Por encontrar la fuente del olvido,
errante, por el mundo fuí corriendo,
cuando un hombre de rostro venerable,
de hirsuta barba y de mirar severo,
cruzóse en mi camino, y apoyando
su flaca mano en mi cansado pecho,
--"¿dónde vas?, caminante",--preguntóme--.
--"Remedio busco a mi dolor acerbo;
beber ansío el agua cristalina,
que las penas disipa y los recuerdos."
Lanzó el anciano horrible carcajada
y con temblona voz, como un lamento,
--"También yo un día--dijo--crucé el mundo
llagado por terribles sufrimientos....
Pero hallé al fin la fuente deseada.
Sigue esa senda--continuó el buen viejo--
y al llegar de aquel monte, a lo más alto,
verás cumplido, ¡oh, joven! tu deseo."
Allá me encaminé, trepé a la cumbre,
coronada de aliagas y romeros,
y al tender la mirada en lontananza,
medio oculta entre sauces gigantescos,
erguida, vi una cruz, la cruz bendita
que el hondo sueño vela de los muertos.
1920.