Lucho, aunque el fardo del pesar me abrume,
y bajo a la palestra sin recelos...
¡Triunfaré al fin! No soy cual ave implume
incapaz de elevarse hasta los cielos...
Me denuesta la envidia... ¡No me importa!
Yo prosigo impasible la jornada,
¡el vuelo del condor jamás se acorta
al silbo del reptil de la hondonada!
No mendigo un aplauso lisonjero,
ni algún laurel para calmar mi angustia.
El aplauso es un ruido pasajero,
y el laurel, verde rama que se mustia.
Para alegrarme en la hórrida cruzada
que libro, redimiendo mi inocencia,
me basta con mirar la cumbre ansiada
y contemplar sin manchas mi conciencia.
Sin armas entró en lid mi adversario,
y afrontó con valor el rudo embate.
La pluma puede el púgil literario
convertirla en espacia de combate...
¡Nunca fuí estoico!--El gladio yo he blandido,
siendo infante en el trágico espoliario.
La fuerza me arrolló, sentíme herido,
pero seguí a la patria hasta el Calvario.
En pró del bien no rehuyó el holocausto,
ni desertó del culto al patriotismo.
Yo amo tanto a mi patria--pueblo infausto--
que la erijo en altar mi pecho mismo.
¡No soy vil...! Yo odio la careta fea
con que oculta su crimen el malvado.
Que me diseque el corazón y vea
si lo tengo corrupto o inmaculado.
Mi alma, que el duelo despreciarlo sabe,
no teme de la sátira las balas.
¡Bajo lluvia de plomo se irgue el ave
porque cree en la fuerza de sus alas!