como carbunclos. En medio de los ruidos de todas

clases, que las espesas nubes hacían más sordos, la vida general de

la ciudad seguía su curso ordinario en las grandes arterias, imitando

el rugido poderoso de un fuerte viento. Pero, gracias á la lumbre, el

cuarto tenía un aspecto alegre; el vino había llegado ya al grado de

calor deseado; el rojo había adquirido con los años tonos más suaves,

parecidos á los colores tamizados de las vidrieras ojivales; el ardor

de las calientes tardes de otoño sobre las colinas plantadas de viñas

iba á poder salir de su recipiente y dispersar las neblinas de Londres.

Poco á poco el abogado se fué volviendo más expansivo. No había hombre

para quien tuviese menos secretos que para el Sr. Guest; y hasta creía

haberle confiado demasiados. Guest había ido á menudo á casa del

doctor para tratar de asuntos; conocía á Poole; era imposible que no

hubiese oído hablar de la familiaridad con que el Sr. Hyde era tratado

en casa del doctor; por consiguiente, debía haberse formado una idea,

una opinión; ¿no era, pues, conveniente, enseñarle una carta que podía

explicar aquel misterio? Y, además, siendo Guest un buen estudiante

y perito en autógrafos, consideraría aquel paso como muy natural y

corriente.

El pasante era, además, hombre de buen juicio; le hubiera sido difícil

leer un documento tan extraño sin dejar escapar alguna observación, y

según fuese ésta, podría Utterson orientar su futura conducta.

--Es un triste suceso ese de Sir Danvers--dijo el abogado.

--Sí, señor. Ha excitado vivamente el sentimiento público--repuso el

Sr. Guest.--Aquel hombre debía estar loco.

--Me gustaría saber vuestra opinión sobre eso--contestó

Utterson.--Tengo aquí un documento en forma de carta... esto con

reserva y entre los dos, pues ignoro aún lo que haré; de todos modos

es un negocio feo, pero he aquí el documento; es nada menos que el

autógrafo de un asesino.

Los ojos de Guest brillaron; se recostó en la silla y leyó el documento

con el mayor interés.

--No, señor--dijo--no es de un loco, pero la letra es muy extraña.

--Y según parece, el que lo escribió es también un hombre

extraño--añadió el abogado.

Precisamente en aquel mismo instante, entró el criado con una carta.

--¿Es del Doctor Jekyll, señor?--preguntó el pasante;--me parece haber

reconocido la letra. ¿Algún asunto privado?

--Me invita á comer, nada más. ¿Por qué? ¿Queréis ver la carta?

--Sí, permitidme por un momento.--Y el pasante colocó una al lado de la

otra ambas hojas de papel, y las comparó cuidadosamente.

--Gracias, caballero--dijo al fin, devolviéndole una y otra--es un

autógrafo muy interesante.

Se sucedió una pausa, durante la cual tuvo lugar una lucha en el ánimo

del Sr. Utterson, que de repente preguntó al pasante:

--Guest, ¿por qué habéis comparado esas dos cartas?

--Pues bien, Sr. Utterson, hay entre ellas una rara semejanza; las dos

letras son idénticas en muchos puntos; sólo difieren en su oblicuidad.

--Es cosa original, ¿verdad?

--Sí, señor, muy original--contestó Guest.

--No pienso hablar á nadie de esta carta, ¿me entendéis?--dijo el

abogado.

--Sí, señor--contestó el pasante--ya comprendo.

Tan pronto como Utterson se quedó solo, se apresuró á guardar el

documento en la caja de hierro, en donde permaneció siempre.

--¡Cómo!--pensó.--¿Será posible que Enrique Jekyll haya falsificado la

letra de un asesino?--y la sangre se le heló en las venas.

NOTABLE INCIDENTE DEL DR. LANYÓN.

Transcurrió algún tiempo; ofreciéronse miles de libras esterlinas de

recompensa, pues la muerte de Sir Danvers fué considerada por todos

como un ultraje público, pero Hyde había desaparecido á pesar de las

investigaciones de la policía, lo mismo que si jamás hubiese existido.

Desentrañáronse, descubriéronse muchas cosas respecto de su vida

pasada, y verdaderamente, el conjunto era vergonzoso. Refiriéronse

historias sobre la crueldad á la vez insensible y violenta del hombre,

sobre su vida abyecta, sus extraños conocidos, sobre el odio que

había ido dejando tras sí; pero del momento presente, ni siquiera un

indicio. Desde la mañana del asesinato, en que había dejado la casa de

Soho, había desaparecido por completo; poco á poco, y con ayuda del

tiempo, Utterson comenzó á reponerse de sus temores, y su tranquilidad

fué aumentando. Á su juicio, la muerte de Sir Danvers se hallaba

ampliamente compensada con la desaparición de Hyde. Ahora que aquella

nefasta influencia no se ejercía, el Doctor Jekyll tenía una vida

nueva. Dejó el encierro, reanudó las relaciones con sus amigos, volvió

á ser su huésped familiar y su anfitrión, y como antes por su caridad,

se hizo entonces notar por sus sentimientos religiosos. Estaba ocupado

á menudo, fuera de su casa; tenía buena salud; su rostro parecía más

franco, más dilatado, como si sintiese el golpe de rechazo del bien que

hacía; y durante más de dos meses el doctor llevó una vida apacible.

El ocho de enero, Utterson había comido en casa del doctor en compañía

de un pequeño grupo de invitados, Lanyón entre ellos; las miradas

del doctor se dirigían de unos á otros, como en otro tiempo, cuando

formaban los tres un trío de amigos inseparables. El doce, y después el

catorce, cerróse la puerta para el abogado: "el doctor está encerrado

en sus habitaciones--decía Poole--y no recibe á nadie." El quince trató

otra vez de entrar, pero obtuvo igual negativa; y como durante los dos

meses que acababan de transcurrir, se había acostumbrado á ver á su

amigo casi todos los días, aquella vuelta á la soledad influyó en su

ánimo. Cinco días después convidó á Guest á comer, y al siguiente se

decidió á ir á casa del Doctor Lanyón.

Allí, á lo menos, no se le negó la entrada; pero desde que llegó junto

al doctor, quedó sorprendido por el cambio operado en todo su ser. El

doctor llevaba escrito en su rostro el signo de la muerte. Aquel hombre

de tez sonrosada, se había vuelto pálido; sus carnes estaban caídas;

distintamente se le veía más calvo y más viejo; pero no fueron sólo

aquellas visibles pruebas de rápida decadencia física lo que llamaron

la atención del abogado, sino más bien la mirada y la manera de ser del

doctor, testimonio evidente de algún terrible espanto en su espíritu.

Era poco probable que el doctor tuviese miedo á la muerte; así lo

sospechó Utterson.--Es médico--pensó,--debe conocer su estado y saber

que sus días están contados; y esa revelación es superior á lo que sus

fuerzas le permiten soportar.--Y como Utterson le hizo notar su mala

cara, el doctor con un acento de gran firmeza, le declaró que estaba

perdido.

--He sufrido un choque--dijo el doctor--y no volveré á recobrar

nunca la salud. Es cuestión de algunas semanas. Sí, la vida ha sido

agradable; la he querido; sí, señor, tenía el hábito de quererla.

Pienso algunas veces, que si lo supiésemos todo, nos iríamos con más

gusto.

--Jekyll está enfermo también--indicó Utterson.--¿Lo habéis visto?

Pero el rostro de Lanyón cambió, y levantó la mano temblorosa:

--Deseo no volver á ver ni oir jamás hablar del Doctor Jekyll--exclamó

con voz trémula.--Todo ha concluído entre él y yo, y os ruego que

evitéis cualquier alusión á alguien á quien considero muerto.

--Veamos--dijo Utterson, después de un largo silencio:--¿puedo seros

útil para algo?--éramos tres viejos amigos, Lanyón; no viviremos lo

bastante para tener otros.

--No hay nada que hacer--repuso Lanyón--interrogadle más bien á él.

--No quiere verme--contestó el abogado.

--No me sorprende--añadió Lanyón;--quizá algún día, cuando yo haya

muerto, sabréis, Utterson, lo fuerte y lo débil de todo esto. No puedo

decíroslo ahora. Y además, si queréis permanecer sentado y hablar

conmigo de otras cosas, por amor de Dios, quedáos y hablad; pero si no

podéis evitar tocar ese asunto, ¡oh! entonces en nombre de Dios, idos,

pues no puedo sufrir esa conversación.

Así que regresó á su casa, Utterson escribió á Jekyll, quejándose de

ser excluído, de no ser recibido por él, y preguntándole la razón de

su desdichada ruptura con Lanyón. Al siguiente día, recibió una larga

contestación, en la cual empleaba Jekyll expresiones muy patéticas, y

á veces, con intención, términos obscuros y misteriosos. La disputa

con Lanyón no tenía remedio ni arreglo. "No censuro á nuestro viejo

amigo--escribía Jekyll--pero pienso como él, que no debemos volver á

vernos. Desde ahora me propongo llevar una vida absolutamente retirada;

no os sorprendáis y dudéis de mi amistad, si mi puerta está á menudo

cerrada hasta para vos. Es preciso que me soportéis dejándome seguir

mi sombrío camino. Llevo conmigo un castigo y un peligro que no puedo

nombrar. Si soy el principal culpable, soy, también, la víctima

principal. No creía que esta tierra pudiese contener un sitio para

sufrimientos y terrores tan inhumanos; y vos, Utterson, no tenéis que

hacer más que una cosa, aliviar mis sufrimientos, y para ello, respetar

mi silencio."

Utterson quedó pasmado; separada la nefasta influencia de Hyde, había

vuelto el doctor á sus antiguas inclinaciones y amistades; hacía una

semana que sus ojos se habían alegrado ante repetidas pruebas de una

dulce y honrada vejez; y ahora, pocos instantes después, amistad,

tranquilidad de espíritu, todo el orden de su vida quedaba roto de

nuevo. Un cambio tan grande y tan imprevisto indicaba, evidentemente,

locura. Pero recordando el estado y las palabras de Lanyón, debía haber

en todo aquello algún misterio más grave.

Una semana después, el Doctor Lanyón tuvo que meterse en cama, y antes

de los quince días, murió. La tarde que siguió á los funerales, que

le afectaron profundamente, Utterson abrió la puerta de su gabinete,

y sentándose junto á la melancólica claridad de una luz, sacó de una

gaveta y colocó enfrente de sí un sobre que le había sido dirigido por

su difunto amigo, cerrado con su propio sello. Ese sobre llevaba la

enfática inscripción siguiente: _Personal. Para ser entregado en manos

del mismo Sr. Utterson solamente, y en el caso de haber fallecido

antes que yo, para ser destruído sin leer su contenido._ El abogado

temía abrirlo. "He enterrado á un amigo hoy--pensaba--¿qué sería si

esto me costase otro?" Luego, considerando ese temor como un acto poco

leal, rompió el sello. Pero había un segundo sobre, sellado lo mismo

que el primero, y en el cual se hallaban escritas estas palabras: _No

debe ser abierto antes del fallecimiento ó de la desaparición del

Doctor Enrique Jekyll_. Utterson no podía creer lo que estaban viendo

sus ojos. Otra vez la desaparición; otra vez, como en aquel insensato

testamento que había devuelto hacía ya tiempo á su autor, la idea de

desaparición y el nombre de Enrique Jekyll estaban juntos.

Pero en el testamento, la idea de desaparición era debida á la

siniestra sugestión de Hyde, estaba allí con un fin harto claro y harto

horrible. Mas, en la pluma de Lanyón, ¿qué significaba aquella palabra?

Una gran curiosidad se apoderó del fideicomisario; tuvo deseos de no

atender á la prohibición y de penetrar hasta el fondo, en busca de

todos aquellos misterios.

Pero su profesión y la confianza que tenía en su difunto amigo le

imponían severos deberes; de modo que el paquete fué á descansar en el

más secreto cajón de su cofre particular.

Si por una parte su curiosidad se hallaba mortificada, por otra

parecía excitada con violencia; y casi puede dudarse si desde aquel

momento deseó Utterson con igual vehemencia la sociedad del amigo

superviviente. Pensaba en él con afecto, sin duda; pero sus ideas

estaban perturbadas y eran temerosas. Fué á verlo, sin embargo; quizá

se congratuló de no ser conducido hasta su presencia; quizá también,

en el fondo de su corazón, prefería hablar con Poole en la escalera y

en medio de la atmósfera y de los ruidos de la gran ciudad, á penetrar

en aquella casa en donde reinaba una esclavitud voluntaria, y sentarse

á hablar con su impenetrable prisionero. Poole, además, no tenía nada

bueno que comunicarle. El doctor, al parecer, se encerraba más que

nunca en su gabinete ó en el laboratorio, en donde llegaba algunas

veces, hasta á quedarse dormido. Estaba muy triste; hablaba poco, no

leía, y hubiérase dicho que pesaba algo sobre su ánimo. Utterson estaba

ya tan acostumbrado á aquellas respuestas idénticas, que poco á poco

fué disminuyendo las visitas.

INCIDENTE DE LA VENTANA.

Aconteció un domingo, que dando su acostumbrado paseo con el Sr.

Enfield, la casualidad los condujo de nuevo á pasar por la callejuela;

cuando llegaron frente á la puerta, ambos se detuvieron un instante

para examinarla.

--En fin--dijo Enfield--esa historia ha concluído. No volveremos á ver

al Sr. Hyde.

--Así lo creo--repuso Utterson.--¿Os he dicho que lo vi una sola vez y

que experimenté la misma repulsión que vos?

--Era imposible verlo sin experimentar ese sentimiento--añadió

Enfield.--Y sea dicho de paso ¡por cuán tonto me habréis tenido, al

saber que yo ignoraba que esta puerta trasera conducía á casa del

Doctor Jekyll! Y por cierto que vos habéis sido la causa de que yo

buscase y de que haya encontrado.

--Habéis hallado, pues, la comunicación ¿no es verdad?--preguntó

Utterson--y ya que la conocéis, ahora podríamos detenernos en el patio

y echar un vistazo á las ventanas. Á deciros verdad, estoy inquieto

respecto del pobre Jekyll; y hasta en mi interior siento una voz que me

indica el bien que podría quizá procurarle la presencia de un amigo.

El patio era muy frío y también un poco húmedo; reinaba en él un

crepúsculo prematuro, aunque el cielo estaba aún brillantemente

iluminado por los rayos del sol poniente.

La ventana de el medio se hallaba entreabierta, y sentado detrás de

ella, tomando el aire, con un rostro muy abatido, como el de un preso

inconsolable, vió Utterson al Doctor Jekyll.

--¡Hola! Jekyll--le gritó--supongo que estáis mejor.

--Estoy muy decaído, Utterson--contestó el doctor tristemente, con voz

apagada.--No será por mucho tiempo, gracias á Dios.

--Permanecéis demasiado encerrado--siguió diciendo el

abogado.--Deberíais salir para hacer ejercicio, como lo hacemos Enfield

y yo. Es mi primo, el Sr. Enfield, el Doctor Jekyll.--Venid, poneos el

sombrero y venid á dar una vuelta con nosotros.

--Sois demasiado bueno--repuso el doctor;--bien lo quisiera; pero no,

es enteramente imposible. No me atrevo. Pero, de veras, Utterson, me

alegro que hayáis venido; es realmente una gran alegría para mí el

veros. Quisiera preguntaros á vos y al Sr. Enfield, pero el lugar no es

del todo conveniente.

--¿Por qué?--exclamó el abogado con afabilidad;--lo mejor que podemos

hacer es permanecer aquí abajo, y hablar con vos desde el sitio en que

estamos.

--Era precisamente lo que iba á atreverme á proponeros--replicó

sonriendo el doctor. Pero pronunció las palabras con dificultad; y

antes que la sonrisa hubiese desaparecido por completo de su cara,

ésta expresó un terror y una desesperación tales, que nuestros dos

caballeros sintieron helárseles la sangre en el cuerpo.

Todo aquello duró nada más que un momento, pues la ventana fué cerrada

instantáneamente; sin embargo, aquel instante les había bastado, y

dieron media vuelta, saliendo del patio para cambiar algunas palabras.

Atravesaron en silencio la callejuela, y sólo cuando llegaron á una

calle inmediata, en la cual, á pesar de ser domingo, había alguna

animación, fué cuando Utterson se volvió, por fin, hacia su amigo y lo

miró.

Ambos estaban pálidos, y había en sus ojos una expresión de horror tan

grande, que decía bastante por sí misma.

--¡Que Dios nos perdone! ¡Que Dios nos perdone!--exclamó Utterson.

El Sr. Enfield hizo gravemente un signo con la cabeza, y siguió en

silencio su camino.

LA ÚLTIMA NOCHE.

Una tarde, después de comer, Utterson estaba sentado junto al hogar,

cuando quedó sorprendido por la visita de Poole.

--¡Dios mío! ¿qué es lo que os trae aquí, Poole?--le dijo el abogado; y

mirándolo de nuevo, añadió:

--¿Qué os apena? ¿está enfermo el doctor?

--Sr. Utterson--contestó el criado--hay algo que va mal.

--Tomad asiento, y aquí tenéis un vaso de vino para vos--añadió

Utterson.--Ahora, sin ninguna prisa, decidme con sinceridad lo que

deseáis.

--Conocéis la manera de vivir del doctor--empezó á decir Poole--y

sabéis como se encierra. Pues bien, se ha encerrado de nuevo en su

gabinete, y no me gusta eso. Sr. Utterson, estoy asustado.

El caso extraño del Doctor Jekyll · 第 2 / 6 段