Mi dulce musa, que el dolor inspira,
hoy entona canción de amargo acento
y pulsando las cuerdas de la lira
triste responde al nacional lamento,
lamento por los aires repetido
que es a la vez plegaria y es gemido.
De España en el pendón, siempre glorioso,
miro negros crespones,
fúnebres galas de terrible luto;
por eso entono triste mis canciones,
por eso rindo amante mi tributo.
Patria del alma, madre bien amada,
hoy con el alma triste acongojada
contemplo tu infortunio y tus pesares;
tu dolor es mi propia desventura
y te envío un saludo de ternura
desde el confín de los remotos mares.
Patria siempre querida:
hoy que lloras vencida,
tu imagen pura y santa
más y más en mi pecho se agiganta.
Y ¿por qué has de llorar? Llora si quieres;
pero no como lloran las mujeres,
lágrimas de dolor, llanto sublime
que al correr de los ojos nos redime;
llora como el león enfurecido
que mezcla a los sollozos el rugido;
llora al romperse el nacional poema,
mientras entonas funerario canto,
poniendo en los raudales de tu llanto
lágrimas de plegaria y de anatema.
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Esa enemiga raza americana
te debe su existencia;
de tu inmenso valor y de tu ciencia
por ella hiciste espléndido derroche,
y apareció en la luz de la mañana
de entre las sombras de la obscura noche.
A cumplir tu misión ansiosa vuelas
con atrevida planta.
Tú lanzaste tus raudas carabelas
bajo la mano santa
de tus sagrados dioses tutelares,
y con ardor fecundo
hiciste que surgiera un nuevo mundo
de la revuelta espuma de los mares.
De la fecunda llama que alimentas
llevaste allí tus leyes
e hiciste cultas greyes
de las salvajes tribus turbulentas.
También clavaste allí la cruz sublime,
cruz de la redención, la cruz gloriosa
en que el amor divino reverbera;
la cruz que fortalece y que redime
y que siempre amorosa
del mundo los cadáveres espera.
Hoy esa tierra ingrata
los sacrosantos vínculos desata,
y con los ojos en el lucro fijos
logra que torpes hijos
hagan pedazos tu amoroso seno.
¡Oh, si Colón resucitar pudiera,
de su obra quizá se arrepintiera,
y con dolor profundo
aquel soñado y misterioso mundo
en los abismos de la mar hundiera.
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Al dolor inclemente
no te abatas ¡oh Patria! alza la frente.
Tú no puedes morir, tú eres eterna
como el eterno Dios que nos gobierna.
Tú que distes al libro de la Historia
--página eterna de tu eterna gloria--
ejemplos de valor y de constancia,
los héroes de Sagunto y de Numancia;
tú que hiciste temblar al mundo entero;
que enarbolaste tu pendón guerrero
en todos los confines de la tierra
y con valor profundo
agrandaste los límites del mundo;
tú que el lábaro santo
de tu fé peregrina
clavaste en la Alhambra granadina
y en las sangrientas aguas de Lepanto;
tú que alumbraste a la humana historia
con los reflejos de tu inmensa gloria,
no puedes perecer, nación guerrera.
Si hoy te humilla derrota pasajera
mañana te alzarás, más grande y fuerte,
sobre el fantasma de tu infausta suerte.
Cuando quede la tierra aniquilada;
cuando el mundo soberbio, cruel y vano
se sepulte en la nada
y en el profundo arcano;
cuando no reste un hombre,
aún vivirá la fama de tu nombre.
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Patria, en la paz reposa
y prepara afanosa
el hierro poderoso de tu lanza
y jura firme en la sangrienta fosa
de tus hijos, tomar cruda venganza.
Valor, España; generosa y fuerte,
prefiere noble muerte
a contemplar tu pabellón manchado;
muéstrate en tu desgracia más gigante
que en tus sangrientas guerras te has mostrado.
Si tu triste derrota es vergonzosa
de tu propia vergüenza, victoriosa
álzate, erguida en pie. ¡Patria, adelante!